
Un cajón, un baúl, un secreter, de donde tirar del hilo de la memoria. Meto la mano y saco una carta, un sobre cualquiera de los que llevan allí amarilleando varias décadas. Es una escena memorable, pero ¿la recordaré dentro de un año? En el frente del sobre: Srta. Eulogia Martínez, en el remitente unas iniciales, VLM. ¿Quién era VLM? Me quedo pensativa, pero ante mí no se abren las aguas especulares de un vago recuerdo, un rostro, unas palabras o un olor. No. Nada, lo único que consigo es mirar sin ver lo que tengo delante; dentro de mí, un pozo de nada. Pero al rato despliego el papel doblado en tres partes iguales, me lo pongo delante de los ojos y las letras aparecen como manchurrones, insectos o cagadas de colibríes. He de buscar las gafas de venerable abuela. Las putas gafas de anciana paciente y desgastada, como un paño de los que se usan para limpiar el polvo. Me toco en la cabeza, en los bolsillos, busco encima de la tele, vuelvo al cuarto de baño por si me las hubiese dejado allí. Al cabo de un rato de maldiciones, que hubiesen sido muy instructivas para la educación de mis nietos, me doy cuenta de que las llevo puestas. Las malditas gafas que dan ese aspecto dulce y sereno en la vejez cabrona. Lo que hay en esa carta son sólo eso: borrones de la tinta que se humedeció, no creo que por lágrimas, sino más bien porque hubiese caído en un charco o en una alberca, vete tú a saber ahora lo que pasó. Veamos que hubiera podido escribirme VLM, a ver qué tal se me da esto de meter una misiva en mi novela. Siempre es divertido recibir exactamente lo que nos hubiese gustado recibir, con puntos y comas.
Querida Eulogia, amada mía, me quedé dormido y al despertarme tu lado de la cama ya estaba frío. Voy a dejar ese trabajo con sus turnos infernales antes de que tú me dejes a mí. Menos mal que en la punta de los dedos me quedaba todavía un rastro del almíbar que se cocina dentro de tí cuando te acaricio. Sólo así pude encontrarle consuelo y sustituto a mis ganas, con lo que me alivié sin dejar de respirar tu esencia, sin dejar de imaginar tu rostro sofocado, antes de que el placer te lo distorsione, con esas muecas que haces tan lindas, bizqueando y resoplando por la nariz. En cuanto estés de nuevo en mi cama pienso darte tu merecido. Tuyo, VLM.
Mio. VLM. Aquel chico delgado que quizás me pretendió en el año de la polca. Las chicas no se entregaban y a las que lo hacían, muy pocas, se las llamaba fáciles. Y frescas. Ahora ya sé que yo era una chica fácil, una fresca, de las de entonces, pero qué bien me hubiera venido saberlo en su momento. Las cosas, ciertas, no todas, se averiguan a destiempo. En su carta VLM me invitaría a recogerme en casa para llevarme a las meriendas del casino. Quizás VLM era uno de los amigos de mi hermano, que había empezado a pretenderme al descubrir que yo me había convertido en toda una señorita. No es extraño que VLM fuera un delgado y circunspecto ingeniero con las más sanas intenciones. Yo usaría con toda seguridad camisones de novicia. Ni él ni yo habríamos descubierto aún ese mundo turbio de los placeres que se satisfacen en la soledad de un cuarto helado, cuando se apaga la tulipa de la mesilla de noche. O sí. La verdad es que no lo sé, diría como mis alumnos antes de que me jubilase, n.p.i.
Pero las fiestas del casino las recuerdo perfectamente. En mi memoria se abre una puerta que da a un baile. Lo que no sé es a quién pertenece la mano que la empuja para que yo vea lo que ocurre dentro. De cualquier manera, es una mano que beso con cariño. Una mano extirpada por encima del reloj de muñeca. Ahí dentro yo soy la chica que ríe, la chica que ha tomado un poquito de ponche y ha dado vueltas como una peonza del brazo de un joven muy simpático. Llevo un hermoso vestido largo muy cursi y recibo galanes atenciones, como la inevitable invitación a contemplar la luna afuera. Estoy a punto de recibir mi primer beso, pero eso todavía no lo sé. No tengo ni idea del calor que me va a subir de abajo arriba, de cómo voy a apretar instintivamente una pierna contra otra, como si quisiera atrapar entre ellas el momento, allí más que en los labios, que es el lugar que suele ser enfocado en las películas. Él va a cerrar los ojos, y yo lo voy a ver besándome. Al tiempo cantará una lechuza en un árbol y un sapo saltará hacia la manguera de riego. Un día tengo que describir el primer beso de una chica, estoy a punto de decirme. Mira, ya me lo digo. Mentalmente. Mientras él roza castamente sus labios con los míos, que se han quedados indefensos y hambrientos. Alguna vez tengo que escribir que la primera vez que una chica recibe un beso también desearía algo más. No sé qué. Pero el primer beso sólo se satisface en la soledad del dormitorio, con los dedos enterrados en el almíbar que la inunda desde dentro al sentirse besada, explorada. Pero esas quizás no sean las palabras adecuadas. No lo sé. No voy a detenerme, no me voy a quedar pasmada mirando la pantalla en blanco. Ya vendrán las que lo describan bien. Mi primer beso me lo dio un pasmarote y luego yo me reí de lo lindo con mis amigas.
-Cuando lo tenía a dos centímetros de distancia pensé que se iba a echar a llorar, les dije, pero luego le cambió la mueca de la boca y ya estaba apretando sus labios contra los míos. Sin lengua. Por la noche, ya acostada, sola, me pareció más interesante, más intenso de lo que realmente había sido.
Pero no les dije nada de mi afición a explorarme, por supuesto. Para eso estaba ella. Esperancita. Sabía que no tardaría en aparecer en esta historia, por eso no he tenido prisa en sacarla. En decir: eh, y también tengo una hermana más joven, que se llama Esperanza.
Esperancita dijo:
-Esta habla en sueños y llora y a veces sopla muy fuerte.
-Cállate, niña.
-Niña, no seas indiscreta.
Esperancita siempre fue una niña espabilada, lo sigue siendo. Espabilada, aunque ya no es una niña. Ahora todos la llaman doña Esperanza, pero no sé si con la misma consideración que me tienen a mí cuando me llaman doña Eulogia. Esperanza con el tiempo se fue convirtiendo en uno de esos pesos pesados que hay en los partidos políticos. La niña ingenua, angelical, cursi y suavona. La niña indiscreta que en el círculo de mis amigas, cuando estábamos hablando de nuestras cosas, se permitía decir que yo soplaba muy fuerte momentos antes de dormir. Esperancita como mi sombra delatora.
-Eulogia ha besado a un chico, Eulogia ha besado a un chico...
Cantarina y malévola.

Mira qué bien la recuerdo. Como si estuviese aquí mismo. Ella con su vestidito lleno de lazos, su mirada azul y su dedito acusador. Yo, vieja, al cabo de los años, asisto a la disparatada escena, que en un pliegue del tiempo nos enfrenta a las dos, ella con las manos entrelazadas por delante, las rodillas limpias de arañazos, los calcetines de punto, y yo con las gafas de la vista cansada sujetas de un cordón al cuello. Dos seres de planetas distintos y de tiempos contrarios en un liezo imposible, metafísico, en el que se representasen las edades de la vigilancia. Aquí estoy yo para ser testigo de quién eres o de quién fuiste o de quién vas a ser. Si pudiéramos, ella y yo, fulminar a la contraria, creo que lo haríamos, pero como no podemos, nos limitamos a hablar por teléfono como hermanas en las que el tiempo parece haber encontrado tregua para limarles los bordes con los que se solían herir.
-¿Cómo estás Eulogia?
-De puta madre, Presidenta, le digo.
Me gusta llamarla Presidenta cuando usa conmigo el tono condescendiente, conciliador y victorioso de cómo estás. Es cierto, por otra parte. Es la Presidenta de la Comunidad. No de la de vecinos. Sino de la Comunidad Autónoma. La verdad es que temía llegar aquí. A lo pretenciosamente humorístico de las novelas, a esa parte ridícula y patética que a todos nos toca en la vida. A mí en el personaje de mi hermana. Lo quieras o no, soy yo la que reparte los papeles en esta farsa. ¿Te acuerdas, lector? ¿Por qué elegiste esta novela? La novela de Eulogia. ¿Por el título? Ten por seguro que yo ya no estaré ahí, que quizás ni siquiera estés tú, que la novela habría de haber ardido como tantos manuscritos que no lo hicieron. Sea lo que sea lo que haya de pasar, estén tus ojos ahora aquí o no, estén enterrados enmedio del desierto o comidos por los peces, yo iré desplegando desde atrás aquellas escenas que mi memoria o mi imaginación encuentre en su camino. Esperanza, amigo, es un filón. Después de todo, espero que te lo pases bien con ella. A mí bastante por saco me dio. Me sigue dando. Por teléfono:
-Eulogia, ¿cómo has escrito esa carta al periódico?
-La he escrito porque me ha dado la real gana.
-Eulogia, las cosas no son tan simples como tú crees.
Como has creído toda la vida, pero no se atreve a decirlo.
-Pues yo creo que sí. Y que sepas que te voy a sacar en una novela.
-Ten cuidado con la literatura.
-¿Quién habla de literatura? Voy a ajustarle las cuentas a la vida.
-Eulogia, ahora que tu marido descansa en paz, ¿por qué no haces un viaje?
-Porque hoy día sólo viajan los tontos. Y perdona, que sé que te pasas la vida viajando, Esperanza. Es curioso, Carlos querría lo mismo, que viajase, pero le he pedido como regalo de cumpleaños un curso de escritura, que ya he empezado. Voy por la lección dos. Mi profesora es escritora, y de las guapas, y además creo que tiene un bebé, así que supongo que sabrá qué se trae entre manos. Lo sabe, mira voy a leerte el comentario al primer ejercicio, que es el capítulo anterior, donde tú aún no salías. No pensaba sacarte, pero luego he visto que necesito un personaje humorístico, algo ridículo, perdona hija, no es personal, pero ya sabes, las mujeres públicas, no las putas, que también, me refiero a las políticas, estáis expuestas a la crítica, a la parodia. Lo siento, yo no soy de los muñecos del guiñol, que siempre dan prestigio. Si no sales ahí no eres nadie. Sólo soy tu hermana y es lo jodido. Te vas a tener que aguantar. Pero no te preocupes, estás en buenas manos. No he escrito una sola línea en cuarenta años, pero no se me debe de dar mal. Oye:
Querida Eulogia, me ha encantado tu propuesta. Tienes un torrente de cosas que contar, qué barbaridad, inagotable, se nota; cosas que suenan como si salieran del alma, que es de donde me atrevo a asegurar que salen, y lo más atractivo, sin duda, es la voz y la forma de contarlo que adopta tu narradora ––que adoptas tú––, una voz que suena a veces ronca, amarga, y que otras vuela hacia la fantasía y la poesía.
Hay ahí una mano sabia que sabe lo que se hace, a mí no me engañas. Eres una escritora con experiencia y con un gusto y un conocimiento literario formado, muy claro.
Empezaría y no pararía de enumerar asombrosos aciertos en el capítulo que has enviado: me ha encantado tu uso del diálogo, breve, literario, brillante, original. Esa forma de discurso que adopta el narrador, a medio camino entre lo narrativo y lo introspectivo, dentro y fuera de ella a la vez. Es una elección ––si es que lo has elegido tú a ello, y no ello a ti–– afortunada. Esa manera de dejar a veces tan imprecisos los contornos entre lo sucedido y lo ensoñado, lo ocurrido de verdad y lo imaginado, no hace sino redundar en el tema: el de la construcción de la identidad mediante la recuperación (o pérdida) de la memoria. Unas imágenes y metáforas vívidas y nada manidas.
Muy bien. De momento no quiero entrar en detalles de naturaleza muy técnica, sería una tontería teniendo lo que tienes ahí: una magnífica novela por delante.
Estoy deseando leer más.
Besos.
-Me alegro por ti, Eulogia, sé que siempre quisiste escribir. Pero no digas que es verdad o cierto lo que muchas veces sólo son invenciones tuyas.
-Hermana, en una novela eso es lo de menos.
-Pero la vida no es una novela. Yo no vivo en tu fantasía, Eulogia. Soy real, de carne y hueso, y he sido elegida por millones de votantes como Presidenta de la Comunidad Autónoma, aunque no te guste.
-¿Cómo no me va a gustar, hermana? Siempre me he alegrado de tus éxitos políticos. Y a propósito, en eso Carlos también se parece más a ti que a mí misma. Ha entrado en política, pero no se ha afiliado a tu partido, sino a la oposición. Así todo queda en casa. Cuando su partido gane las elecciones, la familia seguirá ahí. El apellido, ya sabes. Carlos usa el nuestro, no el de su padre.
-Bueno pues mantenme informada.
La familia. El lastre. Como si le oyera el pensamiento al colgar. La familia. La cruz. Como si ella me oyese a mí. Porque mientras charlábamos lo que oíamos era, más allá de las palabras que íbamos pronunciando, aquello que cruzaba nuestras mentes, como caravanas cargadas, no con especias y mercancias preciosas, sino con rencores, celos, deudas pendientes y el sordo murmullo de la insatisfacción. De modo que en la transcripción de nuestras conversaciones telefónicas hay un poco de lo dicho y de lo callado.
-Palmira, esta tarde ya no voy a poder trabajar en mi novela. He hablado con Esperanza y eso me excita, me crea una inquietud por dentro con la que no puedo sentarme a escribir. Te invito a tomar algo en la calle.
Palmira y yo nos cogemos del brazo y nos paseamos por la ciudad como si fuésemos dos extravagantes marquesas, embebidas por nuestra propia charla. En esos casos yo le cuento cosas de Esperanza o de Teresa, que la hacen reír y luego le pido que me hable de ella.
-Es para mi novela. Tu personaje también es importantísimo.
Nos tomamos unos gintonics. Una de las cosas de las que me siento especialmente orgullosa es haberle enseñado a Palmira las virtudes del gintonic. Como contrapartida le he pedido que me cuente los trucos para volver a un hombre loco en la cama. Se ríe y me dice:
-Doña Eulogia, está usted loca.
-Bueno, parece que estoy perdiendo la cabeza poco a poco, pero te prometo que el tema me interesa de verdad. Hay por ahí un buen mozo que me hace tilín. Lo tengo aquí, le digo, señalándome la cabeza, y de ahí no sale. En cuanto lo tenga fuera me lo tiro.
Palmira apura su copa, chasquea la lengua y me guiña un ojo.
-No, no me guiñes el ojo y dime cómo me lo tengo que montar.
Pero la negra no suelta prenda. En cambio si le pido que me cuente la travesía que hizo en patera se anima y ríe:
-Fue un viaje fantástico, un crucero de lujo. Lo pasamos muy bien allí apretujados todos los negros y todas las negras. Organizábamos bailes para amenizar las noches y cenábamos siempre en la mesa del capitán.
-¿Otro gintonic, querida?
-Paga usted.
-Camarero, dos más, por favor.
Luego volvemos a casa. Cada una a lo suyo, a su trabajo.

He recibido la segunda entrega de mi curso de novela por internet. He imprimido las hojas y las lágrimas, mis lágrimas, han causado ciertos desperfectos, como los manchurrones en unos ojos con el rimel corrido. No sé si lo que me ha provocado el llanto es ver el nombre de Aristóteles en la primera línea o esa esponjosidad que el alcohol te pone en el alma. Si lo pienso bien puede que hayan sido las dos cosas. Cuando yo estudiaba, todas las lecciones empezaban apelando a lo que ya había dicho Aristóteles. A Aristóteles nos lo representábamos, con buen juicio, como un señor con barbas, como nuestro profesor de literatura, serio y muy sensato, que siempre ponía los puntos sobre la íes. Teníamos la broma entre todas las amigas de catalogar como un Aristóteles a ciertos tipos de personas, entre los que se hallaba mi hermana Esperanza. Nostalgia. Aristóteles-Esperanza + ginebra= lágrimas + borrón.
A ver.
Punto primero: ¿Qué dice Aristóteles sobre el arte de componer una novela, mi propia novela, La novela de Eulogia?
Punto segundo: ¿Qué dice Esperanza sobre lo mismo?
En cuanto al punto primero, creo que me interesa sobre todo a mí. No voy a darte la tabarra, amable lector, con los apuntes de clase. Voy a escribir para ti mi novela, para ti, que no existes, que sólo eres una posibilidad, otro fantasma más en mi galería de amigos invisibles.
Mi querida Esperanza, bien lo sé, porque la conozco, no como las teorías de Aristóteles, sino porque pasé años compartiendo mi habitación con ella, lo que menos desea en este mundo es que yo escriba La novela de Eulogia. Podría dañar entre otras cosas su carrera política.
Todos los meses hablamos una vez o dos por teléfono. No es mucho, pero sí bastante.
-¿Cómo va tu novela?
-Bien, va bien. Soy disciplinada y metódica. Hago las tareas que me mandan. ¿Sabes por dónde hemos empezado las lecciones? Por Aristóteles. Como cuando estábamos en el colegio, ¿te acuerdas? Me harté de llorar, me sentí vieja de repente y me acordé de...¿te acuerdas?
-Claro que me acuerdo, me martirizabais no queriendo llamarme Esperanza, sino Aristóteles.
-Cosas de crías.
-Sí, de crías malvadas.
-Es que, hija, tú lo ponías a huevo.
-¿Lo ponías a huevo? ¿Qué manera de hablar es esa, Eulogia?
-La aprendí de mis alumnos, aprendí yo de ellos seguramente mucho más que ellos de mí.
-Dios mío, Eulogia, pareces de un sindicato ácrata.
-¿Lo ves, Aristóteles?
-Mira, pues ten cuidado con lo que escribes.
-¿Cómo?¿Censura?
-Soy presidenta de una Comunidad Autónoma. No pienso dejar que mi carrera política y todo mi trabajo me lo desbarate una hermana que está como una cabra.
Quizás dijimos cosas como esas o sólo hablamos de las mejores pastas para el té. Lo que es seguro es que le dije:
-¿Te he hablado de Palmira? Necesita papeles.
-¿Quién es Palmira?
-Una reina que se ocupa de mi. Ha venido de Cabo Verde en un crucero de lujo, pero necesita papeles para que no la expulsen.
De lo que estoy segura es de que se trataba de eso, de si yo podía o no podía, debía o no debía escribir lo que se me antojara. Aristóteles y los apuntes de mi profesora me daban alas para ello. Pero Esperanza no estaba sola en su resistencia a mi novela, tampoco Carlos se mostró conforme en cuanto descubrió por dónde iban los tiros de mi historia. ¿Qué pensaba, que me iba a poner a escribir una aventura de espadachines? Desde luego. La familia. Qué cruz.
Cuando Carlos nació, Esperanza lo recogió en sus brazos como la tía maravillada por otro milagro de la vida. Para ella todo era así, una manifestación de la bondad de Dios. A mí Carlos no dejaba de parecerme una rata indefensa.
-Qué feo es, dije.
-No digas barabaridades, Eulogia, es una hermosura.
Me tuve que callar. Me sentí culpable enseguida por haber parido un ser que en el fondo me repugnaba. Cuando se me agarraba con la boca al pecho me aterrorizaba la idea de que pudiera devorarme desde allí. A mi alrededor todo el mundo celebraba el feliz acontecimiento. Ernesto estaba pletórico. Parecía sacado del manual del padre perfecto, repartiendo puros e invitando a anís a las visitas. En aquella época los padres se empleaban en ese tipo de ocupaciones. No se acercaban a la criatura nada más que para decir idioteces del tipo mirad qué machote. Cualquier cosa que fuese necesaria y útil para su cuidado le correspondía a la madre, que se tenía que sentir llena de felicidad, en paz con su destino procreador. En las fotos que he encontrado de aquella época sonrío con una mueca falsa. Sonrío, pero sé que por dentro me corre un río de lágrimas. El día de su bautizo me levanté con unos impulsos malsanos. Ernesto y yo discutimos antes de salir para la iglesia y en la celebración sólo conseguí distraerme si pensaba que todas las personas que nos habíamos reunido allí éramos necias e ignorantes.
-Foto, foto, me decía Esperanza.
-Sonríe, Eulogia, hoy es un día muy especial para todos.
Necias, ignorantes. Y brutas.
-¿Qué te ocurre, hija?
Mi madre era una mujer distinta, más parecida a mí quizás. Pero ni ella ni yo nos librábamos de ser incluídas en dichas categorías, debido a nuestra ovejuna pasividad y un miedo que nos envolvía el ser como una segunda epidermis.
-El bebé, mamá, le dije y tras una pausa: me parece espantoso, no me deja dormir, me hace daño al mamar y cuando llora desearía...
-No te preocupes, hija, te irás acostumbrando, me dijo.
-Pero es que a todo el mundo le parece una bendición de Dios.
-La gente es muy bruta, mi vida.
De alguna manera mi madre me dio a entender que yo no era la única en ver el mundo de un modo tan descarnado e inaceptable socialmente.
-Hoy, sonríe, tesoro, sonríe para las fotografías.
Gracias a ella mi sonrisa va dirigida a este día de hoy, en el que de nuevo he vuelto a revolver entre las cajas de los recuerdos. Una mujer joven me sonríe con un homenaje a la frustración en su mueca, del que podemos ir tirando para escribir la novela de su vida.
En las que está Esperanza con el bebé hay tanta dicha, tanta celebración de la vida, que lo único que consigue es que resuenen en mis oídos aquellas palabras de su voz cantarina, insignificante:
-La gente es muy bruta, mi vida.
Que mamá dijo en el momento más oportuno, gracias a las cuales no hice ninguna barbaridad y que me sirvieron para tomar impulso y no dejarme vencer. De repente una mañana, al asomarme a su cunita, me pareció la cosa más dulce y tierna de todas cuantas iba a conocer en mi vida.
-Pastelito, le dije y comencé a llorar hacia fuera mientras me lo comía a besos.
Esperanza estuvo encantada con mi cambio y todas las ternuras que yo le dedicaba al bebé las aprobaba como si hubiese sido Dios quien hubiese obrado uno de sus milagros.
No tenía remedio. Ni lo tiene. Pero qué le voy a hacer. Es mi hermana. Hasta en las fotos institucionales en las que aparece como Presidenta de la Comunidad Autónoma tiene esa sonrisa absurda de estar celebrando su fe en sí misma y en su equipo de gobierno. Por eso quizás gana todas las elecciones, por eso dicen de ella que es una mujer con una intuición política a prueba de bombas. Razones todas por las que yo no la aguanto más de dos minutos en persona, ni más tres al teléfono.
-Doña Eulogia, ¿está usted llorando?
-Perdona, Palmira, es que he estado mirando fotos y se me ha soltado el lagrimal. El grifo se cerrará pronto. O eso espero. Porque me estoy mareando de mirar la pantalla del ordenador a través del llanto. Mira esa de ahí es mi hermana, la que te va a conseguir los papeles. Nada menos que un pez gordo.
-No sé, doña Eulogia, a lo mejor ella es demasiado importante para un favor tan pequeño.
Qué lista la negra. Su cuerpo vibra en el aire de mi casa como cuando una fiera asoma los dientes advirtiendo. Me gustaría ver la reacción de Esperanza en presencia de la caboverdiana. Ver hasta qué punto está templada su naturaleza política. Pero no conozco a nadie por debajo de la Presidenta que me pueda ayudar.

Querida Eulogia: te vas a enterar. Y bien. Te voy a comer hasta lo que no es comestible. VLM.
Me he pasado la tarde escribiendo notitas de este calibre y le he dicho a Palmira que me las esconda por toda la casa. En los cajones, dentro del frigorífico, en los bolsillos de la ropa. Quiero ir encontrándolas poco a poco y con algo de suerte espero haber olvidado que fui yo quien las redactó, para lo que he usado una extraña caligrafía que le he atribuido al Apolo de mis fantasías.
-Es usted muy rara, señora Eulogia, me ha dicho Palmira.
-Pues anda que tú, le he contestado yo.
-Pero me lo paso muy bien con usted.
-Y yo contigo, hija. ¿Salimos a tomar un algo?
-Me apetece un gintonic.
-Y a mí. Quiero que me cuentes cómo eran los bailes de gala de tu viaje en patera.
-Elegantísimos, doña Eulogia, no parecíamos negros, todos a golpe de valses.
Al meter la mano en el bolso para sacar las llaves he tocado algo con la punta de los dedos que me ha llamado la atención. Una hoja doblada por la mitad que he abierto disimuladamente. La negra estaba un poco piripi, sonriente, haciendo remedos de danzas tribales, y la he dejado pasar.
-Doña Eulogia, recojo mis cosas y me marcho.
-Sí, vete, hija,claro.
Al quedarme sola he leído el mensaje y se me ha encendido la cara de vergüenza ante tales atrevimientos. Luego me he sentado a escribir mi novela, según las instrucciones de mi profesora: no sé que de unos puntos de giro negativos y positivos y de cómo unos nos llevan a otros. La verdad es que no me he enterado de mucho. No sé cómo ciertos escritores han podido hacer sus obras bajo los efectos del alcohol, a mí en esas condiciones se me desmadra la cabeza.
Querido Apolo (o como te gusta firmar, VLM): eres muy atrevido. Ten en cuenta que te diriges a una señora que acaba de cumplir 71 años. Hay cosas de las que hablas que ni siquiera sé cómo se pueden ejecutar sin romperse una la crisma. No tengo en ese terreno otra experiencia que la que me dio la imaginación y la práctica habitual con mi marido. Supongo que tú estarás habituado a las demandas más extravagantes de esas mujeres viciosas que han podido permitirse tus tarifas. En mi caso, mis fantasías quizás no sean lo que cualquiera que alcanzase a leer nuestra correspondencia podría pensar. No soy una vieja loca (todavía), ni padezco una calentura morbosa. Me atrevo a pensar que me ocurre lo que a cualquier mujer en mi misma situación. Sólo que yo, gracias a cierto curso de escritura creativa que estoy siguiendo, me atrevo a enviarte este SMS. Un poco largo, quizás para el móvil, perdona, Apolo, dios de la belleza, pecado para los sentidos.
Al cabo de unos minutos un mensaje a mi móvil me decía: Apolo te hará disfrutar de momentos inolvidables con total discreción en persona. Si prefieres entablar relación vía móvil manda Apolo al 6969. Por el momento, seguimos vía móvil, contesté, al 6969. Por el momento, mereció la pena. No todo en una historia va a ser planteamiento, nudo y desenlace. Digo yo.
-¿Y las gafas dónde las habré puesto? Me pregunté en voz alta. Las putas gafas que tenía puestas.
Las imágenes que ilustran este capítulo:
Gin tonic de flickr.com/photos/move_lachine.
Los papeles doblados son de Simon Schubert.
Yul Brynner en 1942 fotografiado por George Platt.
Aristóteles en un detalle de La escuela de Atenas, de Rafael.
3 comentarios:
Gracias! Lo estoy pasando fenomenal con Eulogia.
Lo que son las casualidades, esta mañana encontré el blog: La nave de los locos, no he tenido tiempo de verlo con calma. Me gustó y he leído un cuento tuyo. Muy bien
El perro de Franz Marc, es el cuadro que mi hija tiene en su habitación!!! :))
Después de leer con atención el capítulo II de tu novela (he imprimido los 3 capítulos publicados porque leer en la web en general, como ya habéis dicho alguno, es un coñazo), me reafirmo en que la narración se lee con facilidad, resulta amena y ya al finalizar este capítulo está perfilado, a mi modo de ver, el personaje principal: Eulogia.
Está claro que Eulogia empieza a sentir los estragos de la soledad que vive -aunque de loca no tiene nada- y comienza a alimentarse de recuerdos (de los que recuerda) cuando su memoria se lo permite. Eulogia tiene en sus observaciones de la vida presente y pasada buenas dosis de humor y su ración de mala leche, como muchos de nosotros. Y dice verdades como puños. Y ameniza su relato también con su fantasía sexual, que muchos señores y señores tienen a su edad con seguridad.
Entiendo que otros personajes, tales como Palmira, Carlos, Esperanza, etc. están bien trazados y van entrando en escena conforme avanza la acción en la novela.
Ha sido bueno que utilices como vehículo para la trama la novela que quiere escribir Eulogia para ir sacando a la luz ideas, episodios, cuadros de la vida, etc. y los adornes con los fogonazos de buen humor e ironía que amenizan el vocabulario y los pensamientos de Eulogia.
Se advierte en ti a estas alturas la mano de un buen narrador y prueba de ello son los giros que vas imprimiendo a la narración para evitar el aburrimiento.
Me sorprende que elijas tan bien las imágenes que acompañan al relato.
Si revisada tu novela, te decides a buscar editor, ¿esas imágenes (o similares) acompañarán al texto? En caso afirmativo, a mi no me desagradaría. Resulta original y poco visto.
Un lector.
Me encantan frases como: "Una mano extirpada por encima del reloj de muñeca.", en fin, me esponjan el alma como los gintonics.
Me ha hecho mucha gracia la descripción del modo de escribir del autor, a modo de autopeloteo, a través de la carta de la profe dirigida a Eulogia.
:-p
Publicar un comentario en la entrada