jueves 15 de marzo de 2012

Épsilon



Épsilon se casó a los dieciséis años. Enviudó a los treinta y nueve. Limpia por horas. Estaba en un séptimo piso y le pasaba un trapo a los cristales. Entretanto pensaba: que se había casado a los dieciséis años, que había enviudado antes de cumplir cuarenta y que su vida era limpiar por horas. Al alejarse para comprobar la labor, Épsilon se quedó mirando un avión que ascendía por encima de las nubes. Luego volvió a las tareas de la cocina. Y en el potaje vio cómo aquel aparato llegaba a otro planeta, en el que todos los pasajeros encontraban algo bueno. Al día siguiente volvió a repasar los cristales, porque estaban llenos de pringosas huellas infantiles. Esperó mirando. Y allá, a gran altitud, volvió a ver un avión, que subía y no paraba de hacerse más y más pequeño. Le dio por pensar que alguien la imaginaba a ella, como ella imaginaba el destino de aquellas naves que diariamente cruzaban por su parte del cielo. Así inició un novedoso entretenimiento antes que darle vueltas en la cabeza a otros problemas que ni siquiera aquí mencionamos.

La fotografía es de la calle Trinidad Grund, Málaga, de Juande Jiménez

miércoles 14 de marzo de 2012

Delta


Delta trajo jazz. Luego se prendió en un incendio provocado por él mismo. Con un cigarrillo en la cama. Todos los periódicos locales dando la noticia. Dejó la noche cuando se cansó de la noche. Lo dejó todo. Cerró El Cantor y comenzó una vida diurna de universitario juvenilmente envejecido. Era fácil verlo, bohemio descolocado, a lomos de una bici llena de óxido. Ahora poemas, pastillas, alcohol y caída. Lo mejor del jazz. La muerte rondadora. Su padre murió de alcoholismo, su hermana se suicidó y su madre, como él, refrita en un incendio. Delta organizó también hermosos, espeluznantes recitales. Al cabo de uno de ellos Delta interpeló así al poeta:- Maestro, creo que no llegaré a viejo. Y este le replicó:-Llegarás a viejo, y antes de lo que te imaginas. A continuación un libro póstumo para coleccionistas de alfabetos, que dejó grabado en un CD, Love´s Labours Lost, bajo amparo shakesperiano, con el título de Las calles del miedo.


La imagen: Estreno de "El cantor de jazz" en el Teatro Warners de Nueva York

martes 13 de marzo de 2012

Gamma


El rostro de la niña desaparecida, secuestrada, posiblemente violada, concienzudamente desmenuzada en la pantalla. Pantalla entera, pasquín con su rostro. En las nubes. En la colcha. En las manos. Todo el mundo preguntándose qué le habrá sucedido, dónde la tendrán encerrada. Todo el mundo, pobrecita, todo el mundo sujetando al hijo propio, apretándolo contra la pierna. Cómo puede haber alguien que le haga daño a una criatura así. No se lo explica nadie. Qué pudo haber ocurrido. Meses de pistas falsas. Cómo puede haber gente con tan mala intención, que juegue así con los sentimientos de los demás, esa madre destrozada, el padre hundido. Adivinos, testigos, policías, sabuesos con intereses. Nadie quiere olvidar. La audiencia exige saber. Y aquí la noticia debe reactivarse. Hay que ponerla de nuevo en Prime Time. ¿Alguna novedad? Volver a llenar la pantalla con la cara de la inocencia. Veamos, ¿tomas una copa? La policía tiene una pista y ha pedido que retomemos el caso. Gamma es una gran profesional, la excelente periodista que no quiere que la niebla envuelva el misterio de la niña actriz, cantante, símbolo. No se pudo esfumar en el aire. ¿Quién fue la última persona que vio a la niña? Tenemos que conseguirlo entre todos, conducidos por el magazine televisivo de la mañana. Esos padres ante la gran Gamma. ¿Quién no haría lo mismo por su hijo, por su hija? ¿Quién no habría hecho lo mismo? El rostro de la niña mujercita con las flores de la primavera, en pose sexy, qué guapa, ídolo no sólo de niños y niñas, sino también de sus papis. Y a Gamma, tan segura, tan profesional, tan directa, se le quiebra la voz.

En la imagen Thylane Blondeau, modelo de 10 años

lunes 12 de marzo de 2012

Beta


La mujer dura es todavía joven. Espera con el sol de cara en un hotel que mira hacia la sierra. Hace demasiado poco tiempo la habríamos encontrado con una carpeta de apuntes. Ya no. La mujer dura espera allí donde se le ha dicho que espere. La espera es dinero. La mujer dura está cansada, tiene los tobillos hinchados. Pero no se mueve de su sitio, del lugar que la mente le ha adjudicado en esta breve narración. Algo turbio y sucio en su vida monótona de dependienta, algo más que una aventura con el jefe de sección. Beta. Se llama Beta, podría volar, pero no vuela. Está enganchada al suelo por el adhesivo de la avaricia. Hay cosas que ella no comprendería si se limitase a pudrirse delante de las clientas a las que atiende. Sólo así sabe de qué va la historia. Averigua de qué pasta están hechas las otras mujeres. Las que permanecen de pie ante una caja registradora con una encantadora sonrisa y también aquellas cuyas encantadoras bocas son la ranura de una tragaperras. La mujer dura, todavía tan joven, ha ido y venido muchas veces, ya sea por la habitación en la que espera, por la tienda en la que trabaja, por el pasillo de la soledad. Algo muy sucio, algo deprimente (según qué lectores) está a punto de sucederle. Con ello conseguirá salir por fin de si misma, de ese proyecto juvenil que no estaba en ella. De todos los sueños emporcados que le volcaron encima, ninguno de los cuales le pertenecía. Y así empieza.

La imagen es un fotograma de la película chilena Bombal

domingo 11 de marzo de 2012

Alfa


Por la noche soñé con mi muerte. Una estupidez. Caía al vacío y me abría la crisma. Por la mañana abrí el cuaderno de los sueños y antes de que se me olvidase me apresuré a anotarlo. Les conté a mis amigos el sueño sin saber desde dónde caía. Podía ser por el hueco de un ascensor, pero también desde la terraza de un edificio. Barajé todas las hipótesis. Nos comimos una paella en torno al sueño de quien cae para dejar sus sesos aplastados en el asfalto. Luego nos tomamos unos cubatas mirando la hermosa declinación del sol. Hubo más que aportaron otras maneras de morir en un sueño. Por asfixia, dijo alguien. Mientras con una mano sostenía el vaso. La otra la posaba en una rodilla desnuda. No sé si me hallaba en el fondo del mar, también podía ser bajo un alud de nieve, añadió. Solíamos despedirnos achispados, divertidos, insatisfechos. Y establecíamos una nueva cita. En cierta ocasión, cuando regresaba a casa después de una de nuestras reuniones, asaltaron a Alfa. Fueron brutales con Alfa. Apenas por unos billetes perdió la vida trágicamente. Alfa fue el único que aquella vez se limitó a decir que nunca había soñado una forma de morir. Otros para no quedar callados inventaron cualquier truculencia. A Alfa le metieron un cuchillo en el corazón y lo dejaron allí, como si fuera una nueva rama injertada en un tronco viejo. Luego lo patearon hasta hacer de él eso: un tronco sin cara de hombre.

La fotografía es de Arnulf Rainer

domingo 4 de marzo de 2012

Presentación de La memoria del gintonic en la librería La independiente de Madrid

El pasado jueves 1 de marzo presentamos La memoria del gintonic en Madrid. Fue en la librería La independiente, en el barrio de Malasaña, calle Espíritu Santo.



Mariano Zurdo, editor de la obra, tomó la palabra el primero para presentar a Alberto Olmos y a un servidor. Contó cómo nos conocimos por los vericuetos de la red antes de emprender él mismo la aventura de la edición. Tambén cómo me rechazó algún manuscrito antes de aceptar La memoria del gintonic y cómo la escritora Leonor Sánchez le recomendaba este trabajo, sin saber ella que él ya tenía en su poder la novelita.




Yo le había enviado el manuscrito a La Clandestina, que era la librería que Mariano regentaba en la calle de la Palma, también en Malasaña. Allí Mariano había vendido y promocionado mi anterior libro de cuentos Mucha suerte. Muchos de los lectores madrileños que aquella colección consiguió se los debo a él.



Después de enviarle el manuscrito de la novelita todavía tuvieron que pasar dos años antes de que la editorial lo aceptase, y uno más hasta que salió a la calle. La paciencia es uno de los requisitos fundamentales que ha de contemplar un escritor.



Alberto Olmos emparentó La memoria del gintonic con la picaresca española, el Lazarillo, por ejemplo, y aquellos autores modernos que han recogido la tradición del idioma español, la aproximación a la realidad y el humor como recurso, entre los que mencionó a Antonio Orejudo, Rafael Reig y Fernando Aramburu, situados frente a la generación educada en las traducciones de los escitores americanos como él mismo. Destacó la labor de las editoriales verdaderamente independientes como Talentura como el único camino que les quedaba a muchos escritores, sin conocidos ni padrinos, para publicar.



Por mi parte, después del capítulo de agradecimientos y un elogio de Madrid desde el punto de vista de un provinciano, hice una exposición absolutamente caótica y desorganizada, que apoyé en el humor. Bueno, la gente se reía. A pesar de los nervios lo pasé muy bien.