domingo, 23 de octubre de 2011

Inma Ruiz sobre La memoria del gintonic


Desde Frankfurt, Inma Ruiz, que da clases en la Justus-Liebig-Universität Gießen, ha escrito en su blog Agua y azahar la reseña de su lectura.

La fotografía es de Kim Ji Hae

sábado, 22 de octubre de 2011

La Bañera Láctea




Ya estoy tan viejo que
la leche me chorrea por la cabeza.
Ya no creo lo que nunca creí
con la firmeza del viejo
al que le leche se le ha ido pudriendo.

Usted, amigo, que se acerca curioso a verme,
como el que se aproxima a la letra pequeña
de un pasquín callejero,
tendrá que saber que aquí me apilo yo
en una montaña de tetrabricks.

Sáquese las manos de los bolsillos, hombre.
Le voy a llenar los zapatos de muerte,
mientras se toma la cervecita de costumbre,
mientras enjuicia usted al mundo,
lleno de razón.

Ya estoy tan afilado, tan hecho hilos, tan soplado
por el viento de la vida,
que me doblo, me inclino ante la mancha
de grasa en el bajo de los pantalones,
rendido a su voz.

No es que se lo pida, amigo (no quiero ser irónico),
es un ruego,
actúe usted como nadie espera
y métase conmigo en este mar,
no azul de mar,
sino blanco de muerte y leche.

La imagen es una fotografía de Pierre Cordier

miércoles, 19 de octubre de 2011

Barrio


Habría que avisarles, claro, a quienes nunca vieron esas cosas, porque el tiempo es como una lasaña de capas superpuestas, que bajo el edificio en el que han adquirido su vivienda, hipotecados hasta las cejas, pero qué le vamos a hacer, las cosas están así, la crisis estalló en sus narices como un espectáculo de pirotecnia, luz y color, y no se iban a arredrar, el amor por encima de todo, decidieron casarse, hacer un banquete con la familia y los amigos, y luego irse de luna de miel, que bajo el edificio, repito, en el que está su piso, su casa, hogar, república independiente sueca de Ikea, hubo en otro tiempo una vaquería, un huerto, un cementerio, capa bajo capa, hacia dentro, hacia atrás, hacia nada. Habría que advertirles, claro, que ahí había una elevación del terreno, que por las tardes desfilaban las madres con sus niños roñosos de una mano y en la otra una cantarita que llenaban de leche recién ordeñada, sobre la que se formaba una tapa de nata y si no se cubría con un paño una corona de moscas. Habría que levantarse y acercarse a ellos y decírselo. Mirad, todo esta calle y esas de ahí eran campo. Había una acequia, mosquitos, vacas, cerdos. La gente que llegaba aquí venía de los pueblos, pero aquí ya no era como en el pueblo, aunque hubiera muchas cosas que lo recordaran. Esto era la ciudad. Habría que traer a los chicos de las escuelas y decirles que bajo ese edificio en otro tiempo se plantaron cebollas sobre las tumbas, y otros tubérculos que enredaban sus raíces entre los huesos, entre las conchas, entre los jarrillos de los ajuares de los muertos, de una dulzura al paladar como ya es imposible comer en ninguna parte, porque todo se está volviendo insípido, porque nada sabe igual que antes, y uno no sabe si es que es eso, que la fruta la traen toda en camiones de los invernaderos de Almería o que el paladar se va desgastando o perdiendo, serán seguramente las dos cosas. Habría que decirles que el tiempo es una lasaña, una capa sobre otra. Pero quién es el guapo que lo hace. Quién se acerca a la chica cuando viene cansada con el uniforme de Mercadona. Oye, mira el edificio en el que vives está embrujado, no sería extraño que oyeras por la noche unos lejanos mugidos de vaca o susurros de la gente que vigilaba el mar, el mar llegaba hasta aquí mismo. ¿Sabes lo que me ha dicho un vecino hoy?, le diría ella después de darle un beso. Él pondría cara rara pensando en cualquier inconveniencia, como aquella vez que ella le contó que un exhibicionista le había salido al paso. No, no te preocupes, aunque bien pudiese haber dicho no te mosquees, porque es él es de naturaleza desconfiada y suspicaz. ¿Qué te ha dicho?, dirá él, serio. Que el tiempo es una lasaña. Y él querrá saber quién le ha dicho eso, quién se atreve a esas confianzas con su mujer, qué quiere decir con eso. ¿Y nada más? Más, por supuesto, que no nos extrañemos si por la noche oímos mugidos, susurros, que el edificio se levanta sobre una vieja necrópolis. He buscado necrópolis en internet y significa cementerio. Y él empezará a dormir mal y ella empezará a pensar que quizás ha llegado el momento de quedarse embarazada. Olvidarán lo que el chiflado aquel le dijo a ella un día, qué era lo que te contó aquel viejo. Yo lo pasé mal una temporada, algo de que el edificio estaba embrujado, pero mira la de años que llevamos aquí, aquí han nacido nuestros hijos y yo nunca he visto un fantasma. Habría que decirles todo eso.

La fotografía es de Xavier Delory

martes, 18 de octubre de 2011

Hijo




En todas las familias hay un gracioso al que uno de buena gana le partiría la cara. Para poder por fin reír de verdad, con ganas. En la mía ese lamentable honor lo tuvo siempre mi padre. En fin, mis hermanos, mi madre y yo intentábamos mirar para otro lado cuando el viejo salía con sus gansadas. Así fue siempre y la cosa no tuvo nunca visos de que fuera a cambiar. No había boda, bautizo o celebración en la que mi padre no pusiera la nota discordante.
-Las cosas que tiene este hombre, es lo que solían decir las tías, o mis primos.
Las cosas, sus cosas, han sido todo tipo de impertinencias, de comentarios fuera de lugar, de bromas pesadas. El carácter expansivo, ridículo y cegato de mi padre me ha torturado y me ha humillado desde que tuve algo de raciocinio, desde que a los cinco o seis añitos me percaté de que aquel individuo era un fantoche presuntuoso. Sin embargo un día, cuando por enésima vez lo veía meter la pata y hacer el ridículo ante todos, de repente me embargó un sentimiento nuevo que no era ni vergüenza ni miedo ni dolor. Me sentí triste. Lo imaginé muerto, estirado y brillante, empalagoso como siempre, relamido en su pose de actor folletinesco. Me levanté de la silla dejando un flan con nata a medias y me escondí en el cuarto de baño antes de que el llanto me asaltase. Estuve allí un buen rato, oyendo las risotadas de mi padre y de alguno más de su cuerda. Luego en el frío de las calles le fui dando puntapiés a una lata hasta que me cansé, decidido a que no regresaría nunca a aquello que todos seguiríamos llamando hogar por mucho tiempo.


La fotografía es de Pierre Gonnord

lunes, 17 de octubre de 2011

Un encuentro


-¿Es usted un espantapájaros?
-Esa pregunta ya me la han hecho otras veces. Otras veces usted ya me ha preguntado eso.
-Sí, pero nunca obtuve respuesta.
-Hoy sí, hoy le contestaré, no tema, no despertará usted sin haber satisfecho su curiosidad.
-¿Despertar?
-No sé si se habrá dado cuenta, pero usted está soñando y yo no.
-¿Es usted un espantapájaros?
El hombre que podría ser un espantapájaros encendió un cigarrillo. Era curioso verlo fumar porque ese hombre procedía de un tiempo en el que no se conocía el tabaco. Llevaba un traje de excelente calidad muy estropeado, lleno de rotos, con manchas de grasa. El cigarrillo se transformó en un gusano juguetón. Un gusano blanco, humeante, sabroso, que el hombre se echaba al pecho con la satisfacción del que ha dejado por unas horas la caja de pino.
El hombre curioso que había sido acusado de estar soñando estaba dispuesto a meterle fuego a aquel fantoche y así lo insinuó con un gesto, levantando el pulgar, como si fuese una llama.
-¿Es usted un ángel?
-¿Lo dice usted por el truquito del dedo flamígero?
-Le ha quedado muy efectivo. He temido por mi vida, si le soy sincero.
-Me siento ahora capaz de incendiar una ciudad.
-Me alegra saber que está usted en forma, adelante si gusta, pero permítame que le cuente nuestra historia.
Usted y yo somos dos hombres inventados. Supongo que no le desvelo ningún secreto si le digo que además yo ya he fallecido y usted está falleciendo en este preciso instante.
-Se contradice usted demasiado.
-¿Me contradigo?
-Sí, lo hace.
-Horror, ¿y ahora qué hacemos?
-No me gustan sus burlas.
El hombre espantapájaros se abrazó al otro hombre, que sintió una inmediata repugnancia.
Nunca, nunca, en ninguno de los encuentros que ya habían tenido, pero de los que no hay constancia, habían llegado hasta ese punto. Luego, cada uno volvió a sus quehaceres y por más que intentaron coincidir nuevamente ha sido del todo imposible, aunque el deseo de conseguirlo no los ha abandonado desde entonces.



La imagen que ilustra es un aguafuerte de Paul Klee

sábado, 15 de octubre de 2011

El balón



El hombre se detiene en mitad de la calle cuando se da cuenta de que todas sus ocurrencias, toda su gracia y su chispa ya no le sirven. Como si hubiese perdido el sombrero por un golpe de viento. Estuvo bien mientras duró, se dice. Y no se le ocurre nada más. Se sienta en un café. El hombre, con la cabeza inusualmente descubierta, mira a las mujeres como quien persiste en un hábito. Ayer mismo esa contemplación hubiese sido fuente de elaboradas fantasías, pero hoy mira a las mujeres como podría estar mirando caballos de carreras, porque son los elementos móviles que aparecen en su horizonte. Ayer mismo el hombre de hoy, sin ocurrencias, era un pozo inagotable de comparaciones que ya está seco, como una chistera de mago agotada. Así son las cosas. El hombre podría hacer un esfuerzo, y de hecho lo hace. Podría ir a la sombrerería más cercana y probarse algunos modelos. Con algo de voluntad, se da cuenta, volvería a ser el mismo que fue antes de que todo empezase. Más ocurrencias, más comparaciones, un placer renovado, podríamos decir en el uso de las palabras, porque es cuestión de palabras y de dónde brotan las palabras. Pero sabe que ese camino es un bucle absurdo, un bucle. Ahora se trata de la necesidad. El hombre mira a las mujeres como si hubiera necesidad de mirarlas como a caballos de carreras. Un ejercicio al que no está acostumbrado, de resultados decepcionantes. Camina por un suelo irregular, en el que es fácil dar tropiezos, hundirse o caer, se asegura con un bastón, curioso, elegante. En este territorio sus recursos de ayer, sus ocurrencias, su improvisación, son como lluvia que rebota en el suelo. El hombre, despacio, se dirige al lugar que tenía en mente alcanzar en su paseo, cuando un golpe de viento le dejó la cabeza desnuda. El hombre acepta los rigores. Hace frío y quizás sus ropas no sean las adecuadas para soportarlo, además en sus bolsillos se han abierto dos grandes agujeros, como si una brasa hubiese quemado la tela. Dos sucesos le sobrevienen, el primero es reflexivo: los años, que parecían un adorno, otra frivolidad más, le exigen un tributo de mermas y deficiencias. El segundo es que en mitad de la calle da con un balón abandonado. Toda esfera es un reclamo, piensa, una invitación. El hombre echa atrás la pierna, lo suficiente como para adelantarla con fuerza y chutar. Ojalá, se dice, tuviera muchas oportunidades como ésta. Pero piensa: ¿cuántas veces encuentra un hombre un balón así en su camino? Y contesta: muy pocas.

jueves, 13 de octubre de 2011

Otra opinión sobre La memoria del gintonic


La escritora valenciana Elena Casero ha dejado en su blog su opinión y reflexiones a raíz de la lectura de la novela.
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