viernes, 11 de marzo de 2011

Las puertas



La fotografía es de Andreas Gursky

A las puertas del centro comercial había gente esperando que se abrieran las puertas desde hacía más de una hora. Por fin a las diez en punto los empleados se aproximaron desde el otro lado y accionaron la apertura para que los clientes, arracimados en la calle y protegidos de la lluvia con sus paraguas, fuesen pasando dentro. Se habían anunciado en los periódicos del día anterior varias ofertas muy atractivas. La gente inundó el recinto aliviada y se distribuyó entre los establecimientos con determinación de gastar dinero. Hubo parejas que dividieron sus esfuerzos temiendo no poder llegar a conseguir alguno de los productos puestos en rebajas si se mantenían juntos, así que cada cual se puso en colas diferentes. Los compradores solitarios tuvieron que conformarse y ver cómo los otros les sacaban ventaja. Las puertas del centro comercial, todas, se cerraron inesperadamente a la una en punto del mediodía. Sonó la alarma y enseguida hubo que revisar los dispositivos de cierre y apertura, pero nada, no respondían. En cada puerta se fueron formando dos tipos de grupos: los que desde el interior querían salir a la calle con sus compras recién hechas y aquellos que desde la calle, donde hacía un tiempo bastante desapacible, querían acceder al interior del centro comercial. Nadie parecía entender muy bien qué es lo que ocurría y en un primer momento tanto unos como otros pensaron que si cambiaban de puerta podrían entrar o salir. Pero se encontraron con la misma situación en todos los accesos. Después de unos minutos un responsable de la seguridad se acercó a todos los que querían abandonar el centro comercial para repartir unos bonos con los que podrían tomar un refresco y un tentempié en cualquiera de las cafeterías que se especificaban al dorso. La clientela aceptó con agrado el detalle y regresó al interior con la esperanza de que en unos pocos minutos, como les habían prometido, estaría solucionada la avería de las puertas. Los agentes de seguridad consiguieron que los clientes que se aproximaban a las puertas con idea de marcharse se dieran la vuelta contentos con las invitaciones que les entregaban. Quienes se encontraban al otro lado de las puertas con idea de entrar y no podían vieron lo que sucedía dentro, y exigieron una compensación para ellos mismos, puesto que estaban soportando un fuerte aguacero y algunos ya se habían mojado. Pero desde dentro no se les podía atender. Muy pocos renunciaron a su idea inicial marchándose a sus casas o a sus trabajos. La mayoría confiaba en que el problema se arreglaría pronto y, una vez dentro, quien más quien menos pensaba exigir un tratamiento similar al que habían recibido los clientes que no podían salir. No poder salir no es un perjuicio más grave que no poder entrar, dijo rápidamente una voz que se sentía autorizada. Dentro del centro comercial fue aumentando el número de gente que tenía intención de abandonarlo, a la que enseguida se le fueron ofreciendo diferentes modos de distracción con los que se sintieron más que satisfechos, felices. Sin embargo, entre los que seguían en la calle el descontento era cada vez mayor. No había aparecido allí ningún responsable de la empresa que les diese una explicación o que les compensase las molestias. Los ánimos se fueron encendiendo y hubo varias embestidas contra las puertas, ataques con los que no se consiguió nada, porque eran blindadas y estaban a prueba de vandalismos callejeros. Pasó tiempo suficiente como para que la situación comenzase a ser preocupante, pero desde dentro del centro comercial la crisis se iba gestionando con mucha habilidad. Surgieron conflictos entre los de fuera, peleas por el puesto que cada uno ocupaba para el momento en que las puertas volvieran a abrirse. Hubo momentos de pánico, empujones, alguien que se sofocaba y pedía auxilio. Y de ahi surgieron peleas mayores, amenazas, se blandieron armas. Aparecieron los radicales, que siempre se habían manifestado contra el centro comercial, no obstante ahora lanzaron cócteles molotov contra sus puertas, porque no se permitía el acceso a un grupo de ciudadanos. Los clientes que se habían quedado encerrados se percataron enseguida del peligro que se corría fuera y admitieron con mansedumbre su situación. Al fin y al cabo allí tenían de todo. Se les ofrecieron comidas, ropa de descanso, se organizó un comité que evaluó la situación y, después de un primer recuento, se calculó que estarían bien abastecidos durante tres semanas, quizás cuatro. Sólo le pidieron a Dios que los familiares y amigos que se habían quedado fuera pudieran resistir las embestidas de aquella crisis, que aguantaran con todas sus fuerzas, y eso les fueron diciendo por teléfono a sus novios, a sus hijas, a sus padres y hermanos, a cualquiera que de verdad fuese importante para ellos.

jueves, 10 de marzo de 2011

La nave



La fotografía es de Ricky Dávila

Y la nave va y empieza a naufragar en una deriva que la aleja por momentos de la costa llena de luces. Han estado muy cerca, un buen nadador en un momento de mar calmo hubiese alcanzado la playa en unas cuantas brazadas, pero allí nadie es un buen nadador, de hecho la mayoría nunca ha metido antes las piernas en el mar, que es como han accedido a la nave. El motor se ha parado y no hay quien sea capaz de ponerlo nuevamente en funcionamiento. La nave es arrastrada de pronto por una corriente que la devuelve a la oscuridad, lejos de las luces que palpitan en primera línea de costa. Lejos de las brasas de los cigarrillos de quienes asomados a las terrazas de los apartamentos de alquiler la vieron venir, primero aproximándose con los gritos de alegría entre el pasaje y luego estancándose entre las intempestivas olas que la mecieron, la levantaron y la dejaron caer como las manos que cogen tres huevos de gallina e inician los malabares, más tarde perdiendo el rumbo de la seguridad, arrastrados por un viento de traición, como uno de los huevos de gallina que se resbala de la mano y se chafa contra el suelo. Apenas se pueden iluminar en la nave con una linterna que va de rostro en rostro, sombras asombradas por la decepción de haber estado a punto de haberlo conseguido, alguien se lamenta de no haberse arrojado al agua, ya es tarde. Alguien decide arrojarse desesperadamente. Alguien abraza algo, a alguien, un diminuto paquete que palpita como si tuviese vida, que podría ser un pollo o un conejo, una pequeña mascota de granja, pero que es un bebé. Alguien más lleva otra mascota, y alguien más también. Pero la llevan dentro del cuerpo, en el vientre. La nave va atestada de mamíferos, hembras preñadas, nascituri, machos en celo, carne que, no lo dudéis, el mar se la va a tragar sin ascos, sin placer, sin juicio, porque sí, porque en él no hay otra cosa que abundancia, hermosura, fuerza y un filo de luna que lo perfora. Los pasajeros de la nave tararean canciones y no bailan en cubierta porque ellos no tienen sitio suficiente para hacerlo, como de sobra pudieron hacerlo los pasajeros de primera del Titanic, ya que según dicen la orquesta no paró de tocar en ningún momento, melodía de glú-glú, cuando a los instrumentos les empiece a entrar agua salada por sus agujeros, cuando por sus agujeros le empiece a entrar agua a los mamíferos que sacaron su pasaje de primera en la nave para hacer la ruta de costa a costa, de una costa a la que hay enfrente, porque viajar es un placer y a quién no le apetece conocer otros lugares. Lo que ocurre es que a veces las cosas vienen mal dadas, hay fallos mecánicos, hay fallos humanos, la naturaleza no colabora, la compañía que ha fletado la nave no es seria, el seguro que la cubre es ficticio, y la nave va y se pierde, para siempre.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Boda


El carácter áspero de los camareros que servían las mesas de aquel banquete de bodas era una señal más de la importancia social del enlace. Repartirían los solomillos con seguridad marcial y malencarada, ante la que ciertas dignidades militares que se encontraban entre los invitados harían gestos defensivos con las servilletas. La sangre no llegó finalmente al río ni la salsa a los chaqués. Todo había sido medido en cientos de convites similares a aquel que tan especial era para los presentes. Los novios eran el centro de atención de todas las miradas. Los invitados comían y bebían con placer y ganas de agradarse, aunque se acabaran de conocer, en algunos casos de reconocer. Más allá del aspecto extraordinario que todos habían adoptado en la vestimenta, ellos con trajes oscuros y chaqués, ellas con vestidos de noche, que en la calle les habían conferido aire de pájaros de extraño plumaje, dentro del salón nadie podría decir que aquel no acabaría siendo uno de los eventos sociales más elegantes de la ciudad. Vamos a pasar por alto los vivas a los novios y a los padrinos, los brindis entre mesas y los de los novios con cada uno de los asistentes, vamos a mencionar sólo de pasada lo bien que abrieron los novios el baile, puesto que habían recibido las pertinentes lecciones de vals, no nos pararemos en el ambiente de fiesta en la barra, entre los hombres que antes de salir a la pista necesitan tomarse un par de copas, ni con los que se unen fraternalmente en conversación porque ellos no bailan, y no es no. De repente se organizó una conga a la que enseguida se sumaron la práctica totalidad de invitados, exceptos aquellos para los que no es no, los que no bailan así dependa de ellos la armonía de las esferas celestes. La serpiente humana se estiraba, se encogía, saltaba en éxtasis danzarín o se rompía por aquellos eslabones donde el alcohol había hecho más efecto. Las manos pasaban de los hombros a las cinturas o de las cinturas a los hombros, buscando los tactos carnales con pericia, con torpeza, con atrevimiento, con timidez, con sofoco, con galantería, en algunos casos con la ampulosidad de los gestos grandilocuentes, pero eso motivaba tropiezos y había que ir al grano, a la carrera, al baile, al desafío de no perder ni el paso ni el cuerpo que guiaba. La orquesta aceleraba el ritmo de la música para que la conga se precipitase de nuevo hacia el salón, del que se había escapado por una puerta lateral en dirección a los jardines. Varias veces la serpiente obedeció a la llamada, pero volvió a escapar nuevamente afuera, adonde la música seguía llegando con nitidez, luego el bailarín de cabeza se dirigió a la parte más alejada del recinto y consiguieron bordear la piscina sin que nadie cayese en su interior. El personal de servicio acudió precipitadamente a una señal del jefe de camareros, que tenía aires de brigadier. Los empleados empezaron a llamarle la atención a los invitados para decirles que el acceso a aquella zona estaba prohibido, que conducir la conga por allí era muy peligroso. El bailarín de cabeza les guiñó un ojo como si hubiese comprendido perfectamente y estuviese ahora en sus manos sacarlos a todos del peligro. Más o menos hizo unas cabriolas como si estuviese montado en un caballo, que todos los que iban tras él fueron repitiendo consecutivamente, y se dirigió al extremo donde se hallaba la puerta de salida, por donde la conga fue pasando como un líquido espeso por un embudo. A los bailarines apenas les llegaba un tenue eco de música, que acabó por perderse conforme la serpiente danzante marchó a través de la autovía. Sin embargo, los músicos siguieron tocando las piezas que tenían programadas, a la espera de que tarde o temprano habría de regresar la conga que había huído. Aquellos para los que no es no, los que nunca bailaban, pidieron otra copa con curiosidad de ver en qué acababa aquel insólito acontecimineto. Quien más quien menos tenía entre los bailarines de la conga una novia, una hija, una madre o una hermana, pero nada en sus rostros o en su actitud dejaba traslucir tipo de preocupación alguna o incertidumbre.

martes, 8 de marzo de 2011

Videos relacionados con la entrada de ayer

Juan Carlos Rodríguez, el teórico:





Javier Egea visto por sus antiguos compañeros:



La canción de Astrud Qué malos son nuestros poetas curiosamente no está en Youtube, pero se puede oír aquí:

http://portinari.buzznet.com/user/audio/qu-malos-son-nuestros-poetas-30152/

Hay que cortar la dirección y pegarla en la barra.

lunes, 7 de marzo de 2011

Javier Egea y Luna Miguel, qué malos son nuestros poetas



Javier Egea (1952-1999). Poeta.

Luna Miguel (1990). Poeta.

¿Por qué ese empeño de los poetas en serlo?

Y algo más inquietante: ¿Por qué en parecerlo?

Ambos, él y ella lo son, ambos lo parecen.

Vamos al primero. Se pegó un tiro y se lo pegó de paso a sus compañeros de generación. A sus amigos. Los poetas son muy aficionados a los tiros. Los poetas son tipos violentos, irascibles, bajo cualquier pellejo de animal manso. Hay que ser cautelosos con los poetas, precavidos con los que triunfan (Luis García Montero), instalados en el discurso del poder, el mismo contra el que en su día reaccionaron, ahora reaccionarios ellos mismos. Prudentes con los que fracasan (Javier Egea), porque ya sabían ellos de sobra que la poesía no es otra cosa que fracaso. Y al final les vino largo. En sus versos estaba. Que no nos tomen el pelo los poetas. Mucho cuidado con ellos. Con los poetas vivos y con los poetas muertos. Javier Egea fundó junto con Luis García Montero y Álvaro Salvador, inspirados por el teórico Juan Carlos Rodríguez, un movimiento poético que se dio en llamar la otra sentimentalidad o la nueva sentimentalidad, traducido, cuando pasó los límites provincianos, como poesía de la experiencia. Hay un manifiesto que firmaron los tres. García Montero, se convirtió en adalid del movimiento, omnipresente poeta del poder político y cultural desde entonces hasta hoy mismo. Javier Egea, nunca aceptó formar parte del poder, lo que le llevó a cierto arrinconamiento entre sus mismos compañeros. Un culebrón que ha sido novelado por Felipe Alcaraz en La conjura de los poetas.
Todo esto viene a que la editorial sevillana Point de lunettes editó el año pasado Paseo de los tristes (1982) de Javier Egea. Mil ejemplares, de los cuales al menos he visto dos, uno en librería y otro en la biblioteca pública, que es el que he leído, estoy leyendo. Con lo difícil que es leer poesía. Uno nunca sabe cómo leerla, si en silencio, en voz alta o bisbiseando. La poesía en voz alta le da al lector herraminetas de poeta, en silencio la poesía casi que no se comprende y el bisbiseo es ridículo. Bueno, pues de las tres formas estoy leyendo Paseo de los tristes, que más allá de lo que históricamente representa, es una poesía de hombre, tiempo, amor, soledad, lenguaje, fracaso y poder.



Vamos a la segunda, ¿se acuerdan, Luna Miguel? Tiene un blog, es joven y mediática. Retransmite sus tatuajes y no tiene reparos en mostrarnos unas bragas usadas sobre un montón de ropa sucia en una esquina de su habitación. Me voy a referir aquí a su librito Estar enfermo, que publicó en 2010 en La Bella Varsovia. No sé cuántos ejemplares se habrán imprimido. Yo tengo la segunda edición, también de la biblioteca pública. Son poemas escritos entre los 16 y 18 años. Hay que ser precavido, cauteloso y prudente con los poetas de esas edades. La adolescencia es una edad ingrata, peligrosa, absurda. A Luna Miguel no hay que hacerle mucho caso, pero la puedes leer en voz alta. Más allá del triunfo de la imagen y la marca de poeta, es una poesía de mujer, cuerpo, tiempo, amor, soledad, lenguaje y enfermedad.

Los poetas no se conforman con escribir poemas, con fingir que son poetas. No lo hacen. Los poetas, por mucho que ellos digan, no saben fingir, pero sobre un teatro de falsa autenticidad gesticulan noblemente. A los poetas siempre hay que tirarles un tomate después de leerlos. Los poetas escriben poemas, pero eso no es bastante. Hay que triunfar como poeta (poeta del régimen), hay que fracasar como poeta (poeta maldito), hay que ser veloz como poeta (poeta adolescente).




Nos lo avisaron los de Astrud:

Autor de la letra - Manolo Martínez / Genís Segarra / Eduard Alarcón
Autor de la música - Manolo Martínez / Genís Segarra / Eduard Alarcón

Manolo: voz, teclados, guitarra acústica y coros.
Genís: teclados y voz.
Eduard: bajo eléctrico.



Letra

Qué malos son, qué malos son,
qué malos son nuestros poetas.
Qué malos son, qué malos son,
qué malos son nuestros poetas.

Sólo hay que leer las cartas
que Guillén mandó a Salinas,
o escuchar a Gil de Biedma
leído por Carod-Rovira para verlo.

Qué malos son, qué malos son,
qué malos son nuestros poetas.
Qué malos son, qué malos son,
qué malos son nuestros poetas.

Sólo hay que mirar las fotos,
están en las hemerotecas.
Dámaso Alonso en El Pardo
y Luis Cernuda en Acapulco.

Los que se hicieron ricos,
los que murieron pobres,
enfermos, en el exilio,
Leopoldo y sus dos hijos, todos ellos.

Qué malos son, qué malos son,
qué malos son nuestros poetas.
Qué malos son, qué malos son,
qué malos son nuestros poetas.

Preguntadle a la viuda de Alberti,
si pudiera hablar Zenobia,
si estuviera vivo el bendito
padre de Jorge Manrique.

Si lo supiésemos todo
sobre algunos,
tanta metáfora
y tan poca vergüenza todos ellos.

Qué malos son, qué malos son,
qué malos son nuestros poetas.
Qué malos son, qué malos son,
qué malos son nuestros poetas.

Quevedo el putero y Góngora el lameculos,
Garcilaso el usurero y Rosalía la ludópata,
el maricón de Lorca y Bécquer,
que era un poco mariquita también.

Ferrater el desgraciado,
Gimferrer el pervertido,
los hermanos Machado,
el drogadicto y el maltratador.
San Juan de la Cruz
y Santa Teresa de Jesús.

Qué malos son, qué malos son,
qué malos son nuestros poetas.

domingo, 6 de marzo de 2011

Un día en la playa


La fotografía es de Martin Parr

Había una pizarra en el hall del hotel donde se ponían notas a los grupos de turistas. Servía también para avisos entre clientes particulares o para acordar la hora del bingo en la piscina. Allí apareció una convocatoria para ir al día siguiente a la playa. Era necesario que saliera un número mínimo de interesados, que tenían que apuntar su nombre en una lista adjunta. En estas ocasiones suele aparecer un gracioso que inscribe a un personaje conocido, más o menos esperpéntico o extravagante. A alguien se le ocurrió apuntar a Lola Flores, luego vino otro, o el mismo de antes con letra diferente, para insistir en la broma, añadiendo al Pescailla. El grupo resultante se concentró a las diez y media en la puerta del hotel. En efecto, allí estaban la difunta canatora y bailaora y su difunto esposo, guitarrista precursor de la rumba catalana. Falsos. Imitadores suyos que actuaban en el tablao del hotel. El grupo se alegró muchísimo de contar entre sus integrantes a dos personalidades como aquellas, a dos artistas de su categoría, aunque no se tratase de los originales, principalmente porque ya criaban malvas. De lo contrario, esto es, de seguir vivos, a ninguno de los miembros del grupo les hubiera extrañado contar con ellos en el autobús que los conduciría hasta la playa. Así es, se asume pronto que cualquier cosa no sólo puede ocurrir, sino que podría haber ocurrido mejorada, aumentada, elevada a su mejor potencia. El viaje transcurrió entre los vómitos de los que se marearon y las canciones de los que cantaron a través de una interminable sucesión de curvas. Había quien nunca se había bañado en el mar y también quien presumía, mientras se secaba los chorros de sudor de la cara con un pañuelo que no diríamos que no había usado antes para los mocos, de hacer aquella excursión a la playa todos los veranos desde hacía y pico de años, según su propio modo de decir. El aire acondicionado funcionaba mal, que es lo mismo que no funcionar, pero el conductor del autobús insistía en que funcionaba, aunque mal. No discutiremos. Olía a cremas, bronceadoras, protectoras, y se respiraba un aire sofocante y aceitoso, pero nadie se quejaba de nada, todos los viajeros camino de la playa hacían el trayecto entusiasmados. Había cuerpos rollizos que afortunadamente decidieron compartir sus vidas, lo que en aquella situación se traducía en el asiento doble, con otros encanijados. Las parejas en las que ambos miembros estaban entrados en carnes decidieron intercambiarse con parejas en las que sus componentes tenían esculturas escuchimizadas. Todo tenía arreglo menos una cosa, repetían unos y otros, con esa sabiduría no por sobada menos certera. En las cestas de abigarrados colores habían metido las bolsas de plástico con los bocadillos, la lata de refresco y el plátano que componía el picnic, incluido en el precio total de la quincena en el hotel. Más de uno no pudo soportar su curiosidad y se atrevió a romper el precinto bajo el que se guardaban aquellos manjares, lo que provocó que el aire se impregnase también con esa pestilencia azucarada y exótica de las bananas o de los plátanos, cuestión de si eran una cosa u otra, con lo que se abrió un debate que provocó la apertura de más bolsas de picnic y la densidad odorífera en el aire estancado lo hizo casi irrespirable. Todos cantaban, reían o expulsaban los líquidos biliares con un gran frenesí y una voluntad enorme para la diversión, a pesar de los achaques, las dolamas y los reveses de la vida. Se bajaron del autobús entre bromas bananeras o plataneras, con efusivas despedidas del conductor, que verían unas horas más tarde. Inundaron la playa como una plaga, primero se concetraron en una mancha multicolor, deforme y de una carnalidad desmesurada, que después se fue diluyendo entre los bañistas que ya tenían marcado su territorio mínimo con una toalla tan imposible de olvidar como de recordar. Cuando se cruzaban en el paseo por la orilla no dejaban de saludarse entre risotadas y bromas sobre las que sólo los miembros de aquel grupo tenían verdadero alcance. Lola Flores y El Pescailla se separaron enseguida. Ella, que estaba tostada como un habano, se tumbó al sol, porque todo era poco. A él lo recibieron con entusiasmo en el chiringuito. Ya lo estaba esperando en la barra un vaso de tinto con Fanta de limón, que en un glups se echó gaznate abajo.


La fotografía es de Bruce Gilden

sábado, 5 de marzo de 2011

Palacio


La fotografía es de Naomi Harris

La caravana de furgonetas y camioncillos renqueantes entró segura en su marcha dentro de la ciudad medieval o renacentista o histórica, de piedra, ¿o de cartón-piedra?, decorado para malas películas de época que se rodaban allí, para anuncios televisivos, sede de ministerios, conjunto artístico, vacinilla del onanismo institucional, placas de calidad europea, sellos de identificación comunitaria y logotipos de una imagen que quería exportarse universalmente, todo lo que se podía venir al traste con aquella invasión plebeya de gentuza poco aseada, mal afeitada, de imposible ducha cada día. La caravana de vehículos, que no conocían la inspección técnica obligatoria, manejados con pericia por conductores que nunca habían asistido a escuelas de conducción, avanzó contra las señales que prohibían el sentido de esa marcha y superó los pivotes levadizos, disuasorios para el tráfico no autorizado. La caravana colonizadora llegó a una plaza con iglesia de san pablo, con palacio de señores de la guerra privilegiados por los reyes católicos, marcada noblemente en sus fachadas con escudos y blasones nobiliarios, con las enseñas de color granate y las letras de oro que anunciaban un restaurante con sus productos de caza mayor y sus platos típicos de la región, en la que a esa hora madrugadora, intempestiva para todo quisqui, no había ni un alma. Bueno, un gato sí que cruzó por delante de la camioneta que abría la expedición, a cuyo volante se encontraba un hombre de pocas letras, menos leyes aún, pero de temerarias decisiones, que había conocido los trullos más importantes, proveniente además de una larga y prestigiosa saga de chatarreros, asentados sus reales a lo largo de todos los poblados chabolistas del país, cuyo mapa los estudiosos no terminaban de fijar con exactitud. ¿Pero un gato en esas circunstacias de ocupación y criminalidad no representaría aquí al mismo demonio? Todos los conductores eran como el primero, de modo que si el gato se hubiera cruzado por delante del cuarto o quinto vehículo las palabras anteriores se podrían haber referido a sus conductores. Eran una legión. Pero una legión no de soldados, a cuya disciplina y organización no consentían someterse, sino de ocupas con chiquillos moqueantes, señoras rollizas, abuelos paralíticos y sonados, a veces poseídos por la lujuria. Una legión de gentuza de todas las edades. Llamamos gentuza aquí a lo que no sé si un día se llamó gente, pero calificados así por quienes se reservan para ellos esa denominación, que parece haberse convertido en una marca de origen también, como el jamón de jabugo o la torta del casar, con toda su garantía de excelencia. No ofrecía, por supuesto, aquella plaga plebeya ninguna garantía de excelencia ni de obediencia ni de ninguna otra cosa de bien, allí solo había garantía de mogollón, de conflicto, de roturas, de poca higiene, mucha fritanga, despreocupación por las consecuencias y jaleo, ruído, musica alta por los altavoces y un idioma retorcido hasta límites imposibles de expresión, risotadas y más risotadas infantiles, mujeriles, en fin, PROBLEMAS. Los vehículos no podían apagar sus motores, que tosían como moribundos crónicos, hasta estar seguros de que no habría que volver a arrancarlos, así que se celebró una reunión de legionarios frente a la placa de san pablo y se decidió que entrarían en la señorial casa de la esquina, que según las observaciones parecía la más soleada de todas. Se procedió entonces a la rotura de la puerta, que fue violenta, explosiva, y luego a la descarga de enseres y colchones. En una maniobra marcha atrás de uno de los caminones la caja del mismo chocó contra la irrompible placa de metacrilato que se hizo añicos, allí donde figuraba cuál era el organismo institucional que tenía su sede en tan noble e insigne edificio.