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martes, 20 de mayo de 2008

Bigote de fiambre

Imagen tomada de xahuistle.blogspot.com/ entrada: 5-12-06

Adela fue siempre la que tomó ciertas decisiones que nos concernían a todos los hermanos. En aquella ocasión tenía en una mano la nariz de papá. Tiraba de ella hacia arriba. Y en la otra una maquinilla de afeitar. En el aire. Nos miraba. Sonreía.
-¿Qué os parece? Ahora el viejo no protesta.
No obstante, realizaba la operación del afeitado de un modo escrupuloso, como todas las cosas que hacía Adela. El viejo estaba muerto y habíamos decidido que lo enterraríamos sin el bigote.
-¿Alguno se quiere llevar el mostacho de recuerdo?
El humor de Adela estaba siendo agrio, pero su proceder en ningún momento dejaba de ser exquisito.
El resto de los hermanos permanecimos en silencio. La idea había sido suya.
-Afeitémolse el bigote al viejo.
-¿Estás loca?
-¿Qué dices?
-¿Para qué?

Era raro que una propuesta de Adela no saliera adelante. Así que allí estábamos, viendo cómo rasuraba concienzudamente por encima del labio. Desde aquel día no volví a afeitar a Jaime. Y mira que era una cosa que siempre había hecho con gusto. Jaime era muy perezoso para el afeitado y una vez a la semana, los sábados generalmente, se ponía en mis manos. Era un ritual muy sexy. Sin embargo, desde que ví a Adela haciendo lo mismo con el fiambre del viejo, no pude volver a hacerlo. Se lo conté a Jaime y jamás él me insistió. Los sábados, nada más levantarse se encerraba en el cuarto de baño y al cabo de un rato salía con su cara de niño bueno.

Cuando empezó a llegar todo el mundo, el trabajito ya estaba terminado.
-Pero qué le habéis hecho a vuestro padre.
-Su última voluntad fue esa.
El descaro de Adela era evidente. Así como la irritación de todos los que habían conocido a papá. Un señor al que nunca se le había visto desnudo de bigote.
Pero estaba tan bien amortajado, tan severo y deslumbrante, que nadie se atrevió a protestar públicamente.

sábado, 17 de mayo de 2008

Ella tiene el culo caliente

En 1919 Duchamp manipuló una reproducción de La Gioconda, le puso un bigote y perilla y debajo escribió LHOOQ, que leído rápidamente en francés viene a decir algo así como "Ella tiene el culo caliente"



Llegué tarde a casa. Cansado. Después de una jornada de más de mil kilómetros. Mi esposa me abrió la puerta. Saltó a mi cuello y nos enganchamos en un beso muy largo. Había pasado dos semanas fuera. Había estado en tres burdeles de tres países diferentes. Pero no tenía miedo de oler a puta.
-Hueles a pescado, me dijo.
-Lo siento, es la carga. Me ducharé, por supuesto.
-Si quieres ver a tu hija, entra en su habitación, pero no la despiertes.
Me llevó a la cocina y me enseñó una cena de delicatessen.
Sus ojos tenían esa chispa, el brillo que yo recordaba. Algo que no podía encontarse en un puticlub. Llevaba un vestido muy bonito. Caminó delante de mí de una forma provocativa. Soy un hombre corpulento, musculoso. Mi esposa me llega al pecho, pero es un bombón. Había algo en ella que era nuevo, pero no sabía qué. No se trataba del vestido, que le daba un aspecto de ninfa volátil, ni del color de su piel, aunque era evidente que estaba más morena que hacía dos semanas. Había algo más, pero yo no acertaba a averiguar qué era.
-Pondré la mesa, mientras te duchas y te cambias.

Debajo del chorro del agua se produjo el chispazo que me ilumnió. Ya sé, ya sé, me dije mentalmente. Pero enseguida, en voz alta:
-Tiene bigote.
Corté el chorro del agua.
-Es un bigote, eso es.
Tenía la cabeza enjabonada, así que tuve que accionar de nuevo el mando del grifo. Otra vez bajo el agua pensé que no podía ser eso. Que un prodigio de ese calibre no le hubiera pasado inadvertido a mis ojos antes de llegarme al cerebro.
Alucinas, me dije. Quizás aquella chica en Nimes tenía más vello de lo normal en el labio superior, quizás las sombras le daban el aspecto de un bigote. Pero en modo alguno, ella tiene bigote, es tu mente calenturienta. Pensé.
Llevé a cabo las siguientes operaciones de mi aseo de una manera mecánica, perdido en conjeturas.
Habré visto una revista en la que una mano aburrida le había dibujado mostacho a la chica de la portada, y esa imagen ha germinado en mi cabeza como una mala hierba.
No sé, no sé cómo he podido tener esa ocurrencia.
A punto de salir por la puerta del cuarto de baño me detuve. Iba desnudo y goteaba. Pasé unos segundos en el umbral.
-Tiene bigote, pensé de nuevo.
-¿Has acabado?, me dijo ella desde la cocina.
-Sí, sí, voy enseguida.
Volví al cuarto de baño. Quise mirarme en el espejo, pero no me podía ver porque el cristal estaba empañado. Qué ocurrencia más descabellada. Cómo me iba a haber pasado inadvertido, después de dos semanas de ausencia, un bigote, si me había dado cuenta del vestido nuevo y de su bronceado. Era imposible. Tenía que ser otra cosa, pero aquella majadería me tenía el seso sorbido. Quise dominar el despropósito de mi imaginación, aquella extravagancia rara.
Pasé una mano por el espejo arrastrando el vaho, pero sin conseguir una imagen nítida de mi rostro en él. Dos semanas sin verla dan mucho de sí, me dije. Lo cierto es que hay en ella algo asombroso y al mismo tiempo indescifrable. Aunque es evidente que no se trata de un bigote, yo se lo veo. No sé si se lo he visto hace un rato. No sé si lo lleva ahora, mientras busca entre las botellas de vino. Pero si me preguntasen y tuviese que decir lo que creo que es, diría:
-Tiene bigote.
Por descontado está decir lo que hasta este momento no he dicho. Que estaba hermosísima. Que el bigote era un rasgo sublime de su belleza.
Me vestí con esos pensamientos, me eché agua de colonia. Todo el cansancio acumulado en esas dos semanas de trabajo en la carretera y el tufo de las barras se fueron por el desagüe con un remolino de pelos.

Me senté frente a ella sin valor para mirarla. Me entretuve abriendo el vino, alabando los platos dispuestos en la mesa. Al fin, mientras cenábamos, le dije:
-Te encuentro distinta.
-¿Distinta?¿Sí?¿Más guapa o más fea?
-Más guapa y más interesante, algo misteriosa.
-Pues no sé. Será que he aprovechado el buen tiempo para tomar el sol y me encuentras más morena.
-No. Sí, ya me he dado cuenta, pero es otra cosa.
-Será que tengo muchas ganas de estar contigo.
-No. Ya te conozco ese modo de mirarme de antes. Es algo indefinido, que no sé, se me ocurre como que es por aquí, por esta zona, le dije, haciendo un círuclo en el aire delante de la nariz y la boca.
-Ah, quizás es que me he pintado con una nueva barra de labios.
Se acercó y me besó. Entreabrió los labios y encontré esa blandura húmeda y sagrada de su lengua. Cerré los ojos.
-Pero dejemos algo para después. Vamos a cenar y a terminarnos el vino.
A la cuarta copa, yo le veía a mi mujer un hermoso mostacho femenino. Brindamos varias veces. Intenté desabrocharle la camisa y ella lo consiguió con mi portachuela. Me salió espontáneamente, como si jamás hubiera pensado en ello antes:
-Me gusta tu bigote.
Pasé mis dedos por encima.
-Me gusta mucho.
-Creí que no serías capaz de decirlo en toda la noche.
-Pensé que eran imaginaciones mías.
-Pues ya ves. No lo son. Es real.

jueves, 15 de mayo de 2008

Bigote platónico



Ayer decidí dejarme bigote. Fue un impulso que no pude reprimir. A las siete y veinte me miré al espejo, luego certifiqué la hora y dicho y hecho. Salí de casa con un bigote escuálido, pero en un par de días será un señor bigote, me dije. Tuve que aguantar las bromas en la oficina. Las preguntas en la cafetería donde desayuno. La sorpresa de mi mujer.
-No te pega a tí el bigote. Te pareces a Franco de joven.
-Esta vez no. Ya verás.
No es la primera vez que me dejo bigote.
-¿Y eso?
-¿?
-¿Te vas a dejar bigote?
-Sí.


Hoy creo que ayer cometí un error. Pero lo que no voy a hacer es afeitármelo. A las siete y veinte, certificadas por un vistazo a mi orient de muñeca, me estaba mirando al espejo. Ha cogido algo más de consistencia. Pero sé que seguirán las bromas, los comentarios. Pasaré el día pensando en el bigote, porque no dejarán que me olvide de él. Los compañeros que ayer no me vieron, mi mujer.
-Lo que te decía, se te está poniendo la cara de Franco de joven, me dirá.
Mi madre, cuando pase esta tarde por su casa.
-Pero hijo, qué ocurre, ¿van bien las cosas entre Marta y tú?
-Claro, mamá.
-Es que la última vez que te dejaste el bigote fue cuando estuvistéis a punto de separaros.


Mañana el bigote ya habrá cogido rotundidad. Se me abrirán los ojos a la hora de todos los días, antes de que suene la radio despertador. A las siete y veinte estaré ante el espejo, como hoy y ayer. Me miraré a los ojos, me atusaré el bigote, seguro de mí mismo. Los pasajeros del tren se fijarán en mí, pensarán: ese de bigote. En la oficina ya sólo habrá una mención aislada a última hora. Al volver a casa, mi mujer habrá tomado la decisión de no decirme nada para no reforzar mi propósito.
-Hola, ¿qué tal en la oficina?
-Bien, ¿y tú?
-Bien.


Pasado mañana, a las siete y veinte me lo afeitaré. Pasaré todo el día de hoy inquieto, porque no sé lo que me van a decir. Creo que yo, aunque no lo lleve, soy un tío que tiene bigote. Eso es lo importante.