lunes 6 de julio de 2009

La novela de Eulogia-III

Capítulo 3


Me encanta el fútbol por la televisión. A veces Esperanza está en el palco de las autoridades. Soy del Betis, manque pierda.
-¿Pero qué tienes tú que ver con ese equipo?
-Un día sentí sus colores, fue de repente, igual que quien siente una revelación. Ahora tienen un entrenador que se inspira en el libro El Arte de la Guerra, de Sun Tzu. Ha dicho, lo he leído en el periódico y lo he apuntado para traerlo aquí: “Los fracasos no existen. Son simplemente hechos que forman parte del vivir.” ¿Qué más quieres?
Me siento delante de la tele e identifico a los jugadores de los dos equipos. Sé todo lo que puede saberse sobre ellos. Son como los héroes de Homero. Palmira es del Madrid.
-Se lo diré a mi hermana, a ver si de esa forma te arregla cuanto antes lo de los papeles.
-¿Doña Esperanza es del Madrid?
-De toda la vida, hija mía, le digo.
-Yo de toda la vida también, doña Eulogia, como mi papá. Desde que veía con él los partidos en Cabo Verde. Nunca conocí a nadie del Betis, en mi país, todos, o del Madrid o del Barça, pero en la patera venía un muchacho con la camiseta de Argentina de Maradona, el número 10.
-Bueno, chica, ese ya es otro asunto. Una religión diferente. Yo no. Me considero católica, no practicante, pero al fin y al cabo católica desde el punto de vista cultural, bética hasta la médula.
Los días que hay partido Palmira me deja un sándwich y yo me abro una lata de cerveza.
El otro día Carlos, a la vuelta de un viaje de negocios, me trajo una bufanda verdiblanca.
-¿Y esto?
-Es un regalo, de tu equipo, ¿no?, me dijo.
-Ah, vale, vale.
Tardé más de diez minutos en reconocer aquellos colores y en saber que soy del Betis, pero creo que Carlos no se percató.
Aunque a veces no lo recuerde a la primera soy del Betis y me encanta el fútbol por la tele. A pesar de que empiece a ver un partido y no reconozca lo que es hasta que se pita la primera falta. Cuando le doy el primer sorbo a la lata se me hace una luz dentro:
-Vamos, vamos, chicos, corred, vamos, les digo.
Allí me parece verlos a todos en el campo, delante de las vallas publicitarias, con Aquiles y Héctor en duelo. El balón sale desde el medio del campo y llega hasta el área contraria.
-Por poco, no me jodas.
-Por favor mamá, pareces un hooligang, me dice, o mejor dicho me decía Carlos.

Querida profe Cristina:
Hace unos días me encontré con un libro tuyo entre las manos. Me sonó mucho tu nombre, hasta que caí en la cuenta de que eras tú. Miré la solapa y allí estabas con la barbilla apoyada en los nudillos. Qué discreta eres, has ganado un premio y no nos has dicho ni mú. No lo tengo todavía, porque en ese momento no llevaba dinero encima. Volví otro día pero ya no estaba, lo cual quiere decir que alguien lo había comprado. No obstante, cuando fuí a pedirlo no conseguí recordar no ya el título del libro, sino tu nombre, lo que espero que no te siente mal, ya que conoces cuál es mi problema, siendo precisamente esta una historia acerca de él, por lo que me parece oportuno dejar constancia aquí de un episodio que me causó un gran bochorno. Lo he solucionado poniendo tu nombre en un posit que llevo siempre encima, adherido a un lado del monedero. Ya ves, como si no supiese en absoluto quién eres. ¡Me da una rabia!

Julia cree que se lo hago a mala idea. El cordero, porque no le gusta. Pero es que de una vez para otra, con lo poco que vienen por aquí, ya no me acuerdo de si lo que no le gustaba era el pollo o el cordero. Yo preparo cordero porque me parece que es mejor plato. Lo hago con ciruelas y con almendras. Y claro, Carlos me dice en la cocina:
-Mamá, Julia no come carne de cordero.
-Ay, hijo, pensé que era el pollo lo que le repugnaba.
-No, mamá, es el cordero.
-Bueno, que lo pruebe, seguro que dice que no le gusta y no lo ha probado.
-Sí lo ha probado, mamá, precisamente la última vez que estuvimos aquí comiendo, y lo vomitó todo.
-Pues no sé qué hacer ahora, hijo, me he pasado horas en la cocina.
Julia se sirve un poco de ensalada y no toca la fuente donde está la carne.
-La verdad es que este plato me sale para chuparse los dedos, ¿verdad?
-Te sale muy bueno, Eulogia, aunque a mí es una carne que no me gusta.
-Ay, hija mía, lo siento, siempre pienso que es el pollo.
Prefiero que piensen que soy mala y retorcida a que se den cuenta de que mi cabeza da estos patinazos.
Luego tomamos la tarta que ellos han comprado. Una porción cada uno. Queda más de media en la bandeja. Adivino que a Julia le apetecería llevársela a casa para que sus hijos, mis nietos, la probasen, pero no sé qué me han dicho de unos campamentos urbanos, por lo que esta vez tampoco han podido venir a verme. Cuando recojo la mesa me ocupo de llevar la tarta sobrante al frigorífico. De donde no pienso dejar que salga, evidentemente.
Al día siguiente se lo cuento a Palmira, que es la que me ha enseñado a preparar el plato, y se ríe de un modo amistoso y abierto:
-Doña Eulogia, es usted muy mala.
-Ya me gustaría a mí, pero es mi cabeza, hija. Te lo prometo. Mis amigas están igual.

Adela nos ha invitado en el Palace, como todos los años. En una tarde se gasta el regalo en contante y sonante de una sobrina que no es sobrina suya, pero lo que se suele decir, para que la familia vea, su sobrina de sangre a duras penas la llama por teléfono para felicitarla. Una merienda para doce con su copita de cava al final. De lujo. Adela ya no le da importancia a los que cumple. Maribel ha hecho un brindis muy bonito, algo absurdo, a su estilo:
-Es maravilloso que estemos aquí reunidas, gracias a la generosidad de nuestra amiga Adela, año tras año. Esta misma mañana sabiendo que me tocaría a mí hacer el brindis empencé a pensar lo que podría decir mientras buscaba por toda la casa el monedero, que había guardado en alguna parte sin recordar dónde. Ya había construido un emotivo discursito en mi cabeza, cuando dí con él. Todo ese tiempo el monedero había estado delante de mí, sobre la mesilla de noche. Pero yo no lo podía ver, porque estaba empeñada en que lo había guardado en cualquier otra parte. Eso es algo que suele pasar. Ahora nos tenemos todas aquí, en torno a estas delicias, no nos empeñemos en buscarnos en tiempos mejores o en lugares recónditos. Podemos vernos unas a las otras, podemos tocarnos y besarnos, queridas, fuera de este salón todo lo que hay es, en este momento, irreal. Felicidades, Adela, de parte de todas, a la salud de tu buen humor y de tu generosidad. Y que cumplas muchos más.
-A mí me pasa lo mismo, a veces pierdo las gafas y resulta que las tengo puestas, le dije yo por lo bajo a Ana.
Encarna terció en la recién iniciada conversación.
-Yo me he apuntado a un taller de memoria.
A coro todas comenzamos a entonar el Cumpleeeaños Feliiiz, mientras Adela sonriente y achispada ya por el vino que había tomado, nos saludó con un gesto breve, pero cariñoso.
-Es que un día tuve que coger un taxi para volver a casa. Y estaba al lado, pero perdí de repente todo sentido de orientación, añadió Encarna. En una calle que conozco desde hace 30 años. La verdad es que me asusté.
La reunión en sí ha sido deprimente, a pesar del buen humor que todas las amigas de Adela han desplegado para pasarlo bien. Septuagenarias y octogenarias con artritis, diabetes, osteoporosis y manías. Un ramillete de pasas sólo para paladares perturbados. Me he prometido no volver el año que viene, o bien la próxima vez que encuentre a Adela por la calle arrojarla al tráfico.


Cuando veo en una de esas películas que ponen por la tele que alguien entierra algo, pienso que de haberlo hecho, yo no sería capaz de señalar el lugar exacto, y sin embargo, enseguida aparecen unos huesos. Durante la guerra mi padre escondió las joyas familiares en el jardín. En la familia hubo siempre versiones distintas y contradictorias sobre el papel que jugó papá en la guerra. No está claro ni siquiera el bando en el que luchó, porque en la posguerra alegó ciertos méritos con los que pudimos mantenernos en una discreta posición social. Luego, a la muerte del dictador y con la venida de la democracia, también pudimos echar mano de una integridad sin mancha para situar a algunos miembros del clan en lugares destacados. Como Esperancita, cuando dijo que se metía en política. De buena familia, y sin excesiva contaminación por aquello que se llamaba el Régimen, como si fuera lo Único, y es que lo era. Las familias con tradición saben que lo Único un día deja de serlo, así que están preparadas para mantenerse a flote hasta en los ambientes más sutiles. Esperancita enseguida empezó a destacar como figura pública por sus dotes oratorias. Luego se vio que también era capaz de tomar decisiones y de mandar. Hasta que mira tú, nuestra Esperancita, papá y mamá ya no estaban para verla, para disfrutar ese éxito, Presidenta de la Comunidad Autónoma. A mí me hace tanta gracia verla a veces, que se me antoja que no es ella, que han puesto en su lugar a una que es la doble. El otro día, durante el partido de futbol que seguí por la tele, estaba en el palco de autoridades. Se lo dije cuando hablamos por teléfono:
-¿Qué te pareció el partido? Le pregunté.
-Aburridísimo, me dijo.
-¿Qué tal la merienda?
En el palco de las autoridades siempre hay canapés y buenos vinos a cuenta del contribuyente.
-Eso sí, muy rica. Pero mira, necesito que tu empleada Palmira envíe una serie de documentos para que le tramiten los papeles.
-No creo que tenga ningún papel que la acredite.
-Es necesario, si no poco se puede hacer.
-Coño, Esperanza, no me jodas...
-Eulogia no hables así.
-Oye y qué es eso que leí que estás en contra de la ley de la memoria histórica. Hay que recuperar la memoria sea como sea.
-A veces es mejor no abrir heridas que están cerradas.
-¿Quién te dijo que las heridas se cerraron?
-Es una cuestión de convivencia, no podemos volver atrás.
-Todo lo contrario, hermana, lo único que se puede hacer con cierta decencia es echar la vista atrás para ver lo que hicimos y entender lo que hemos sembrado. Y asumir aquello que nos encontremos. Acuérdate de las joyas que papá enterró en el jardín.
-No entiendo, ¿qué tiene eso que ver?
-¿Tú las hubieras dejado allí para siempre? Uno de los broches que más sueles ponerte estuvo años bajo tierra. Esa pieza tiene su historia y su leyenda.
-Hija, no es lo mismo.
-Claro, no es lo mismo. Qué cara más dura.
-Eulogia si vas a empezar así te cuelgo.
-No te preocupes que ya te cuelgo yo.
Vete a la mierda, dije con el teléfono colgado. Y supongo que ella dijo lo mismo en su despacho.
Llamé a Palmira y le dije:
-Te invito a tomar el aperitivo fuera.
-¿Ha hablado usted con su hermana?
-Ay, hija mía, cómo me conoces ya.
-¿Han discutido ustedes por mi culpa?
-No, Palmira, no te preocupes, ha sido otra cosa. Historias del pasado. ¿Tú tienes algún tipo de papel o documento?
-Nada, doña Eulogia, si nos pillan y nos encuentran algún papel encima estamos perdidos.
-Está bien, claro, lo entiendo.

Lo que nos explicó Encarna el otro día en la merienda de señoras es que se aprendían unos trabalenguas de memoria y luego los iban recitando entreverados con refranes populares, mientras preparaban sushi y tempura. Supongo que para que no se confundiese su taller con los organizados por los de los servicios sociales del ayuntamiento, que iban dirigidos a los hogares de pensionistas de barrio, donde muchas de las mujeres apenas sabían leer y habían desarrollado su formación intelectual en la cocina, entre cocidos y guisos de lentejas. Al fin y al cabo el arte culinario nipón había calado entre los paladares más exquisitos. Pero independientemente de la posición social todo el mundo desea encontrar las llaves, el monedero o la pluma. Nadie se siente seguro si caminando por la calle se topa con un familiar y no es capaz de recordar su nombre. Ni siquiera el parentesco que les une. Imagínate que pongo aquí la receta de la tempura de una mujer que ha visitado Japón con su esposo. Pero una mujer distinta, Palmira, jamás usará pesos ni medidas exactas, no necesitará las pautas de una receta escrita, bastará con que se le explique cómo se hace. Una mujer como Encarna no se saldrá jamás del guión y tendrá siempre a mano una balanza de precisión para pesar las cantidades, un temporizador que le avisará cuando hayan pasado 5 minutos y todo tipo de probetas para los líquidos. La mejor tempura y el mejor sushi de esta ciudad lo prepara una caboverdiana sin papeles que se mueve por mi casa como una pantera salvaje. Le leí las recetas sacadas de internet y al día siguiente las preparó. Mi negra es una geisha.
-Doña Eulogia, a lo mejor a su nuera le gusta este plato.
-Seguro, Palmira, seguro que este le gusta.
-¿Y por qué no se lo pone la próxima que venga a comer, en lugar del cordero?
-Porque mi nuera lo que detesta es el pollo. Pero tienes razón, enseñame a prepararlo. ¿Es típico de tu país?
-No, doña Eulogia, me explicó usted que era comida japonesa.
-Muy buena la comida japonesa, he de apuntarlo en alguna parte, comer comida japonesa.

Estos pendientes eran de mi madre, de mi madre, de mi madre. Y antes fueron de mi abuela, de mi abuela, de mi abuela. Y estas lágrimas son mías, mías, mías. No me da mucha pena no acordarme de ciertas cosas, no reconocer ciertas caras, confundir las direcciones, pero siento en el alma una pena infinita por el día en el que no sepa a quién pertenecieron estos pendientes. Lloro por entonces, cuando ya me de igual, cuando estos pendientes dejen de ser estos pendientes con toda su historia detrás. Estos pendientes junto con otras joyas, que a veces también luce la Presidenta de la Comunidad Autónoma, formaron parte de un tesoro escondido en un jardín. Un tesoro que alguien acertó a señalar bajo tierra, mi padre. Yo no estaba delante, pero supongo que se dijo a sí mismo:
-Manolo, cava ahí.
Papá hablaba mucho consigo mismo en voz alta. Y allí estaban. Estos pendientes que ahora me cuelgan de las orejas descolgadas. Lo más feo de la vejez no son las orejas. Hay otras cosas. Pero mira que se ponen feas las orejas. También es posible que papá cavase en un punto y no encontrase nada enterrado. Lo veo sudando de repente. Papá, en cuanto se ponía nervioso, se echaba a sudar y le picaba todo el cuerpo. Lo veo rascándose la espalda y volviendo a cavar en otro punto. Intentando pensar dónde exactamente había enterrado las alhajas de la familia tres años atrás. Después de un par de intentos quizás podría pararse a pensar. Sería un buen efecto dramático. Papá bañado por la luna en el jardín descuidado, lleno de maleza, puro abandono. A ver, Manolo, piensa, hombre, no te pongas nervioso. Pero conociéndolo, aunque para el suspense de mi novela le venga mejor que no dé con el tesoro sino tras varios intentos, apuesto que cavó y allí estaba el cofre. Quitadle también la luna, papá volvió a una casa de la que había huído, una casa que había sido un cuartel general, y actuó envuelto por la sombras de la noche. Me pongo los pendientes, me miro en el espejo, y a pesar de las orejas, me encuentro hermosa, a pesar también de las mejillas blandas como gachas, a pesar de los pliegues del cuello. Hasta que caigo en la cuenta de que mi belleza reside en los pendientes, más exactamente en la historia que guardan en mí. Una historia que pronto ya no recordaré. Me bebo las lágrimas y me digo que lo que tengo que hacer es contarla.
-Está usted muy guapa hoy, doña Eulogia, me dice Palmira.
No los llevo puestos, pero imagino que siguen irradiándome su luz, que la negra es capaz de ver. Pobretico Carlos, cuando vea que su Julia se queda sin ellos. La vida en ocasiones es como un planeta en el que acaba de desaparecer la última sensación de calor, de acogimiento, un planeta frío, como una de esas comidas que frías son intragables y sin embargo nos la tenemos que tomar, porque no hay otra cosa. Como dice el refrán o la canción: no la he inventado yo. La veo. Y me jode. O me joroba, como dicen mis amigas. Pobretico Carlos, en definitiva.

Ahora quiero contar la historia del broche que el otro día llevaba Esperancita en una solapa. Pudo ser el día del partido en el palco de las autoridades, o quizás cuando los periodistas la sorprendieron en el mercadillo de Nuevo Futuro, una de esas reuniones absurdas de señoras bien que se compadecen de los sufrimientos del mundo, o cuando hizo aquellas declaraciones contra un rival político de su mismo partido. No me extrañaría que ni siquiera hubiese llevado el broche encima, pero el caso es que yo se lo veía puesto. Doña Esperanza viene a decir de mí lo mismo que de su rival político, que me invento lo que veo. El cuento podría titularse el broche de doña Esperanza. Un broche que muy pocos podían ver, sin que por eso pudiese ser considerado un broche invisible. A veces doña Esperanza creía que no lo llevaba puesto y estaba equivocada. Allí estaba el broche, una hermosa joya familiar con una historia de secretos y ocultamientos.
-Me alegró mucho verte ayer por la tele con el broche de mamá, le decía doña Eulogia, su hermana mayor.
-Te confundes, querida, hace años que no me lo pongo, contestaba doña Esperanza.
-No digas eso, querida, en los últimos meses ya lo has llevado en más de una ocasión.
Estaba claro que era un broche sutil, de ambigua naturaleza, un objeto incrustado en un mundo invisible, opaco, como uno de esos volúmnes escultóricos que desaparecen en otro mayor. Una vez estuve en un museo al aire libre, en plena dehesa extremeña. Había grandes Dodges americanos que se perdían dentro de unos enormes cubos de cemento. No sé si me explico.
El broche de doña Esperanza es un punto de vista.

Papá recibió de su madre, mi abuela, el encargo de salvar las joyas de la familia del pillaje en tiempos de revoluciones. Papá no tuvo mucho tiempo. Había unas tropas que se acercaban a la casa. Le pidió a las criadas un par de ollas. Luego temió que las criadas se imaginasen algo y las mandó de vuelta. Pero pensó que ya las había alertado. De cualquier forma todo lo hizo apresuradamente. Finalmente usó dos maletas de viaje con las iniciales del abuelo, una dentro de la otra, y en el último hueco el tesoro envuelto en unas enaguas, también marcadas por unas iniciales. En efecto, a la mañana siguiente, después de haberlas enterrado, llegó un batallón con un apuesto comandante al frente. Se instalaron en la propiedad y montaron un cuartel de maniobras, que en los siguientes meses habría de convivir con la familia. Papá no dejaba de vigilar todo lo que ocurría dentro de los jardines ni las idas y venidas de las criadas, que no tardaron en ser seducidas por aquellos jóvenes guerreros con cierta urgencia en la mirada. A pesar de sus temores y algún sobresalto circunstancial el lugar del enterramiento permaneció todo ese tiempo intacto y lejos de los intereses de aquella tropa.

¿Qué os parece?¿Y a tí, Esperanza? Supongo que pudo haber sido así. A veces me imagino cosas. Cosas que hacen la historia un poco más emocionante. Una criadita joven se rebela contra su destino. Tiene derecho a hacerlo. No le cuesta ningún trabajo suponer que papá está intentando quitar las alhajas de enmedio. Hay un juego de tocador que ya no está en el dormitorio y ha visto al señor merodeando por el jardín. Es una chica hermosa y presumida. No por fuerza ha de ser envidiosa ni celosa de la señora. No todo tiene por qué ser un querer vengarse de esas personas, que al fin y al cabo no le hicieron nada malo, todo lo contrario, la acogieron en su casa y la trataron bien, a pesar de la paga mísera. Pero tenía cama y comida. Puede ser su oportunidad. ¿Dónde encontró su oportunidad la familia a la que sirve? ¿Acaso no se habló alguna vez en su presencia, como si no existiese, de cierto comercio durante la gran guerra mundial? Es una chica lista, poco instruida, pero orgullosa. La imagino pendiente de papá. Observadora, intentando averiguar sólo con la mirada. Diciéndose para sí: ahí va otra vez el señor, a darle vuelta a su tesoro. Pero no me la imagino contándole sus suposiciones a nadie. Hay un sargento que la busca por los rincones de la casa, que la sorprende en mitad de sus tareas. Un sargento simple como un huevo sin sal, pero fuerte como un toro. Me pongo a imaginar y podría estar horas escribiendo lo que se me ocurre, pero he de centrarme. El broche de doña Esperanza estuvo años fuera del alcance de criaditas ambiciosas. Según papá, dentro de la olla en la que se preparaban callos. Pero mamá no podía tolerar semejante humillación.
-Manolo, eso no es cierto, ¿por qué lo repites como si fuese verdad? Las joyas estuvieron guardadas dentro de dos maletas.
-Envueltas en unas enaguas tuyas, no lo olvides, pero en el interior de una olla.
-Este hombre es imposible, lo cuenta todo como le da la gana y se inventa la mitad de las cosas.
-En eso, querida, somos muy parecidos; en todo lo demás, diferentes, solía responder papá.
Los pendientes de doña Eulogia, esto es, míos, mira tú por donde, papá, que estás en el cielo, esta vez van a ir a parar a manos que se ocupan de fregar, cocinar y limpiar. Espero que no te importe demasiado. La parte de las joyas que le correspondió a Esperanza, descuida, ésa, está más segura. A buen recaudo en una caja fuerte.

Querida profe Cristina:
Acabo de entrar en mi correo electrónico y ahí, hoy, sin esperármelo, me he encontrado con tu corrección del segundo capítulo de La novela de Eulogia. Ay, qué alegría más inesperada. Le he dicho a Palmira que por favor pasara la aspiradora en otro momento, y aunque ha protestado por lo bajini, me ha hecho caso. Antes de ponerme a leer me he servido un poco más de té y he ido a buscar la cajetilla de cigarrillos, que escondo detrás de la Biblia. Para fumarme uno después de leer tus comentarios, para pensar en lo que me dijeses. Te escribo en la propia novela, ya que me leerás pronto. He fumado mirando el mar. Realmente lo que me apuntas es apropiadísimo. Me viene a la cabeza esa teoría de los, nunca sé si son 6 o 7 pasos. La que dice que entre todas las personas del planeta se puede establecer una tela de araña, en cuyas redes todos estamos interconectados por esos 6 o 7 pasos. Escribes que si soy hermana de Esperanza X (omito el apellido, ya que en mi novela sólo doy los nombres de pila), y ella, Esperanza X, es prima lejana de tu marido, yo tendría ese mismo parentesco con él, y por tanto tú y yo estaríamos emparentadas políticamente. Ay, querida, qué emocionante. Nada me gustaría más que eso fuese así, porque he de decirte que creo que me caerías estupendamente. Pero lo lamento muchísimo, supongo que hemos de buscar la conexión por otro lugar. No soy hermana de Esperanza X, que también es presidenta de una comunidad autónoma. Aciertas al decirme que mi novela se desvirtuaría con un personaje de parodia, como podría ser esa Esperanza X, que el lector conocerá de sobra por vías extraliterarias, caracterizada por mecanismos que nada tienen que ver con el desarrollo de mi historia. Y he meditado lo de cambiarle, como me propones, el nombre a mi hermana para que no haya ese tipo de malentendidos y desplazamientos en la esencia y el sentido de lo que quiero contar. Durante un buen rato he ido escribiendo nombres en mi libretita. El primero ha sido Fé. Podría llamarla Fé, pero no acaba de encajarme. A pesar de que esto es una novela, la escribo con mi nombre real. Me llamo Eulogia, dije para tirar del hilo. Y mi hermana se llama Esperanza. Y mi padre Manolo. No podría hablar de ellos con otros nombres. Mira, no sé si existe el recurso de avisarle al lector de que el personaje de la historia no tiene nada que ver con el de la realidad, aunque compartan el mismo cargo y nombre de pila. Tampoco sé si es oportuno hacerlo aquí. O sí hacerlo es eficaz. No quiero que te hagas de mí una opinión negativa, que me tomes por una mujer tozuda y obstinada, aunque reconozco que puedo serlo. He meditado tu propuesta y lo he intentado. Pero hay una última idea que no se me va de la cabeza. ¿Y dentro de 20 años? ¿Quién se acordará de Esperanza X, Presidenta de la Comunidad Autónoma? Si entonces alguien leyese mi novela, imagínate que uno de mis nietos la encuentra en un cajón y se deja llevar por los desvaríos de esta vieja desmemoriada, a la que no le hizo ni puñetero caso en vida, sólo existiría mi Esperanza, Esperancita de mi alma, Presidenta de una Comunidad Autónoma, que tantos contratiempos me trajo, incluso este mismo de poner sus dificultades para armonizar con ese tono íntimo del resto del relato, que tú me apuntas, querida Cristina. He de decirte, para terminar, que le he pedido a mi hijo Carlos tu novela como regalo. El pobretico me regala todo lo que le pido. Un beso.

Las imágenes que ilustran este capítulo son:
Referencia fútbol de Google.
Fotografía sobre el descubrimiento del tesoro de Villena.
Maletas y muebles, de Cristóbal Toral.

martes 30 de junio de 2009

La novela de Eulogia-II

Capítulo 2



Un cajón, un baúl, un secreter, de donde tirar del hilo de la memoria. Meto la mano y saco una carta, un sobre cualquiera de los que llevan allí amarilleando varias décadas. Es una escena memorable, pero ¿la recordaré dentro de un año? En el frente del sobre: Srta. Eulogia Martínez, en el remitente unas iniciales, VLM. ¿Quién era VLM? Me quedo pensativa, pero ante mí no se abren las aguas especulares de un vago recuerdo, un rostro, unas palabras o un olor. No. Nada, lo único que consigo es mirar sin ver lo que tengo delante; dentro de mí, un pozo de nada. Pero al rato despliego el papel doblado en tres partes iguales, me lo pongo delante de los ojos y las letras aparecen como manchurrones, insectos o cagadas de colibríes. He de buscar las gafas de venerable abuela. Las putas gafas de anciana paciente y desgastada, como un paño de los que se usan para limpiar el polvo. Me toco en la cabeza, en los bolsillos, busco encima de la tele, vuelvo al cuarto de baño por si me las hubiese dejado allí. Al cabo de un rato de maldiciones, que hubiesen sido muy instructivas para la educación de mis nietos, me doy cuenta de que las llevo puestas. Las malditas gafas que dan ese aspecto dulce y sereno en la vejez cabrona. Lo que hay en esa carta son sólo eso: borrones de la tinta que se humedeció, no creo que por lágrimas, sino más bien porque hubiese caído en un charco o en una alberca, vete tú a saber ahora lo que pasó. Veamos que hubiera podido escribirme VLM, a ver qué tal se me da esto de meter una misiva en mi novela. Siempre es divertido recibir exactamente lo que nos hubiese gustado recibir, con puntos y comas.

Querida Eulogia, amada mía, me quedé dormido y al despertarme tu lado de la cama ya estaba frío. Voy a dejar ese trabajo con sus turnos infernales antes de que tú me dejes a mí. Menos mal que en la punta de los dedos me quedaba todavía un rastro del almíbar que se cocina dentro de tí cuando te acaricio. Sólo así pude encontrarle consuelo y sustituto a mis ganas, con lo que me alivié sin dejar de respirar tu esencia, sin dejar de imaginar tu rostro sofocado, antes de que el placer te lo distorsione, con esas muecas que haces tan lindas, bizqueando y resoplando por la nariz. En cuanto estés de nuevo en mi cama pienso darte tu merecido. Tuyo, VLM.

Mio. VLM. Aquel chico delgado que quizás me pretendió en el año de la polca. Las chicas no se entregaban y a las que lo hacían, muy pocas, se las llamaba fáciles. Y frescas. Ahora ya sé que yo era una chica fácil, una fresca, de las de entonces, pero qué bien me hubiera venido saberlo en su momento. Las cosas, ciertas, no todas, se averiguan a destiempo. En su carta VLM me invitaría a recogerme en casa para llevarme a las meriendas del casino. Quizás VLM era uno de los amigos de mi hermano, que había empezado a pretenderme al descubrir que yo me había convertido en toda una señorita. No es extraño que VLM fuera un delgado y circunspecto ingeniero con las más sanas intenciones. Yo usaría con toda seguridad camisones de novicia. Ni él ni yo habríamos descubierto aún ese mundo turbio de los placeres que se satisfacen en la soledad de un cuarto helado, cuando se apaga la tulipa de la mesilla de noche. O sí. La verdad es que no lo sé, diría como mis alumnos antes de que me jubilase, n.p.i.

Pero las fiestas del casino las recuerdo perfectamente. En mi memoria se abre una puerta que da a un baile. Lo que no sé es a quién pertenece la mano que la empuja para que yo vea lo que ocurre dentro. De cualquier manera, es una mano que beso con cariño. Una mano extirpada por encima del reloj de muñeca. Ahí dentro yo soy la chica que ríe, la chica que ha tomado un poquito de ponche y ha dado vueltas como una peonza del brazo de un joven muy simpático. Llevo un hermoso vestido largo muy cursi y recibo galanes atenciones, como la inevitable invitación a contemplar la luna afuera. Estoy a punto de recibir mi primer beso, pero eso todavía no lo sé. No tengo ni idea del calor que me va a subir de abajo arriba, de cómo voy a apretar instintivamente una pierna contra otra, como si quisiera atrapar entre ellas el momento, allí más que en los labios, que es el lugar que suele ser enfocado en las películas. Él va a cerrar los ojos, y yo lo voy a ver besándome. Al tiempo cantará una lechuza en un árbol y un sapo saltará hacia la manguera de riego. Un día tengo que describir el primer beso de una chica, estoy a punto de decirme. Mira, ya me lo digo. Mentalmente. Mientras él roza castamente sus labios con los míos, que se han quedados indefensos y hambrientos. Alguna vez tengo que escribir que la primera vez que una chica recibe un beso también desearía algo más. No sé qué. Pero el primer beso sólo se satisface en la soledad del dormitorio, con los dedos enterrados en el almíbar que la inunda desde dentro al sentirse besada, explorada. Pero esas quizás no sean las palabras adecuadas. No lo sé. No voy a detenerme, no me voy a quedar pasmada mirando la pantalla en blanco. Ya vendrán las que lo describan bien. Mi primer beso me lo dio un pasmarote y luego yo me reí de lo lindo con mis amigas.
-Cuando lo tenía a dos centímetros de distancia pensé que se iba a echar a llorar, les dije, pero luego le cambió la mueca de la boca y ya estaba apretando sus labios contra los míos. Sin lengua. Por la noche, ya acostada, sola, me pareció más interesante, más intenso de lo que realmente había sido.
Pero no les dije nada de mi afición a explorarme, por supuesto. Para eso estaba ella. Esperancita. Sabía que no tardaría en aparecer en esta historia, por eso no he tenido prisa en sacarla. En decir: eh, y también tengo una hermana más joven, que se llama Esperanza.
Esperancita dijo:
-Esta habla en sueños y llora y a veces sopla muy fuerte.
-Cállate, niña.
-Niña, no seas indiscreta.
Esperancita siempre fue una niña espabilada, lo sigue siendo. Espabilada, aunque ya no es una niña. Ahora todos la llaman doña Esperanza, pero no sé si con la misma consideración que me tienen a mí cuando me llaman doña Eulogia. Esperanza con el tiempo se fue convirtiendo en uno de esos pesos pesados que hay en los partidos políticos. La niña ingenua, angelical, cursi y suavona. La niña indiscreta que en el círculo de mis amigas, cuando estábamos hablando de nuestras cosas, se permitía decir que yo soplaba muy fuerte momentos antes de dormir. Esperancita como mi sombra delatora.
-Eulogia ha besado a un chico, Eulogia ha besado a un chico...
Cantarina y malévola.

Mira qué bien la recuerdo. Como si estuviese aquí mismo. Ella con su vestidito lleno de lazos, su mirada azul y su dedito acusador. Yo, vieja, al cabo de los años, asisto a la disparatada escena, que en un pliegue del tiempo nos enfrenta a las dos, ella con las manos entrelazadas por delante, las rodillas limpias de arañazos, los calcetines de punto, y yo con las gafas de la vista cansada sujetas de un cordón al cuello. Dos seres de planetas distintos y de tiempos contrarios en un liezo imposible, metafísico, en el que se representasen las edades de la vigilancia. Aquí estoy yo para ser testigo de quién eres o de quién fuiste o de quién vas a ser. Si pudiéramos, ella y yo, fulminar a la contraria, creo que lo haríamos, pero como no podemos, nos limitamos a hablar por teléfono como hermanas en las que el tiempo parece haber encontrado tregua para limarles los bordes con los que se solían herir.
-¿Cómo estás Eulogia?
-De puta madre, Presidenta, le digo.
Me gusta llamarla Presidenta cuando usa conmigo el tono condescendiente, conciliador y victorioso de cómo estás. Es cierto, por otra parte. Es la Presidenta de la Comunidad. No de la de vecinos. Sino de la Comunidad Autónoma. La verdad es que temía llegar aquí. A lo pretenciosamente humorístico de las novelas, a esa parte ridícula y patética que a todos nos toca en la vida. A mí en el personaje de mi hermana. Lo quieras o no, soy yo la que reparte los papeles en esta farsa. ¿Te acuerdas, lector? ¿Por qué elegiste esta novela? La novela de Eulogia. ¿Por el título? Ten por seguro que yo ya no estaré ahí, que quizás ni siquiera estés tú, que la novela habría de haber ardido como tantos manuscritos que no lo hicieron. Sea lo que sea lo que haya de pasar, estén tus ojos ahora aquí o no, estén enterrados enmedio del desierto o comidos por los peces, yo iré desplegando desde atrás aquellas escenas que mi memoria o mi imaginación encuentre en su camino. Esperanza, amigo, es un filón. Después de todo, espero que te lo pases bien con ella. A mí bastante por saco me dio. Me sigue dando. Por teléfono:
-Eulogia, ¿cómo has escrito esa carta al periódico?
-La he escrito porque me ha dado la real gana.
-Eulogia, las cosas no son tan simples como tú crees.
Como has creído toda la vida, pero no se atreve a decirlo.
-Pues yo creo que sí. Y que sepas que te voy a sacar en una novela.
-Ten cuidado con la literatura.
-¿Quién habla de literatura? Voy a ajustarle las cuentas a la vida.
-Eulogia, ahora que tu marido descansa en paz, ¿por qué no haces un viaje?
-Porque hoy día sólo viajan los tontos. Y perdona, que sé que te pasas la vida viajando, Esperanza. Es curioso, Carlos querría lo mismo, que viajase, pero le he pedido como regalo de cumpleaños un curso de escritura, que ya he empezado. Voy por la lección dos. Mi profesora es escritora, y de las guapas, y además creo que tiene un bebé, así que supongo que sabrá qué se trae entre manos. Lo sabe, mira voy a leerte el comentario al primer ejercicio, que es el capítulo anterior, donde tú aún no salías. No pensaba sacarte, pero luego he visto que necesito un personaje humorístico, algo ridículo, perdona hija, no es personal, pero ya sabes, las mujeres públicas, no las putas, que también, me refiero a las políticas, estáis expuestas a la crítica, a la parodia. Lo siento, yo no soy de los muñecos del guiñol, que siempre dan prestigio. Si no sales ahí no eres nadie. Sólo soy tu hermana y es lo jodido. Te vas a tener que aguantar. Pero no te preocupes, estás en buenas manos. No he escrito una sola línea en cuarenta años, pero no se me debe de dar mal. Oye:

Querida Eulogia, me ha encantado tu propuesta. Tienes un torrente de cosas que contar, qué barbaridad, inagotable, se nota; cosas que suenan como si salieran del alma, que es de donde me atrevo a asegurar que salen, y lo más atractivo, sin duda, es la voz y la forma de contarlo que adopta tu narradora ––que adoptas tú––, una voz que suena a veces ronca, amarga, y que otras vuela hacia la fantasía y la poesía.
Hay ahí una mano sabia que sabe lo que se hace, a mí no me engañas. Eres una escritora con experiencia y con un gusto y un conocimiento literario formado, muy claro.
Empezaría y no pararía de enumerar asombrosos aciertos en el capítulo que has enviado: me ha encantado tu uso del diálogo, breve, literario, brillante, original. Esa forma de discurso que adopta el narrador, a medio camino entre lo narrativo y lo introspectivo, dentro y fuera de ella a la vez. Es una elección ––si es que lo has elegido tú a ello, y no ello a ti–– afortunada. Esa manera de dejar a veces tan imprecisos los contornos entre lo sucedido y lo ensoñado, lo ocurrido de verdad y lo imaginado, no hace sino redundar en el tema: el de la construcción de la identidad mediante la recuperación (o pérdida) de la memoria. Unas imágenes y metáforas vívidas y nada manidas.
Muy bien. De momento no quiero entrar en detalles de naturaleza muy técnica, sería una tontería teniendo lo que tienes ahí: una magnífica novela por delante.
Estoy deseando leer más.
Besos.
-Me alegro por ti, Eulogia, sé que siempre quisiste escribir. Pero no digas que es verdad o cierto lo que muchas veces sólo son invenciones tuyas.
-Hermana, en una novela eso es lo de menos.
-Pero la vida no es una novela. Yo no vivo en tu fantasía, Eulogia. Soy real, de carne y hueso, y he sido elegida por millones de votantes como Presidenta de la Comunidad Autónoma, aunque no te guste.
-¿Cómo no me va a gustar, hermana? Siempre me he alegrado de tus éxitos políticos. Y a propósito, en eso Carlos también se parece más a ti que a mí misma. Ha entrado en política, pero no se ha afiliado a tu partido, sino a la oposición. Así todo queda en casa. Cuando su partido gane las elecciones, la familia seguirá ahí. El apellido, ya sabes. Carlos usa el nuestro, no el de su padre.
-Bueno pues mantenme informada.
La familia. El lastre. Como si le oyera el pensamiento al colgar. La familia. La cruz. Como si ella me oyese a mí. Porque mientras charlábamos lo que oíamos era, más allá de las palabras que íbamos pronunciando, aquello que cruzaba nuestras mentes, como caravanas cargadas, no con especias y mercancias preciosas, sino con rencores, celos, deudas pendientes y el sordo murmullo de la insatisfacción. De modo que en la transcripción de nuestras conversaciones telefónicas hay un poco de lo dicho y de lo callado.
-Palmira, esta tarde ya no voy a poder trabajar en mi novela. He hablado con Esperanza y eso me excita, me crea una inquietud por dentro con la que no puedo sentarme a escribir. Te invito a tomar algo en la calle.
Palmira y yo nos cogemos del brazo y nos paseamos por la ciudad como si fuésemos dos extravagantes marquesas, embebidas por nuestra propia charla. En esos casos yo le cuento cosas de Esperanza o de Teresa, que la hacen reír y luego le pido que me hable de ella.
-Es para mi novela. Tu personaje también es importantísimo.
Nos tomamos unos gintonics. Una de las cosas de las que me siento especialmente orgullosa es haberle enseñado a Palmira las virtudes del gintonic. Como contrapartida le he pedido que me cuente los trucos para volver a un hombre loco en la cama. Se ríe y me dice:
-Doña Eulogia, está usted loca.
-Bueno, parece que estoy perdiendo la cabeza poco a poco, pero te prometo que el tema me interesa de verdad. Hay por ahí un buen mozo que me hace tilín. Lo tengo aquí, le digo, señalándome la cabeza, y de ahí no sale. En cuanto lo tenga fuera me lo tiro.
Palmira apura su copa, chasquea la lengua y me guiña un ojo.
-No, no me guiñes el ojo y dime cómo me lo tengo que montar.
Pero la negra no suelta prenda. En cambio si le pido que me cuente la travesía que hizo en patera se anima y ríe:
-Fue un viaje fantástico, un crucero de lujo. Lo pasamos muy bien allí apretujados todos los negros y todas las negras. Organizábamos bailes para amenizar las noches y cenábamos siempre en la mesa del capitán.
-¿Otro gintonic, querida?
-Paga usted.
-Camarero, dos más, por favor.
Luego volvemos a casa. Cada una a lo suyo, a su trabajo.

He recibido la segunda entrega de mi curso de novela por internet. He imprimido las hojas y las lágrimas, mis lágrimas, han causado ciertos desperfectos, como los manchurrones en unos ojos con el rimel corrido. No sé si lo que me ha provocado el llanto es ver el nombre de Aristóteles en la primera línea o esa esponjosidad que el alcohol te pone en el alma. Si lo pienso bien puede que hayan sido las dos cosas. Cuando yo estudiaba, todas las lecciones empezaban apelando a lo que ya había dicho Aristóteles. A Aristóteles nos lo representábamos, con buen juicio, como un señor con barbas, como nuestro profesor de literatura, serio y muy sensato, que siempre ponía los puntos sobre la íes. Teníamos la broma entre todas las amigas de catalogar como un Aristóteles a ciertos tipos de personas, entre los que se hallaba mi hermana Esperanza. Nostalgia. Aristóteles-Esperanza + ginebra= lágrimas + borrón.

A ver.
Punto primero: ¿Qué dice Aristóteles sobre el arte de componer una novela, mi propia novela, La novela de Eulogia?
Punto segundo: ¿Qué dice Esperanza sobre lo mismo?
En cuanto al punto primero, creo que me interesa sobre todo a mí. No voy a darte la tabarra, amable lector, con los apuntes de clase. Voy a escribir para ti mi novela, para ti, que no existes, que sólo eres una posibilidad, otro fantasma más en mi galería de amigos invisibles.
Mi querida Esperanza, bien lo sé, porque la conozco, no como las teorías de Aristóteles, sino porque pasé años compartiendo mi habitación con ella, lo que menos desea en este mundo es que yo escriba La novela de Eulogia. Podría dañar entre otras cosas su carrera política.
Todos los meses hablamos una vez o dos por teléfono. No es mucho, pero sí bastante.
-¿Cómo va tu novela?
-Bien, va bien. Soy disciplinada y metódica. Hago las tareas que me mandan. ¿Sabes por dónde hemos empezado las lecciones? Por Aristóteles. Como cuando estábamos en el colegio, ¿te acuerdas? Me harté de llorar, me sentí vieja de repente y me acordé de...¿te acuerdas?
-Claro que me acuerdo, me martirizabais no queriendo llamarme Esperanza, sino Aristóteles.
-Cosas de crías.
-Sí, de crías malvadas.
-Es que, hija, tú lo ponías a huevo.
-¿Lo ponías a huevo? ¿Qué manera de hablar es esa, Eulogia?
-La aprendí de mis alumnos, aprendí yo de ellos seguramente mucho más que ellos de mí.
-Dios mío, Eulogia, pareces de un sindicato ácrata.
-¿Lo ves, Aristóteles?
-Mira, pues ten cuidado con lo que escribes.
-¿Cómo?¿Censura?
-Soy presidenta de una Comunidad Autónoma. No pienso dejar que mi carrera política y todo mi trabajo me lo desbarate una hermana que está como una cabra.
Quizás dijimos cosas como esas o sólo hablamos de las mejores pastas para el té. Lo que es seguro es que le dije:
-¿Te he hablado de Palmira? Necesita papeles.
-¿Quién es Palmira?
-Una reina que se ocupa de mi. Ha venido de Cabo Verde en un crucero de lujo, pero necesita papeles para que no la expulsen.
De lo que estoy segura es de que se trataba de eso, de si yo podía o no podía, debía o no debía escribir lo que se me antojara. Aristóteles y los apuntes de mi profesora me daban alas para ello. Pero Esperanza no estaba sola en su resistencia a mi novela, tampoco Carlos se mostró conforme en cuanto descubrió por dónde iban los tiros de mi historia. ¿Qué pensaba, que me iba a poner a escribir una aventura de espadachines? Desde luego. La familia. Qué cruz.

Cuando Carlos nació, Esperanza lo recogió en sus brazos como la tía maravillada por otro milagro de la vida. Para ella todo era así, una manifestación de la bondad de Dios. A mí Carlos no dejaba de parecerme una rata indefensa.
-Qué feo es, dije.
-No digas barabaridades, Eulogia, es una hermosura.
Me tuve que callar. Me sentí culpable enseguida por haber parido un ser que en el fondo me repugnaba. Cuando se me agarraba con la boca al pecho me aterrorizaba la idea de que pudiera devorarme desde allí. A mi alrededor todo el mundo celebraba el feliz acontecimiento. Ernesto estaba pletórico. Parecía sacado del manual del padre perfecto, repartiendo puros e invitando a anís a las visitas. En aquella época los padres se empleaban en ese tipo de ocupaciones. No se acercaban a la criatura nada más que para decir idioteces del tipo mirad qué machote. Cualquier cosa que fuese necesaria y útil para su cuidado le correspondía a la madre, que se tenía que sentir llena de felicidad, en paz con su destino procreador. En las fotos que he encontrado de aquella época sonrío con una mueca falsa. Sonrío, pero sé que por dentro me corre un río de lágrimas. El día de su bautizo me levanté con unos impulsos malsanos. Ernesto y yo discutimos antes de salir para la iglesia y en la celebración sólo conseguí distraerme si pensaba que todas las personas que nos habíamos reunido allí éramos necias e ignorantes.
-Foto, foto, me decía Esperanza.
-Sonríe, Eulogia, hoy es un día muy especial para todos.
Necias, ignorantes. Y brutas.
-¿Qué te ocurre, hija?
Mi madre era una mujer distinta, más parecida a mí quizás. Pero ni ella ni yo nos librábamos de ser incluídas en dichas categorías, debido a nuestra ovejuna pasividad y un miedo que nos envolvía el ser como una segunda epidermis.
-El bebé, mamá, le dije y tras una pausa: me parece espantoso, no me deja dormir, me hace daño al mamar y cuando llora desearía...
-No te preocupes, hija, te irás acostumbrando, me dijo.
-Pero es que a todo el mundo le parece una bendición de Dios.
-La gente es muy bruta, mi vida.
De alguna manera mi madre me dio a entender que yo no era la única en ver el mundo de un modo tan descarnado e inaceptable socialmente.
-Hoy, sonríe, tesoro, sonríe para las fotografías.
Gracias a ella mi sonrisa va dirigida a este día de hoy, en el que de nuevo he vuelto a revolver entre las cajas de los recuerdos. Una mujer joven me sonríe con un homenaje a la frustración en su mueca, del que podemos ir tirando para escribir la novela de su vida.
En las que está Esperanza con el bebé hay tanta dicha, tanta celebración de la vida, que lo único que consigue es que resuenen en mis oídos aquellas palabras de su voz cantarina, insignificante:
-La gente es muy bruta, mi vida.
Que mamá dijo en el momento más oportuno, gracias a las cuales no hice ninguna barbaridad y que me sirvieron para tomar impulso y no dejarme vencer. De repente una mañana, al asomarme a su cunita, me pareció la cosa más dulce y tierna de todas cuantas iba a conocer en mi vida.
-Pastelito, le dije y comencé a llorar hacia fuera mientras me lo comía a besos.
Esperanza estuvo encantada con mi cambio y todas las ternuras que yo le dedicaba al bebé las aprobaba como si hubiese sido Dios quien hubiese obrado uno de sus milagros.
No tenía remedio. Ni lo tiene. Pero qué le voy a hacer. Es mi hermana. Hasta en las fotos institucionales en las que aparece como Presidenta de la Comunidad Autónoma tiene esa sonrisa absurda de estar celebrando su fe en sí misma y en su equipo de gobierno. Por eso quizás gana todas las elecciones, por eso dicen de ella que es una mujer con una intuición política a prueba de bombas. Razones todas por las que yo no la aguanto más de dos minutos en persona, ni más tres al teléfono.

-Doña Eulogia, ¿está usted llorando?
-Perdona, Palmira, es que he estado mirando fotos y se me ha soltado el lagrimal. El grifo se cerrará pronto. O eso espero. Porque me estoy mareando de mirar la pantalla del ordenador a través del llanto. Mira esa de ahí es mi hermana, la que te va a conseguir los papeles. Nada menos que un pez gordo.
-No sé, doña Eulogia, a lo mejor ella es demasiado importante para un favor tan pequeño.
Qué lista la negra. Su cuerpo vibra en el aire de mi casa como cuando una fiera asoma los dientes advirtiendo. Me gustaría ver la reacción de Esperanza en presencia de la caboverdiana. Ver hasta qué punto está templada su naturaleza política. Pero no conozco a nadie por debajo de la Presidenta que me pueda ayudar.

Querida Eulogia: te vas a enterar. Y bien. Te voy a comer hasta lo que no es comestible. VLM.
Me he pasado la tarde escribiendo notitas de este calibre y le he dicho a Palmira que me las esconda por toda la casa. En los cajones, dentro del frigorífico, en los bolsillos de la ropa. Quiero ir encontrándolas poco a poco y con algo de suerte espero haber olvidado que fui yo quien las redactó, para lo que he usado una extraña caligrafía que le he atribuido al Apolo de mis fantasías.
-Es usted muy rara, señora Eulogia, me ha dicho Palmira.
-Pues anda que tú, le he contestado yo.
-Pero me lo paso muy bien con usted.
-Y yo contigo, hija. ¿Salimos a tomar un algo?
-Me apetece un gintonic.
-Y a mí. Quiero que me cuentes cómo eran los bailes de gala de tu viaje en patera.
-Elegantísimos, doña Eulogia, no parecíamos negros, todos a golpe de valses.

Al meter la mano en el bolso para sacar las llaves he tocado algo con la punta de los dedos que me ha llamado la atención. Una hoja doblada por la mitad que he abierto disimuladamente. La negra estaba un poco piripi, sonriente, haciendo remedos de danzas tribales, y la he dejado pasar.
-Doña Eulogia, recojo mis cosas y me marcho.
-Sí, vete, hija,claro.
Al quedarme sola he leído el mensaje y se me ha encendido la cara de vergüenza ante tales atrevimientos. Luego me he sentado a escribir mi novela, según las instrucciones de mi profesora: no sé que de unos puntos de giro negativos y positivos y de cómo unos nos llevan a otros. La verdad es que no me he enterado de mucho. No sé cómo ciertos escritores han podido hacer sus obras bajo los efectos del alcohol, a mí en esas condiciones se me desmadra la cabeza.

Querido Apolo (o como te gusta firmar, VLM): eres muy atrevido. Ten en cuenta que te diriges a una señora que acaba de cumplir 71 años. Hay cosas de las que hablas que ni siquiera sé cómo se pueden ejecutar sin romperse una la crisma. No tengo en ese terreno otra experiencia que la que me dio la imaginación y la práctica habitual con mi marido. Supongo que tú estarás habituado a las demandas más extravagantes de esas mujeres viciosas que han podido permitirse tus tarifas. En mi caso, mis fantasías quizás no sean lo que cualquiera que alcanzase a leer nuestra correspondencia podría pensar. No soy una vieja loca (todavía), ni padezco una calentura morbosa. Me atrevo a pensar que me ocurre lo que a cualquier mujer en mi misma situación. Sólo que yo, gracias a cierto curso de escritura creativa que estoy siguiendo, me atrevo a enviarte este SMS. Un poco largo, quizás para el móvil, perdona, Apolo, dios de la belleza, pecado para los sentidos.

Al cabo de unos minutos un mensaje a mi móvil me decía: Apolo te hará disfrutar de momentos inolvidables con total discreción en persona. Si prefieres entablar relación vía móvil manda Apolo al 6969. Por el momento, seguimos vía móvil, contesté, al 6969. Por el momento, mereció la pena. No todo en una historia va a ser planteamiento, nudo y desenlace. Digo yo.
-¿Y las gafas dónde las habré puesto? Me pregunté en voz alta. Las putas gafas que tenía puestas.

Las imágenes que ilustran este capítulo:

Gin tonic de flickr.com/photos/move_lachine.
Los papeles doblados son de Simon Schubert.
Yul Brynner en 1942 fotografiado por George Platt.
Aristóteles en un detalle de La escuela de Atenas, de Rafael.

miércoles 24 de junio de 2009

La novela de Eulogia- I

Capítulo 1



Me llamo Eulogia y creo que este nombre ya me comprometió desde que lo eligiera mi padre para mí antes de nacer. Eulogio, y si es niña Eulogia. Las decisiones de la vida, incluso aquellas que otros tomaron por nosotros, no son inocentes. Tampoco mi edad lo es. Inocente, me refiero. Voy a cumplir 71 años. La semana pasada recibí un sobre publicitario a mi nombre. Cuando lo abrí saqué de su interior un cuadernillo que me ofrecía información de Talleres de escritura. Entre otros, talleres literarios a distancia en internet. Había distintos niveles y los grupos eran reducidos. Y se ofrecían: Escritura Creativa. Cuento. Novela. Guión. Poesía. Periodismo. Autobiografía. Redacción y Estilo. Escribir y Reescribir. Infantil y Juvenil. Abajo figuraba una dirección postal de otra ciudad y la de una web. Al final un número de teléfono. Le di la vuelta y hallé en la contraportada una graciosísima ilustración en la que se veían unas libretas, con piernas y brazos, portando plumas, a la carrera. Por encima lo que parecían las copias de un castigo escolar hechas por un alumno díscolo: “I will not make any more boring art”. O lo que es lo mismo, traducido: “No volveré a hacer arte aburrido jamás”, firmado: John Baldessari. Reserva tu plaza, me aconsejaba la leyenda. En nuestra web. Levanté el auricular del teléfono y marqué:
-Carlos, un curso de escritura, dije.
-¿Qué dices, mamá?
-Que el regalo que quiero para mi cumpleaños es un curso de escritura.
-Ah, eso. Está bien, mamá. Si es lo que quieres, cuenta con él.
-Gracias, hijo. ¿Cómo están mis nietos?
-Están bien, mamá, van a ir a verte la semana que viene. Ésta han estado con exámenes.
-Vale, vale, ya sabes lo que quiero, buenas noches.
-Adiós, mamá, hasta mañana.

A veces se lo digo. O me gustaría decírselo. A veces creo que me gustaría decírselo y ya se lo he dicho. Porque es muy guapa y tiene muy buen cuerpo y podría volver locos a los hombres.
-Hija mía, yo si fuese tú no estaba perdiendo el tiempo con una vieja como yo. Creo que me haría puta, ¿sabes? A lo mejor no puta de ser puta, pero puta en el sentido de aprovecharme de ellos.
Pero ella no está por esa labor, o eso parece. Se conforma con una vieja como yo. Me cuida, me acompaña, me limpia y me cocina.
-Doña Eulogia, no merece la pena, me dice, con una gran carga en sus palabras.
Me hace gracia su forma de hablarme. A veces parece que tuviéramos las edades invertidas. Ella para 71 y yo, ¿cuántos? Se la pregunté una vez, la edad, pero se me olvidó apuntarla.
-25, me dijo, pero no estoy segura.
También pudo haberme dicho 19, 38, 46. La verdad es que no la recuerdo. Es muy guapa, eso es indudable. Se mueve entre los muebles como si fuese una pantera. Como es negra, pantera. Con ella la casa ha ganado en misterio. Me parece otro lugar, mi casa desde hace 40 años. A la vez que me da compañía, me ha proporcionado un sentimiento de distancia y de lejanía con respecto a las paredes entre las que he vivido, siempre las mismas, aunque haya cambiado el papel pintado, aunque las haya tirado aquí y las haya levantado más allá, con los mismos retratos de familia, o con los souvenires de algún viaje. Con ella trajinando en la casa me parece estar en uno de los confines del mundo.
Palmira viene todos los días excepto fines de semana y festivos. Es caboverdiana, es caboverdiana, es caboverdiana. Me lo tuve que repetir más de 100 veces para acabar apuntándolo en mi libretita. Sin embargo, olvidé poner su edad.
-No se preocupe, doña Eulogia, me dijo cuando le pregunté cómo eran los hombres de Ecuador, dando por hecho que ese era su país.
-Los españoles me han dado ya tantas nacionalidades que no me importa, añadió.
Si Carlos viene a verme y coincide con ella noto cómo la mira de reojo. Ella se ha dado cuenta. De que la mira, y de que es tonto también.

Pobretico Carlos, hijo mío. Todavía lo reconozco cuando lo veo entrar por esa puerta, pero quizás algún día esta vieja le pregunte:
-¿Y tú quién eres?
Él se sentirá tan triste, que esa tarde se lo contará a Julia con amargura.
-Mi madre ya no me reconoce.
Julia quizás le pase una mano por la cabeza. Los dedos largos de Julia abriendo un camino entre el pelo de mi hijo, como una vereda en la jungla, que se irá cerrando conforme los dedos avancen hacia los occipitales.
Entre otras cosas quiero escribir esta novela para evitar eso mismo, que Julia tenga que consolar la pesadumbre de Carlos, cuando yo deje de reconocerlo.
Ha venido. Está delante de mí. Y me ha dicho:
-Ya te he pagado el curso de escritura, mamá. Qué regalo de cumpleaños más curioso.
Carlos nunca ha sabido hacerme un regalo interesante. Por eso siempre quiere que le diga lo que deseo.
Quizás Carlos hubiera preferido que yo le hubiese pedido, como extravagancia mayor, un viaje en compañía de una amiga de mi edad. Una escapada loca de fin de semana con otra vieja. Pero aborrezco viajar acompañada de animales, niños y gente achacosa, que más tarde o más pronto culpará a su espalda o a su dentadura de su miedo a lo nuevo, a lo experimental, a lo desconocido.
-No me gusta ese callejón oscuro, demos un rodeo, mis piernas ya no están para carreras.
-¿Tienes miedo a que alguien nos viole?
-Pues mira, también.
Las viejas siempre tememos ser agredidas sexualmente, pero yo creo que son las ganas, esa memoria de la calentura entre las piernas que nunca se elimina por completo.
Así que prefiero viajar sola. En cualquier caso me gustaría echar mano de uno de esos números de contactos y solicitar un hombre, un guapo mozo para que me pusiera mirando a la Meca. Eso sí me hubiera gustado, pero me voy a conformar con el dichoso curso de marras.
-¿Sobre qué quieres escribir, mamá?
-No sé, pero el título es La novela de Eulogia, así que supongo que sobre mí.
-¿Los recuerdos de toda tu vida?
-No sé si recuerdos o venganza.
-¿Venganza? ¿Qué quieres decir?
-Lo que oyes, quiero vengarme de la vida escribiendo una novela.
No sé si Carlos llega a comprender lo que quiero decirle, por el momento me conformo conque afloje la pasta del curso.
Carlos mira de reojo a Palmira, que avanza por el pasillo hacia nosotros con la majestuosidad de un animal salvaje.
Me gustaría decirle a Carlos:
-¿Te gusta la negra?
Pero no le digo nada. O sí se lo digo:
-¿Te gusta la negra?
-¡Mamá!, me reconviene, azorado. Le gusta.
-Te gusta.
No obstante, no le digo nada, supongo que no le digo nada. Hablo conmigo misma, es eso, charlo con los demás dentro de mi cabeza. Aunque Carlos está ante mí, contándome una retahíla de anécdotas malhilvanadas, con las que no consigue retener mi atención. Paralela a su cháchara, él y yo decimos cosas de enjundia, dignas de figurar en una novela.
-Tus nietos ya han empezado con los entrenamientos, por eso no tienen tiempo de venir a verte.
Pero yo insisto:
-¿Te gustaría que yo me esfumase y quedarte a solas con Palmira?
Saliendo de su carcasa de pasmarote, Carlos me dice:
-Claro que sí mamá.
Pero se limita a parlotear de esto y de lo otro.
A pesar del evidente parecido de Carlos con su padre y conmigo, en alguna ocasión he llegado a pensar que me cambiaron el bebé en la maternidad. Pero tiene la cara difícil y modiglianesca de su padre y el pelo imposible, ensortijado, como el mío, y el de la caboverdiana.
Era el único niño de su clase que no teniendo que peinarse insistía en ello.
-No te preocupes, hijo, le decía yo, no te hace falta. Mira yo. No me peino nunca.
El otro día Palmira se alisó el pelo. Desperté en mitad de la noche preguntándole por qué lo había hecho. Pero supongo que ella dormía en su casa al lado de alguien. Es muy reservada para esos asuntos. A la mañana siguiente se me olvidó contarle mi pesadilla, pero la recordé por la tarde y la anoté en mi bloc. Es un truco para escribir una novela: anotar todas las ocurrencias en una libretita comprada ad hoc. Para llegar a eso no hace falta un curso de escritura. Espero que el dinero que Carlos ya ha soltado sirva para algo más. Me gustaría relacionarme con otros novelistas. Claro que no aspiro a que tengan mi experiencia de la vida, 71 años, casi que lo prefiero. No sé. Chicos, ¿qué os parece a vosotros el título, La novela de Eulogia?
-Palmira, te voy a sacar en una novela. Te voy a comparar con una pantera, por tu elegancia y sigilo.
-Me gusta, doña Eulogia.
-¿Hay panteras en Cabo Verde?
Palmira se esfuma antes de contestarme.

La profesora de mi curso en la distancia es guapa. He visto una fotografía suya. También es escritora, como yo, pero ella ya ha publicado varios libros. Lo que me ha llamado la atención es que cierra el puño con los dedos hacia dentro y sobre él apoya la barbilla con el rostro sonriente. Yo no tengo ninguna foto de escritora, pero he de hacerme una. En las novelas los editores las colocan en la solapa. Una vieja sonriente te mira, lector. A quién quiere engañar la vieja. ¿Por qué sonríe? Coño, porque algo le hará gracia. ¿Qué? A lo mejor todo.
-Ah, mamá, una foto con pose de escritora, diría Carlos.
Si primero me hiciese la foto y luego se la enseñase, diría eso, pero Carlos no dice. A lo que yo me quedo sin contestarle:
-En realidad, Carlos, hay 62 maneras de sostener el rostro con la mano y el antebrazo. Y esto no son cosas mías, sino del señor Lichtenberg, que las catalogó en el siglo 18, y además, me he limitado a copiar a mi profe. Ya sabes, veo unos zapatos que me gustan en alguien y me los compro, o me enamoro de unos modales y los adopto. Ahora ha sido una pose para una foto. Como comprenderás, a mi edad no estoy para ponerme a inventar la cuajada. Lo que importa es que sepas qué es lo que nos hace pesada la cabeza a las escritoras. La melancolía, cariño. Al principio me parecía que sólo queríamos presumir. Sólo ese ya era motivo. Pero lo que subyace debajo no es otra cosa que la bilis negra. Por eso me sostengo la cabeza con una mano.

Estoy en el nivel inicial. Mi primera novela. ¿Por qué no he escrito 5 novelas antes que ésta? A los 71 años mi opera prima. Podría ser una consumada novelista, pero no lo soy. No, no es cierto, no podría ser una consumada novelista, de ninguna manera. Las cosas han sido de otra manera. Las cosas son como son. Aquí y ahora. Se lo digo a Carlos, a Palmira, a Julia, a mi pescadero, a la panadera, al mundo. Lo grito por la ventana:
-¡¡Me cago en la puta de todo!!
Luego Palmira se lo cuenta a Carlos.
-Mamá, qué van a pensar los vecinos, me dice.
-Pues que estoy perdiendo la chaveta, lo cual es cierto, le digo.
En la lección que recibo por correo electrónico: Comenzaremos por preguntarnos si realmente queremos escribir una novela.
Y yo le contesto a mi profesora:
-Tengo 71 años, no tengo tiempo de sobra para enredos, así que al grano.
Pero mi profesora antes de darme la réplica ya se ha esfumado, sonriente, con el puño bajo la barbilla, que se queda flotando en el aire unas milésimas de segundo más que su rostro. Suficiente para transmitirme fuerza, poder, victoria.
-¿No te he dicho cómo se llama? La novela de Eulogia.

Ahora le toca a Julia. Mi nuera. Si Carlos me preguntase, cosa que no hará, por qué a veces me porto con Julia como lo hago, le contestaría que por que Julia no se marcha, por que no lo abandona.
Cuando Julia viene a mi casa y coincide con Palmira, también ella la mira a hurtadillas, de reojo. Qué a gusto me siento entonces, como si hubiese sido capaz de llevar a cabo una de aquellas fantasías de la adolescencia, de mi adolescencia atormentada, en la que me marchaba a vivir a un lugar exótico. Algo así como la baronesa Karen Blixen en África. Julia nunca me visita a solas, siempre viene con Carlos, pero ahora está ante mí sin él. Ha venido a recoger unos papeles, un sobre, algo de un seguro del coche que Carlos olvidó ayer encima de la mesa. Imagino que no habrá querido venir sola, pero no le habrá quedado más remedio.
-Me ha dicho Carlos que estás escribiendo una novela. Qué interesante..., dice, y se corta sin acabar la frase.
La completo yo:
-...a tu edad.
Pero sólo digo:
-A pesar de que mi cabeza ya empieza a fallar.
-¿Tienes ya título?
-Lo primero ha sido poner el título, pero no te lo puedo decir. Ya sabes, una supersitición de artista.
Estoy ante ella. Tengo en la mano el sobre que ha venido a buscar. Sé que le gustaría cogerlo y salir corriendo de allí. Lo primero que ha dicho en cuanto Palmira le ha abierto la puerta es que tiene el coche en doble fila.
-Perdona, están pitando, me dice.
Agarra el sobre, pero yo no lo suelto. Parece que vamos a jugar al pañuelo, que una de las dos va a arrebatárselo a la otra y va a salir corriendo.
-¿Me permites?
-Sí, claro, qué cabeza.
Puedo echarle la culpa a mi cabeza, como si ya hubiese olvidado a qué ha ido hasta allí mi nuera. Ha ido para que la saque en mi novela, eso está claro.
Luego llamo a Palmira.
-¿Qué es lo que vino a buscar mi nuera hace un rato?
-Un sobre, se lo dio usted.
-Ah.
Si Carlos se atreviese a preguntar:
-¿Mamá, por qué te portas así con Julia? ¿Por qué no la quieres?
Pero Carlos a veces se difumina ante mis ojos, se diluye en el aire, sigue hablando de cosas que apenas me importan, excusa a mis nietos, y al cabo de unos minutos vuelve a recobrar su apariencia, pero ya es sólo un dibujo a través del cual contemplo el papel pintado, los ramos que van a ser testigos de cómo esta casa me va a resultar un lugar irreconocible, tan extraño como si fuese la casa de mis vecinos.

Llega el viernes y le digo a Palmira:
-Vamos a hacer un pisto.
Una sartén con pisto para 6 personas. Mi plan es ponerla en la mesilla de noche y no salir de la cama e invitar a pisto a todo aquel que venga a visitarme. Los fines de semana no me gusta abrir la puerta de la calle, no quiero que se escape ese rastro perfumado que Palmira deja en el ambiente. Quienes me visitan no vienen de fuera, sino de dentro. Salen de los armarios, o de la boca de un grifo. Carlos hace uso de su llave.
-No dejes la puerta abierta, le digo, hay una corrientita muy dañina que sube por el hueco del ascensor.
Carlos no sospecha que los fines de semana es cuando tengo las visitas. Dispongo de tiempo para atenderlas. Las invito a comer. Como a mí, no les importa que el pisto se haya enfriado.
-Hola, Eulogia.
-Hola, digo.
Al principio sólo es una voz, y además irreconocible. Luego se empieza a definir la imagen, pero la voz sigue siendo extraña. Si la imagen de la visita se funde, aunque ella siga estando allí, la voz se va modulando hasta conseguir la entonación familiar.
-Hola, Teresa, le digo a mi hermana, que murió cuando tenía 16 años. Entonces yo tenía 19. Se ahogó.
-¿Qué tienes hoy preparado?
-Pisto, le digo.
-¿Te lo ha hecho la negra?
-Se llama Palmira, le digo, pues no me gusta que a Palmira la llamen negra otras bocas que la mía.
-¿Qué apuntas en esa libreta?
-Ideas para una novela, le digo.
-Lo de la visita de las ánimas está ya muy visto.
La fulmino con la mirada por encima de las gafas.
-Pero mamá, eso no puede ser, no te puedes encamar todos los fines de semana, me dice Carlos.
-¿Por qué no?
-Pues porque no. No estás loca.
-Ya lo sé, no estoy loca.
-Pues por eso, una persona cuerda y sensata no se pasa los fines de semana en la cama, con la mesilla de noche llena de comida, que apesta toda la casa.
Hasta ahora Carlos ni siquiera se había atrevido a hacer la más leve insinuación, pero miradlo ante mí, ved lo que dice:
-Quizás sería mejor que estuvieses en un centro especializado.
-Entonces crees que he perdido la cabeza, le digo.
-No, mamá, no has perdido la cabeza, pero podrías reconocer que necesitas ayuda.
-Tengo a Palmira, le digo.
-Ésa, dice.
-¿Qué pasa con ésa?
-Te llena la cabeza de pájaros.

Supongo que si él viviera, mi marido, digo, también la miraría de reojo. A Palmira. Los hombres son así. Pero ni vivo ni muerto. No sé. Le he preguntado a la pequeña Teresa.
-Mi marido, ¿ha llegado?
-¿Adónde? Me dice.
-No sé, a donde sea.
-No te preocupes, bastante hiciste por él, te mereces un descanso, date una recompensa. Ocúpate ahora de lo tuyo.
Cinco años en la cama, él dentro, yo fuera. Se queda una como tocada, como dependiente de esa tortura cotidiana. En esa caja de plástico aún están todas las medicinas que tomaba, en esa parte del armario todos los trajes.
Mi marido está ahí, detrás de la piedra de granito, en una hornacina. He venido a contarle mi proyecto.
-Ernesto, estoy escribiendo una novela sobre mí. Hoy voy a hablar de tí. Esta chica que me acompaña se llama Palmira, ¿es guapa, verdad?
Nadie nos contesta y el viento se ocupa de sus cosas entre las agujas de los cipreses. Palmira y yo, cogidas del brazo, vamos pasando por delante de los nichos.
-¿Te gustan los cementerios, hija? Le pregunto.
-No, no me gustan, doña Eulogia.
Su carne está dura y su brazo me ofrece seguridad. Camina por aquel lugar como Dido entre los muros de su Cartago.
-Cuando yo era niña, le digo, mi madre me contó que sólo se morían aquellos niños a los que sus padres no amaban, así que una vez que me puse muy enferma, con unas fiebres muy altas, llegué a pensar que me iba a morir, engañada por todos, ya que con ello se descubriría que en realidad mis padres no me querían. La cabeza de los niños no deja de dar vueltas, como la de los viejos.
Miro a Palmira, quiero ver lo que mis reflexiones le sugieren, pero la negra es suavidad, misterio, y la complicidad de un silencio, en el que es muy fácil sentirse aceptada.
Estoy segura de que mi marido la mira de reojo. Yo no.
-Tenemos que volver, doña Eulogia.
-Sí, el paseo ha sido muy inspirador, le digo.
-Eres guapísima, Palmira, añado.
-Gracias, doña Eulogia.

Hace diez años que vengo pensando en ti. Desde que Ernesto y yo ya no volvimos a eso. En los últimos tiempos al pobretico el cuerpo se le fue aflojando como un odre y se quedó blando, inútil, incapaz tan siquiera de alimentarse por sí mismo sin ayuda. En estos diez años tampoco habrán sido más de 6 o 7 veces las que haya estado en tus brazos. Pero qué rubio, qué guapo, qué brillante al sol, como un Apolo, y qué polla, que Dios me perdone. En el taller de escritura me han aconsejado no dar rodeos cuando tenga claro lo que quiero decir. Mi suegra, que conocía a su hijo, me lo dijo en una ocasión:
-Mira, tú no seas tonta, para excitarlo dile al oído esas cosas que le dirían las fulanas en cualquier callejón oscuro.
La primera vez Ernesto me miró asombrado, incrédulo; a mí me temblaban los labios por la emoción de haber pronunciado aquellas sucias palabras, en las que ni siquiera había pensado antes. Desde entonces las esperaba. Lo sé. Había una gran diferencia de calentura si se las iba susurrando o no.
Pero los años hicieron que un día sonasen ridículas. De pronto dejaron de tener sentido y se convirtieron en una parodia, en la ridiculización de nuestro ritual. No eran otras que “quiero tu polla”. Luego su polla se convirtió en el colgajo inútil que yo le lavaba todas las mañanas con agua y jabón. Él, mientras lo secaba, me miraba con sus ojos grandes de toro manso y derrotado. Yo lo vestía, le ponía colonia y lo peinaba. Sin venir a cuento te vi por primera vez en un sueño. Apareciste como un dios luminoso, desnudo, armado con arco y un carcaj lleno de flechas. Me sometiste desde atrás, con un vigor que yo desconocía, mientras Ernesto roncaba a mi lado. Desperté creyendo que me había meado encima, pero con un leve roce de las sábanas volví a sentir ese vértigo ahí. Por la mañana me sentía culpable, incapaz de mirar a Ernesto a la cara. Todas las noches imaginaba que me visitarías de nuevo en mis sueños, pero pasó más de un año hasta la siguiente ocasión. Una tarde que volvía del supermercado, vi en un escaparate de una tienda de muebles un cuadro con la imagen de un arcángel que se te parecía. Compré el cuadro y lo colgué en nuestro dormitorio, pero tú eras mejor que aquella pálida representación. Era como mi hermana Teresa, ahogada con 16 años. Había la Teresa de mi mente o la Teresa de la fotografía que tengo en el salón.
Un día Ernesto y yo dejamos de volver a eso, pero estabas tú. Incluso te anunciabas en los periódicos. Guapo, rubio, dotado. Apolo.
Marqué el número y me temblaba todo el cuerpo mientras oía la llamada, pero cuando descolgaste fui incapaz de decir nada. Me quedé allí, sólo oyéndote, muda, hasta que colgaste aburrido.

Las imágenes que ilustran este capítulo son:

-I will not make any more buring art, de John Baldessari.
-Fotografía de la escritora Cristina Cerrada.
-Fotografía de la Baronesa Karen Blixen(1907-1955).
-Fotografía de George Platt Lynes a Yul Brynner desnudo en 1942.

sábado 20 de junio de 2009

Mairenada



En el año 1936 aparece en la editorial Espasa-Calpe Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, de Antonio Machado. Este tipo Juan de Mairena ya había sido reseñado en 1928 en la edición de las Poesías Completas, bajo el epígrafe "Cancionero apócrifo": “poeta, filósofo, retórico e inventor de una Máquina de Cantar. Nació en Sevilla (1865). Murió en Casariego de Tapia (1909)”.

Como Pessoa, Machado tuvo necesidad de “heterónimos” que llamó, a su modo, apócrifos, o complementarios, personajes que llegaba a asumir desde la distancia. En total se contabilizan 33, de los cuales los más conocidos son Abel Martín y su discípulo Juan de Mairena, el más importante de todos, además de uno que lleva idéntico nombre que el del poeta, Antonio Machado.

El personaje de Mairena se va consolidando en sus escritos hasta que aparece en el Diario de Madrid, desde el 4 de Noviembre de 1934 hasta el 24 de Octubre de 1935, bajo el título “Apuntes y recuerdos de Juan de Mairena”. Más tarde, desde el 17 de Noviembre de ese año hasta el 28 de Junio de 1936 esas colaboraciones aparecen en El Sol. Esos son los artículos que integran la edición que hemos mencionado arriba de Espasa-Calpe. Mairena reapareció en Hora de España, en enero de 1937, y a esa serie Machado la llamó en varias ocasiones “Mairena póstumo”.

El carácter fragmentario, desordenado e irregular de esos textos nos proporciona una lectura muy estimulante, con momentos en los que uno se podrá adscribir a lo que dice, o discutirlo, o matizarlo, o rechazarlo de plano.

Lo que propongo es sencillo:

Leer. Leer el Juan de Mairena. O releerlo. Cada uno.

Elegir un fragmento y comentarlo en igual o menor extensión.

Como ya han hecho tan amablemente Ellos:



Recaredo Veredas:

TEXTO DE JUAN DE MAIRENA
Las cabezas que embisten, cabezas de choque en la batalla política, pueden ser útiles, a condición de que no actúen por iniciativa propia; porque en ese caso peligran las cabezas que piensan, que son las más necesarias. En política, como en todo lo demás.

TEXTO MÍO
Esta incursión de la poética de Machado en el pensamiento maquiavélico, en los meandros de la política real, resulta sumamente curiosa. Y, sobre todo, muy diferente al pensamiento expuesto en el resto del libro. También destaca por su carácter críptico: ¿Quiénes son las cabezas de choque? ¿Quiénes las cabezas que embisten? ¿No somos todos cabezas de choque, aunque creamos lo contrario?

Antonio Senciales:

Dice Juan de Mairena:

‘-A usted le parecerá Balzac un buen novelista –decía a Juan de Mairena un joven ateneísta de Chipiona.

-A mí, sí.

-A mí, en cambio, me parece un autor tan insignificante que ni siquiera lo he leído.’



(¡Toda una manifestación! Yo quizás he pecado a veces de lo contrario. No habiendo leído lo suficiente a un autor me he permitido opinar sobre su obra. Supongo que sería recomendable no ser tan osado a veces, con lo cual deduzco que la osadía y la juventud no siempre marchan parejas. Punto digno de ser anotado).



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Dice Juan de Mairena:



‘La prosa no debe escribirse demasiado en serio. Cuando en ella se olvida el humor –bueno o malo-, se da en el ridículo de una oratoria extemporánea, o en esa que llaman prosa lírica, ¡tan empalagosa!...’



(Todos hemos alabado en diversas ocasiones este tipo de prosa porque resulta agradable de leer y suena bien a los oídos. Ante ella hemos reaccionado diciendo: ¡qué bonito! Creo que Mairena lleva razón cuando a la prosa le falta un poco de sal y pimienta, humor bueno o malo, como dice él.

Y se pregunta en este pasaje qué hubiera perdido el doctor Laguna, médico de Segovia, con pitorrearse un poco al traducir y comentar su ‘Dioscórides Anazarbeo’. Pensaríamos bien de él, como lo hacemos hoy pensando que es un sabio e intentaríamos leerle alguna vez.

Estas palabras de Marchena me recuerdan a personas que no escriben demasiado en serio (tú las conoces también) y otras que lo hacen de forma empalagosa e incomprensible para muchos de nosotros (coincidirías conmigo si te diera nombres, todos han pasado por TusRelatos.com asimismo).



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Dice Juan de Mairena:



‘Si alguna vez cultiváis la crítica literaria o artística, sed benévolos. Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin o conformidad con lo inepto, sino voluntad del bien, en vuestro caso, deseo ardiente de ver realizado el milagro de la belleza. Sólo con esa disposición de ánimo la crítica puede ser fecunda.’…



(Sigue hablándonos Mairena de la crítica malévola de los avinagrados y melancólicos tan frecuente en España…

Cuando he pretendido realizar crítica literaria, como lector principalmente, en mi ánimo ha estado siempre impulsar el relato, el cuento, la obra de aquél en quien veía mayor aproximación a ese ideal de belleza literaria.

Recuerdo algunos casos de TusRelatos.com, donde me encontré varias personas que podría nombrar, que encajarían en lo que estamos comentando).



Hay muchas más sentencias, donaires y apuntes que comentar, muchísimas más, que dejo para más adelante.



La muerte, por ejemplo, no ha sido ni de lejos una constante en mis pensamientos, ni incluso ahora que la tengo más cercana. Lo dejamos para otro día. La lectura de las sentencias y recuerdos de Mairena, aplicados personalmente a tu vida, da para escribir un libro…)




Enrique Páez:

"El tono que escojas para tu narrador tendrá consecuencias directas en la significación de la historia (cómico, frío, cómplice, distante...). Casi siempre el tono apropiado es el más natural, el menos impostado. Son errores frecuentes entre los autores primerizos los del uso de una lengua excesivamente formal (estilo frío, tipo BOE), o demasiado impostada y ampulosa (por una visión falsa de lo que suena a "literario", como sinónimo de barroco y pseudo-poético). El mejor lenguaje literario es el lenguaje natural y común. Recordando a Juan de Mairena, "Los acontecimientos consuetudinarios que acontecen en la rue" en lenguaje poético se escribe así: "Lo que pasa en la calle"."


Esteban Gutiérrez Gómez:

CITA
“No olvidéis que es tan fácil quitarle a un maestro la batuta, como difícil dirigir con ella la quinta sinfonía de Beethoven.”
OPINIÓN PERSONAL
Muchos pensarán que es cuestión de envidia, pero lo cierto es que todo lo fuerza la ignorancia, padre y madre del atrevimiento.

lunes 15 de junio de 2009

Diario de un hombre que corre. Apéndice.


Casi todo es una acumulación de palabras y sólo quedan las anotaciones, lo demás es como si se disipase. Se volatiliza lo que parecía real, quienes eran de carne y hueso. Aquellos que tenían quienes les persiguieran, quienes les amasen. Un hombre corre y cuando acaba su carrera una acumulación de hombres acaba con el primer hombre. Y luego la noche, la luna en sus diferentes fases.
¿Qué ocurrió? A fuerza de restregar el portero de la finca, a cuya entrada lo mataron, consiguió eliminar todos los rastros de sangre. Luego las palabras vinieron a nuestro encuentro como vendajes, como caricias, como ternuras después de los golpes.
"La vida, sin la desgracia, es insoportable." Anoche estalló la lámpara bajo la que leía Primavera sombría, de Unica Zürn. La desgracia nos pone los puntos sobre las íes. Un hombre que corre perseguido por el grupo de hombres que lo van a matar sabe lo que son las palabras, más que nadie confía en ellas, porque es consciente de que ya está empezando a disiparse. Mi propio rastro está en palabras que no me pertenecen: "Lo que hay que hacer es tirarse al agua, me decía, en vez de andar rondando el borde de la piscina. Yo opinaba lo contrario. Nada de ademanes demasiado bruscos, sino pasividad y morosidad, con lo cual deja uno que se le meta dentro, despacio, el espíritu de la zona." En el café de la juventud perdida, Patrick Modiano escribe estas palabras que me pertenecen, mientras un hombre que corre lleva 100 años corriendo y 100 años un grupo de hombres lo lleva presiguiendo para matarlo.
Investigo los bordes de la piscina. Con motivo de la publicación de una Antología de cuentos leo en El País que en Quito, allá por los años 20, un hombre pidió un cigarrillo y lo mataron a patadas. El escritor Pablo Palacio leyó el suceso en un periódico y escribió un cuento que tituló Un hombre muerto a puntapiés. La consiguiente búsqueda en Google enseguida me demuestra lo contrario que a una generación de escritores que se piensa novedosos y rupturistas. No hay escritura demasiado nueva, innovadora o avanzada.
Una noticia= un relato. La carne siempre se transforma en metáfora, sobre todo si es carne muerta. Miren: Procedimientos de ruptura en la narrativa de Pablo Palacio. Las condiciones de ilegibilidad de sus textos en la década del 30. Lucía de Leone.
El relato del ecuatoriano se abre con los siguientes lemas:"¿Cómo echar al canasto los palpitantes acontecimientos callejeros?" y "Esclarecer la verdad es acción moralizadora". Del diario El Comercio de Quito.
La gente honrada no quiere ladrones, estafadores o viciosos. Y para que la gente honrada esté tranquila tiene perros que vigilan y persiguen a todo aquel que echa a correr. La vida sin la desgracia resultaría, más que insoportable, absurda. ¿Qué sería de todos nosotros si nadie corriese detrás de quien echó a correr primero? La lista de los comercios por delante de los cuales el hombre que corre pasa es la siguiente: (todos cerrados a la hora en la que corre el hombre, cerrados a la hora en la que paso yo por allí corriendo, perseguido por las sombras de quienes corrieron detrás, perseguido por mí mismo):

Viajes Zafiro Tours
Calzados Asun
Carnicería La Hoz
Farmacia
Droguería Toi
Asador de Pollos Romerito
Modas María Caballero
Manicuras Cari
Unicaja
El Horno Boutique del pan
La Platería
Mercado de Huelin
Bazar Ceuta
Oportunidades Málaga

y los que hay en la acera de enfrente.

sábado 13 de junio de 2009

Diario de un hombre que corre 4


Post-mortem. Se muere uno y empieza a hablar como los curas y eso que yo en la escuela no hice mucho. No me gustaban los libros. Tú para lo que tienes mano es para el palustre, me dijo mi primo, el ignorante, lo sé ahora, entonces mi primo para mí era Dios. Joder con Dios, todavía no he dado con él aquí. Pues me dijo eso y que me fuera con él a la obra. Ganarás una pasta. La obra bien, pero con la crisis me quedé en la calle. Estaba cobrando el subsidio de desempleo, pero las deudas me comían. No sé. Pensé mal. O no pensé un carajo.
Había un niñato subido a una tapia medio derruida del campo de fútbol. C.D. Maravillas. De rojo. Le hice una pregunta. Ni me acuerdo qué fue lo que le pregunté, pero se limitó a negar con la cabeza. Se quedó estudiándome. Yo no quería que estuviese allí, pero no se marchaba. Tuve que meterme en mi nueva vivienda ante sus ojos de burla. Un coche aparcado, bien aparcado y abandonado allí mismo, seguro por quienes lo robaron.
Mientras estudiamos el plan, yo como ladrón que va a dar un palo, o tú, como escritor que te documentas, se acerca un tipo, a ti o a mí, que sufre ataques de epilpesia, humillado ante una latita con la que pide la limosna. En la que ha puesto un cartelito: "Me han robado 200 euros".
-Por aquella puerta se cuelan y duermen dentro, dice, señalando el local vacío y abandonado, entre el Bazar Oriental y el estanco.
Y luego cuenta que un matón lo amenaza a diario echándole el humo del cigarro en la cara.
Por último saca el papel donde lleva el registro de todos los robos que dice haber sufrido a lo largo del último mes, entre otros por parte del pescadero.
200E
400E
500E
300E
900E
Se apoya en unas muletas y lleva guantes de conductor para conducirlas. Tarado o no.
Post-mortem se saben cantidad de cosas, pero no todo. Algunas clarividencias como la de que el primo era gilipollas. Aumentan los puntos de vista. Lo que pasa es que a buenas horas, mangas verdes. Si la negra se enterara que me han entrado ganas de aprender a bailar. Volví al pueblo con mis negritos después de que mi padre se muriera, que mira que dio por culo. Aquí sigue sin hablarme. Así que eso de que la muerte lo arregla todo no va a ser cierto. Dice que sabe lo que he hecho para estar aquí.
-Dirás lo que me han hecho a mí, le digo, me persiguieron 4 o 5 y me molieron a palos.
Pero es un hombre que no atiende a razones. Sus ideas post-mortem siguen siendo muy cortitas.
Lo que aún no me explico, no ya como hombre que corre, sino como su voz o alma, es de donde sacaron las piedras y la rabia para tirarlas. A lo mejor era su modo de celebrar que el Barcelona acababa de ganar la Champions League hacía minutos. Yo, por el camino, mientras corría, no vi nada con lo que defenderme. Me volví y los amenacé con el martillo, o con el cuchillo, que llevaba en la bolsa de deporte. Creía haberlos dejado atrás, pero repasando la secuencia de los hechos con un ángel he descubierto que:
1, no los había perdido, porque 2, no había llegado a sacarlos del todo durante el atraco.
Me limité a gritar:
-Todo el dinero, metiendo con dulzura la mano en la bolsa, como si allí hubiera un conejito que pretendía sacar de las orejas.
O quizás dije:
-Esto es un atraco.
Pero me salió un balbuceo, con el acento muy cerrado de mi pueblo, El Burgo, que resultaría incomprensible, aunque en absoluto la intención.
-Al ladrón, gritó alguien, y salí por patas.
Detrás de mí una pequeña multitud excitada quizás por la victoria de su equipo adoptó una medida extrema. No querían que cosas así ocurrieran ante sus narices, en el barrio.
Tiene cojones todo. Post-mortem inclusive.

viernes 12 de junio de 2009

Diario de un hombre que corre 3


El domingo 31 de Mayo (2009) salió en El País el reportaje de Juana Viúdez, ilustrado con dos fotografías a color. En una de ellas el féretro en el que era transportado camino del cementerio el hombre. En otra, el interior del vehículo en el que, según algunos vecinos observadores (un chico montado encima de una tapia es uno), el hombre llevaba viviendo unos días. Muy cerca de donde cayó apaleado. En el reportaje se dice que Miguel. Aquí el hombre que corre. Dice que frecuentaba el bar El pasaje de la barriada obrera de La Luz. Le pregunté a mi padre si le sonaba el bar. Mi hermano tampoco lo conocía. Según las Páginas Amarillas estaba en la calle Alcalde Joaquín Alonso. Ya no es La Luz, sino Vistafranca. La geografía de la Carretera de Cádiz también necesita de sus expertos. Viví un par de años en esa calle después de regresar de Almería a Málaga para dar clase en un instituto. Y ahora no vivo lejos, hacia la playa, en la zona pija. De modo que me pasé por El Pasaje, pero estaba cerrado. Por la tarde, L y yo después de recoger a los niños y de comer en casa de mis padres fuimos con ellos al Museo Picasso, gratuito cada último domingo de mes.

No sé qué edad pueda tener el hombre que corre, pero Miguel tenía 37 años. Esa edad está bien. Y 1,80 de altura. Un tipo fornido. La verdad es que da igual lo alto o bajo que sea un hombre para serlo tendido en el suelo, muerto. Siempre será demasiado largo. Así se puede despachar el asunto, a lo literario, pero quizás muerto un hombre, por muy largo que sea tendido, sea muy poca cosa. A lo económico. En el paro, con hipotecas, etc, vete tú a saber. El hombre que corre, al igual que Miguel, es un obrero. Obreros de todo el mundo, corred. Corred, pero no os dejéis pillar por los obreros que os sueltan sus alientos amenazantes en la nuca. Corred sin descanso como si llevarais detrás una jauría de hombres con palos y piedras, obreros como vosotros.

Espero que esta historia no ponga sólo en ridículo a este escritor. Espero más de un suceso como el ocurrido.
De cualquier manera no hacía falta ser un gran fisonomista para ver en la primera fotografía un parecido común entre los hombres que transportaban la caja, dentro de la cual iba Miguel. Miguel y también el hombre que corre tienen 7 hermanos, 6 de ellos varones. Hombres de campo, rostros curtidos, manos abiertas que sujetan la caja posada en sus recios hombros.

El lunes día 1 de Junio tuve que ir a comprar un transformador nuevo para el portátil. En la tienda de informática atendía un dependiente engreído y displicente, con aires de suficiencia. Y tuve que hacerle la pelota en vez de mandarlo a la mierda para que me encargase el chisme adecuado, después de varias idas y venidas, trayendo y llevando el portátil y su cable. De allí se me ocurrió ir al bar El Pasaje, adonde llegué derrengado, con la bolsa del ordenador al hombro. Me subí a un taburete y pedí una CocaCola. La tele mantenía un volumen ensordecedor, pero nadie parecía incómodo. La mujer que atendía la barra se levantó desganada de una silla de plástico para ponerme el refresco. Un par de jubilados, uno viejo y otro joven disputaban acerca de la posibilidad de perder sus pensiones debido a la crisis. En una de las paredes había fotos familiares de niños guapos. La pata del jamón estaba seca. El cautivo arriba con las manos entrelazadas. Y en una de esas, en la televisión apareció una noticia sobre Falete. En la esquina contraria a la mía un obrero de voz estentórea, rota y vinosa, hizo una broma que nadie le celebró, sobre Falete y lo que él le hacía a Falete y su gordura. Tuvo gracia, una gracia de mal gusto, pero eficaz. Quizás este no sea el bar al que se refería Juana Viúdez en su reportaje, me dije. Quizás Miguel frecuentara otro bar. Pero el hombre que corre podría frecuentarlo sin duda. Ese y otros cientos como ese. Terminó la noticia sobre Falete y la siguiente era sobre el hombre que corre. Mejor dicho, sobre Miguel. Lo que pasa es que lo llamaron Manuel. Enseguida el obrero se encaró con el aparato de televisión:
-Manuel, ahora se llama Manuel, gritó, indignado por el lapsus, a mayor volumen, si es que se podía, que la tele.
Las imágenes correspondían a los comercios de la calle vecinos al bar. A una tienda de congelados.
- En la primera no te sacan, le grita ahora el obrero a la mujer que atiende el bar.
- A mí me han sacado esta mañana en Antena 3 y en Tele 5. He hablado con Ana Rosa en su programa.
- Ah, ah, por eso hoy llevas los labios pintados. Mira, esa de ahí es mi furgoneta, dice señalando las imágenes, ahora podré venderla más cara, ha salido por la tele.

Luego arremete de nuevo.
-En este país sólo hay hipócritas, dice. Ahora Manuel, recalca el nombre erróneo con ironía, era buenísimo, un santo. Todos hablando de él y nadie lo conocía, nadie habló con él nunca. Ni la de los congelados ni el de la droguería.
-Yo sí que hablaba con él y lo conocía, dice la mujer del bar, con sus labios pintados, que en un principio no me habían llamado la atención, pero ahora sí.
-Pues a ti no te han sacado, mira por dónde. Pero cuando no sabías que era él, bien que dijiste que te parecía bien que lo hubiesen matado por robar. Y desde que sabes que el muerto era él no haces nada más que decir lo bueno que era.
-¿Y por qué no voy a decir lo que sé si me preguntan? Además no robó nada. No le hacía mal a nadie, venía aquí, sacaba tabaco de la máquina y se iba o se quedaba y se bebía un pelotazo. Si se pasaba con el ron lo más que hacía era pegarle unos puñetazos a esa máquina, pero en cuanto le regañaba se apaciguaba. Tenía mal beber y él lo sabía. Acuérdate cuando la negra lo encerró arriba para que no pudiese salir. Echó la puerta debajo de una patada. Pero nunca le hizo daño a nadie.
-Pues habla tú, pero que no le pregunten a la tonta de los congelados.

En estas entró y se sentó a mi lado el comerciante que me había vendido hacia unos meses el colchón en el que duermo. En dos sorbos se bajó un whisky. Salió y tras él lo hice yo. Llegué a casa a tiempo de leerles a S y P el cuento de antes de dormir.