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domingo, 3 de mayo de 2009

Una imagen



"A History of Sex (The kiss)", Andrés Serrano, 1996.

No sé, pero quizás he contado lo que hay detrás de esta imagen.



Aclaro, después de los primeros comentarios:

He necesitado 9 capítulos y 24 637 palabras bajo el título de La novela de Eulogia. La imagen me ha surgido después de la escritura del texto, pero representa muy bien una buena parte de él. Es lo más largo que he escrito hasta el momento y supongo que necesita una revisión, o dos. Pero no más. Porque no soy el hombre que lo revisa todo constantemente.
La duda que se me plantea es qué hacer con la historia, esto es, cómo darla a conocer.
Admito sugerencias.
Pero luego haré lo primero que se me pase por la cabeza.
Gracias a todos por la atención dispensada.

jueves, 23 de abril de 2009

Adelanto 2


Fragmento del capítulo 8 de la novela que estoy escribiendo:

El 23 de Marzo abrí los armarios de mi dormitorio y amontoné la ropa de hombre que encontré sobre mi cama. Llamé a Carlos y le dije que se la tenía preparada para que la llevase a las monjas del asilo. El 4 de Abril abrí de nuevo los armarios y la ropa seguía colgada de sus perchas. La volví a poner sobre la cama. Tengo que tomar una decisión, me dije. Eran las 12:35. Volví a sacar las tijeras y a hacer jirones, luego busqué unas bolsas de plástico e introduje en una de ellas dos trajes. Se los ofrecí en la calle a un señor, que me pareció que podría usar la talla de mi marido. Pero se limitó a torcer el gesto. Mi marido me ha abandonado y estoy regalando su ropa, volví a probar. Insistí hasta que alguien los aceptó. Así hice hasta el 29 de Abril. Pero el día 1 de Mayo al abrir el armario, volví a encontrarla en su lugar. ¿Qué está pasando? Me senté delante de la puerta abierta del armario y anoté las fechas que estuve de guardia. Anoté las horas de recuento. Tengo una libreta entera con esos datos, que adjuntaré a esta historia. He de ingeniármelas para deshacerme de todo esto, me dije.
-Palmira, ven. Mira.
-¿Sí, señora? ¿Qué quiere hacer con esa ropa?
-Quiero que me ayudes a vestirme.
La negra, ataviada como una doncella del siglo 19, soltó una carcajada y sin rechistar me fue alcanzando las prendas, que yo me ponía y ella, con hilo y aguja, me ajustaba.
A las 17: 17 estábamos listas para salir a la calle. A las 17: 42 pedimos los gintonics y 6 minutos después les dimos el primer sorbo.
-Me siento bien vestida de hombre. ¿Cómo te sientes tú vestida de doncella?
-Maravillosamente.
Me acerqué a una mesa de señoras que estaban merendando y les dije que recientemente había sido abandonado por mi esposa, por lo que estaba intentando deshacerme de su vestuario. Que me daba pena tirarlo a la basura y que prefería entregárselo a alguien que lo quisiera y que le diera uso. A las señoras les interesó mucho mi caso. Y durante todo el tiempo que duraron las explicaciones que les fuí dando a sus preguntas, no dejaron de mirar de reojo a Palmira.
-Si quieren pueden venir a mi casa y entre todas eligen de los armarios todas aquellas prendas que les gusten.
A las 19: 07 salimos del bar con una cita concertada para el día siguiente en casa. Lo que ocurrió es que llegado el momento no acudió nadie. Una llamada telefónica me anunció que una de las señoras había sido ingresada con un cólico y que sus amigas habían acudido junto a ella. Les deseé suerte.
-Mamá, me dijo Carlos, no puedo creérmelo. Miró a Palmira con rencor. El 7 de Mayo, domingo, al abrir los armarios sólo encontré una máscara y un smoking de mi medida. Al salir a la calle supe que con toda seguridad me encontraba en París, a pesar del vecindario, que me repetía:
-¿Qué, doña Eulogia, a los carnavales?

En París hice una marca en un libro. Vivía en una buhardilla, pero pasaba el tiempo en los cafés persiguiendo a aquellas chicas. Tenía una rata doméstica que llevaba siempre en los hombros y que se llamaba Carlos. Hice una marca en un libro que había escrito durante los últimos dos años. Hice una marca donde contaba la historia de la mujer sin recuerdos. Una mujer amable con los clochards, una vieja que vagabundeaba por París sin saber que estaba en París, creyendo que paseaba por las calles de la lejana ciudad en la que había nacido. Hice una marca con un lápiz para que mi amante la leyese. Mi amante era una hermosa negra, sigilosa y atenta. Merodeaba por los cafés vestida como una fulana disfrazada de doncella. En París me miraba en los espejos y me atusaba un bigotito rubio. En París para amar a otras mujeres usaba un arnés que me sujetaba a la cintura. Un artilugio con el que se sentían felices. Es todo lo que recuerdo. En el sexshop me han vendido un aparato parecido, mucho más sofisticado, de color violeta. Un modelo en el que el pene está relajado. Me lo pongo, encima me ajusto un calzoncillo y luego el pantalón. Salgo a la calle y paseo como si quisiera conquistar a todas las mujeres con las que me cruzo.
-Carlos, tu madre anda por ahí haciendo cosas muy raras, oigo a alguien que habla con mi rata doméstica, pero finjo que no me entero.
-Carlos, algo tienes que hacer, yo creo que ha perdido la cabeza completamente.
En París he escrito un libro que ya ha sido publicado. En él hay una historia de una mujer que camina por París sin saber que nunca ha estado en París. Sin saber que su vida está en otra parte, porque ella sólo la quiere tener en París. Esta mujer se cruza con otra mujer y se reconocen las dos en París.

El 23 de Marzo abrí los armarios de toda la casa buscando su ropa y no encontré ni un pañuelo suyo. El era un hombre, pero en el lugar del rostro le había crecido una gran mancha de tinta. Lo sé porque en esa época siempre estaba consultando el reloj, a las 20:35 me senté a escribir. Fui más sincera que nunca. Envenené a mi marido, escribí. Pero luego tuve remordimientos y estuve seis años cuidándolo. Mi marido era un buen hombre, tan sólo eso. Mi hijo Carlos nada más que una rata doméstica. Yo no soy nada de lo que he sido ni nada de lo que pueda ser de ahora en adelante. Tan sólo soy mi doble, la que no soy. Miré la hora y eran las 00:43. En la cama volví a París, a tener aquel revólver tranquilo entre mis piernas, a enfrentarme a los espejos con un bigotito rubio y presuntuoso.
-Doña Eulogia, su hijo quiere que esté usted en una residencia por su bien.
-¿Por el bien de quién? Estoy escribiendo una novela, cuando la termine me lleváis a donde os de la gana.¿Qué hora es?
-Las 12 y 20.
Cerré los ojos y de nuevo volví a poner aquella marca en un lugar del libro que quería que leyese mi amante.
-No sé leer, doña Eulogia, me dijo Palmira.
Hasta ese instante era un asunto que me había pasado desapercibido.
-Antes de que yo olvide hacerlo tienes que aprender.
Luego se marchó y me quedé mirando un clavo en la pared. Lo miré tan intensamente que el clavo se deshizo en mi interior, se plegó como el dedo de alguien que me reclamaba. Intenté mil veces nombrarlo, pero no pude, no sabía o no recordaba su nombre. Lo llamé clavo, pero puede que fuera cualquier objeto. Desde luego un clavo no era. ¿Sería labio? Pero no estaba segura que donde aquello estaba sujeto fuese la pared, podría ser la mesa o el radiador.
Me puse una ropa encima de otra y me marché a la calle. Quizás todo el mundo estaba durmiendo, porque no había nadie. O el mundo se había acabado sin mí.
Una rata enorme cruzó desde entre dos coches por la sombra de mi parecido. Me miró y me dijo:
-Mamá, tienes que hacerme caso. En una residencia estarías muy bien atendida.
Me saqué el artefacto aquel violeta sujeto a la cintura y meé contra la boca de la alcantarilla.
La boca de la alcantarilla protestó:
-Vete a tu casa, vieja loca.
Los vecinos iban con la bolsa del pan de los domingos y el paquete de los churros para una digestión pesada, cuando me fui cruzando con ellos, como si fuese la adolescente que vuelve rezagada de una fiesta.
-Doña Eulogia, ¿está usted bien?
Solo me avine a contestarle al buzón del cuarto, que me dijo:
-¡Juerguista!
Yo:
-Montón de boca, cállate.
-Hay que avisar a su hijo, dijo una bombilla.

La imagen que ilustra este texto está sacada de Elpaís.com y corresponde a una exposición del fotógrafo Andrés Serrano.

martes, 3 de marzo de 2009

Adelanto

Pongo aquí el fragmento inicial del capítulo 5 de la novela que estoy escribiendo, cuyo título no doy todavía, porque es demasiado pronto.

Este capítulo podría empezar de distintas formas. Podría decidir una de ellas o no. Lo normal es que eligiese una. Pero la vida es extraña. No hace falta ser vieja para saberlo. Ni siquiera tener lagunas mentales. Podría ser un sueño. Un sueño en el que me veo a mí misma en camisón. Qué fácil es que si hay vieja, haya camisón. Estoy sentada al borde de la cama y me miro las manos. Eso es todo. Me miro las manos en un sueño. Son mis manos. Lo normal en una vieja: manchas, pecas, artritis. Al mirarme las manos no pienso en nada. Contemplo las venas abultadas bajo la piel, las escamas de la piel seca. Me miro las manos tanto tiempo como dura el sueño. No ocurre nada más. Podría empezar así, pero los sueños son el recurso de los escritores mediocres, me da por pensar. Así que lo he contado.
Otra manera de arrancar podría ser consultando en Internet. Quiero saber cómo se solicitan esas becas que ofertan las universidades o distintas instituciones para la escritura de un libro. No por vieja he de tener menos derecho, pienso. Aunque lo olvido pronto.
Me siento a escribir sin releer lo escrito, habiéndolo olvidado. No voy a decir que por completo, pero casi. Pienso, y no sé si una sola vez, o es un pensamiento recurrente, que si hubiese empezado a escribir cuando era joven, me hubiera inclinado por planteamientos antiburgueses, revolucionarios. Pero no tengo seguridad de ello, claro.
Querida profe voy a buscar tu nombre en el posit correspondiente. Quiero saber el nombre de a quien me dirigiré a lo largo de todo este capítulo. Ya he dado con él. Querida Cristina. No sé por donde empezar, así que lo haré por varios lugares. En primer lugar por un sueño que he tenido. He soñado que estaba en mi cama sentada (me veía en camisón) y me miraba las manos. Aunque te pregunto si este procedimiento de recurrir a los sueños es legítimo. El sueño, te diré, es inventado. Es decir, como no sueño, o por lo menos no recuerdo lo que sueño, me he inventado este para empezar el capítulo. Si tu me lo desaconsejases lo quitaría de aquí, pero ten en cuenta que en su lugar no colocaría otra cosa, dejaría en blanco esta primera página de este capítulo. La que podría corresponderle al sueño. Es así como me siento a veces, como un novela con hojas en blanco, o con hojas en las que se dice que es real lo que tan sólo ha sido inventado por mí misma. Además, por supuesto, de aquellos párrafos en los que se cuenta lo que otros han imaginado que me correspondería como historia. Querida profe Cristina lo que me ocurre es que a estas alturas dudo de mí misma. No sé si tengo existencia más allá de la novela. Hasta ayer creía que sí. Leí tu comentario al capítulo anterior y me pareció que tus palabras dirigidas a mí, a Eulogia, y que tu beso de despedida me proporcionaban esos límites de lo que existe. Pero esta mañana ya fue todo distinto, me sentí rara desde el desayuno. Palmira me llamó diciendo que se encontraba enferma y que no vendría. Al colgar el teléfono después de tranquilizarla me sentí deprimida de repente. La soledad de la casa se fue adueñando de mi soledad interior hasta someterla. No estoy acostumbrada a escribir en silencio, en soledad. Me sobrecogí con un llanto estéril, que no me venía de ninguna amargura concreta, de ninguna desgracia propia, y mira que las tengo, las unas y las otras, pero estaba vacía, sin saber por qué lloraba, así que inventé lo del sueño, en el que me miro las manos; en él no lloro, pero expresa sin lágrimas lo que en la vigilia quería decir ese llanto. Es algo acerca del vacío que me sobrecoge. Si dejase una hoja en blanco tendría que explicar el motivo. Y el motivo es precisamente ese. Que estoy llena de huecos en la memoria, pero también en el alma.
He iniciado en internet una búsqueda sobre becas para la escritura de una novela varias veces, las mismas que esa búsqueda ha sido abandonada.