martes, 2 de abril de 2013

La elección de Manuel Espada


Manuel Espada es autor de varios libros, entre ellos tiene uno de microrrelatos titulado Zoom.




Mis propuestas de autores consagrados, con perdón, son cuatro, ya que se trata de hiperbreves, un subgénero ultracorto del microrrelato. Para que sean considerados microrrelatos no pueden ser una mera cita, un chiste o un aforismo, sino que ha de tener narratividad, es decir, contar una historia y no tener el único anclaje del ingenio. El cuento del dinosaurio de Monterroso no es el más corto de la historia del relato. Aquí un ejemplo. Se trata de un relato de Hemingway que tan sólo tiene seis apalabras.

Vendo zapatos de bebé sin estrenar.


En tan sólo seis palabras, Hemingway hace un uso tan magistral de la elipsis, la figura retórica con más peso en el microrrelato, porque el lector tiene que poner la parte que falta. En esta historia, como en casi todas las del autor norteamericano, el lector pone las líneas que falta mediante preguntas a un cuento que parece toda una tragedia. ¿Quién vende los zapatos de bebé? ¿No se han estrenado porque el bebé murió? ¿Quizá no llegó a nacer? ¿Es hombre o mujer quien los vende? Tan sólo seis palabras generan más literatura que el mismo cuento. Hay ensayos larguísimos sobre este cuento tan corto. Todo un ejemplo de lo que debe ser un hiperbreve para ser considerado un cuento en toda regla.

Pero aún hay un relato más corto en el que el título es una palabra y el cuerpo de texto es otra palabra.

LUIS XIV
Yo

Este texto de Juan Pedro Aparicio es un claro ejemplo que muestra la participación y la cultura general que debe tener un lector de microrrelatos. Si el lector no sabe quién es Luis XIV no entenderá el texto. Luis XIV, conocido como “El rey Sol” porque todo giraba en torno a él en Francia solía decir: “El Estado soy yo”. Un lector sin éste backgroung puede leer una y otra vez el texto sin saber a dónde nos quiere llevar el autor. Normalmente la exigencia a un lector de este género es mucho mayor que lo que se le exige a un lector de novelas, donde todo viene explicado.

Pero hay un hiperbreve aún más corto. Tan sólo tiene título y el cuerpo del relato está en blanco. ¿Por qué está en blanco? Tan sólo hay que leer en título para entenderlo.

EL FANTASMA


Este microrrelato de Guillermo Samperio, el más corto de la historia de la Literatura en castellano, puede parecer un simple juego de ingenio, que también lo es, pero además tiene una historia y un personaje. El título nos presenta al personaje y nosotros lo vemos en el cuerpo del texto, que está en blanco. ¿Qué hace ahí? ¿Podrá salir del libro algún día? ¿Quién es ese fantasma que estamos viendo, ese personaje silencioso?

Por último, me gustaría poner un ejemplo que juega con el título y el cuerpo del microrrelato a la inversa. En este texto de Luisa Valenzuela podemos ver un título muy largo y un cuerpo de texto muy reducido. Es una fórmula original que, sin embargo, se ha usado ya tanto que ha acabado perdiendo su capacidad de sorprender.

El sabor de una medialuna a las nueve de la mañana en un viejo café de barrio donde a los 97 años Rodolfo Mondolfo todavía se reúne con sus amigos los miércoles por la tarde

-Que bueno.

Cabe destacar que Luisa Valenzuela le quiere quitar toda emoción al cuerpo del relato, de manera que suprime los signos de exclamación e incluso la tilde de “qué”. En un microrrelato nada se hace al azar. Son textos tan breves que todo está estudiado, como un reloj o una partitura. El título es tan importante en el microrrelato que muchas veces es indispensable para entender el cuento, pero aquí Valenzuela lo lleva al extremo e incluso a la parodia, ya que el título contiene el peso de la narración y explica el texto.


Textos propios. Comenzamos con un microrrelato experimental en el que se utilizan frases de canciones conocidas, pero de tal manera que den sentido al texto. En este tipo de juegos experimentales no vale poner las cosas sin más, usar un recurso por el mero hecho de sorprender al lector. Siempre ha de haber una historia, una narración. En este caso es una historia de amor que tiene el plus de evocar al lector cada canción que va leyendo.

RETAZOS

Te recuerdo, Amanda. Fui a la orilla del río, y vi que estabas muy sola. ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? ¿Qué clase de aventuras has venido a buscar? Voy camino Soria. Cántame, me dijiste, cántame, cántame por el camino, y agarrao a tu cintura te canté. Besos, ternura, qué derroche de amor, cuánta locura. Ay, que gustito pa mis orejas, enterraíto entre tus piernas. Y nos dieron las diez, y las once, las doce y la una, y las dos, y las tres, y desnudos al anochecer, nos encontró la luna. La fuerza del destino nos hizo repetir, dos cines y un par de conciertos y empezamos a salir. Te quiero, pero te llevaste la camisa y me dejaste el sombrero. Dice la gente que ahora eres formal, y yo aquí borracho en el Cadillac. ¿Quién me va a curar el corazón partío? Ay, pena, penita, pena, pena, pena. Una lágrima cayó en la arena. Ay, ay, ay, ay, canta y no llores. Los chicos no lloran, sólo pueden soñar. Una calle de París. Por la esquina del viejo barrio te vi pasar, con el tumbao que tienen las guapas al caminar. Hola, chata, ¿cómo estás? ¿Qué tal te va con el tío ése? Yo que soy tan guapa y artista, yo que me merezco un príncipe, un dentista, yo…, yo me quedo aquí a tu lado. Quisiera volver, no termina nunca esta misión, me acuerdo de ti como un cuento de Ciencia-Ficción. Déjame, no juegues más conmigo, esta vez, en serio te lo digo, tuviste una oportunidad, y la dejaste escapar. Dicen que tienes veneno en la piel. Fuera de mí, ya no quiero tu querer.

El siguiente microrrelato pertenece a la categoría de microrrelatos visuales, cuya principal característica es que juega con las letras y las palabras de manera física, caso táctil, de modo que se puede agrandar o empequeñecer el tipo de letra, quitar, poner, cortar, escribir en redondo, hacer formas, etc. En este caso un personaje desaparece literalmente y literariamente, y su voz desaparece a la vez que él. Y este efecto se consigue difuminando las letras, como acallando su voz, matando al personaje poco a poco en una agonía lenta.

EL PROTAGONISTA

—Por favor, recapitulemos las premisas de la investigación para llegar a una conclusión viable.
—Todo comenzó cuando Sancho se esfumó, como por arte de magia, de la faz de la tierra. En un principio desconfiamos de la locura de su amo, pero las sospechas que recayeron sobre el hidalgo se disiparon pronto. A las dos semanas borraron al capitán Haddock. No quedó ni rastro de ese borracho en ninguna viñeta. Nosotros entramos en acción cuando Rick nos pidió que investigásemos la desaparición de Sam, el pianista negro, de todos los fotogramas de la película. Desde entonces, barajamos varias hipótesis que nos han llevado a una conclusión: Un psicópata está asesinando a los personajes secundarios. Nuestra conjetura quedó confirmada cuando recortaron de las hojas a los Dalton, dejando un maligno vacío que superaba a los propios personajes. Tacharon los diálogos de todas las hijas de Bernarda Alba y taparon con típex las palabras del alférez Yago. De todo ello, si me permite, y siempre desde el punto de vista freudiano, he elaborado una teoría propia: El homicida tan solo puede ser un personaje egocéntrico que, movido por los celos profesionales hacia un secundario cercano a él que le hace sombra en lo laboral, ha decidido librarse de todos los de su especie. Es decir, el psicópata es un personaje protagonista que desea brillar en solitario y quiere librarse de la candela refulgente que le acompaña. ¿Estoy en lo cierto?
—Elemental.


En el microrrelato que podéis leer a continuación se utiliza una técnica conocida como “inversión”, y que consiste en coger una realidad y darle la vuelta, como hizo Amenábar en “Los otros”. Todo el mundo tiene miedo a la muerte pero, ¿qué pasaría si un muerto tuviera miedo a resucitar? Se trata de coger esos esquemas convencionales y darles una vuelta de 180 grados. En realidad la naración de alguien que tiene miedo a la muerte sería exactamente igual, pero al darle la vuelta el efecto que se consigue es muy llamativo y poderoso, y se puede hacer con cualquier aspecto cotidiano de nuestras vidas.

EL OTRO MUNDO


Mi amigo Fran no era un muerto normal. Me contó que se había suicidado, aunque tenía demasiado buen aspecto, con esas mejillas sonrosadas y todos los dientes en su sitio. Fran estaba convencido de que algún día resucitaría, pero yo le animaba diciéndole que estaba hecho un asco. Lo conocí cuando nos mudamos al nuevo cementerio, un camposanto recién construido. Habíamos comprado un nicho adosado sobre plano, en el centro de la necrópolis, junto a una estatua con forma de angelito. Mis padres se quedaron con la tumba de matrimonio (de nogal barnizado) y yo con el sepulcro blanco, como correspondía a un niño de mi edad. Mi madre me advirtió que no me paseara por las afueras, porque los muertos de las fosas comunes no eran de fiar y me podían pegar alguna cosa, pero no le hice caso. Cuando conocí a Fran era un muerto travieso que jugaba a asustar al enterrador. Nos hicimos buenos amigos. Nuestra principal diversión era espantar a las mujeres que limpiaban las lápidas. Una noche Fran me dijo con voz llorosa que había llegado su hora, que el fin estaba muy cerca. Al día siguiente Fran apareció vivo. Lloré tanto por su resurrección que nadie se acercó por el cementerio durante un mes. Creo que mi madre tenía razón con los muertos de las fosas comunes. Hoy me ha salido piel en las manos.

La elección de Elena Casero


Los tres primeros textos son de Elena Casero y los tres siguientes son su elección de micros clásicos.
Elena Casero es autora de varias novelas y un libro de relatos.



1. Esto es un hecho real. Uno de mis recuerdos infantiles. En situaciones semejantes, solemos preguntarnos quién es el culpable de llegar a estos momentos.


SCSSSSHSS.


SSsschss. Un latigazo rasga el silencio. Un cuerpo encogido sobre sí mismo esquiva el primer golpe. La mano masculina hace silbar de nuevo la correa en el aire, cayendo sobre la espalda del chaval que se revuelve irritado. Detrás, unas manos impotentes intentan contener al hombre. En la cara de ella se refleja el sufrimiento y el miedo. El hombre grita algo y ella se aparta asustada. Él, con el cinto en la mano, masculla unas palabras rencorosas. El chaval, desafiante, se encierra en su habitación. Ella regresa a la cocina, donde sus lágrimas aliñarán la carne de la cena.



2. Quizás, uno de los más grandes defectos del ser humano es la hipocresía. Una situación que, desgraciadamente, vemos muy a menudo.



EL PAÑUELO DE HILO



Algunos lloran, sobre todo las señoras de buen corazón que se arrebujan en sus abrigos de pieles, tiritando de tristeza y enjugándose unas lagrimillas mientras observan la escena del mendigo destripado en medio de la calle, reteniendo el tráfico que lo rodea, atropellado frente a la puerta de la iglesia, protegido por un chucho desgreñado que no para de aullar.
Tapándose la boca con un pañuelito de hilo dice una: — ¡Qué lástima! Alguien debería llamar a la perrera.


3. Es un relato triste y algo cruel, pero podría resultar verídico en algunas ocasiones. Hay quienes abandonan a los mayores en las gasolineras, o en los pasos de cebra.



EL JUEGO DEL VERANO



Mamá se ha inventado un juego muy divertido. Vamos con el coche hasta una urbanización, a las afueras de la ciudad. Llamamos al timbre de la puerta de un edificio grande, rodeado de naranjos, con muchas ventanas donde siempre da el sol y un jardín con bonitos bancos de madera y un césped muy verde. Nos abre una señora vestida de blanco. Es guapa, aunque tiene sonrisa de plástico. Mi madre le da la bolsa y ella, sin dejar de sonreír, se la cuelga al hombro y empuja la silla. Y antes de que el abuelo despierte, echamos a correr.


Microrrelatos clásicos escogidos por Elena Casero:


1. Algo de fantasía para despertar la imaginación.



EL SUEÑO


Luis Mateo Díez


Soñé que un niño me comía. Desperté sobresaltado. Mi madre me estaba lamiendo. El rabo todavía me tembló durante un rato.




2. Un cuento algo cruel sobre una situación que parece intemporal.




SOY MAESTRO


Max Aub


Soy maestro. Hace diez años que soy maestro de la Escuela Primaria de Tenancingo, Zac. Han pasado muchos niños por los pupitres de mi escuela. Creo que soy un buen maestro, Lo creía hasta que salió aquel Panchito Contreras. No me hacía ningún caso, ni aprendía absolutamente nada: porque no quería. Ninguno de los castigos surtía efecto. Ni los morales, ni los corporales. Me miraba, insolente. Le rogué, le pegué. No hubo modo. Los demás niños empezaron a burlarse de mí. Perdí toda autoridad, el sueño, el apetito, hasta que un día ya no lo pude aguantar, y, para que sirviera de precedente, lo colgué del árbol del patio.



3.Un relato sobre la desmemoria, y la pérdida de identidad.



DE LIBROS Y DE ROSAS

José María Merino


“En los pétalos de los libros y en las páginas de las rosas estuvieron escritas las mejores historias que el ser humano pudo imaginar”, pensó, cuando ya ni los libros, ni las rosas, existían.


lunes, 1 de abril de 2013

La elección de Jesús Esnaola


Jesús Esnaola es autor del libro Los años de lluvia.




Estos tres primeros textos son de su autoría, luego vienen tres microrrelatos clásicos que ha elegido para nosotros.



Ellas

Tal vez si hubiera preguntado dónde las habías visto te habría creído. Hubiera podido comprobarlo. Pero preferí pensar que estabas loca, que la cordura te había abandonado y firmé los papeles, dejé que te encerraran en aquel lugar lleno de blancos, de vacíos y de rumores y gritos. En aquel momento me convencí de que era lo mejor para ti, que allí te ayudarían a curarte, a volver a ser la que eras, a olvidar los días en que todo ocurrió.
Hace una semana que no me atrevo a salir de casa. Pronto me llevarán a tu lado. Yo también he empezado a verlas.

Nota: “Ellas” es un intento de llevar la elisión a sus últimas consecuencias. La elipsis es una de las características más importantes del microrrelato y en esta pieza tan sólo se le dan unos mimbres al lector para que él complete la historia.


Persistencia


Siempre me dice lo mismo, el abuelo, cuando va a pescar al río. Me dice, quédate aquí quieto, sentado en el tocón de la encina, y que no me mueva, me dice. Y por si tengo la tentación de desobedecerlo me asusta con la historia de la poza, de la poza y de la vaca, de la vaca que la poza se tragó. Yo le digo que la poza no se tragó a ninguna vaca que fue a mí al que engulló, ¿no te acuerdas, abuelo? Pero él no escucha y sigue a lo suyo.

Nota: En los géneros narrativos más extensos una bajada de tensión, o una palabra equivocada pueden tener fácil arreglo. El microrrelato no permite un fallo, una coma mal puesta puede dar al traste con todo. Por eso es fundamental encontrar la forma justa, precisa, única de contar lo que quieras. Como intenté conseguir en este breve ejemplo donde la forma casi importa más que el fondo.




Elemental



Mientras Watson se acuclilla junto al cadáver, Holmes, envuelto en la nube de humo que sale de su pipa, examina la habitación en que se encuentran. Mientras Watson observa el puñal que la víctima tiene clavado entre los dos omoplatos, Holmes repasa las paredes desnudas sin una sola puerta o ventana, estudia el cubo perfecto de muros lisos que los rodea. Mientras Watson, seguro de que el hombre ha sido asesinado, se pregunta cómo el asesino ha podido salir de aquella trampa sin escapatoria, Holmes, confundida su silueta con el humo del tabaco, se pregunta intrigado cómo han podido, Watson y él, llegar a aquel lugar.

Nota: “Elemental” utiliza otro de los recursos clásicos de la micronarración: la intertextualidad, la referencia a personajes o situaciones de otras obras que el lector ya conoce lo que le permite al escritor centrarse en la historia sin extenderse en explicaciones.




Los clásicos



La montaña

El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
-¡Papá, papá! -llamó a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
-¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.

Enrique Anderson Imbert

Nota: Un micro umbral, donde la realidad se convierte en metáfora, con precisión y sencillez, sin que casi lo notemos. Y una imagen estremecedora del niño solo en la cumbre nevada.


REVOLUCIÓN


En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa. Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí. Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver. Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable. Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista. La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida. Pero al cabo de cierto tiempo, la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio. Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista. Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por “ese cierto tiempo”. Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario. Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución. Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna. Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez, “cierto tiempo” también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio -es decir, el cambio seguía siendo un cambio-, sino que al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo. De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama. Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba. Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario...

Slavomir Mrozek

Nota: Mrozek utiliza el humor en toda su obra pero sobre todo en los microrrelatos. Estos son mordaces, con una gran carga de crítica social (en su caso al comunismo) y esta pieza, “Revolución”, es un ejemplo perfecto y muy apropiada en estos tiempos.


El niño al que se le murió el amigo



Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:

-El amigo se murió.
-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.

El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.

-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.

Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

Ana María Matute

Notas: “Los niños tontos” de Ana María Matute es una de las obras cumbre del microrrelato español y el texto que os presento un ejemplo maravilloso de lo que es un microrrelato. Unas pocas líneas para narrar el cambio de un niño que se convierte en un hombre antes de tiempo.

La elección de Araceli Esteves



Autora del blog El pasado que me espera y del libro Fisuras en el aire.




He elegido estos tres microrrelatos de autores que admiro, principalmente por lo breves que son. Y porque esa brevedad no hace más que intensificar el efecto que produce su lectura. Conseguir que a través de la extrema brevedad se consiga un resultado contundente, me parece de las cosas más difíciles. Pocos autores lo consiguen. Estos tres son algunos de esos pocos:


Cuento de horror

La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones.

JUAN JOSÉ ARREOLA

Me gusta porque con muy pocas palabras consigue esa mezcla entre el elemento fantástico, el sentido del humor y la poesía que tanto se agradece en un microrrelato.

El globo

Mientras subía y subía, el globo lloraba al ver que se le escapaba el niño.

MIGUEL SAIZ ÁLVAREZ

De este microrrelato destacaría lo visual que resulta y ese giro copernicano que nos sitúa al objeto como inesperado protagonista de la historia.

Novela de terror

Me desperté recién afeitado.

ANDRÉS NEUMAN

Me parece un microrrelato redondo, terrorífico de verdad. Es muy intrigante, te obliga a imaginar qué le puede haber pasado al protagonista el minuto anterior al despertar.

Ahora los míos:

El pasado que me espera


Ayer encontré los lentes de la abuela, estaban con las llaves que se guardan tontamente sin saber qué puertas abrieron. Me los puse y comprobé que veía perfectamente.

Este microrrelato tiene el mismo título que mi blog. Me gusta que los límites se diluyan, el pasado y el futuro pueden ser la misma cosa. El paso del tiempo se refleja en esos lentes que alguien usó y que ahora se pone el protagonista para descubrir que puede ver sin problemas.

Una vida robada

Desde que nací vivo en un hospital. No conozco otra casa. Y aparte de mamá, los únicos que me visitan son los médicos y las enfermeras. Nunca me dejan salir. Y eso que yo siempre les digo que me encuentro bien, que no me duele nada. Miro por la ventana y me imagino la vida, lo que sería pisar piedras o tocar un árbol, que me diera un beso alguien que no fuera mamá. Lo peor son los análisis; hoy ya me han pinchado dos veces para extraerme sangre. Los médicos son simpáticos y me tratan bien. Me regalan libros y a veces se quitan la bata blanca para jugar conmigo al ajedrez. Con ello no evitan que muchas tardes las lágrimas empujen con fuerza para salir. Pero como no quiero llorar, finjo tener sueño y cierro los ojos. Los cinco.

Es un microrrelato muy triste que juega con la sorpresa final.

Al rico virus

No fue hasta que los científicos descartaron cualquier otra hipótesis que alguien empezó a relacionar el mal con el poder adquisitivo de los enfermos. No hubo un solo contagio entre personas con un patrimonio inferior a los cien mil euros. Ni uno sólo. Era un virus que atacaba, con insobornable virulencia y exclusividad, a los ricos. Afectaba principalmente al hígado y a los riñones, los órganos más cercanos al bolsillo, y de ahí se extendía al páncreas, al bazo y a los pulmones. En la mayoría de los casos hasta la muerte.
Empezaron las donaciones indiscriminadas, los regateos a la baja en los sueldos de los grandes directivos, la devolución de las jubilaciones millonarias. Los futbolistas exigían ser mileuristas, los actores de Hollywood cerraban contratos con nóminas irrisorias. En las gasolineras se pagaba la voluntad.
La vida empezó a mejorar para todos. La balanza se equilibró. Desaparecieron las diferencias y con ellas el malestar social.
Sólo quedó un grupo de millonarios dolientes, enfermos crónicos, que incapaces de desprenderse del dinero que destrozaba su salud, se arrastraban con denuedo hasta sus limusinas blancas. Vivían enchufados a botellas de suero, conectados a máquinas de diálisis, convertidos en desechos humanos, garabatos agarrados a su pobre y triste dinero. Podridos.

De este microrrelato me gusta que por una vez los que paguen el pato sean los otros.


Para una lectura de microrrelatos con mis alumnos



La pintura se titula Carrusel y es de Pamela Contreras


Para celebrar el próximo día del libro, el 23 de Abril, mis alumnos de 4º de la ESO van a elegir una serie de microrrelatos con los que harán una presentación dirigida a sus compañeros.

Hemos invitado a una serie de autores para que elijan los tres microrrelatos propios y los tres clásicos que consideren más oportunos para su lectura. Dichos autores son:

Patricia Esteban Erlés

Jesús Esnaola

Rosana Alonso

Manu Espada

Iván Teruel

Araceli Esteves

Ángeles Prieto Barba

Eduardo Cruz Acillona

Xrisstinah

Elena Casero

Enrique Páez

Iremos publicando aquí los textos elegidos para facilitar todo el proceso de trabajo.

Para empezar, la parte audiovisual. Espero que os gustem estas dos historias que abordan el tema de la violencia con mucho sentido del humor: un cuento propuesto por Enrique Páez, de Mauro Franco (colombiano) que ganó el II Concurso Cuento en Corto. Es este:

Y uno del propio Enrique:






martes, 5 de marzo de 2013

Una nueva reseña





La foto es de Joan Colom i Altemir


En el blog Un lector indiscreto aparece hoy otra nueva reseña sobre La memoria del gintonic.


Hic.