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jueves, 10 de enero de 2008

Mi modo de sostener la cabeza


Después de muchos ensayos ante el espejo y delante de la puñetera camarita que venía incorporada al portátil y que definitivamente se ha jodido, he aquí una imagen del menda, en exclusiva, sosteniéndose la cabeza con la mano. Ante el asombro familiar por mis payasadas, argüí muy digno que quería pasar a la mayor gloria literaria con una estudiada puesta en escena de mi melancolía. El resultado está dentro de la postura que Lichtenberg colocó en sexto lugar, sin olvidarnos de que pasó por alto la tercera manera. La llamó la de la templanza, en la cual la cabeza descansa en la mano llana y es útil para los dolores de muelas. Mi variante consiste en desplazar la mano hasta tapar uno de los ojos, en cuya presión consigue descansar de la miopía que me afecta (ay, amigo mío, he tenido que quitarme las gafas para poder llevar a cabo esta posturita), girar la cabeza y mirar al objetivo uniocularmente, cual Polifemo, que enfrentó a aquellos astutos griegos. Me satisface la imagen resultante porque representa al escritor como un ser monstruoso, que no tiene por qué identificarse con el individuo binocular, que comienza a existir desde que la mano cae desganada, y la chorla ha de mantenerse en equilibrio con la sola ayuda del cuello, también pescuezo.

miércoles, 9 de enero de 2008

Recortes fotográficos



Aquella tercera forma de sostener la cabeza con la mano que Lichtenberg olvidó consignar en su exiguo tratado ha sido propuesta por Andrés Virreynas como la manera impaciente, en la que la cabeza, con el apoyo de la barbilla, cae sobre la palma de la mano, y los dedos quedan libres para manifestar con tamborileo su ansiedad o aburrimiento. Entre otras pruebas iconográficas aporta esta imagen, la más extendida del poeta peruano César Vallejo (1892-1938). La misma que aparece en la portada y contraportada de su obra poética completa en Alianza Literaria (2ª edición, 2006), que recién he comenzado a leer. Dice: “ una expresión de fastidio o desconsuelo o quizás de amargura, donde la impaciencia parece haberse sosegado pero solo para dar pie a la desesperanza.”
La foto está tomada en el Parque de Versalles en el verano de 1929 y en ella aparece también, aunque la historia de la literatura la haya recortado, la señorita Georgette Phillipart, con la que se casaría cinco años más tarde, y fue tomada por su amigo Juan Domingo Córdoba. La pareja está sentada en una escalinata y bajo el sombrero del poeta, que vemos en la esquina inferior, sus rodillas puede que estén en contacto con las de la muchacha.
En la imagen se ve bien su aspecto mestizo de tez renegrida, producto del antiguo cruce de abuela india con sacerdote gallego, la nariz ancha de boxeador y el azabache engominado de su melena. Quiero advertir sobre el tamaño de la sortija del dedo medio en la mano que sostiene el bastón. César Vallejo era un individuo contradictorio. Asumió los postulados marxistas y viajó a Rusia en 1927, adhiriéndose al Partido Comunista del Perú. No obstante, en 1928 le envía una carta a su hermano Victor encargándole que mandara decir en su nombre una misa al apóstol Santiago, patrón de la ciudad en la que había nacido, Santiago de Chuco, por una promesa hecha. Al mismo tiempo que es descrito por sus amigos como alguien que pronto perdía los papeles si había alcohol de por medio, su viuda lo recuerda meticuloso, ordenado y severo. Los testimonios de su esposa hablan de un carácter seco, hasta el punto de que una vez muerto, a ella le bastaba una réplica de su mano y la mascarilla mortuoria para sentirse acompañada; sólo echaba en falta sus pasos.
En alguna ocasión César Vallejo contó que después de arreglar un encuentro con una prostituta, la chica no dejaba de sonreír, y al ser interrogada por el motivo, ella le contestó que al mal tiempo buena cara. El poeta tomó sus ropas, se vistió y salió del cuarto profundamente abatido. El mal tiempo era yo , ¿entiendes? No dejaba de repetirle a su confidente.
Antes de que se marchara del Perú, en la época en la que era un oscuro poeta provinciano, un importante escritor de la época, Clemente Palma, le dijo: "¿Usted cree, señor Vallejo, que colocar una imbecilidad sobre otra es hacer poesía?".
No leía demasiado y al parecer tenía conciencia, esa conciencia desquiciada de ciertos tarados, de la importancia de su obra, en la que intentó inventar el lenguaje de nuevo, para llegar a una comunicación en la que se quería prescindir de los malos ententidos de lo archisabido.
Trilce es el título de uno de sus libros de poemas, el que vino después de Los heraldos negros. Trilce es una palabra inventada.
Pero por qué esa cara agria, de perro, junto con la coquetería del dandy, bastón y sortija. Y sobre todo, por qué no vemos a quien lo padeció, a esa sufrida Georgette. No tiene el mismo significado poner ese careto solo que en compañía.
César Vallejo, mucho nos tememos, no era persona normal y corriente, pero farsante como el que más.

sábado, 5 de enero de 2008

Sin apoyar la cabeza



Antes de nada empecemos por este Lichtenberg (1742-1799), que escribió sus ideas, apuntes y aforismos en esas libretas o cuadernos de asiento para los tenderos, admirado por Kant, Schopenhauer, Nietzsche o Canetti, solitario, jorobado, el menor de 17 hermanos y uno de los principales representantes de la ilustración alemana. Como podemos ver en el retrato que nos ilustra, el autor de las 62 maneras de sostener el rostro carece de cuello, y la cabeza recae directamente sobre un tronco que sufría de escoliosis. Así que al parecer poca falta le hizo la ayuda de la mano y el antebrazo para sostener la estampa de su melancolía, esa bilis negra de la que habló Aristóteles, que ya Durero (1471-1528) representó en un grabado con un ángel que había dejado caer su rostro sobre un puño cerrado.
Supongo que la edición más accesible será la de Aforismos, ocurrencias y opiniones en Valdemar.
El autor del catálogo, cuyo rostro nos muestra un intenso aire de aislamiento y tristeza ofrece una postura que han seguido algunos escritores a la hora de ofrecerle a la posteridad el estado del alma que hace que la cabeza adquiera esa pesantez que el diccionario define como tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada. Una de las más hermosas y exactas definiciones de la RAE.
Pensemos por ejemplo en los retratos de Kafka, el praguense con cara de murciélago. Nunca se echa la mano al rostro.
Su melancolía está en el triángulo que conforman sus ojos, sus orejas y ese pecho que adivinamos hundido.
En este punto si alguien tiene a bien explicarme como puedo enlazar una imagen a este texto, os pongo el grabado de Durero.

viernes, 4 de enero de 2008

62 maneras de apoyar la cabeza




Quiero abrir esta nueva sección en el blog, según el esbozo que hizo en una página de sus aforismos Georg Christopher Lichtenberg (1742-1799), cuyo texto dice lo siguiente:

“En realidad hay 62 maneras de sostener el rostro con la mano y el antebrazo.
1)La meditabunda, con el pulgar de la mano derecha colocado en la sien derecha, el índice en la frente y los demás dedos recogidos sobre el ojo como una especie de sombrilla.
2)Una un poco más recatada donde los últimos tres dedos forman un puño.
4)( sic) El puño entero, donde sólo las primeras falanges (las más próximas a la mano) sostienen la cabeza; los carpos forman un ángulo hacia fuera.
5)El puño entero, con el ángulo de los carpos hacia dentro; se trata de una de las apoyaturas más sólidas; tiene una variante: el puño presiona la mejilla a profundidad y la cabeza da una impresión de pesantez, la boca se levanta y el ojo queda casi cerrado por la presión.
6)La de la templanza, donde la cabeza descansa en la mano llana, útil en dolores de muelas.

Naturalmente, además de estos géneros principales hay muchas graduaciones en el paso de una postura a otra que no se pueden describir aquí. Si se ejecutan con la otra mano, aparecen 6 apoyaturas meramente simétricas, y como cada género se puede combinar con otro, surgen más. Así se pueden inventariar.
Pero aún hay que pensar en una séptima postura, la autocomplaciente, donde la barbilla es sostenida por el pulgar y el índice.”


(Lichtenberg, Aforismos, FCE, México, 1989, citado en 62 maneras de apoyar la cabeza ( y unas cuantas más), de Andrés Virreynas, Tumbona Ediciones, México, 2007)


Según lo cual y a partir de sus cálculos, de estos 7 géneros sencillos, se conforman 62 maneras distintas de apoyar la cabeza.
No obstante, enseguida se ve que olvidó la postura número 3.


Si alguien tiene a bien explicarme como colocar en el blog imágenes procedentes de la red prometo ejempflificar estas posturas a través de retratos y fotografías del género humano. De la mano, eso sí, de los autores citados arriba, que son los que han manejado la idea desde el primer momento. Que no quiero atribuirme originalidad ninguna en este asunto.