
Le Stryge, 1853. Foto de Charles Nègre. Museo de Orsay.
Los paraguas son a veces víctimas de extrañas perversiones. Mi amigo C...d'O... le contaba un día al doctor M..., delante de mí, que tenía la manía de coger los paraguas de sus mejores amigos. Entonces - y éste es el punto interesante de esta singular psicopatía- acudía a un comerciante y le encargaba desenroscar y sustituir la contera del paraguas. Cuando, días después, se volvía a encontrar con el amigo despojado, le hacía admirar su nueva adquisición, le explicaba sus cualidades, le desvelaba sus encantos, le animaba a palpar, acariciar y agasajar con la mano el paraguas en cuestión, y luego le daba golpecitos con él en las piernas diciéndole: "¿No es precioso el paraguas? Lo acabo de comprar. Usted carece de gusto para elegir algo así; ¡oh, qué grosero es el suyo! Mire bien el mío:¿no tiene un cuerpo admirable? Es suave para la mano, y ligero, y bien hecho."
Y el amigo, inquieto, que solía reconocer su bien perdido, se agachaba sobre el paraguas de C... d'O..., examinaba cada uno de sus repliegues, pero no osaba afirmar nada pues la contera era diferente.
Marcel Schwob “Ensayo sobre el paraguas”, recogido en Mundos Terribles. Relatos y crónicas inéditos, el olivo azul, 2007, pág. 98.