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sábado, 9 de febrero de 2008

El libro de los peligros




A lo largo de las dos últimas semanas he sacado un relato diario (de 400 a 600 palabras aproximadamente) bajo una idea implícita en el epígrafe El libro de los peligros. Los que los hayáis leído, todos o alguno, habréis visto que son relatos ciertamente macabros, a veces demasiado oscuros o siniestros. Aunque no he renunciado al humor y a la paradoja. Quizás habrá habido quien se haya sentido agredido en su sensibilidad. Alguien me ha comentado que los textos le hacían daño y que necesitaba una tregua. Su sinceridad me ha conmovido, consciente de que ese punto se podía dar. Al mismo tiempo otros lectores han soportado las historias con un espíritu más humorístico. Y otra lectora hace referencia a lo puñeteros que son los niños, pero también el que los retrata. He de decir que estoy satisfecho con todas las lecturas. Cada mirada vuestra sobre esos artefactos me ha ayudado a sentarme cada tarde a escribirlos. Mientras me tenía que levantar para darles la merienda a mis hijos (uno de 4, otro de 2), para tender una lavadora, o para reunirme con ellos a última hora en el parque, adonde la madre se los había llevado hacía un rato. Así que el tema era delicado. Hablar de los niños siempre lo es. Quien más quien menos se preguntará cómo teniendo niños pequeños he podido escribir cosas tan espantosas. Sólo se me ocurre decir que lo he hecho gracias a la distancia que el humor siempre es capaz de poner entre uno mismo y las cosicas de uno mismo: sus miedos, sus anhelos y sus sueños. Esto, es, tomándome el pelo un poquito, tomándole el pelo un poquito al asunto y teniendo un respeto reverencial por el lector para que en todo caso, él, si quiere y le apetece, se tome el pelo a sí mismo, que yo no soy nadie. No obstante, todo no es humor negro en los textos. Hay aspectos que simple y llanamente saben a negrura sin humor. También. Mirad, pero en esta tarea no estoy solo, evidentemente. He contado con muchas ayudas. Y son esas columnas o pilares del andamiaje las que quiero explicaros, pues sin ellas tampoco podría haber escrito nada.

En primer lugar quiero hacer aquí una referencia a lo que pudo ser el primer germen para estas historias. Cuando acabé la otra serie (también negra y algo bizarra, como bien acertaron a calificar algunos lectores), la titulada Los invisibles, leí en el blog Territorio enemigo una historia terrible por lo que tenía de real, que me puso los pelos de punta y literalmente me emocionó hasta dejarme sin habla. Intentaba contársela a mi mujer y las palabras se me entrecortaban. Podéis leer allí la versión original, porque es sobrecogedora. Yo había estado ensayando con la inquietud y el miedo en los últimos textos y quería seguir por ese camino. Pero ese camino era muy duro y podía estar muy trillado, si no echaba mano de ciertos elementos que lo elevasen más allá de la experiencia más directa, más personal.

Ahí estaba para echarme una mano la película que mis hijos estaban viendo esa tarde: Pesadilla antes de Navidad, de Tim Burton. Les encanta la canción de Hallowen y tengo que rebovinar la cinta una y otra vez para que la vean.

Pero también, Edward Gorey, que es el autor de la ilustración que acompaña a este texto. Y con quien Burton quizás esté en deuda. En Valdemar podéis encontrar La pareja abominable y otras historias macabras, donde hay un escalofriante abecedario de niños muertos, “Los pequeñines macabros”, o historias como las de “El bebé bestial”.
Y también Los increíbles, la peli. De donde he sacado al bebé que se se echa a arder.

Y también ese alumno de la ESO que cada vez que le da un siroco grita en mitad de la clase:
-¡¡¡ Vamos a morir!!! ¡Vamos a morir todos!

Y están los parques (un parque infantil cuando se ha ido todo el mundo es terrorífico) y los niños, los propios y los ajenos (que siempre andan jugando a esconderse y a espiar). Y las noticias de la tele, que confirman la negrura sin humor. Y las fotos de carnaval con los niños vestidos de dragones, de supermanes o de princesas.

Y también está Veinte días con Julián y Conejito, de Nathaniel Hawthorne, que cuenta las tres semanas que pasaron juntos y solos el escritor y su hijo Julián, de cinco años, en 1851, cuando su esposa y sus hijas fueron a visitar a unos familiares. Ahí dice: “La felicidad le viene de sí mismo”, refiriéndose al crío. En cuya portada, en la editorial Anagrama, un daguerrotipo nos muestra a Julián, viva imagen de un fantasma. No solo por su apariencia de seriedad-severidad, sino porque en esa bruma llena de manchas e imperfecciones, somos conscientes de que lleva criando malvas ya un buen tiempo.

Y por último estoy yo, que he intentado hacer lo que me ha dado la gana, con un material que vagaba difuso por mi mente o bien he rescatado a posteriori. Más puñetero que los niños. Eso sí.

El libro de los peligros es un volumen infantil existente ya en el mercado, bajo el título ¡Cuidado!, en el que a través de viñetas y dibujos se trata de advertir a los niños sobre todas las trampas domésticas que les asechan. Los padres estamos obsesionados con tapar los enchufes, cerrar con mosquiteras las ventanas que dan a la calle, sacar de su alcance medicamentos y productos de limpieza. Una amiga llegó en una ocasión a casa con su hijo y cuando vio que una canica rodaba por el suelo de la habitación de los nuestros, dijo que jamás dejaría que el suyo durmiese allí.
Miedo. De eso se trata. Aunque de vez en cuando un niño se rebela. Está esperando a su raptor para irse con él de buena gana o busca a su señora amiga para que le abra la puerta que da al hueco del ascensor. A todos nos ampara el mismo paraguas.
Que ustedes disfruten de ella. De la muerte. Será buenísima señal.

El hueco


Lo que pasa es que fuera de aquí me aburro. Con papá y con mamá y con los juguetes que hay en mi cuarto y con el bebé que no saber hacer nada. Me aburro y me escondo debajo de la cama. Para sentir los latidos de mi corazón. O me meto bajo las sábanas y me quedo muy callado para oírlos pasar. El bebé de camino al cambiador con su caquita fresca, papá con el tenedor atravesado en un trozo de manzana, jugando a buscarme. En la oscuridad todo es mejor. Porque hay unos ojos muy fijos que me miran, porque una boca inmensa llena de dientes afilados se abre delante de mí, porque otro niño respira a mi lado, un niño que es como yo mismo, pero sin ojos. A veces me basta con meter la cabeza entre los brazos y apretarme los oidos y dejar de respirar. Pensé que este era un buen lugar, oscuro como debajo de la cama, en el que no se les ocurriría buscarme. Pero no sabía cómo llegar hasta aquí, así que le tuve que pedir ayuda a ella. A la señora mi amiga. Me abrió la puerta y me dijo:
-Pasa.
Estaba oscuro y cuando puse los pies en el aire comencé a caer. Caí muy, muy rápido hasta chocar abajo. Luego la señora mi amiga cerró la puerta arriba y se hizo la oscuridad total. Aquí es imposible aburrirse con las dos piernas rotas, con la cara llena de magulladuras, con los brazos arañados. Ahí arriba el ascensor sube y baja. Quiero quedarme a vivir aquí. De hecho ya no va a haber otra posibilidad. Antes he intendado gritar, pero no sé por qué la voz no me ha salido de la garganta. Me buscarán por todas partes, pero no se les ocurrirá que estoy en este hueco. Pensarán que ha venido un desconocido y que me he marchado con él. En la oscuridad, como en las profundidades marinas les ocurre a los abisales, me saldrá una luz en la punta de la nariz para poder guiarme a través de los túneles que comunican este hueco con los demás.

jueves, 7 de febrero de 2008

Una piraña


Estoy aquiií, dentro de la barriga de la piraña, hecho cachitos por sus dientes tan afilados. Así que lo que recuerdo no es mucho. Más o menos esto:
La seño nos dijo que buscásemos en Internet: pino, piña y piñones. Papá me sentó en sus rodillas después de cenar y me puso Google para que yo mismo teclease las palabras. Papá me explicó las imágenes. Me dijo que las hojas eran como agujas. Y me enseñó los dos tipos de piña.
-Esta no es la piña del pino, me dijo, mientras me señalaba una lata de piña.
Luego buscó en la cocina, pero no encontró piñones. Vi las fotos. Las imprimió y las guardamos en mi mochila para que no se me olvidasen a la mañana siguiente.
-Ahora puedes buscar lo que quieras.
Yo escribí: rape abisal, y luego: pez víbora. Me gustan mucho los peces de las profundidades. Antes de irme a la cama me dejó que viese la canción de Pesadilla antes de Navidad.
Sara llevó una bolsita con piñones y los probamos. La seño tenía un piña preparada. Una de color amarillo que habíamos usado como adorno de Navidad. Y luego bajamos al patio. Para que todos nos fijásemos bien en los pinos.
En el comedor nos pusieron arroz a la cubana y palitos de merluza, pero cuando mamá me preguntó, como todos los días, le contesté, como todos los días, que yo nunca decía lo que había comido, pero que si quería le decía el cuento que esa mañana nos había contado la seño. Vamos, la conversación de siempre.
Estuve hasta las cinco en el ordenador. Luego juegué un rato con los dinosaurios en mi cuarto: hice tres filas, una de terrestres, otra de voladores y otra de acuáticos.
Merendé fruta y un bocadillo de pan pan de nocilla. Luego bajamos al parque. Y allí estaban mis amigos del cole. No todos, ni el más amigo, pero sí unos muy amigos. Estuvimos en el tobogán. Carlos se cayó de boca de un columpio y su papá tuvo que limpiarle con un pañuelo la sangre que echó por la nariz. Y por la boca. Se partió un diente.
En el baño papá me enjabonó y me dijo que podía jugar mientras me preparaba la cena. Le pegué un mordisco a la esponja. Cada noche me comía un trocito. Les advertí al tiburón y al león que esa noche iban a venir Roson y Necalí a ponerles el cerebro de gallina con un cable azul.
Papá me preguntó por Roson y Necalí. Pero no le contesté. Me estaba frotando la cabeza con una toalla para secarme le pelo y me estaba molestando mucho.
Le pregunté a papá si una piraña sola se podía comer a una persona. Y dudó.
-Venga, me dijo, que tienes la cena en la mesa.
-¿Después puedo buscar imágenes en Internet?
-Sí, si te tomas toda la leche bien y rápido.
Tardé un buen rato en cenar, porque me dolía la cintura y porque la pajita tenía un agujero, así que no chupaba.
-Ahora, las imágenes, exigí.
-Se ha hecho muy tarde, me dijo papá. Te tienes que ir a la cama, has tardado mucho en tomarte la cena.
Me eché a llorar y me acosté dando alaridos. Me quedé dormido con la cara mojada por las lágrimas. La piraña comenzó a morderme el dedo gordo, eran cosquillas. Reí. Estuve riendo hasta que terminó de devorarme. Una piraña, ella solita.
Lo que pasa es que ya no me hace gracia. Y creo que a papá tampoco.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Una pistola

La cara que se te ha quedado no nos resulta desconocida a ninguno de los dos. La mía es diferente, porque no se trata, como otras veces, de una broma o de un fingimiento para que el castigo recaiga sobre ti. Me acabas de pegar un tiro. Has tardado en reaccionar y cuando te has dado cuenta te ha cambiado la cara. Completamente nueva. Trágica. La mía, diremos que dramática. Tú sólo eres dos años mayor que yo. Suficientes para proponer todos los juegos, todas las reglas. Suficientes para que yo las acepte. Papá nos lo tiene terminantemente prohibido. Y por eso, según me dijiste, se te ocurrió abrirle el cajón. De ese modo diste con la pistola. Te encantaba sostenerla en la mano, sentir su peso, que conseguía doblarte la muñeca. Apuntar por la ventana a las figuras del jardín. Las amigas de mamá con su merienda de zumos y sus risas ahogadas. Ha sido la mejor aventura de todas. Pero mejor que ésta la primera vez.
-Si eres capaz de guardar un secreto, te enseño una cosa, me dijiste.
-Soy capaz.
-No lo creo.
-Sí que soy capaz, dije, lleno de rabia, con las lágrimas a punto de estallar.
-Tienes que jurarlo.
-Lo juro.
-Que se mueran papá y mamá, si te vas de la lengua. Y que la lengua se te llene de llagas.
-Lo juro.
Que me saliesen llagas en la lengua no me importaba. Ya estaba acostumbrado. Tú sí que le tenías miedo a las llagas. Porque nunca te habían salido. Pero no quería que papá y mamá se muriesen.
Me llevaste al cajón. Me miraste. Con una cara, digamos que dramática. Y me diste tanto miedo que casi me echo a llorar.
-Si vas a llorar, te quedas sin verla, me amenazaste.
-No, no lloro, me apresuré a decir.
Abriste el cajón y sacaste un trapo. Pensé que me ibas a gastar otra de tus bromas. Me preparé para encontrar allí una rata muerta y volver aburrido al juego que había dejado a medias. Como mucho me daría asco. Pero no fue así. La pistola brilló ante mis ojos.
-Guau.
Me hiciste una exhibición. La sostuviste y calculaste el peso. Luego apuntaste hacia mí. Pero te negaste a dejármela.
-Eres pequeño.
-No lo soy.
-Lo eres.
-Se lo diré a papá.
-Entonces se morirán: papá y mamá. Lo has jurado. Y se te llenará la boca de llagas.
-No me importan las llagas, dije, sintiéndome superior a ti, porque tenía conocimiento de un dolor que a ti te aterraba.
-Ya te la dejaré tocar. Pero tienes que hacer todo lo que yo te diga y sobre todo callarte. No le digas nada de esto a nadie.
-Vale.
Esa noche me acosté con un secreto importante de verdad. Lo sabía bien. Por la mañana te miré mientras desayunábamos para que comprendieses que no me iba a ir de la lengua. Pero tú no reparaste en mi intención. En el autobús te quise decir algo del asunto y me diste una patada baja. Comprendí. Sólo en casa. Fuera de ella como si el secreto no existiese. Yo sabía que no les habías dicho nada ni siquiera a tus amigos. Así que me sentí muy especial. Por la tarde con el corazón a cien esperé que me vinieses a buscar para volver al cajón. Pero no lo hiciste.
-¿Has ido tú solo a verla?, te pregunté cuando nos acostábamos.
-No, me dijiste, pero supe que me estabas mintiendo.
Por fin esta tarde apareciste detrás de mí. Había conseguido olvidarme del asunto y estaba embebido con mi desfile de dragones.
-Ven.
La has sacado como la otra vez. Envuelta en el trapo. Yo ya sabía que no era una rata muerta. Ha sido cogerla frente a mí y casi al mismo tiempo sonar el disparo. Es entonces cuando se te ha puesto esa cara: primero de a ver cómo te las apañabas para que me la cargase yo, después de tragedia. Antes de perderlo todo de vista he podido oír a mamá y a sus amigas corriendo por el jardín. Sus voces me han sonado como cuando papá y mamá nos llevaron a ver aquella fuente. Agua que caía sobre agua.
Voy a cumplir mi juramento.

martes, 5 de febrero de 2008

Un brasero


Todo empezó a oscurecerse cuando las llamas llegaron a los cojines, a la goma espuma, a las pesadas cortinas. Las vi avanzar hasta que la negrura se tragó sus azules y rojas lenguas, tan animadas. Me empezaron a picar los ojos, luego fue como si me entrase un huracán por los agujeros de la nariz. Y ya, asfixiado. A lo lejos seguía la tele puesta, la abuela dormida y asfixiada, en llamas. Comencé a arder enseguida, acariciado al principio, vivamante frotado después, como hacía mamá con la toalla nada más sacarme del baño, hasta carbonizarme. Y sólo un añito tenía. En mi cunita, con mis muñecos favoritos, aquellos a los que me agarraba para consolarme. Cómo ha pasado el tiempo. Hace ya un día, un año, un siglo, una hora, lo que sea. Aún estoy asfixiándome, aún hay llamas que salen de mí. Donde el tiempo es todo. Y donde no es. Donde hay y no hay. Abunda y escasea. Es difícil, pero para que lo entendáis: yo habría querido ser escritor, pero las llamas se adelantaron a cualquier deseo. No deseé ser nada. Fuí lo que fuí. Y ahora lo soy. Todo y nada. Dentro de todo, alguien podría haber dicho de mí una sandez como la que estoy viendo en una contraportada cualquiera: “Tavares triunfará, eso es algo que se ve venir”. Yo soy Tavares. Una tea ardiendo, cochifrito. Y una tragedia como para que papá y mamá se vuelvan locos de desesperación.
Pero al haber no sido, mi vida ha discurrido entre meandros. O mejor, entre lugares que son como las caras de una misma moneda. Dentro de las llamas y fuera de ellas. En otras palabras, no he triunfado. Y he hecho que los demás también fracasasen. Tavares se salvó del incendio en el viejo caserón de su abuela y se convirtió en un imbécil, en un escritor de mucho éxito. Le dió la razón a sus profetas. Escribió mucho de aquel incendio provocado por un brasero en el que su abuela pereció. Bendito sea ese Tavares, pero este Tavares es una pesadilla: un bebé que arde. Al menos no berreé, porque ya me había asfixiado. Un bebé que arde es algo espantoso, difícil de soportar en la imaginación. Sin embargo, es más frecuente de lo que se piensa. Hay bebés, púramente ígneos en su fuero interno, cuyo solo deseo de espantar a los seres que más los aman, les hacen prenderse. Porque no quieren ser lo que hubieran deseado ser.
Me ha costado tanto no ser Tavares, ese triunfador de las letras...

A mi alcance


Le dije a mamá que quería probar sus medicamentos. Sonrió, dulce y triste, como era ella, y tocándome la cabeza, me dijo que nunca debería hacerlo, porque me podría morir. Hizo una fila con sus píldoras, como las que yo hacía con mis coches, y se las fue metiendo de una en una en la boca. Entre una y otra un buchito de agua, apenas para quitarse la sequedad de la lengua. Luego comprobó que todos los frascos estuviesen bien cerrados y los guardó en el armario. Calculé la distancia que me separaba de él y en cuanto tuve ocasión arrimé un banquito, pero vi que no era suficiente. A la noche repitió la operación, con algunas novedades: dos de color azul y una amarilla, además de las de la mañana. Le dijo a papá:
-Explícale a Sergio que es muy peligroso que los niños tomen medicamentos que no les haya mandado el médico.
Papá casi que repitió palabra por palabra las de mamá. Pero con un tono que me daba la risa. Me la aguanté para que no se mosqueasen.
Papá y mamá habían llorado mucho en los últimos meses, porque creían que mamá podía morirse de un momento a otro. Al final con aquel montón de pastillas y cápsulas, con las revisiones y con un ingreso cada mes, mamá, como dijo el abuelo, se quedaba un ratito más con nosotros. Me dijeron que la tenía que querer mucho, pero yo ya la quería mucho. Iba a su cama y le daba un beso. Ella volvía a sonreír, pero yo no podía verla, porque si no me entraban ganas de llorar, así que agachaba la cabeza, mientras ella me decía:
-Como yo no puedo ir a tu cama a darte el beso de buenas noches, vienes tú a la mía, eres mi vida.
Si se me olvidaba, porque estaba entretenido con mis tebeos y ella ya iba a dormirse, me llamaba.
-Sergio, Sergio, ven a despedirte, tesoro.
Yo dejaba la historieta a medias y corría por el pasillo hasta su dormitorio.
-¿Qué haces?, me preguntaba.
-Estoy en mi cuarto viendo tebeos.
Se levantaba por las mañanas y se sentaba un rato al sol, que colaba por la cristalera de la terraza. Yo sólo la podía ver allí los fines de semana. Los días de cole, papá y yo nos marchábamos antes de que ella se levantase. Se quedaba con Asunta. Después de la siesta muchas veces ya no salía de la cama.
Así que pensé que me podía tomar las píldoras que ella tomaba. No sé, me pareció buena idea.
-¿Es que te querías matar?, me preguntó el abuelo.
-No, le contesté.
-¿Entonces por qué lo hiciste, si sabías que un niño se puede morir con los medicamentos que no son para él?
-No lo sé, quise probarlos.
-¿Y te gustaron? ¿Te ha gustado el lavado de estómago?
-No.
-Pues que no se te ocurra volver a hacer algo parecido. Hemos conseguido que tu madre no se entere de nada.
Cada vez que veía a mamá ordenando en la mesa todas las pastillas, volvían a entrarme ganas. Pero mamá ya no era mamá. Mamá era mi sueño despierto.Ya no me llamaba, si se me olvidaba ir a darle el beso de buenas noches. Mamá era el eco que se me había quedado dentro. La repetición absurda de las últimas palabrotas que yo mismo había dicho. Ya no era ni triste ni dulce. Y lo único que podía ofrecerme eran todos sus medicamentos. Que papá no había tenido el valor de tirar. Probé con el banquito y ahora sí. Había crecido unos centímetros y estaban perfectamente a mi alcance.

lunes, 4 de febrero de 2008

Superhéroe


Me hice un lío con los pies al pasar de una ventana a otra y caí en picado. Si es que yo no quería ponerme esas botas. De cabeza contra el bordillo de la acera. Nada que hacer. Ni las chicas de la panificadora que olían a palmeritas. Ni el peludo médico de la ambulancia. Ni mamá. Ni la abuela. Ni las vecinas. Nada, no pudieron hacer nada por mí. Todo el mundo llorando.
-Si es que hay que tener un cuidado con los niños. Cien ojos son pocos para ellos.
El trajecito tenía un acolchado que intentaba reproducir la musculatura de Superman. Bajo él, yo. Me quedé frío como un polo. O más. Mamá me intentó quitar el traje, pero me resistí. Cuando andaba calentito, que mamá me decía, qué gloria, eres como una madalena recién salida del horno, mamá nunca me hacía caso. Le dije: no quiero que me pongas las botas. Y ella, mi vida te las tienes que poner para corregirte. Me da igual. No las quiero. Pero me las puso, mamá quería que mis pies mirasen al frente. Yo andaba mejor sin ellas. A ella no le quedó más remedio. Se lo dijo llorando a la abuela. Él se quiere quedar con el disfraz.
-Pero hija mía, es por su culpa que se ha descalabrado.
La S en el pecho, la capa roja, el caracol de pelo que la abuela me había pegado en la frente con un poco de su laca. Mamá comprendió y me quitó las botas. Los pies se giraron hacia dentro, imantados, como unas manecillas indicadoras. Como las del coche de papá. Volvían a su sitio.
Llegó el lunes. En la fila del cole mis amigos se empujaban y reían. Las madres tenían unas caras algo raras. La seño habló de mí en la clase. Pero no sé lo que dijo.
-Álvaro, Álvaro. Esa noche casi todos mis amigos me llamaron en la oscuridad. Pero no les contesté. No era Álvaro. Ellos parecían no saberlo. Todo el mundo llamándome.
Volar es muy fácil. Yo lo sabía. Pero todo el mundo no puede volar. Ni siquiera todos los niños que se vistan como yo. Es sólo un juego. Pero algo triste. Y lo que uno siente es que hace frío, muchísimo frío, tanto si uno vuela por encima de las cabezas, como por debajo de la tierra.

domingo, 3 de febrero de 2008

Los desconocidos


La sombra de un desconocido siempre planeaba sobre nosotros: a la salida del cole, en nuestros juegos del parque, al volver a casa, en el descansillo de la escalera. Para nosotros los desconocidos eran siniestros, tenían intenciones ocultas, querían atraernos hacia ellos para hacernos desaparecer. Es lo que le había ocurrido a la pequeña Estela. A la que habíamos estado buscando por todas partes sin haber llegado a dar con ella. No os acerquéis a nadie, nos decían. Si alguien os pregunta algo, vosotros seguid vuestro camino. Si os ofrecen chucherías, no las cojáis. No os subáis a ningún coche. Pero los desconocidos eran, al fin y al cabo, una solución, una respuesta. La manera de saber que se trataba de un desconocido era mirarle la sombra. Fijaos bien si la sombra parece despegada del suelo, como si estuviese a punto de adoptar una iniciativa independiente. De doblar la esquina por el lado contrario del que vaya a tomar el desconocido. En ese caso dad la voz de alarma. No nos quedaba claro quién de los dos era más peligroso. En caso de duda hacia qué lado huir, qué perseguidor elegir. Al desconocido o a su sombra. Lo discutíamos. Yo ya tengo ganas de vérmelas con uno, decíamos, mientras lanzábamos un golpe de canica. Los desconocidos, no obstante su omnipresente amenaza, aparecían de tarde en tarde. El último se había llevado consigo a la pequeña Estela. Jo, ahora otro va a tardar en venir, decíamos. Pueden pasar años antes de que el próximo quiera actuar, nos dijo uno de los chicos mayores, presumiendo, con un cigarrillo en la mano. Porque no todos los desconocidos eran auténticos. Y la prueba de la sombra era dudosa o ambigua.
-¿De verdad eres un desconocido?
-De verdad.
-¿Y lo que quieres es raptarme?
-Desde luego.
-Entonces tendré que gritar para que te detengan.
El hombre dudó, se frotó las manos, que le sudaban.
-Has tardado mucho en venir, le dije.
-Pero ya estoy aquí, no temas. Verás que divertido es.
-¿Es divertido de verdad?
-Mucho. Todo el mundo estará buscándote. Pondrán tu fotografía en todas las paredes. Y la sacarán en la tele.
-Qué guay, vámonos cuanto antes.
-Pero ten en cuenta que la verdadera diversión no permite que regreses a casa nunca.
-¿No volveré a ver a mis padres ni a mis hermanos?
-No.
-¿Y a mis amigos?
-Tampoco.
-Pero bueno, puedes venir más adelante y llevarte a uno, ¿no?
-No, jamás volveré a pisar por aquí. En todo caso serán chicos de otros barrios, chicos que tú no conocerás.
El jardín de los desconocidos siempre era pequeño y estaba lleno de malezas, pero el lecho de tierra siempre era húmedo y tierno. ¿Por qué no podía valer la pena?

viernes, 1 de febrero de 2008

La orfandad


Cuando yo tenía 7 años unas enormes alas negras vinieron a posarse sobre mi casa. Hoy tengo 17. El jardín quedó enterrado en una penumbra siniestra. En el colegio nos explicaron que se trataba de un eclipse. La abuela se santiguó. Cuando asomó el sol por una esquina, entre los guindos, papá ya estaba con las manos recogidas sobre el ombligo. Mamá chilló, se arañó la cara. Y se abrazó a papá, que era un palote. Dicen que yo soy como él. Que tengo su figura. Que a ellos se lo recuerdo mucho cuando bailo. Yo me miro en el espejo y no veo a papá. Ya me gustaría. Me veo la cara llena de granos. El chico es clavadito al difunto, le dijo una de mis titas a la profesora de clásico. Y esa misma tarde me puse a revolver en los cajones. Dentro de una caja había fotografías de papá. Con el sombrerillo ladeado, con el nudo de la camisa por debajo de las costillas, haciendo las palmas. Me asomé al espejo y no fui capaz de encontrar ese parecido con papá, que para mi tita estaba tan claro. Además, creo que el pelo se me está empezando a caer. Y el de papá era un pelo muy fuerte, muy espeso y negro. Ahí está en las fotos. Ayer en la ducha me quedé con un manojo en la mano. Y sólo tengo 17 años. Desde hace días miro la almohada al levantarme y no pasa que no deje de recoger cada mañana un buen puñadito. Es lo que me hace llorar. Si me acuerdo de papá lloro, si me acuerdo de que el pelo se me está cayendo lloro y si me acuerdo de que no veo que me parezca a él, por mucho que otros lo digan, también lloro. Y ya si me acuerdo de tí, mi amor, no veas. Lloro que no sé de dónde me pueden salir tantas lágrimas. Eso le viene bien a tu arte, me ha dicho la profesora de español, porque no puedo reprimir las lágrimas mientras ensayo. No sé lo que pensará, ni qué se imaginará acerca de mi irreprimible llanto. Porque hasta este momento yo no había hablado del asunto. Esta es la primera vez. Ayer la televisión anunció un eclipse. Estas alas siniestras que ahora nos cobijan. La abuela ha cruzado el patio detrás de su escoba, sin dejar de santiguarse. Me ha mirado y se ha vuelto a santiguar con un llanto entrecortado. Un hipo seco. La abuela me ha peinado esta mañana. Un poquito de aceite para que este pelo negro brille como la noche, me ha dicho y me ha puesto el ungüento. Ha estado un buen rato pasándome el peine. Y yo he dejado que hiciese lo que se le antojara. Eres clavadito a él, por lo bajo. Y qué mata de pelo. Por eso tenía tantas ganas de verte, porque me haces mucho bien. Has traído un cristal ahumado y ahora quieres que miremos hacia el sol estorbado por la luna. Es por lo que sé que esas alas siniestras apoyadas en el tejado de la casa no me pueden hacer ningún daño. Y lo que hago es muy sencillo: me trago las lágrimas antes de que me broten hacia fuera.

jueves, 31 de enero de 2008

La moto


Mi hermano Rafalito y yo eramos igualitos. Hasta en los andares. Y en los gustos. Ni papá era capaz de conocernos, sobre todo si tenía encima una pea. La única capaz de distinguirnos: mamá. La de travesuras que hacíamos echándole las culpas al otro. Pero Rafalito y yo, con la misma cara, con este mismo pelo de panocha y con unos granos que se nos escapaban de la cara, hacia la barbilla o la frente, teníamos dos sinos muy distintos. Por donde mamá nos conocía, por el fondo de los ojos. Era lo que ella le decía a todo el mundo. Y cuando decía mi Fali, suspiraba. A lo mejor nadie se daba cuenta, ni siquiera mi hermano, pero yo sí. Hasta que supe por qué.
No éramos mucho de ir a la escuela. Nos escapábamos. Ya sabe usted cómo era la juventud de entonces. Los hombres a la mar, las mujeres en sus tareas. Pero los chavales estábamos díscolos. Busquimanos nos llamaban. Porque peinábamos las playas y los caminos entre los pinares, a ver lo que caía. A lo primero andurreando, si es que desde chiquitito tenías ese gusanillo. Después, ya con una motillo, o con un quad. Y claro que caía, claro que sí. Buenos lotes, como tabletitas de turrones bien apretadas, envueltas en papel con ese color caca, forrado con plástico. Y anda que no éramos buenos, Rafalito y yo. Teníamos un radar especial para los fardos de hachís que habían tirado desde las barcas. Ahí van los gemelos, decían los viejos sentados en el muelle, mientras cosían las redes. Cada uno a lo suyo. Papá en la taberna, era lo suyo.
Rafalito dijo de meternos hacia Punta Blanca. Por qué por ahí. Hazme caso. Cogimos la Bultaco amarilla. Los dos. Esquivamos a los munipa. Salimos desde los corrales. La manejaba yo. Era él el que me decía: sube por ese camino o baja por ahí. Yo le hacía caso sin rechistar. Mamá se había quedado con la telenovela puesta. Vamos a dar una vuelta, le dijimos. Tened cuidado. Fali, insistió, cuidado. Y suspiró, como si el amor de Luis Enrique por una criadita de la hacienda la conmoviese. Pero yo sabía que el motivo no era otro que mi hermano. Allí atrás, en equilibrio, sobre la Bultaco, a la que de repente yo le soltaba el embrague, y de un acelerón se ponía a dos patas. Gritamos como dos vaqueros del rodeo en el oeste, y cuando los guardias aparecieron en el pinar, nosotros ya estábamos en la otra punta, hacia la escollera, bien calladitos, con cien ojos en la cara. Ahí, ahí. Nuestra pesca.
Vuelve, me dijo. Ya habíamos escondido el tesoro. Pero no había mapa. En los tiempos del abuelo los pesqueros celebraban una buena captura haciendo sonar las sirenas, cuando entraban en el puerto. En los tiempos de papá, apenas se habían oído las sirenas de los barcos. Nosotros demostrábamos nuestra alegría haciendo el caballito. Aunque también nuestra rabia. De repente solté el embrague y aceleré. Porque lo que más nos apetecía era tomarles el pelo a los guardias. Hacerles rabiar.
Rafalito salió despedido hacia atrás. Nunca antes había ocurrido. Su cabeza fue a parar al empedrado. Se la abrió. Se quedó con los ojos abiertos. Los pelos, de este mismito color que yo tengo, amarillos como el maíz, se le fueron hundiendo en una salsa espesa, como si fuese una mermelada. De color rojo. Me asomé dentro de Rafalito, por la puerta que había en el fondo de sus ojos. Y allí estaban aquellos suspiros perdidos de mamá. Usted a lo mejor no lo cree, pero han pasado ya muchos años. Pues todos los días desde entonces he buscado a través de los míos. Pero nada, ni una señal. En todo lo demás si que éramos idénticos. Nadie supo decidir quién de los dos había quedado con vida. A mamá no le cupo duda, cuando alguien le llegó con la noticia.

miércoles, 30 de enero de 2008

La playa


La verdad es que hacía un día espléndido y la playa estaba llena de sombrillas de colores chillones. Nos costó encontrar aparcamiento. Eso sí. Los chicos se pusieron un poco nerviosos. También Luisa y yo. Pero la discusión se evaporó como una gaseosa, en cuanto metí el coche en aquel hueco.
-Aquí no es gratuito.
-Pero vamos a estar todo el día.
Antes de las doce Carlitos ya se nos había perdido y los vigilantes de la playa lo buscaban con sus binoculares. Apareció a las dos y media en brazos de un bañista. El hombre exhausto. Carlitos ahogado. Mi Carlitos muerto en sus brazos. Flácido como un manojo de algas. Sus pulmoncitos llenos de agua. Lo recogió Luisa y enseguida lo sostuvo contra su pecho. Yo sentí que algo se paraba en el mundo para siempre. Vi un reloj roto. Luisa lo transportaba como si simplemente lo estuviese cambiando de una cama a otra. Como si lo estuviese llevando dormido de nuestro dormitorio al suyo. Cuando le pidieron que lo deposistase en la camilla de la ambulancia se negó en rotundo. Para darle mi último abrazo a Carlitos, tuve que abrazarme también a Luisa. En el centro de un hermoso día de verano. Con el sol, desde su punto más vertical, cayendo sobre la playa. Oí gritos y risas a lo lejos. Por el aire llegó un balón de plástico de Nivea. Nos golpeó en la cabeza a Luisa y a mí. Con esa blandura que consigue derretir el tiempo. Vi un reloj blando. Me lancé al agua, a buscarlo, a ver si todavía lo podía sacar vivo. A mi Carlitos. Buceé hasta que sentí que me estallaban los pulmones. Pero no dí con él, aunque sabía que en alguna parte pedía socorro. Socorro, como si tuviese branquias. Me enredé los pies con unos matorrales de algas. Me arañé las manos con las aristas de las rocas. De un impulso desesperado emergí de nuevo a la superficie, a la vida, a la vigilia. Mis ojos ante un reloj despertador: tic-tac-tic-tac. A la verdad desnuda de Carlitos. Tan callado. Triste, silencioso. Allá del otro lado, como lo fue en este. La verdad es que nadie lo vio meterse en el agua. El bañista se lo había encontrado bocabajo y le había cerrado los ojitos. Nos lo entregó como si estuviese dormido. Cuando Luisa lo recibió en el seno de sus brazos. Está dormido. Comenzó a decir. Está dormido. Y a veces ella o yo vamos hasta su cama. A ver si es que está en ella. Dormido. Pero en la cama sólo hay una colcha, cruel y sin arrugas. Como la superficie del mar en calma. Donde su ausencia tiene cobijo.
Ahí está. Callado. Triste y silencioso, sin bulto. Carlitos oye nuestros pasos aproximarse a su cama. Pero ya nada le importa. Nada.