
A lo largo de las dos últimas semanas he sacado un relato diario (de 400 a 600 palabras aproximadamente) bajo una idea implícita en el epígrafe El libro de los peligros. Los que los hayáis leído, todos o alguno, habréis visto que son relatos ciertamente macabros, a veces demasiado oscuros o siniestros. Aunque no he renunciado al humor y a la paradoja. Quizás habrá habido quien se haya sentido agredido en su sensibilidad. Alguien me ha comentado que los textos le hacían daño y que necesitaba una tregua. Su sinceridad me ha conmovido, consciente de que ese punto se podía dar. Al mismo tiempo otros lectores han soportado las historias con un espíritu más humorístico. Y otra lectora hace referencia a lo puñeteros que son los niños, pero también el que los retrata. He de decir que estoy satisfecho con todas las lecturas. Cada mirada vuestra sobre esos artefactos me ha ayudado a sentarme cada tarde a escribirlos. Mientras me tenía que levantar para darles la merienda a mis hijos (uno de 4, otro de 2), para tender una lavadora, o para reunirme con ellos a última hora en el parque, adonde la madre se los había llevado hacía un rato. Así que el tema era delicado. Hablar de los niños siempre lo es. Quien más quien menos se preguntará cómo teniendo niños pequeños he podido escribir cosas tan espantosas. Sólo se me ocurre decir que lo he hecho gracias a la distancia que el humor siempre es capaz de poner entre uno mismo y las cosicas de uno mismo: sus miedos, sus anhelos y sus sueños. Esto, es, tomándome el pelo un poquito, tomándole el pelo un poquito al asunto y teniendo un respeto reverencial por el lector para que en todo caso, él, si quiere y le apetece, se tome el pelo a sí mismo, que yo no soy nadie. No obstante, todo no es humor negro en los textos. Hay aspectos que simple y llanamente saben a negrura sin humor. También. Mirad, pero en esta tarea no estoy solo, evidentemente. He contado con muchas ayudas. Y son esas columnas o pilares del andamiaje las que quiero explicaros, pues sin ellas tampoco podría haber escrito nada.
En primer lugar quiero hacer aquí una referencia a lo que pudo ser el primer germen para estas historias. Cuando acabé la otra serie (también negra y algo bizarra, como bien acertaron a calificar algunos lectores), la titulada Los invisibles, leí en el blog Territorio enemigo una historia terrible por lo que tenía de real, que me puso los pelos de punta y literalmente me emocionó hasta dejarme sin habla. Intentaba contársela a mi mujer y las palabras se me entrecortaban. Podéis leer allí la versión original, porque es sobrecogedora. Yo había estado ensayando con la inquietud y el miedo en los últimos textos y quería seguir por ese camino. Pero ese camino era muy duro y podía estar muy trillado, si no echaba mano de ciertos elementos que lo elevasen más allá de la experiencia más directa, más personal.
Ahí estaba para echarme una mano la película que mis hijos estaban viendo esa tarde: Pesadilla antes de Navidad, de Tim Burton. Les encanta la canción de Hallowen y tengo que rebovinar la cinta una y otra vez para que la vean.
Pero también, Edward Gorey, que es el autor de la ilustración que acompaña a este texto. Y con quien Burton quizás esté en deuda. En Valdemar podéis encontrar La pareja abominable y otras historias macabras, donde hay un escalofriante abecedario de niños muertos, “Los pequeñines macabros”, o historias como las de “El bebé bestial”.
Y también Los increíbles, la peli. De donde he sacado al bebé que se se echa a arder.
Y también ese alumno de la ESO que cada vez que le da un siroco grita en mitad de la clase:
-¡¡¡ Vamos a morir!!! ¡Vamos a morir todos!
-¡¡¡ Vamos a morir!!! ¡Vamos a morir todos!
Y están los parques (un parque infantil cuando se ha ido todo el mundo es terrorífico) y los niños, los propios y los ajenos (que siempre andan jugando a esconderse y a espiar). Y las noticias de la tele, que confirman la negrura sin humor. Y las fotos de carnaval con los niños vestidos de dragones, de supermanes o de princesas.
Y también está Veinte días con Julián y Conejito, de Nathaniel Hawthorne, que cuenta las tres semanas que pasaron juntos y solos el escritor y su hijo Julián, de cinco años, en 1851, cuando su esposa y sus hijas fueron a visitar a unos familiares. Ahí dice: “La felicidad le viene de sí mismo”, refiriéndose al crío. En cuya portada, en la editorial Anagrama, un daguerrotipo nos muestra a Julián, viva imagen de un fantasma. No solo por su apariencia de seriedad-severidad, sino porque en esa bruma llena de manchas e imperfecciones, somos conscientes de que lleva criando malvas ya un buen tiempo.
Y por último estoy yo, que he intentado hacer lo que me ha dado la gana, con un material que vagaba difuso por mi mente o bien he rescatado a posteriori. Más puñetero que los niños. Eso sí.
El libro de los peligros es un volumen infantil existente ya en el mercado, bajo el título ¡Cuidado!, en el que a través de viñetas y dibujos se trata de advertir a los niños sobre todas las trampas domésticas que les asechan. Los padres estamos obsesionados con tapar los enchufes, cerrar con mosquiteras las ventanas que dan a la calle, sacar de su alcance medicamentos y productos de limpieza. Una amiga llegó en una ocasión a casa con su hijo y cuando vio que una canica rodaba por el suelo de la habitación de los nuestros, dijo que jamás dejaría que el suyo durmiese allí.
Miedo. De eso se trata. Aunque de vez en cuando un niño se rebela. Está esperando a su raptor para irse con él de buena gana o busca a su señora amiga para que le abra la puerta que da al hueco del ascensor. A todos nos ampara el mismo paraguas.
Miedo. De eso se trata. Aunque de vez en cuando un niño se rebela. Está esperando a su raptor para irse con él de buena gana o busca a su señora amiga para que le abra la puerta que da al hueco del ascensor. A todos nos ampara el mismo paraguas.
Que ustedes disfruten de ella. De la muerte. Será buenísima señal.