
Me encanta el fútbol por la televisión. A veces Esperanza está en el palco de las autoridades. Soy del Betis, manque pierda.
-¿Pero qué tienes tú que ver con ese equipo?
-Un día sentí sus colores, fue de repente, igual que quien siente una revelación. Ahora tienen un entrenador que se inspira en el libro El Arte de la Guerra, de Sun Tzu. Ha dicho, lo he leído en el periódico y lo he apuntado para traerlo aquí: “Los fracasos no existen. Son simplemente hechos que forman parte del vivir.” ¿Qué más quieres?
Me siento delante de la tele e identifico a los jugadores de los dos equipos. Sé todo lo que puede saberse sobre ellos. Son como los héroes de Homero. Palmira es del Madrid.
-Se lo diré a mi hermana, a ver si de esa forma te arregla cuanto antes lo de los papeles.
-¿Doña Esperanza es del Madrid?
-De toda la vida, hija mía, le digo.
-Yo de toda la vida también, doña Eulogia, como mi papá. Desde que veía con él los partidos en Cabo Verde. Nunca conocí a nadie del Betis, en mi país, todos, o del Madrid o del Barça, pero en la patera venía un muchacho con la camiseta de Argentina de Maradona, el número 10.
-Bueno, chica, ese ya es otro asunto. Una religión diferente. Yo no. Me considero católica, no practicante, pero al fin y al cabo católica desde el punto de vista cultural, bética hasta la médula.
Los días que hay partido Palmira me deja un sándwich y yo me abro una lata de cerveza.
El otro día Carlos, a la vuelta de un viaje de negocios, me trajo una bufanda verdiblanca.
-¿Y esto?
-Es un regalo, de tu equipo, ¿no?, me dijo.
-Ah, vale, vale.
Tardé más de diez minutos en reconocer aquellos colores y en saber que soy del Betis, pero creo que Carlos no se percató.
Aunque a veces no lo recuerde a la primera soy del Betis y me encanta el fútbol por la tele. A pesar de que empiece a ver un partido y no reconozca lo que es hasta que se pita la primera falta. Cuando le doy el primer sorbo a la lata se me hace una luz dentro:
-Vamos, vamos, chicos, corred, vamos, les digo.
Allí me parece verlos a todos en el campo, delante de las vallas publicitarias, con Aquiles y Héctor en duelo. El balón sale desde el medio del campo y llega hasta el área contraria.
-Por poco, no me jodas.
-Por favor mamá, pareces un hooligang, me dice, o mejor dicho me decía Carlos.
Querida profe Cristina:
Hace unos días me encontré con un libro tuyo entre las manos. Me sonó mucho tu nombre, hasta que caí en la cuenta de que eras tú. Miré la solapa y allí estabas con la barbilla apoyada en los nudillos. Qué discreta eres, has ganado un premio y no nos has dicho ni mú. No lo tengo todavía, porque en ese momento no llevaba dinero encima. Volví otro día pero ya no estaba, lo cual quiere decir que alguien lo había comprado. No obstante, cuando fuí a pedirlo no conseguí recordar no ya el título del libro, sino tu nombre, lo que espero que no te siente mal, ya que conoces cuál es mi problema, siendo precisamente esta una historia acerca de él, por lo que me parece oportuno dejar constancia aquí de un episodio que me causó un gran bochorno. Lo he solucionado poniendo tu nombre en un posit que llevo siempre encima, adherido a un lado del monedero. Ya ves, como si no supiese en absoluto quién eres. ¡Me da una rabia!
Julia cree que se lo hago a mala idea. El cordero, porque no le gusta. Pero es que de una vez para otra, con lo poco que vienen por aquí, ya no me acuerdo de si lo que no le gustaba era el pollo o el cordero. Yo preparo cordero porque me parece que es mejor plato. Lo hago con ciruelas y con almendras. Y claro, Carlos me dice en la cocina:
-Mamá, Julia no come carne de cordero.
-Ay, hijo, pensé que era el pollo lo que le repugnaba.
-No, mamá, es el cordero.
-Bueno, que lo pruebe, seguro que dice que no le gusta y no lo ha probado.
-Sí lo ha probado, mamá, precisamente la última vez que estuvimos aquí comiendo, y lo vomitó todo.
-Pues no sé qué hacer ahora, hijo, me he pasado horas en la cocina.
Julia se sirve un poco de ensalada y no toca la fuente donde está la carne.
-La verdad es que este plato me sale para chuparse los dedos, ¿verdad?
-Te sale muy bueno, Eulogia, aunque a mí es una carne que no me gusta.
-Ay, hija mía, lo siento, siempre pienso que es el pollo.
Prefiero que piensen que soy mala y retorcida a que se den cuenta de que mi cabeza da estos patinazos.
Luego tomamos la tarta que ellos han comprado. Una porción cada uno. Queda más de media en la bandeja. Adivino que a Julia le apetecería llevársela a casa para que sus hijos, mis nietos, la probasen, pero no sé qué me han dicho de unos campamentos urbanos, por lo que esta vez tampoco han podido venir a verme. Cuando recojo la mesa me ocupo de llevar la tarta sobrante al frigorífico. De donde no pienso dejar que salga, evidentemente.
Al día siguiente se lo cuento a Palmira, que es la que me ha enseñado a preparar el plato, y se ríe de un modo amistoso y abierto:
-Doña Eulogia, es usted muy mala.
-Ya me gustaría a mí, pero es mi cabeza, hija. Te lo prometo. Mis amigas están igual.
Adela nos ha invitado en el Palace, como todos los años. En una tarde se gasta el regalo en contante y sonante de una sobrina que no es sobrina suya, pero lo que se suele decir, para que la familia vea, su sobrina de sangre a duras penas la llama por teléfono para felicitarla. Una merienda para doce con su copita de cava al final. De lujo. Adela ya no le da importancia a los que cumple. Maribel ha hecho un brindis muy bonito, algo absurdo, a su estilo:
-Es maravilloso que estemos aquí reunidas, gracias a la generosidad de nuestra amiga Adela, año tras año. Esta misma mañana sabiendo que me tocaría a mí hacer el brindis empencé a pensar lo que podría decir mientras buscaba por toda la casa el monedero, que había guardado en alguna parte sin recordar dónde. Ya había construido un emotivo discursito en mi cabeza, cuando dí con él. Todo ese tiempo el monedero había estado delante de mí, sobre la mesilla de noche. Pero yo no lo podía ver, porque estaba empeñada en que lo había guardado en cualquier otra parte. Eso es algo que suele pasar. Ahora nos tenemos todas aquí, en torno a estas delicias, no nos empeñemos en buscarnos en tiempos mejores o en lugares recónditos. Podemos vernos unas a las otras, podemos tocarnos y besarnos, queridas, fuera de este salón todo lo que hay es, en este momento, irreal. Felicidades, Adela, de parte de todas, a la salud de tu buen humor y de tu generosidad. Y que cumplas muchos más.
-A mí me pasa lo mismo, a veces pierdo las gafas y resulta que las tengo puestas, le dije yo por lo bajo a Ana.
Encarna terció en la recién iniciada conversación.
-Yo me he apuntado a un taller de memoria.
A coro todas comenzamos a entonar el Cumpleeeaños Feliiiz, mientras Adela sonriente y achispada ya por el vino que había tomado, nos saludó con un gesto breve, pero cariñoso.
-Es que un día tuve que coger un taxi para volver a casa. Y estaba al lado, pero perdí de repente todo sentido de orientación, añadió Encarna. En una calle que conozco desde hace 30 años. La verdad es que me asusté.
La reunión en sí ha sido deprimente, a pesar del buen humor que todas las amigas de Adela han desplegado para pasarlo bien. Septuagenarias y octogenarias con artritis, diabetes, osteoporosis y manías. Un ramillete de pasas sólo para paladares perturbados. Me he prometido no volver el año que viene, o bien la próxima vez que encuentre a Adela por la calle arrojarla al tráfico.

Cuando veo en una de esas películas que ponen por la tele que alguien entierra algo, pienso que de haberlo hecho, yo no sería capaz de señalar el lugar exacto, y sin embargo, enseguida aparecen unos huesos. Durante la guerra mi padre escondió las joyas familiares en el jardín. En la familia hubo siempre versiones distintas y contradictorias sobre el papel que jugó papá en la guerra. No está claro ni siquiera el bando en el que luchó, porque en la posguerra alegó ciertos méritos con los que pudimos mantenernos en una discreta posición social. Luego, a la muerte del dictador y con la venida de la democracia, también pudimos echar mano de una integridad sin mancha para situar a algunos miembros del clan en lugares destacados. Como Esperancita, cuando dijo que se metía en política. De buena familia, y sin excesiva contaminación por aquello que se llamaba el Régimen, como si fuera lo Único, y es que lo era. Las familias con tradición saben que lo Único un día deja de serlo, así que están preparadas para mantenerse a flote hasta en los ambientes más sutiles. Esperancita enseguida empezó a destacar como figura pública por sus dotes oratorias. Luego se vio que también era capaz de tomar decisiones y de mandar. Hasta que mira tú, nuestra Esperancita, papá y mamá ya no estaban para verla, para disfrutar ese éxito, Presidenta de la Comunidad Autónoma. A mí me hace tanta gracia verla a veces, que se me antoja que no es ella, que han puesto en su lugar a una que es la doble. El otro día, durante el partido de futbol que seguí por la tele, estaba en el palco de autoridades. Se lo dije cuando hablamos por teléfono:
-¿Qué te pareció el partido? Le pregunté.
-Aburridísimo, me dijo.
-¿Qué tal la merienda?
En el palco de las autoridades siempre hay canapés y buenos vinos a cuenta del contribuyente.
-Eso sí, muy rica. Pero mira, necesito que tu empleada Palmira envíe una serie de documentos para que le tramiten los papeles.
-No creo que tenga ningún papel que la acredite.
-Es necesario, si no poco se puede hacer.
-Coño, Esperanza, no me jodas...
-Eulogia no hables así.
-Oye y qué es eso que leí que estás en contra de la ley de la memoria histórica. Hay que recuperar la memoria sea como sea.
-A veces es mejor no abrir heridas que están cerradas.
-¿Quién te dijo que las heridas se cerraron?
-Es una cuestión de convivencia, no podemos volver atrás.
-Todo lo contrario, hermana, lo único que se puede hacer con cierta decencia es echar la vista atrás para ver lo que hicimos y entender lo que hemos sembrado. Y asumir aquello que nos encontremos. Acuérdate de las joyas que papá enterró en el jardín.
-No entiendo, ¿qué tiene eso que ver?
-¿Tú las hubieras dejado allí para siempre? Uno de los broches que más sueles ponerte estuvo años bajo tierra. Esa pieza tiene su historia y su leyenda.
-Hija, no es lo mismo.
-Claro, no es lo mismo. Qué cara más dura.
-Eulogia si vas a empezar así te cuelgo.
-No te preocupes que ya te cuelgo yo.
Vete a la mierda, dije con el teléfono colgado. Y supongo que ella dijo lo mismo en su despacho.
Llamé a Palmira y le dije:
-Te invito a tomar el aperitivo fuera.
-¿Ha hablado usted con su hermana?
-Ay, hija mía, cómo me conoces ya.
-¿Han discutido ustedes por mi culpa?
-No, Palmira, no te preocupes, ha sido otra cosa. Historias del pasado. ¿Tú tienes algún tipo de papel o documento?
-Nada, doña Eulogia, si nos pillan y nos encuentran algún papel encima estamos perdidos.
-Está bien, claro, lo entiendo.
Lo que nos explicó Encarna el otro día en la merienda de señoras es que se aprendían unos trabalenguas de memoria y luego los iban recitando entreverados con refranes populares, mientras preparaban sushi y tempura. Supongo que para que no se confundiese su taller con los organizados por los de los servicios sociales del ayuntamiento, que iban dirigidos a los hogares de pensionistas de barrio, donde muchas de las mujeres apenas sabían leer y habían desarrollado su formación intelectual en la cocina, entre cocidos y guisos de lentejas. Al fin y al cabo el arte culinario nipón había calado entre los paladares más exquisitos. Pero independientemente de la posición social todo el mundo desea encontrar las llaves, el monedero o la pluma. Nadie se siente seguro si caminando por la calle se topa con un familiar y no es capaz de recordar su nombre. Ni siquiera el parentesco que les une. Imagínate que pongo aquí la receta de la tempura de una mujer que ha visitado Japón con su esposo. Pero una mujer distinta, Palmira, jamás usará pesos ni medidas exactas, no necesitará las pautas de una receta escrita, bastará con que se le explique cómo se hace. Una mujer como Encarna no se saldrá jamás del guión y tendrá siempre a mano una balanza de precisión para pesar las cantidades, un temporizador que le avisará cuando hayan pasado 5 minutos y todo tipo de probetas para los líquidos. La mejor tempura y el mejor sushi de esta ciudad lo prepara una caboverdiana sin papeles que se mueve por mi casa como una pantera salvaje. Le leí las recetas sacadas de internet y al día siguiente las preparó. Mi negra es una geisha.
-Doña Eulogia, a lo mejor a su nuera le gusta este plato.
-Seguro, Palmira, seguro que este le gusta.
-¿Y por qué no se lo pone la próxima que venga a comer, en lugar del cordero?
-Porque mi nuera lo que detesta es el pollo. Pero tienes razón, enseñame a prepararlo. ¿Es típico de tu país?
-No, doña Eulogia, me explicó usted que era comida japonesa.
-Muy buena la comida japonesa, he de apuntarlo en alguna parte, comer comida japonesa.
Estos pendientes eran de mi madre, de mi madre, de mi madre. Y antes fueron de mi abuela, de mi abuela, de mi abuela. Y estas lágrimas son mías, mías, mías. No me da mucha pena no acordarme de ciertas cosas, no reconocer ciertas caras, confundir las direcciones, pero siento en el alma una pena infinita por el día en el que no sepa a quién pertenecieron estos pendientes. Lloro por entonces, cuando ya me de igual, cuando estos pendientes dejen de ser estos pendientes con toda su historia detrás. Estos pendientes junto con otras joyas, que a veces también luce la Presidenta de la Comunidad Autónoma, formaron parte de un tesoro escondido en un jardín. Un tesoro que alguien acertó a señalar bajo tierra, mi padre. Yo no estaba delante, pero supongo que se dijo a sí mismo:
-Manolo, cava ahí.
Papá hablaba mucho consigo mismo en voz alta. Y allí estaban. Estos pendientes que ahora me cuelgan de las orejas descolgadas. Lo más feo de la vejez no son las orejas. Hay otras cosas. Pero mira que se ponen feas las orejas. También es posible que papá cavase en un punto y no encontrase nada enterrado. Lo veo sudando de repente. Papá, en cuanto se ponía nervioso, se echaba a sudar y le picaba todo el cuerpo. Lo veo rascándose la espalda y volviendo a cavar en otro punto. Intentando pensar dónde exactamente había enterrado las alhajas de la familia tres años atrás. Después de un par de intentos quizás podría pararse a pensar. Sería un buen efecto dramático. Papá bañado por la luna en el jardín descuidado, lleno de maleza, puro abandono. A ver, Manolo, piensa, hombre, no te pongas nervioso. Pero conociéndolo, aunque para el suspense de mi novela le venga mejor que no dé con el tesoro sino tras varios intentos, apuesto que cavó y allí estaba el cofre. Quitadle también la luna, papá volvió a una casa de la que había huído, una casa que había sido un cuartel general, y actuó envuelto por la sombras de la noche. Me pongo los pendientes, me miro en el espejo, y a pesar de las orejas, me encuentro hermosa, a pesar también de las mejillas blandas como gachas, a pesar de los pliegues del cuello. Hasta que caigo en la cuenta de que mi belleza reside en los pendientes, más exactamente en la historia que guardan en mí. Una historia que pronto ya no recordaré. Me bebo las lágrimas y me digo que lo que tengo que hacer es contarla.
-Está usted muy guapa hoy, doña Eulogia, me dice Palmira.
No los llevo puestos, pero imagino que siguen irradiándome su luz, que la negra es capaz de ver. Pobretico Carlos, cuando vea que su Julia se queda sin ellos. La vida en ocasiones es como un planeta en el que acaba de desaparecer la última sensación de calor, de acogimiento, un planeta frío, como una de esas comidas que frías son intragables y sin embargo nos la tenemos que tomar, porque no hay otra cosa. Como dice el refrán o la canción: no la he inventado yo. La veo. Y me jode. O me joroba, como dicen mis amigas. Pobretico Carlos, en definitiva.
Ahora quiero contar la historia del broche que el otro día llevaba Esperancita en una solapa. Pudo ser el día del partido en el palco de las autoridades, o quizás cuando los periodistas la sorprendieron en el mercadillo de Nuevo Futuro, una de esas reuniones absurdas de señoras bien que se compadecen de los sufrimientos del mundo, o cuando hizo aquellas declaraciones contra un rival político de su mismo partido. No me extrañaría que ni siquiera hubiese llevado el broche encima, pero el caso es que yo se lo veía puesto. Doña Esperanza viene a decir de mí lo mismo que de su rival político, que me invento lo que veo. El cuento podría titularse el broche de doña Esperanza. Un broche que muy pocos podían ver, sin que por eso pudiese ser considerado un broche invisible. A veces doña Esperanza creía que no lo llevaba puesto y estaba equivocada. Allí estaba el broche, una hermosa joya familiar con una historia de secretos y ocultamientos.
-Me alegró mucho verte ayer por la tele con el broche de mamá, le decía doña Eulogia, su hermana mayor.
-Te confundes, querida, hace años que no me lo pongo, contestaba doña Esperanza.
-No digas eso, querida, en los últimos meses ya lo has llevado en más de una ocasión.
Estaba claro que era un broche sutil, de ambigua naturaleza, un objeto incrustado en un mundo invisible, opaco, como uno de esos volúmnes escultóricos que desaparecen en otro mayor. Una vez estuve en un museo al aire libre, en plena dehesa extremeña. Había grandes Dodges americanos que se perdían dentro de unos enormes cubos de cemento. No sé si me explico.
El broche de doña Esperanza es un punto de vista.

Papá recibió de su madre, mi abuela, el encargo de salvar las joyas de la familia del pillaje en tiempos de revoluciones. Papá no tuvo mucho tiempo. Había unas tropas que se acercaban a la casa. Le pidió a las criadas un par de ollas. Luego temió que las criadas se imaginasen algo y las mandó de vuelta. Pero pensó que ya las había alertado. De cualquier forma todo lo hizo apresuradamente. Finalmente usó dos maletas de viaje con las iniciales del abuelo, una dentro de la otra, y en el último hueco el tesoro envuelto en unas enaguas, también marcadas por unas iniciales. En efecto, a la mañana siguiente, después de haberlas enterrado, llegó un batallón con un apuesto comandante al frente. Se instalaron en la propiedad y montaron un cuartel de maniobras, que en los siguientes meses habría de convivir con la familia. Papá no dejaba de vigilar todo lo que ocurría dentro de los jardines ni las idas y venidas de las criadas, que no tardaron en ser seducidas por aquellos jóvenes guerreros con cierta urgencia en la mirada. A pesar de sus temores y algún sobresalto circunstancial el lugar del enterramiento permaneció todo ese tiempo intacto y lejos de los intereses de aquella tropa.
¿Qué os parece?¿Y a tí, Esperanza? Supongo que pudo haber sido así. A veces me imagino cosas. Cosas que hacen la historia un poco más emocionante. Una criadita joven se rebela contra su destino. Tiene derecho a hacerlo. No le cuesta ningún trabajo suponer que papá está intentando quitar las alhajas de enmedio. Hay un juego de tocador que ya no está en el dormitorio y ha visto al señor merodeando por el jardín. Es una chica hermosa y presumida. No por fuerza ha de ser envidiosa ni celosa de la señora. No todo tiene por qué ser un querer vengarse de esas personas, que al fin y al cabo no le hicieron nada malo, todo lo contrario, la acogieron en su casa y la trataron bien, a pesar de la paga mísera. Pero tenía cama y comida. Puede ser su oportunidad. ¿Dónde encontró su oportunidad la familia a la que sirve? ¿Acaso no se habló alguna vez en su presencia, como si no existiese, de cierto comercio durante la gran guerra mundial? Es una chica lista, poco instruida, pero orgullosa. La imagino pendiente de papá. Observadora, intentando averiguar sólo con la mirada. Diciéndose para sí: ahí va otra vez el señor, a darle vuelta a su tesoro. Pero no me la imagino contándole sus suposiciones a nadie. Hay un sargento que la busca por los rincones de la casa, que la sorprende en mitad de sus tareas. Un sargento simple como un huevo sin sal, pero fuerte como un toro. Me pongo a imaginar y podría estar horas escribiendo lo que se me ocurre, pero he de centrarme. El broche de doña Esperanza estuvo años fuera del alcance de criaditas ambiciosas. Según papá, dentro de la olla en la que se preparaban callos. Pero mamá no podía tolerar semejante humillación.
-Manolo, eso no es cierto, ¿por qué lo repites como si fuese verdad? Las joyas estuvieron guardadas dentro de dos maletas.
-Envueltas en unas enaguas tuyas, no lo olvides, pero en el interior de una olla.
-Este hombre es imposible, lo cuenta todo como le da la gana y se inventa la mitad de las cosas.
-En eso, querida, somos muy parecidos; en todo lo demás, diferentes, solía responder papá.
Los pendientes de doña Eulogia, esto es, míos, mira tú por donde, papá, que estás en el cielo, esta vez van a ir a parar a manos que se ocupan de fregar, cocinar y limpiar. Espero que no te importe demasiado. La parte de las joyas que le correspondió a Esperanza, descuida, ésa, está más segura. A buen recaudo en una caja fuerte.
Querida profe Cristina:
Acabo de entrar en mi correo electrónico y ahí, hoy, sin esperármelo, me he encontrado con tu corrección del segundo capítulo de La novela de Eulogia. Ay, qué alegría más inesperada. Le he dicho a Palmira que por favor pasara la aspiradora en otro momento, y aunque ha protestado por lo bajini, me ha hecho caso. Antes de ponerme a leer me he servido un poco más de té y he ido a buscar la cajetilla de cigarrillos, que escondo detrás de la Biblia. Para fumarme uno después de leer tus comentarios, para pensar en lo que me dijeses. Te escribo en la propia novela, ya que me leerás pronto. He fumado mirando el mar. Realmente lo que me apuntas es apropiadísimo. Me viene a la cabeza esa teoría de los, nunca sé si son 6 o 7 pasos. La que dice que entre todas las personas del planeta se puede establecer una tela de araña, en cuyas redes todos estamos interconectados por esos 6 o 7 pasos. Escribes que si soy hermana de Esperanza X (omito el apellido, ya que en mi novela sólo doy los nombres de pila), y ella, Esperanza X, es prima lejana de tu marido, yo tendría ese mismo parentesco con él, y por tanto tú y yo estaríamos emparentadas políticamente. Ay, querida, qué emocionante. Nada me gustaría más que eso fuese así, porque he de decirte que creo que me caerías estupendamente. Pero lo lamento muchísimo, supongo que hemos de buscar la conexión por otro lugar. No soy hermana de Esperanza X, que también es presidenta de una comunidad autónoma. Aciertas al decirme que mi novela se desvirtuaría con un personaje de parodia, como podría ser esa Esperanza X, que el lector conocerá de sobra por vías extraliterarias, caracterizada por mecanismos que nada tienen que ver con el desarrollo de mi historia. Y he meditado lo de cambiarle, como me propones, el nombre a mi hermana para que no haya ese tipo de malentendidos y desplazamientos en la esencia y el sentido de lo que quiero contar. Durante un buen rato he ido escribiendo nombres en mi libretita. El primero ha sido Fé. Podría llamarla Fé, pero no acaba de encajarme. A pesar de que esto es una novela, la escribo con mi nombre real. Me llamo Eulogia, dije para tirar del hilo. Y mi hermana se llama Esperanza. Y mi padre Manolo. No podría hablar de ellos con otros nombres. Mira, no sé si existe el recurso de avisarle al lector de que el personaje de la historia no tiene nada que ver con el de la realidad, aunque compartan el mismo cargo y nombre de pila. Tampoco sé si es oportuno hacerlo aquí. O sí hacerlo es eficaz. No quiero que te hagas de mí una opinión negativa, que me tomes por una mujer tozuda y obstinada, aunque reconozco que puedo serlo. He meditado tu propuesta y lo he intentado. Pero hay una última idea que no se me va de la cabeza. ¿Y dentro de 20 años? ¿Quién se acordará de Esperanza X, Presidenta de la Comunidad Autónoma? Si entonces alguien leyese mi novela, imagínate que uno de mis nietos la encuentra en un cajón y se deja llevar por los desvaríos de esta vieja desmemoriada, a la que no le hizo ni puñetero caso en vida, sólo existiría mi Esperanza, Esperancita de mi alma, Presidenta de una Comunidad Autónoma, que tantos contratiempos me trajo, incluso este mismo de poner sus dificultades para armonizar con ese tono íntimo del resto del relato, que tú me apuntas, querida Cristina. He de decirte, para terminar, que le he pedido a mi hijo Carlos tu novela como regalo. El pobretico me regala todo lo que le pido. Un beso.
Las imágenes que ilustran este capítulo son:
Referencia fútbol de Google.
Fotografía sobre el descubrimiento del tesoro de Villena.
Maletas y muebles, de Cristóbal Toral.











