sábado, 19 de junio de 2010

El fuego


El hotel ardía. Era fascinante: algunos clientes gritaban pidiendo auxilio, otros se arrojaban al vacío desde los últimos pisos. Yo contemplaba impotente la magna tragedia desde una esquina con un cigarrillo en los labios. No era un sueño, no era un cuadro ni era una secuencia cinematográfica. El aroma a carne chamuscada conseguía filtrarse entre la pestilencia de los plásticos y otros materiales inflamables. Ella me miró desde el otro lado de la calle con cierta desesperación. Había conocido, como todos los huéspedes de aquella casa, tiempos mejores. La investigación del seguro encontró pruebas de que había sido un incendio provocado. La policía me atosigó. Ella y yo acabamos bebiendo juntos. Y durmiendo. Cada vez que le encendía un cigarrillo me sujetaba las manos y me miraba a los ojos como si quisiese que la llama la devorase a ella, pero esperaba de mí más de lo que yo le podía dar.

jueves, 17 de junio de 2010

Familia


Mi padre murió y su taxi me pareció un objeto opresivo, absurdo, en la puerta de casa. Me costó aceptar que no lo enterrasen dentro de él. Mi padre quería que yo lo heredase, pero le dije a mi madre que no quería ser taxista. Tenía un pequeño estudio de cine publicitario que no me había permitido aún salir de la casa familiar. Hacía anuncios para talleres de reparación, para comerciantes locales, para academias que preparaban oposiciones, pero lo que a mí me gustaba era el cine, soñaba con dirigir películas. Había hecho algunos cortos con amigos del barrio y me había presentado sin ningún éxito a algunos concursos. Mi padre había mantenido durante toda la vida las distancias con sus hermanas, que a pesar de todo acudieron al funeral acompañadas de mis primas, a las que yo no había conocido antes. Enseguida me di cuenta de que mis tías eran extraterrestres al lado de mi padre, como yo mismo. No derramaron una sola lágrima y estuvieron serias y guapas. Mis primas acababan de entrar en la universidad y yo les dije, ufano y presuntuoso, que hacía películas. Se marcharon después de grabarme a fuego las mejillas con sus labios. Mi madre despotricó todo lo que quiso en cuanto se marcharon. No dejé de pensar en mis tías y en mis primas en las semanas posteriores. Las llamé con la excusa de que quería saber por qué ellas y mi padre apenas se hablaban, aunque ese asunto en realidad no me interesaba. Yo tampoco me hablaba con él, a pesar de que vivíamos juntos. Me invitaron un domingo a merendar en el chalet de una de ellas, adonde acudirían las demás. Les caí bien, no pedí explicaciones y la jornada resultó agradable. Intercambié los números de teléfono y móvil con mis primas. A las pocas semanas una de ellas me llamó para invitarme a ir a un concierto con sus amigas. Salí con todas. Eran cuatro. Las cuatro me gustaban, y también sus amigas. Decidí escribir esa historia y rodarla después. La primera imagen presentaba a mi padre de cuerpo presente, luego se veía el taxi aparcado en la puerta del edificio obrero, la siguiente escena mostraba la introducción del ataúd en un nicho mientra mi voz en off decía: mi extrañeza era ver que a mi padre no lo enterraban dentro de su taxi, un ataúd-taxi. La cámara hacía un barrido muy lento desde el rostro congestionado y lloroso de mi madre hacia la seriedad y contención de ellas. En el guión me quité algunos años y me presentaba como un adolescente deslumbrado por unos seres que le resultaban misteriosos. El viejo, que era el impedimento para que el chico se relacionara con ellas, había muerto. Mis tías y mis primas me aceptaban en sus reuniones, a las que yo acudía a escondidas de mi madre. Tenía que buscar un modo de conducir la historia. Todas se me acercaban con un cálido cariño familiar, que, sin embargo, producía en mí efectos ambiguos, amorosos. En la última escena tenía entre los brazos un álbum de fotografías. Sólo en una de ellas aparecía mi padre como un hombre joven, guapo. Su visión me desataba el llanto. Esta película no se hizo. Mi intención era pedirle a mis tías y primas que se interpretasen a sí mismas, pero no reuní el valor suficiente. Después ocurrió que no conseguí salir adelante con la productora y un buen día me vi al volante de un taxi. En el gremio todos sabían de quién era hijo.

miércoles, 16 de junio de 2010

Gorila


Estuve tomando unas copas con unos amigos, amigos también del gintonic, en un pub de moda. Había allí, como motivo decorativo, un gorila, de escayola, no sé. Pero cobró vida, con gran aplomo, con mucho sentido común, de modo que levantó un dedo para pedir su copa. Le cogió un trapo a la bargirl y se lo puso sobre la cabeza tapándose medio rostro. Me miró de soslayo, con inquietud y suspicacia, pero yo ya era un motivo de escayola, un hombre artificial, incapaz de llevarse a los labios su gintonic. Mis amigos decidieron comentar las idas y venidas de cuanta chica pasaba por delante de nosotros.

lunes, 14 de junio de 2010

El tucango


Para superar aquel momento especialmente difícil de mi vida uno de los especialistas que me reconoció me aconsejó que me comprara una mascota. No puse pegas, pero el asunto era más complejo de lo que en principio uno podría suponerse. Visité varias tiendas de animales y de entrada no me convencieron ni los gatitos, a cuyo pelaje era alérgico, ni los perros, en exceso juguetones, ni peces, ni pájaros, cuya contemplación sólo contribuía a entristecerme aún más. Los vendedores se empeñaron en ofrecerme toda clase de reptiles, movidos quizás por que los tatuajes de los brazos me conferían un aspecto salvaje, pero, sin llegar a confesarlo en ningún momento, esos bichos me daban aprensión. Hube de comentar algo con algún amigo en el bar en el que pasaba las horas, porque fue allí donde me abordó un desconocido ofreciéndome un hermoso ejemplar de tucango. Mi esposa, me dijo, mejoró mucho en su compañía, pero un desgraciado accidente de tráfico me la arrebató hace sólo unas semanas. El animal la echa de menos y creo que mi presencia, añadió, no hace si no convocarle su falta, así que tanto el tucango como yo necesitamos aires nuevos, pienso emprender un largo viaje y si usted no lo acepta, lo entregaré a una protectora de animales. No sé qué es un tucango, le dije. Venga a casa, lo ve y ya me dirá qué le parece, me contestó. Un tucango se asemeja a muchos animales y por lo visto no es de la clase de ninguno a los que se parece, pero tenía un aire simpático. Se alborozó mucho al ver que me acercaba y se agitó como un bebé en el regazo de un adulto, sin cuya asistencia iría a parar al suelo. Un tucango puede ser confundido con un bonsái, ya que sus patas han de permanecer constantemente enterradas como raíces. Me lo llevé, pero aunque ni a mi mujer ni a mis hijos les gustó, soportaron su presencia en un rincón de la terraza, porque estaban cansados de verme deambular de un lado a otro como alma en pena. Por las noches, antes de irme a la cama, salía un rato al fresco y allí estaba el tucango, que me recibía con una mirada fiel y comprensiva. Los tucangos tienen una mueca muy parecida a la sonrisa humana. Una noche, después de tirar el cigarrillo al vacío para ver cómo la brasa viajaba negrura abajo, al ir a meterme dentro de casa, el tucango se removió en su tiesto. Me volví y le di las buenas noches. Entré en el dormitorio y la respiración sorda y ronca de mi mujer me excitó, pero no me atreví a acercarme a ella, después de meses de distanciamiento. Tuve un sueño en el que el tucango aparecía a la mañana siguiente muerto, una rapaz nocturna le había arrancado la cabeza. El hecho nos conmocionaba a todos y decidíamos envolver su cuerpo mutilado en papel de aluminio y guardarlo en el congelador hasta que llegase el fin de semana y poder llevarlo a algún lugar donde darle sepultura. Desperté y me acerqué al ventanal que daba a la terraza, donde la mascota ya tenía la cabeza metida dentro del bebedero. Toqué en el cristal y se volvió mirándome sonriente. Pasé el día fuera de casa, en los lugares de costumbre, atado como estaba a la inercia de pequeñas rutinas, a falta de cualquier ilusión o esperanza. Compartía con un grupo de jubilados el interés por la evolución de una obra. El esqueleto del edificio crecía y desde abajo señalábamos con un dedo sus avances con el mismo interés que si se tratase de la construcción de una catedral. Luego volvía al bar de siempre y pedía a cuenta unas cañas, que saldaba a finales de mes. Un día se me vino a la mente el tucango. Estaría solo en su rincón de la terraza, ya que mi mujer no regresaba hasta la noche y mis hijos estaban en el colegio. Me lo imaginé sonriente, removiendo las patas dentro de la tierra y mirando hacia la calle. Pero al mismo tiempo como en el sueño, decapitado por una alimaña. Salí precipitadamente del bar y regresé a casa mucho antes de lo acostumbrado. No me lo propuse, pero debí entrar sin hacer ruido y así llegué hasta la terraza. Sólo quería verlo, asegurarme de que estaba en perfecto estado. El tucango estaba inclinado sobre su pecho y emitía un suave gemido, una especie de lamento monódico, que interrumpió en cuanto se dio cuenta de mi presencia. Se irguió y recuperó la mueca sonriente que yo le conocía. Fingí que había regresado para recoger algo que me hacía falta y volví a marcharme como si tal cosa. Nunca más se me ocurrió acercarme sigilosamente a la terraza. Parecía el bicho más feliz de la tierra y se ganó las simpatías de mi familia. Una noche busqué a mi mujer entre las sábanas y nos besamos apasionadamente. Me dijo que me había echado mucho de menos, pero que también estaba harta y había pensado en la posibilidad de una separación temporal. A partir de ahí algunas cosas se fueron arreglando, dejé de vagar por el barrio, volví a ocuparme de las tareas domésticas y cuando pasaba por delante de una obra no me detenía si no unos segundos, más que nada para observar al grupo de espectadores del que en otros tiempos yo había formado parte. Mi mujer me dijo una noche que volvía a tener la confianza de antaño en nuestra relación. Desperté esa misma madrugada sobresaltado por un sueño terrible, en el que el tucango había escapado de su tiesto y había entrado en el cuarto de los niños con una sed malvada, insaciable. Por la mañana su rincón me pareció muy sucio y mientras lo aseaba a él y limpiaba las baldosas de excrementos pensé en la posibilidad de pasárselo a otra persona. Esa misma tarde hablé por teléfono con mi hermana y le insinué la posibilidad de que una mascota la pudiese ayudar. Su novio la acababa de dejar por otra chica. No sé si será buena idea, me dijo. Ven y lo ves, es un animal simpatiquísimo, si no te va bien con él me lo puedes devolver. El tucango se emocionó como un bebé en cuanto la vio y he de decir que me dolió que le costase tan poco alejarse de mí, pero al fin y al cabo no me había sido nada difícil librarme de él. La verdad es que lo eché de menos, me asomaba a la terraza y al ver su rincón vacío me sobrecogía. Cada vez que hablaba por teléfono con mi hermana, como quien no quiere la cosa, le preguntaba por el animal. Está muy bien, me dijo una vez, es muy simpático y hace muy buenas migas con el perro de mi nuevo novio. Ah, vaya, me alegro de que hayas rehecho tu vida. Nos reímos y colgamos. Esa misma noche volví a tener una pesadilla con el tucango. Por la mañana el teléfono sonó a una hora todavía intempestiva.

viernes, 11 de junio de 2010

La peluca y un buen traje


Me compré una peluca. Llegué a casa y la guardé en un cajón. A la mañana siguiente, después de despedir en la puerta de la calle a mi mujer y a mis hijos, saqué la peluca y me la puse. Antes de empezar con las tareas domésticas me senté ante la mesa del salón, delante del espejo, y estuve un rato observándome. Era una peluca de hombre, con un color de pelo más claro que el mío, pero con un corte muy parecido. Lo lógico, de una lógica tan estrafalaria como mi existencia, hubiera sido hacerme con una larga cabellera semejante a la de Kim Basinger, pero la peluca no alteraba sustancialmente mi aspecto. Bajé a hacer la compra y nadie dio señales de extrañeza. Sin embargo, me la quité antes de que volviese a casa mi familia. Días más tarde entré en una buena sastrería y encargué un traje a medida. Ni que decir tiene que en mi vida cotidiana vestía de un modo informal. Tuve que sisar de la cuenta corriente para pagar la factura, pero cuando me quedé solo en casa, con el traje puesto, la satisfacción fue inmensa. Me puse el traje y la peluca. Pasaba las mañanas sentado ante la mesa del salón, imaginando que despachaba como un ministro con sus subalternos. Empecé a hacer la compra por teléfono y a recibir a todos los vendedores que pegaban a mi puerta. Eso duró apenas unos meses. De repente pensé en la posibilidad de que mi mujer o mis hijos me descubrieran y me asusté. Esa misma noche saqué la peluca de casa debajo de la camisa y la arrojé al contendor. A la mañana siguiente llevé el traje a la parroquia, desde donde repartían ropa a los necesitados. Volví a las tareas domésticas, pera ya nada fue lo mismo. Me sentí desposeído, huérfano, Y empecé a descuidar mis quehaceres. En cuanto mi mujer y mis hijos salían por la mañana, yo abandonaba la casa, que se me venía encima, y me pasaba el día merodeando por el barrio.

miércoles, 9 de junio de 2010

Conozco un atajo que te llevará al infierno, de Pepe Cervera, e.d.a. libros



Hay demasiados libros, y casi todos cuestan menos que el trabajo de buscarlos inútilmente en muchas partes. No lo digo yo, pero lo pienso. Conozco un atajo que te llevará al infierno, colección de relatos que compone el mosaico de la vida de un personaje central que es Andrés Tangen, escrito por Pepe Cervera, sería para mí uno de ellos si no hubiese dado con él en el stand de la editorial e.d.a. en la recién acabada feria del libro de Málaga, más aburrida que un mojón. El encuentro entre un libro y un lector, un lector al que va dirigido ese libro, es un acontecimiento que podríamos calificar de dichoso. Me siento en deuda con el autor, al que no conozco personalmente, pero del que tengo referencias procedentes de la blogsfera literaria. Pago mi deuda con el agradecimiento por haber contado ese mundo periurbano en el que una generación a la que pertenezco ha desarrollado su educación sentimental.
En esos relatos está la crueldad preadolescente de los 11-12 años en el paisaje desolado de los extrarradios, donde cualquiera que los haya conocido reconocerá sus acequias y sus vías muertas. Mis amigos tenían otros nombres que los que aparecen en esas historias, pero con ellos aprendí a fumar, a manejar los luchacos, a robar de las huertas y de los camiones de reparto. Mis anécdotas, sin que sean las mismas, pertenecen a ese mundo que Pepe Cervera recrea en estas historias: las rutinas del barrio obrero, la falta de espacio en la vivienda familiar, el paso por la cárcel no sólo de los golfos, sino de alguien que se acercó demasiado a la parte chunga. Y en medio de ese ambiente los destellos iluminadores que procedían de la lectura, de los discos, de los pósters colgados en la pared del cuarto. Están ahí esas oposiciones a un puesto menor en la administración de Justicia como forma de prosperar, las derrotas sucesivas del tiempo que todo lo desgasta, esas pequeñas victorias que tanto cuestan, en una sucesión de historias que componen una biografía desde los años de aprendizaje hasta la escéptica cuarentena de un escritor que sabe que sus libros cuestan menos que el trabajo que el lector se ha de tomar en encontrarlos. Yo creo que todo aquel que buscó sus oportunidades por medio del bibliobús, las academias de barrio o en las tristes aulas de una facultad, como primera generación universitaria en su ámbito familiar, entenderá bien este libro, porque muchos de los amigos se quedaron en un camino sembrado de zancadillas. 10 euros lo que cuesta.

La primera frase del texto, la que dice: Hay demasiados libros, y casi todos cuestan menos que el trabajo de buscarlos inútilmente en muchas partes, pertenece al libro Los demasiados libros de Gabriel Zaid, Debolsillo, 2010, pág, 93.

sábado, 5 de junio de 2010

Velas al viento: Los microrrelatos de La nave de los locos



Esta es la portada del libro que acaba de salir en la editorial granadina Cuadernos del vigía con una nómina de autores entre los que, para que voy a decir otra cosa, me hace mucha ilusión estar:

Francisco Ayala, Mario Benedetti, Antonio Pereira, Pablo Antoñana, David Lagmanovich, Raúl Renán, Daniel Moyano, José Jiménez Lozano, Rafael Pérez Estrada, José de la Colina, Gonzalo Suárez, Eugenio Mandrini, Federico Patán, Fernando Aínsa, Luisa Valenzuela, José Emilio Pacheco, José María Merino, Luis Mateo Díez, Enrique Jaramillo Levi, Juan Armando Epple, Raúl Brasca, Manuel Talens, Rogelio Ramos Signes, Ana María Shua, Esther Andradi, Pedro Herrero, Armando José Sequera, César Gavela, José Gregorio Bello Porras, Julia Otxoa, María Rosa Lojo, Pedro de Miguel, Carlos Iturra, Diego Muñoz Valenzuela, Emilia Oliva, Luis Pérez Ortiz, Lilian Elphick, Gabriela Aguilera, Araceli Esteves, Enrique del Acebo Ibáñez, Luis García Jambrina, Carlos Castán, Manuel Moya, Fernando Iwasaki, Ángel Olgoso, Juan Romagnoli, Carmela Greciet, Manuel Moyano, Julio Ricardo Estefan, Pedro Ugarte, Antonio Báez, Cristina Elda Nieto, Antonio Serrano Cueto, Juan Gracia Armendáriz, José Alberto García Avilés, Pepe Cervera, Miguel Ángel Cáliz, Sandra Bianchi, Ernesto Calabuig, Fabián Vique, Rubén Abella, Francisco Rodríguez Criado, Pilar Galán, Isabel Mellado, Francisco Silvera, María Fabiana Calderari, Gemma Pellicer, Orlando Romano, Ginés S. Cutillas, Mónica Gutiérrez Sancho, Óscar Sipán, Javier Puche, Manuel S. Vicente, Miguel Ángel Zapata, Carmen Camacho, Ildiko Nassr, Andrés Neuman, Héctor Kalamicoy, Luis Azuaje y Cristina García Morales.

Le tengo que dar las gracias al profesor Fernando Valls por contar para su proyecto no sólo con nombres más o menos consagrados, sino también con elementos de la periferia como un servidor.

Algunos de ellos son fraternales compañeros de ese espacio misterioso en lo virtual.