lunes, 15 de septiembre de 2008

El escritor de cuentos. De lo cómico a lo patético.




El escritor de cuentos tiene una carrera ingrata. Las editoriales apuestan por la novela. El cuento parece un género menor o de transición hacia la novela. Un escritor de cuentos tiene que buscar refugio en los pliegues del mercado, se ve obligado a vivir de y en los márgenes. Pero también hay escritores de cuentos que llevan vida de novelistas. En realidad todos los escritores de cuentos querrían llevar vida de novelistas sin dejar de escribir cuentos. Un escritor de cuentos se tiene que buscar la vida. En esto coincide con los novelistas, y en general con todo hijo de vecino. Hay que buscársela. Un escritor de cuentos puede ser a la vez enfermero, conductor de autobuses, maestro, guardia jurado o jubilado. No conviene ser sólo escritor de cuentos. Tampoco conviene ser sólo novelista. Eh, pero los hay. Hay novelistas que son novelistas todo el tiempo. Como mucho a veces pasan un rato escribiendo un cuento. Hay escritores de cuentos que también se pueden dar el lujo de entregarse en exclusiva a escribir cuentos, mientras en secreto escriben una novela. Pero son los menos, aunque los más envidiados.
Un escritor de cuentos suele publicar en editoriales que al lector medio le son completamente desconocidas. Los escritores de cuentos encuentran una parte de sus lectores en otros escritores de cuentos. Y de vez en cuando en un lector despistado. Algo anarquista.
El escritor de cuentos coincide con otro tipo de escritores en que quiere ser leído. En que desea tener el mayor número posible de lectores. Pero se enfrenta a una realidad no siempre favorable. En el metro o en el autobús ve a los lectores enfrascados en volúmenes que podrían usarse como ladrillos para construir el muro de una casa. Los libros de cuentos suelen ser escuálidos, poca cosa al lado de los novelones al uso. El escritor de cuentos desarrolla una animadversión que no disimula contra el escritor de los bestsellers que se leen en los transportes públicos. Le gustaría tener ese tipo de lector, le gustaría que sus cuentos se vendiesen en las estaciones de tren. Pero por el momento ha de conformarse con los lectores aficionados al género. No son malos esos lectores. Por supuesto. Pero todo escritor tiene derecho al lector vulgar, anónimo.
Un buen día el escritor de cuentos, en un arrebato desesperado, decide entregar parte de sus bienes personales a aquellos lectores que compren su libro. Y difunde públicamente su intención de remitir a quien así lo desee, junto con sus cuentos, una televisión de plasma, unos calentadores (de tobillo) o las fotografías de su primera comunión.
Pero nadie confía en un escritor de cuentos. Ni siquiera en un novelista. No obstante, tarde o temprano alguien tiene necesidad de echar mano de un enfermero, un maestro o un guardia jurado.
Cuidado entonces, pues encriptado en cualquiera de ellos puede aparecer un escritor de cuentos.

jueves, 11 de septiembre de 2008

La mujer barbuda

Woman with beard, de L. S. Lowry, 1957

Las dos veces que me he casado lo he hecho con una mujer barbuda. Ahora pienso que quizás influyó en estas elecciones mi condición de escritor. La primera era una mujer atormentada por su anomalía. Intenté demostrarle que mi amor era limpio y que no buscaba en ella lo mismo que el público de los teatros y circos. Acariciaba su barba, sedosa y dulce, y ella me miraba con los ojos abiertos hacia el espanto. No fuí capaz de apartarla del alcohol y a los pocos años enviudé. Aunque parezca mentira volví a encontrar a una mujer barbuda por azar en la fiesta de una embajada. Nunca le confesé que anteriormente había estado casado. Era una chiquilla alegre a pesar del sufrimiento. Estaba también agradecida a su barba. De no ser por ella jamás hubiese salido de una remota aldea en las montañas. Mi régimen de vida era casi monacal. Pero consiguió habituarse después de haber llevado una existencia itinerante.
-Si quieres me puedo quitar la barba, me dijo un día.
-Te quiero como eres. Amo tu barba.
Después de una dura jornada encerrado en el estudio, mi deseo era siempre encontrarme con sus ojos alegres, con su barba rubia de filósofo. La acariciaba y ella miraba hacia la plenitud. Los buenos tiempos duraron hasta que le llegaron algunas noticias sobre mi vida antes de haberla conocido. Empezó a incubar unos celos destrucivos.
-¿Cómo era su barba?
-Oscura y sucia, le decía yo.
-¿Y entonces por qué la querías?
-Por favor, le suplicaba.
Tuve una crisis después de varios libros. Empecé a beber. Salía de casa y tardaba varios días en regresar. En un burdel conocí a una chica complaciente, a la que no le parecía rara mi petición. Vi frustrados todos los intentos por retomar mi carrera. Mis ojos chocaban con los de mi esposa. Ambos barbudos, descuidados, febriles, resentidos.
La primera vez le dije:
-¿Te importa ponerte esto?
La chica no sabía qué era.
-Es una barba.
Lo hizo todo con naturalidad. Supongo que no era lo más extraño que le habían pedido. Luego siempre me recibía con la barba postiza. Por lo demás mi comportamineto era el esperado.
En casa mi mujer y yo nos tirábamos los trastos a la cabeza. En cierta ocasión nos enzarzamos en una pelea y la arrastré de la barba por un pasillo. El divorcio fue traumático y sensacionalista.


No soy un hombre que soporte bien la soledad. Estoy a punto de volver a comprometerme con una hermosa mujer. Es periodista y lo sabe casi todo de mí. Gracias a ella he vuelto a encerrarme en el estudio. No escribo, pero aquí estoy. Hago como que escribo entretenido en recuperar viejas historias que nunca han visto la luz. Ella también ha estado casada. Con un escritor. A veces abro el cajón de mi mesa, meto la mano hasta el fondo y acaricio la dulce y tierna pelambrera allí acurrucada, con el calor y el pálpito de un animal vivo.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Telas e historias



Decidí que quería contar una serie de historias. No es que quisiera contarlas. Es que lo decidí. La voluntad, mi propia voluntad, se hizo con el timón de mi vida, que yo nunca le hubiera querido dar, pero las cosas a veces nos vienen dadas de una manera y es muy difícil nadar contra la corriente. Me senté en mi escritorio con aquello que consideré indispensable para contar historias. Y enseguida se me ocurrió una. El asunto no era demasiado original, pero eso no me preocupó para nada. En una tarde le pude poner la palabra fin. La releí varias veces en voz alta y me pareció que cualquier lector podría emocionarse como yo mismo hacía, sorprendido por ciertos aspectos novedosos de la historia, en los que antes de escribirla no me había fijado. Me llamó la atención que yo dijese ciertas cosas. Había detalles que me revelaban paradojas sutiles que en la existencia cotidiana pasaban desapercibidos. El hecho es que una tiró de otra y así empezó todo. Después de terminar una historia quería contar la siguiente. Y después de aquella ya estaba ansioso por empezar con la próxima. Empecé a robarle tiempo al sueño, a despertar en mitad de la noche pensando en mundos ficticios, preocupado por el destino de espectros de papel. Comencé a tener ciertos despistes en el trabajo. La clientela al principio pensó que me había enamorado. Me quedaba absorto y pensativo con una muestra en la mano y al volver en mí no sabía quién me la había pedido. Era dependiente en un establecimiento de telas. Telas para hacer cortinas, faldones de mesascamillas, fundas para cojines, forros para canapés. Aunque no era eso preferí que lo pensasen antes de que tuviesen ninguna sospecha acerca de la verdadera naturaleza de mi ensimismamiento. Algunas se atrevieron a ponerme ojitos. Sentí escalofríos de terror. Había una niña muy mona que nunca venía a la tienda sola. Siempre con mamá. La señora era exigente y antes de decidirse había que enseñarle todo tipo de tejidos y estampados. La niña suspiraba aburrida. Yo la miraba. Su aspecto rebelde no me cuadraba con que consintiese en acompañar a la madre para hacer unas compras soporíferas. Llevaba la nariz perforada y el pelo teñido, masticaba chicle y para entretenerse me buscaba los ojos con desverguenza. Pero a los pocos minutos yo dejaba de verla y comenzaba a imaginarla. Ahí tenía lugar la salida de una carrera de obstáculos. Empezaban las equivocaciones.
-No te he pedido lino, sino algodón.
-Perdone, señora.
-Te he dicho rosa, no amarillo.
-Lo siento, ahora mismo.
-Estampada, hombre, ya te lo he dicho.
-Sí, sí, claro.
Supongo que la niña estaba esperando ese momento para divertirse, yo me azoraba y mi entorpecimiento iba en aumento hasta que había alguna cosa que se caía al suelo o yo mismo trastabillaba en lo alto de la escalera con el consiguiente peligro de abrirme la crisma.
-Este chico se ha enamorado.
Entonces la cara se me encendía hasta el punto de que pensaba que se me echaba a arder.
La niña suspiraba con malevolencia para echar más leña al fuego y yo me disculpaba intentando ponerlo todo en orden, lo que nunca llegaba a ser suficiente para que más tarde el dueño del establecimiento no me abroncase. Cuando se descubrió que siempre me equivocaba al contar los metros de tela que vendía, me pusieron de patitas en la calle.

Parece ser que la señora volvió un día a la tienda acompañada de su niña mona y cruel. Preguntaron por mí.
-Ese chico ya no trabaja aquí.
Parece ser que a la niña se le notó una sincera e inesperada decepción en el rostro.
-Era algo torpe, pero muy simpático, dijo la señora.
Nadie se atrevió a decirle que me habían despedido por mi carrera de errores.
Me puse delante de mi escritorio y estuve días contando historias. Cuando escribía la palabra fin me sentía satisfecho, releía lo escrito e imaginaba que mi vida transcurría en un mundo con las mismas claves que aparecían en los cuentos. Pero a las pocas horas empezaba a sentirme inquieto, lo cual era una señal inequívoca. Volvía a coger el folio en blanco y enseguida había volcado en él todo tipo de fantasías, a veces absolutamente descabelladas.

Por supuesto.Volví a encontrar a la niña. Mejor dicho ella me encontró a mí.
-Eh, tú, oí que le decían a alguien. ¡Túúú!
Pero quien fuese no se enteraba.
-¡Túúú! ¿No me oyes?
Alguien me dio un tirón de la camisa.
-Es a tí, me dijo.
Iba despistado, como siempre, en mi mundo.
-Pero tío, cómo eres, estás siempre colgado.
-Ah, hola, dije, aturdido, sorprendido, mientras en mi cara el rescoldo de unas brasas frías se empezaba a encender.
-¿Qué pasa? ¿Te echaron? Estuve el otro día con la vieja y nos dijeron que ya no currabas allí.
-Sí, no, bueno sí, no.
-¿Sí o no?
-Sí, sí.
-Joder tío, qué difícil eres.
-Es que estaba distraído.
-No hace falta que lo jures. Oye, te quería pedir perdón si has perdido el trabajo por nuestra culpa. Sé que mamá puede acabar con los nervios de cualquiera y yo...bueno...le ayudé un poco.
-No, no fue eso, dije.
Y tras una pausa dije:
-El dueño me pilló con la mano dentro del cajón.
-Vaya, así que eres más peligroso de lo que pareces.
Sonreí por primera vez ante ella.

El resto de la historia es corriente, como la historia de cualquiera de vosotros. Por eso lo mejor es poner aquí la última palabra. Fin.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Plan B (allí donde falla un plan A siempre tiene que haber un B)





En realidad como escritor mi modo de subsistencia estaba basado en el hurto. Bolsos, paraguas, libros, bicicletas, maletines. Mi rutina me llevaba a sacarme de casa a diario a eso de las once de la mañana. Sin prisas. Para mirarlo todo con detenimiento, para fijar en mi memoria los detalles que al resto le pasaban inadvertidos, para actuar en el momento de los descuidos. No era difícil así hacerse con un coche durante unas horas, desayunar con el periódico cada mañana en una cafetería diferente, seguir los pasos indecisos de quien estaba a punto de obrar de un modo opaco, o fotografiar con la retina los desmanes urbanísticos de la más desmedida de las ambiciones y falta de escrúpulos. En realidad durante mi época de escritor escribí poco. Tampoco sería desacertado decir que nada. Me dediqué a vivir como un escritor de bestsellers, excepto por las horas que debería haberle dedicado a la escritura. Esas eran las que yo empleaba para subsistir. El resto del tiempo vivía con los pulmones a pleno rendimiento. No sin ciertos aires distinguidos de dandy.
Como cualquier ser inteligente que se precie, y un escritor tiene la obligación no tanto de serlo como de parecerlo, yo tenía un plan B, además del plan A, al que parece obligatorio estar suscrito por defecto. Para que el plan B entre en funcionamiento es necesario que se hayan producido ciertos cortocircuitos que colapsen nuestras expectativas vitales. Una buena mañana me levanté y al mirarme al espejo me ví esos ojos mansos y vidriosos de los perdedores. Ojos que hasta entonces siempre había encontrado en los demás. Me había limitado a sonreírles con un desdén que actuaba como cortafuegos para el contagio. Hasta que aquella mañana, de un modo totalmente inesperado, el fracaso ya se había adueñado de mí, como uno de esos inquilinos que ocupa una casa sin el consentimiento de su dueño. Ahí era donde se activaba el plan B, donde el A no había sido eficaz.
A través de una revista tuve noticia del mayor escritor de bestsellers del planeta. El tipo era guapo, limpio y hacía unas declaraciones sinceras, en las que tenía claro que no confundía su producción destinada al entretenimiento de las masas con ningún artefacto artístico. Daba ciertos datos sobre sus rutinas y se citaban los lugares en los que pasaba gran parte del año. La idea se me ocurrió enseguida, las ideas que no surgen con espontaneidad no me valen. Quizás otros necesiten planes con muchos detalles, muy elaborados. No yo. Me son suficientes unas líneas generales. En esencia consistía en viajar hasta el lugar de residencia del escritor que había vendido 250.000.000 de libros en todo el mundo. Bien mirado no me parecieron tantos. Una vez allí se trataba de seguirlo. Un escritor sin actividad literaria, mi persona, se convertiría en la sombra del escritor con una incesante y metódica actividad literaria destinada al éxito en todo el mundo. Yo soy yo. No tengo nada más que decir. Él, Jonh Grisham, autor de obras como El informe pelícano. En el momento adecuado necesitaría una colaboración auxiliar para abordarlo por ejemplo durante el footing y reducirlo. El siguiente paso nos llevaría a introducirlo en un saco y trasladarlo hasta un sótano. Casi se hacía imprescindible que la fuerza literaria colaboradora residiese en Charlottesville y tuviese una casa con sótano. Una vez en el lugar seguro procederíamos a echar a suertes a quién le tocaría someterlo por el canal de la sodomía hasta suavizarlo, dulcificando su ortodoxa galanura, amansando su puritana sinceridad, convenciéndolo en definitiva de que ya no estaba exactamente en manos del mercado y de sus lectores, sino en las nuestras, que se definirían como manos de una guerrilla literaria avant la lettre.
Con las comodidades que son pocas, necesarias para escribir, a los pocos días, según el Plan B, Jonh Grissman estaría de nuevo preparando una obra para no sorprender a nadie, aunque con sorpresa dentro. La idea es que él escribiese, que para eso sabía escribir y lo había demostrado con enorme éxito. La fuerza auxiliar tendría que ser uno de esos escritores resentidos que nunca pasaron de vender un centenar de libros entre sus amistades, así que habría de considerarse escritor maldito, tocado por una genialidad incomprendida. La tercera parte, mi persona, al haber puesto en ejecución el plan B no tendría que dar muchas explicaciones de sus idas y venidas. Cada X páginas, detalle que está por ver, el escritor resentido, también llamado fuerza auxiliar, introduciría un párrafo en la historia que iría desarrollando el escritor de bestsellers Jonh Grisham. Con esos párrafos habría que conseguir la profundidad y el sentido de exploración en el alma humana sin que se perjudicase el suspense de la trama. Mi persona, como escritor que no sabe escribir, sería el encargado de ensamblar esas dos partes, además de ocuparse del suministro de víveres y todo lo relacionado con la intendencia de un escritor en pleno ejercicio de sus funciones: folios, tinta, marcadores, etc.
Lo más difícil de todo el asunto quizás fuera el aspecto fonético. Tenía yo por entonces evidentes dificultades con la lengua de Grisham. Iba a decir de Shakespeare. Pero creo que puedo decir Grisham. Para ello iba a pasar el otoño en una Academia de idiomas, lo cual también formaba parte del plan B.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Promoción Setembrina de "Mucha suerte"












Estoy contento, hasta la fecha, con la venta-difusión de mi libro de relatos. No manejo las cifras de otros escritores, pero sí las mías. He pasado la barrera de los 100 ejemplares vendidos. El consumo ha sido esencialmente “doméstico”, esto es, amigos, conocidos, familiares y allegados.


Tengo la intención de abrir círculos nuevos hacia la periferia, en busca del lector anónimo.


Para animar a los visitantes de este blog a que adquieran el libro, a través de la página web de la editorial, se me ha ocurrido una idea promocional.


A aquellos que compréis el libro durante el mes de Setiembre os enviaré uno de los siguientes ejemplares de mi biblioteca personal:

Iban Zaldua: Porvenir, Lengua de Trapo, 2007. Premio Euskadi de Literatura 2006. Sin marcas.


7Premios Juan Rulfo, concurso internacional de cuento, efectovioleta, 2007. No tiene marcas, pero sí la fecha de compra a lápiz, Urueña, Junio, 2007.


Yasutaka Tsutsui: Hombres salmonela en el planeta porno. Atalanta, 2008. Con una herida en la contraportada sufrida en un largo viaje. Muy divertido.


Podéis elegir vuestro ejemplar, que será satisfecho por riguroso orden de pedido a la editorial.
Podéis hacer vuestra solicitud en los comentarios o a través del correo de contacto del blog.


Con esta promoción, que será ampliable a otros títulos, pretendo dos cosas:

1.Dar a conocer-vender mi libro “Mucha suerte”.
2.Poner en circulación otros títulos interesantes que quizás empezarían a coger polvo en mis estantes, donde empieza a ser necesaria la entrada de luz.

Sólo un detalle, vosotros os hacéis cargo del importe del franqueo a la recepción del mismo.

lunes, 1 de septiembre de 2008

El veraneo de un suicida


Fotos de Cabo Home y de la verja de entrada al cementerio de Aveiro.


Este verano he estado a punto de matarme en varias ocasiones. De suicidarme, quiero decir, para ser más exactos. Lo que no quita que a punto de matarme también. Pero siempre había alguien de por medio que “me salvaba”. Para un suicidio se hace necesaria cierta intimidad. El verano ha estado bien, pero he echado de menos ciertos momentos de soledad. De atormentada soledad. En fin.


Soy un artista. Un artista plástico. Enormemente plástico. Tengo un mundo interior. Es ahí donde me hubiera gustado pasar el verano. Sin embargo, he estado en el norte. Sólo en el norte. Con mi mujer y mis hijos. He pasado un verano en un largo y cálido otoño, pues las temperaturas han titubeado bastante sin atreverse a subir. He caminado por la orilla de un río, he cruzado algún puente, me he asomado a los acantilados de un cabo. Es decir, no me han faltado oportunidades. Pero siempre había allí alguien mirándome con dos ojos enormes, asombrados. Este verano he visto a todo el mundo con los ojos redondos y grandes, como los dibujos del manga, con un punto de humedad que me ha sobrecogido. En esas condiciones no he querido hacer de mi suicidio un happening, puesto que hubiera acabado de modo funesto. Me hubiese gustado una pequeña muerte segura e indolora. Una muerte que hubiese hecho feliz a todo el mundo. Una muerte de vacaciones. En un lugar apropiado, con todas las garantías de que el suicidio iba a salir bien. Pero no ha sido posible.


He llegado a pensar que quizás hay por ahí más gente a la que le hubiera gustado suicidarse este verano, pero las circunstancias no se lo han permitido. Residentes en su propio mundo interior atormentado, artistas sin otra salida, o sólo aficionados. Pero no me he atrevido a comentar esta idea con nadie. Creo que he hecho bien para encontrar una puerta de entrada a ese jardín de los deseos y las frustraciones íntimas. Si le hubiese dicho algo a mi esposa ésa ya sería una locura exorcizada. Sin embargo, en secreto las obsesiones se enriquecen, son como árboles en un bosque encantado que se ramifican y se comunican entre sí. He pasado el verano soñando con una idea que poco a poco ha ido cada vez a más. Una quimera que me ha inspirado como artista plástico. Porque eso es lo que soy en verano y en las demás estaciones. Es lo único que me ha permitido sentirme enormemente plástico. Ni siquiera me ha importado mi primera exposición, que tengo prevista para el año que viene. Si me hubiese suicidado con toda normalidad, habría que haberla llamado Póstuma.


Pero el verano ha ido transcurriendo con sus vaivenes, los deseos y las desorientaciones turísticas. He comido bien. He bebido. Me he bañado en el mar. He sentido la piel y el amor de mi mujer y mis hijos. No he dejado de pintar. He tenido tiempo. Para casi todo, excepto para un suicidio en regla.


Creo que después de muchas noches soñando ya puedo decir que se me ha ocurrido la mejor manera de acabar conmigo mismo. Imagino que habrá por ahí otras personas dándole vueltas a esa posibilidad. No hay ningún asunto en el que un hombre deba sentirse original. Cada quisque llegará a saber mejor que nadie cuál es la manera afortunada de su suicidio. La que me conviene a mí como artista plástico, padre de dos hijos, hombre con responsabilidades, no va a ser la apropiada para quien quizás prefiera veranear en el sur, o conocer las islas antes que los continentes. Voy a elaborar una carta de suicidios. Pero me voy a centrar en aquellas personas que elijan sus vacaciones de verano para tomar esa decisión, con la que no quieren perturbar el curso normal de los de acontecimientos que rodean su existencias, más allá de la vida misma.


Yo me suicidaría, pero qué va a ser de mis hijos, o de mi mujer, o de mis padres. Qué va a ser de mi obra plástica, por ejemplo. O del resto del verano. Cómo tomar una decisión de ese calibre sin echar a perder lo que nos rodea. Este va a ser mi negocio. Cuando he dicho carta de suicidios no me he referido tanto al instrumento con el que llevarlo a cabo, que también, como a soluciones para los flecos que un acto de esa categoría deja sueltos.


Mi primera conclusión me ha venido por la experiencia. A mí siempre me han entrado ganas de matarme en verano. Ni la primavera ni el otoño. Y mucho menos en invierno. Y como yo, imagino que habrá tantísimas personas. En una piscina, quizás en el Caribe, con una bebida fría en la mano, dulce y ligeramente alcohólica, arropado por los ojos grandes y expresivos de un mulato o una mulata. A los pies de una ruina maya, o a lomos de un camello frente a las pirámides egipcias, en una colonia de vacaciones familiares, o en un burdel. El suicida estacional tiene un segundo en el que anhela adormecerse junto a la espita del gas, o poder empuñar el mango frío de una pistola, echar mano de un frasco de somníferos, o anudarse el cuello con una soga. Vamos a mantener los modos tradicionales para que uno pueda quitarse la vida, en los que al fin y al cabo hay ya mucho inventado, con la novedad en la asunción del hecho. Para empezar no vamos a plantearnos las cuestiones tradicionales. Qué se le ha podido pasar por la cabeza, con lo bien que lo estábamos pasando estas vacaciones y lo animado que se le veía. No. En algunos casos será posible que las vacaciones sigan siendo felices, animadas por el hecho novedoso y fructífero de contar con un suicida entre nuestro grupo de amigos. Habrá casos más fáciles y otros serán más complicados, evidentemente. Por supuesto admito que el proyecto, el negocio, es complejo, que va a encontrar detractores, que muchos lo tildarán de locura, que se sale de los cánones de las típicas vacaciones de verano. Pero es un reto al que le vengo dando muchas vueltas desde hace un tiempo. He explicado que surge de mi propia experiencia y se inscribe dentro de mi actividad como artista plástico. Ser enormemente plástico es un modo de vivir. Pero esencialmente un modo de cómo quiere uno morir. Las actividades y los cursos van dirigidos a aquellas personas que se quieran quitar la vida sin excesivas complicaciones, o con las menos posibles, cuando quizás más tiempo tienen para estar con los suyos, en situaciones sencillas y amables, sin llamar la atención, y de un modo que se quiere natural. No tengo que decir que es conveniente iniciarse por este camino en secreto, sin decirle nada a amigos ni familiares, hasta que llegue la hora, el momento adecuado, ya que todos se empeñarían en hacernos desistir. Se lo tendremos que dar todo hecho, como vulgarmente se dice. Habrán de ver en nosotros una firme, decidida y feliz determinación de morir. Un acto con el que los queremos hacer felices, con el que buscamos nuestro bien y el de ellos mismos. Ya sé que es complicado. Pues se trata de unas vacaciones de verano irreversibles. Un camino sin retorno a través de ese tiempo que cada año se nos entrega con una administración de sus horas estipulada de antemano, en acuerdos en los que no se nos ha tenido en cuenta. Por lo menos a los suicidas.


Un grupo de personas en la playa aplaude la puesta del sol. De ese grupo sale un individuo alto, rubio, ahippiado, y con una sonrisa en la boca dice adiós. Se mete en el mar y no hace nada por evitar ser arrastrado a sus profundidades. Los mismos que antes aplaudieron al astro rey, ahora le entregan su reconocimiento al hombre. A pesar de que saltan todas las alarmas sociales, a pesar de que los periódicos se empeñan en mostrar el hecho como un suceso trágico, el fenómeno se repite con diversas variantes. En un museo de arte moderno una hermosa y joven visitante, en eso que se llama la flor de la vida, con calcetines blancos bajo las sandalias, queremos suponer que llevada a ese extremo por la temperaturas extremas del aire acondicionado, se encierra en el aseo y se corta las venas con un cúter. Sus amigas alborazadas en torno a la ambulacia prorrumpen en vítores. Un hombre de negocios en la cubierta de su yate le pide a su hija adolescente, que va acompañada por su novio, que le sostenga el vaso de vermú con la intención de dejarlo a medias para nunca jamás. Se encierra en su camarote y se pega un tiro en la cara. El barco regresa a puerto y la chica declara ante las televisones lo feliz que su padre la ha hecho al tomar una decisión tan afortunada. El gobierno toma cartas en el asunto, pero el fenómeno es ya imparable. Todos los suicidas han conseguido convencer a su entorno. Los accidentes de tráfico, los de la aviación, los ahogamientos fortuitos en playas y piscinas, ocupan lugares secundarios ante la nueva ola, esa moda que califican de atroz, para la que buscan causas sicológicas y sociológicas, por la que la gente comienza a veranear de un modo distinto, algo más personal, y por ende atormentado.


Quizás a todo eso sólo se le llegue a facilitar existencia en mi fantasía, pero creo que por ahí deben ir los tiros de mi negocio, o proyecto, o como quiera llamarse. Lo he presentado a un concurso de ideas para nuevos valores artísticos en el apartado plástico. Allí desarrollo aspectos que en este relato sólo quedan esbozados. Me pareció el lugar. Si tengo suerte, habrían de facilitarme para el próximo veraneo una casa rural, en la que tendría que convencer a mi familia de que no interrumpiesen sus vacaciones por ningún motivo. Si me rechazan la idea todos los gastos habrán de correr por mi cuenta.



lunes, 7 de julio de 2008