
Aquella tercera forma de sostener la cabeza con la mano que Lichtenberg olvidó consignar en su exiguo tratado ha sido propuesta por Andrés Virreynas como la manera impaciente, en la que la cabeza, con el apoyo de la barbilla, cae sobre la palma de la mano, y los dedos quedan libres para manifestar con tamborileo su ansiedad o aburrimiento. Entre otras pruebas iconográficas aporta esta imagen, la más extendida del poeta peruano César Vallejo (1892-1938). La misma que aparece en la portada y contraportada de su obra poética completa en Alianza Literaria (2ª edición, 2006), que recién he comenzado a leer. Dice: “ una expresión de fastidio o desconsuelo o quizás de amargura, donde la impaciencia parece haberse sosegado pero solo para dar pie a la desesperanza.”
La foto está tomada en el Parque de Versalles en el verano de 1929 y en ella aparece también, aunque la historia de la literatura la haya recortado, la señorita Georgette Phillipart, con la que se casaría cinco años más tarde, y fue tomada por su amigo Juan Domingo Córdoba. La pareja está sentada en una escalinata y bajo el sombrero del poeta, que vemos en la esquina inferior, sus rodillas puede que estén en contacto con las de la muchacha.
En la imagen se ve bien su aspecto mestizo de tez renegrida, producto del antiguo cruce de abuela india con sacerdote gallego, la nariz ancha de boxeador y el azabache engominado de su melena. Quiero advertir sobre el tamaño de la sortija del dedo medio en la mano que sostiene el bastón. César Vallejo era un individuo contradictorio. Asumió los postulados marxistas y viajó a Rusia en 1927, adhiriéndose al Partido Comunista del Perú. No obstante, en 1928 le envía una carta a su hermano Victor encargándole que mandara decir en su nombre una misa al apóstol Santiago, patrón de la ciudad en la que había nacido, Santiago de Chuco, por una promesa hecha. Al mismo tiempo que es descrito por sus amigos como alguien que pronto perdía los papeles si había alcohol de por medio, su viuda lo recuerda meticuloso, ordenado y severo. Los testimonios de su esposa hablan de un carácter seco, hasta el punto de que una vez muerto, a ella le bastaba una réplica de su mano y la mascarilla mortuoria para sentirse acompañada; sólo echaba en falta sus pasos.
En alguna ocasión César Vallejo contó que después de arreglar un encuentro con una prostituta, la chica no dejaba de sonreír, y al ser interrogada por el motivo, ella le contestó que al mal tiempo buena cara. El poeta tomó sus ropas, se vistió y salió del cuarto profundamente abatido. El mal tiempo era yo , ¿entiendes? No dejaba de repetirle a su confidente.
Antes de que se marchara del Perú, en la época en la que era un oscuro poeta provinciano, un importante escritor de la época, Clemente Palma, le dijo: "¿Usted cree, señor Vallejo, que colocar una imbecilidad sobre otra es hacer poesía?".
No leía demasiado y al parecer tenía conciencia, esa conciencia desquiciada de ciertos tarados, de la importancia de su obra, en la que intentó inventar el lenguaje de nuevo, para llegar a una comunicación en la que se quería prescindir de los malos ententidos de lo archisabido.
Trilce es el título de uno de sus libros de poemas, el que vino después de Los heraldos negros. Trilce es una palabra inventada.
Pero por qué esa cara agria, de perro, junto con la coquetería del dandy, bastón y sortija. Y sobre todo, por qué no vemos a quien lo padeció, a esa sufrida Georgette. No tiene el mismo significado poner ese careto solo que en compañía.
César Vallejo, mucho nos tememos, no era persona normal y corriente, pero farsante como el que más.