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sábado, 11 de diciembre de 2010

El comercial


Desde que puse de nuevo los pies en la ciudad, empezó a lanzarme sus afilados dardos. Cada parque, cada calle oscura y solitaria, que buscaba en la memoria de aquel tiempo en el que había vivido en ella, cuando era joven y pensaba en lo nuevo que era el mundo, abrían en mi corazón, percudido por las rutinas, una brecha finísma por la que se me escapaba un hilo de vida. Supe enseguida que si no me marchaba pronto perdería allí el resto, como tantas sombras que encontré. Sin embargo, no estaba dispuesto a abandonarla por las buenas. Era necesario algún imperativo externo que me maracase el camino de la supervivencia. Llegó el punto en el que, en el fondo, de lo que se trataba es de que se produjese un milagro; por ejemplo, que un ángel me anunciara una dicha o una desgracia definitiva. En términos más mecanicistas mi cerebro se tendría que cortocuircuitar para la salvación. Mi cuerpo tenía tentaciones muy atractivas para hundirse en la hermosura de una profunda tristeza, que era lección del tiempo. Recogí las reliquias de mi futuro. A partir de ahora ya sabes adónde va todo. No te podrás librar de ese pesar. Los espejos, comprendí. En los espejos se guarda lo que se pierde. El día de la partida vi pasar toda la ciudad, todo su tiempo, por delante de la ventanilla del autobús. En otra parte comencé a añorar lo que había sido y también lo que no. Para entretenerme había elegido una ocupación que me llevaba de un lado a otro. Me acercaba a los comerciantes con una sonrisa y extendía ante ellos un muestrario con el género. Señalaban sus preferencias o las de sus clientes y yo anotaba el pedido en un albarán. Todo tenía, así, un aspecto sencillo, aburrido y llevadero.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Fábula personal en mitad de un drama histórico



Fotograma de Rendez-vous de Juillet

Lo que puedo decir al respecto tiene que ver con lo que me ocurrió en un céntrico hotel de esta ciudad. Entré en la cafetería, donde estaba citado con la hermosa mujer con la que por fin había decidido serle infiel a mi esposa, y en mitad de la sala hallé a un hombre ciego que olfateaba el aire.
-¿Le puedo ayudar en algo?, le pregunté.
-¿Sabe usted dónde están los servicios?
Busqué algún indicador.
-Al fondo a la izquierda, si quiere lo acompaño hasta la puerta.
-Es usted muy amable, gracias.
Mi amante apareció en el justo momento en el que completaba mi buena acción del día. Me vio sonreír.
-¿Y ése quién era? Hemos de ser muy precavidos, si mi esposo se enterara serías hombre muerto.
-Sólo era un ciego que necesitaba ir al baño.
Entonces todo saltó por los aires. Mi amante y yo quedamos sepultados entre escombros, lujosas vigas doradas, mullidos brazos de sillones de cuero, cascotes revestidos de papeles pintados. Durante toda la tarde estuvimos oyendo explosiones a lo largo y ancho de la ciudad, mientras permanecíamos atascados, en un abrazo siniestro que apenas nos permitía coger un poco de aire.
-Ojalá no te hubiese conocido, me dijo ella, entre lamentos de dolor, porque se le habían roto varias costillas.
-Tenemos que ver la forma de salir de aquí, dije yo, por no perder un espíritu positivo que había impostado para conquistarla.
La verdad es que estaba muy buena y por fin la tenía entre mis brazos, pero cada vez que me movía le presionaba a ella el costado y aullaba de dolor.
¿Qué está ocurriendo? Una mujer con un traje como el suyo, con un maquillaje como el suyo, con su perfume y la suavidad de su piel no está preparada para vivir el inicio de una guerra. Pero yo sé que estamos en pleno meollo de un acontecimiento histórico, de un conflicto que aparecerá dentro de unos cuantos años en los libros de texto de nuestros escolares.
Hay una postura en la que no le hago daño. De esa forma consigo mi propósito, aquel por el que he llegado hasta este hotel, mientras duerme. Al cabo de unos días coseguimos ampliar la cámara en la que hemos sobrevivido bajo el derrumbe del edificio. Una viga sostiene el techo vencido. Retiramos los cascotes de obra más pequeños y tenemos acceso a algunas bebidas y alimentos de la cafetería. Después de las explosiones como la nuestra han empezado los bombardeos. He usado un mantel para vendar a mi amante, que me ha perdido perdón por haber perdido los nervios en varios ocasiones.
Estábamos exhaustos, enflaquecidos y delirantes, pero conseguimos que los soldados oyeran nuestras lastimosas llamadas.
-Gracias a Dios, gracias a Dios, era todo lo que decíamos.
El resto no lo comprendo. En ningún momento los soldados bajaron sus armas. Desde entonces fuimos tratados más como prisioneros que como víctimas de un atentado.
Un oficial nos tomó declaración. En la mía relaté lo anterior. Al parecer la versión de mi amante no coincidió.
-No se preocupen, en cuanto se aclaren algunos puntos, podrán buscar a sus familias, nos dijo.
Me inquietaba, no obstante, la ropa que nos habían facilitado, una especie de uniformes de color pardo. Ella volvió a decirlo, ojalá no te hubiese conocido nunca, pero creo que le daba demasiada importancia a lo nuestro en medio de la que estaba cayendo.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Finisterre



Este es uno de esos lugares que se llenan de gente a la hora en la que el sol se pone. Yo soy ese lugar. Hasta aquí llegan los solitarios, los tristes, esos temperamentos sensibles que saben apreciar un lugar como soy yo. Vienen y miran hacia el horizonte con los pies plantados sobre mí, cuando no sientan sus posaderas o se tumban con naturalidad. Lo que ocurre es que me aburro, sencillamente. A mí el sol hundiéndose en el mar me hace bostezar. Me aburro desde hace tiempo. A veces para calmar tanto hastío mineral me trago a un visitante, lo engullo. Pero no llega a ser suficiente. He decidido escribir lo que me ocurre, dicen que es bueno. Pocas personas habrán conocido mis lectores que se sientan un lugar. El caso es que desde hace días le doy vueltas a la cabeza, porque no sé cómo comenzar, elegir la primera palabra. Ahora mismo estás dentro de mi mente, en el pensamiento de un sitio al que la gente llega motivada para emocionarse con la belleza del mundo. Hay quien cree ya que soy el mismísimo Creador, pero yo tengo mis dudas. No temas, no te has metido en ningún lío. Los muchachos se arremolinan sobre mí y levantan una nube de polvo. Me secan la garganta. El que tose todas las tardes soy yo. No sé. Voy a contar que a mí el sol me es indiferente, lo mismo que el mar. Como fin de la tierra no tengo precio. Lo que peor llevo es que no me puedo mover, a veces sueño que soy humano, que me alejo a grandes zancadas, que traspongo por esa curva y desaparezco. Llego a una ciudad llena de luces, de bares, de mujeres. Me declaro, pero eso hace que enseguida alguien me denuncie. Y de nuevo me traen aquí, al fin del mundo, donde todo es un coñazo insoportable. Ahora con un hotel encantador.

La fotografía es de Emily Burns

martes, 16 de noviembre de 2010

La Venus de la mosca



Soy capaz de todo, a estas alturas ya lo sé, me lo tengo más que demostrado en mil pequeños detalles insignificantes. Podría desaparecer de aquí y aparecer en otro país, si quisiera, con tal de cerrar los ojos y desearlo. Soy capaz de todo, me digo, mirando el techo, mientras tuerzo el cuello hasta un punto inverosímil, para no perder de vista el vuelo de la mosca con la que llevo encerrada en esta habitación más de dos días. Me van estas cosas, sentirlas, poner a prueba la elasticidad de lo real. No hay un hombre mirándome, esperando que me levante, deseando que me meta en la ducha para husmear el aire, pero ahora que sabéis que me he encerrado en esta habitación de hotel una legión de tíos tendrá enfocadas sus miradas hacia aquí. Necesito mi bolso, colgado detrás de la puerta del cuarto de baño. Saco un cigarrillo del paquete que tengo en la mesilla de noche. Lo dejo entre los dedos. Ahí lo dejo. Tendría que ponerme en pie y llegar hasta allí para coger el mechero, pero no lo hago. Tengo una uña rota y la laca se ha despostillado. Con un pico engancho un pelo rebelde y consigo arrancarlo. He dicho que soy capaz de todo. Miro hacia el suelo, que se ha ido llenando de desperdicios. Os gustaría que hubiera papelitos plateados y dorados de chocolatinas, ¿verdad? Puedo hacer que los haya. Han sido mi fuente de alimentación de las últimas horas. Ya no tengo que ir a buscar a mi bolso, pues entre los residuos del suelo hago aparecer un mechero con publicidad de una discoteca. Miro fumar y fumo, en la televisión un ser endemoniado fuma y yo fumo. Fumo con compañía, con ese ser irreal de una película antigua. Es un momento muy íntimo, pero se ve interrumpido violentamente por quien aporrea la puerta y me grita que le abra. Me sobresalto, pero no voy a obedecer sus órdenes. Hacemos como que no oímos y seguimos fumando, mi amigo y yo. Pero a él también lo llaman a la puerta, a su puerta, me mira como si dijese yo si abriré. Le hago saber que no me molesta que él abra, pero que en ese caso cambiaré de canal, y aprieto el botón. Desde fuera oigo gritos de que alguien va a tirar abajo la puerta si no la abro. Supongo que ya está claro eso de que soy capaz de todo, incluso de no abrir la puerta por mucho que la aporreen. Voy a poner a prueba la elasticidad de estas noches de hotel, la mosca vuelve a sobrevolarme, cierro los ojos para concentrarme en ella, lo que me lleva a viajar felizmente en autobús, con el cálido sol del invierno dándome en la cara, satisfecha de dejarme ir así, y entonces me tengo que remover, quitar las piernas del sitio libre que hay al lado del mío. Me dice perdona, me mira y ya sé que le he gustado. Él es así, capaz de todo, de tirar abajo la puerta que aporrea si te ha dicho que lo hará. ¿A qué chica no le gusta un hombre así? Interrumpimos el viaje y nos encerramos en una habitación de hotel, poniendo a prueba nuestra elasticidad. Siempre con la televisión encendida, me dice, no la quiere apagar. A las pocas semanas de estar follando con él por habitaciones de cualquier parte, cuya cuenta nunca abonábamos, me planteó lo que quería. Y yo le dije que sí, porque era de esperar, como él lo esperaba. Consigue todo lo que se propone. Empieza a traerme tíos amigos suyos o sólo conocidos de los bares y con una cámara lo graba todo. Por primera vez lo ha dicho, más bien lo ha gritado al otro lado de la puerta, que me quiere, todo el hotel lo sabe ya. Y la policía. Por eso soy capaz de todo, como esa mosca. Si cerrara los ojos, si lo deseara con todas mis fuerzas, podría salir de aquí, de esta habitación sucia y mal ventilada, pero el amor me ata a la destrucción. La elasticidad de los deseos nos pliega sobre el asco, sobre el miedo. ¿Cuántos días vive una mosca, cuántos días ha vivido ya esta mosca? No la pierdo de vista, tuerzo el cuello hasta ese punto al que ningún ser humano ha llegado antes en la torcedura de su cuello. De repente todo es silencio. Nadie grita, me levanto de la cama y como en un suspiro fantasmal abro la puerta. La mosca sale de la habitación y se posa sobre su nariz. Me señala su ridiculez y su insignificancia, él se limita a bizquear y yo me siento capaz de todo por la sencilla razón de que ya he demostrado en mil ocasiones que lo soy. Enseguida, aleteando, la mosca desaparece por encima de las cabezas, indiferente a lo que él y yo seamos o no capaces de hacer.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Rehén




En La Comunidad Inconfesable, revista sobre lo breve, aparece mi microrrelato Rehén, aquí dejo el enlace.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Cortar




Los críos miraban hacia donde yo les señalaba en la pizarra con aquella flor rota que era mi mano. Miraban allí, pero sólo veían dentro de sí mismos algo atroz. Era un truco, además. Me guardaba yo mucho mi mano mutilada hasta que me parecía que era el momento de sacarla y ponerla a trabajar. Desde luego los mayores ya le habían ido con el cuento a los pequeños. Le faltan dos dedos, dos dedos no, le faltan tres. Pero tarda en sacarla. El año pasado no la sacó hasta Mayo. A veces yo hacía amago de sacarla y la clase se helaba de silencio. Hubo un año que no la saqué, aquel en el que los dos hermanos se ahogaron en el río. No me hizo falta. ¿Nunca ninguno me preguntó nada? Hubo otra vez que un chico listo, delgaducho, pálido, me pidió que contara lo que había ocurrido. Está bien, le dije, como si los demás ya no estuviesen allí. El viento ululaba. El viento ya ulululaba antes de que yo sacase aquel día la mano. Luego, bueno luego, años más tarde, me confesó, cuando ya era un hombre, el chiquillo, que había adivinado que aquel día yo iba a enseñarla por fin. ¿Y por qué? Por la ropa, me dijo. El tipo de ropa que yo solía llevar a clase, no sé, era una camisa, unos vaqueros y una cazadora para el frío que siempre hacía. Pero aquel día llevaba usted además un pañuelo al cuello. Yo pensaba que no lo premeditaba de esa manera, sino que surgía de un momento de dificultad que se presentaba. Que la sacaba como un recurso más para dominarlos. Pero aquel antiguo alumno me dijo que no, que él sabía desde la primera hora que aquel sería el día en que la sacaría y que no se lo dijo a nadie. Sólo en voz alta, trémula, pidió que yo contase qué había ocurrido, dijo qué, eso lo recuerdo perfectamente, no cómo. La clase tenía un descolorido mapamundi en una pared, adonde todos mirábamos con nostalgia. Por la ventana se veía el prado y alrededor las montañas con sus eternas cumbres azules, descoloridas también. Había un crucifijo por encima de la pizarra. Cuando me hice cargo de la escuela subí la pizarra y el crucifijo quedó encajado hacia el techo. De otra forma no me hubiese sido cómodo escribir en ella. Uno de los pequeñajos se atrevió a decir lo que todos estaban pensando en ese momento. Maestro, qué alto es usted. A veces los dejaba haciendo sus tareas y me salía afuera a fumar. Desde la calle miraba hacia dentro y ellos cuchicheaban fingiendo aplicación. Era salir afuera a fumar y sentirme un extraño, como si no fuese yo, no sabía qué hacía en aquel lugar. En ocasiones me tenía por irreal. El chico me dijo que la exhibición de mis dedos cortados era una forma de adquirir la realidad que me faltaba. Ellos se espantaban al verte y tú te crecías. Hasta ese momento me había tratado de usted, pero cambió al tú en esa frase. Estábamos en la barra de un club de alterne, con una mano en una copa y la otra en el bolsillo de los pantalones. La imaginación infantil es truculenta. Las putas, después de todo, también son seres atrofiados, fantasiosos, que buscarían en la vacía prolongación de mis muñones una caricia imposible. Allí yo escondía la mano. ¿Dónde puede esconder un hombre desnudo la mutilación de sus dedos? Dentro de una mujer desnuda. Las chicas se lo contaban unas a otras. Allí, en la pizarra, en aquel valle frío y silencioso, pasaba ante sus ojos toda una serie de posibilidades que les helaba los sueños. Había quien decía que me había estallado un explosivo mientras lo manejaba como un terrorista poco profesional. Otro insistió en lo que había oído en el pueblo, que los dedos se los había llevado en una bolsa de plástico el acreedor de una apuesta que yo no había podido saldar. De cualquier manera mi llegada a la escuela del valle había introducido en la imaginación de sus habitantes, mayores y pequeños, el espejo de un miedo atroz que se levantaba de lo más profundo de sus temores, como la niebla que subía cada mañana por la ladera de las montañas. El pánico larvado a través de todas las pacíficas tareas cotidianas a las que durante generaciones se habían entregado olvidando que no lejos de allí había un mundo desconocido, cuya desvaída representación se hallaba en aquel mapamundi de la escuela, que padres e hijos habían visto sin ver, con una nostalgia efímera, con una ensoñación blanda, que enseguida quedaba sepultada bajo el estiércol de las vacas del valle, famosas en todo el país por su carne y por su leche. Podría decir que el futuro de aquellos chicos se empañaba cada vez que yo sacaba la mano y la ponía en la pizarra acompañándome de una blasfemia para hacerlos callar, para reprenderlos por los malos resultados de un examen o para advertir que no toleraría una pelea más. En realidad, en una cosa sí que tenían razón, yo era un enviado, no sé si del demonio, como propaló el cura, apoyado por sus beatas. Pienso ahora que yo era un enviado necesario. Le dije a mi antiguo alumno que no se preocupase por mí, que subiese con la chica, que lo esperaría allí tomando otra copa. Los vi ascender por unas empinadas escaleras, aferradando él su borrachera a la cintura de ella con una mano y la otra en el bolsillo. Tragué una bocanada de aire, y le dije: así que quieres saber qué ocurrió. Mocoso. No dijo nada, se limitó a mirarme, cabeceé y sin dejar de mirarlo dejé la mano fuera y me paseé por toda la clase para que todos la contemplasen de cerca. Se me hizo un nudo en la garganta. Eso fue todo. Les ordené que cerrasen sus cuadernos y que saliesen de mi vista. Todos se marcharon, excepto él, que no se movió de su asiento. Puse la mano sobre el pupitre, la miró y levantó la vista hacia mí, sin miedo. Le señalé el mapa de la pared. ¿Adónde te gustaría ir? Me dio la impresión de que era la pregunta que había estado esperando, porque se puso en pie y allí, en el mapa, señaló un punto, que no logré ver, porque en ese momento mi vista ya se había nublado. El nuevo maestro pidió que le bajasen la pizarra. El inspector siguió de cerca la marcha de la escuela. Los críos contaban que el primer dedo le llegó a mi esposa, el segundo a mis padres, el tercero a la prensa. Los críos tenían sus propios juegos, una fabulosa imaginación, a pesar de las rutinas en las labores agrícolas de sus padres y abuelos. Cuando mi antiguo alumno bajó me hizo un guiño obsceno, desagradable, sacó la mano del bolsillo y la puso sobre la barra. No lo sé ahora, quizá le faltaban dos dedos, o tres. Le dije a mi hermana que no sería capaz de cortarme los dedos con el hacha, ella dijo que sí, puse la mano en la tierra y le dije: tira. Cortó por lo sano. Cortó por lo podrido. Me miró y en su rostro estropeado por los vicios de una vida sin rumbo, todavía pude hallar un chispazo de orgullo infantil en sus ojos.

La imagen es una pintura de Oswaldo Guayasamin titulada "Llanto"

viernes, 29 de octubre de 2010

Alquimia



Hombre-árbol, de Marco Solares



No debo decir que he sobrevolado la ciudad, pero se me permite decir que he soñado sobrevolarla. Todo empieza a darme un poco igual, sinceramente. Habrá quien piense que he perdido el juicio y quizás no le falte razón. Estoy subido a un árbol, soy mi hijo mayor subido a un árbol y soy mi mujer en ese mismo árbol cuando era niña. El suelo está lleno de flores, hermosas flores carnívoras. Leo el libro que más me ha gustado en mi vida, un libro imposible, un libro que no se lee, no puede leerse, pero yo lo leo concienzudamente y hallo en él un consuelo y una paz inefables. El libro me cuenta que estoy muerto, que he de empezar a pensar que estoy muerto, que el jardín en el que me hallo nunca existió, que el árbol al que estoy subido hunde sus raices, existentes, en un espejo, que las plantas me quieren jamar. Es destino de todo aquel que pierde la vida ser devorado y ha llegado mi momento. Bajo del árbol, poso los pies en el suelo y enseguida empiezo a ser engullido. Sé que muchas personas han deseado lo que me está ocurriendo. A medida que desaparezco una de las flores va adquiriendo forma de homúnculo. Conforme menguan, zampadas, las extremidades de mi cuerpo, van surgiendo de los tallos en la floresta grotescos apéndices soñados. No para ahí la cosa. Ya no existo. Existe ahora un ser arbóreo que quiere encontrar el camino que lo traiga aquí, de donde borrará toda huella que haga referencia a mí.

sábado, 16 de octubre de 2010

Banquete


Delante de mí un hombre iba pegando en los árboles, en los contenedores y en las paredes del barrio un cartel con la leyenda que enseguida me hizo pensar en el abuelito. Auxiliar de geriatría titulado con carnet de manipulador de alimentos, se ofrece para cuidados de personas mayores. Esa misma tarde hice una llamada al móvil que figuraba en la parte inferior del pasquín. Me gustó su tono de voz segura y concertamos una cita para el día siguiente. Le presenté al abuelito, que lo miró con su sonrisa desencajada, con esa fina ironía lacrimosa de las víctimas, pero no se dejó intimidar. Se notaba que aquel hombre, que se llamaba Pedro, estaba acostumbrado al trato con dementes, a manejar con soltura y sencillez el desahucio humano, físico y mental. Palpó las carnes flojas del viejo con ternura y calculó acertadamente su peso, cuando lo trasladó en brazos de la cama a la silla. Respiré aliviado, sinceramente, porque en casa todos habíamos llegado ya al límite. El abuelito había sobrepasado de largo la centena. Pedro abrió una ventana al aire y la luz en nuestra sofocante existencia de viejos cuidando a viejos. Un domingo, después de muchos años sin haberlo hecho antes, salimos a comer fuera. El abuelito lo miró todo como si lo olisquease en el aire, pues apenas veía, parecía un gusano albino saliendo del interior de la tierra. Engulló los granos de arroz que Pedro le puso en la punta de la cuchara y cuando regresamos por la tarde a casa, estaba feliz y babeante. En realidad, todos fuimos renqueando por el pasillo, camino de nuestros dormitorios, en un estado de especial excitación por la estupenda salida que habíamos llevado a cabo. Al día siguiente le manifestamos a Pedro, después de haberlo hablado entre nosotros, si no sería posible que se viniese a vivir a casa, con unas nuevas condiciones, para que se ocupase no sólo del abuelito, sino también de mamá, con la idea de tenerlo cerca pronto también los demás. Pedro aceptó ilusionado, pues su trabajo era una vocación. Nos levantó de uno en uno en brazos, de la alegría, al tiempo que nos daba el peso y apreciaba la blandura de nuestras carnes. Nos mejoró la existencia notablemente, con excursiones y salidas a lugares de la ciudad por los que nunca antes habíamos sentido interés. Animó a otros ancianos a que nos visitasen para charlar, tomar la merienda o jugar a las damas. A todos, tarde o temprano, los izaba en volandas y les daba el peso. Algunos que sabían de su habilidad se lo solicitaban y Pedro los complacía sonriente. El mediodía que me encontré al abuelito en la cocina, corrí a llamar (apoyado en mi bastón) a mamá y a mis hermanos. Les costó reconocerlo, pues estaba como un conejo desollado, dividido en trozos para un guiso, pero desde la encimera nos miraba con sus inconfundibles ojillos húmedos. Salimos de allí sin ningún tipo de alarma, conscientes de que no hay moneda cuya cara no tenga una cruz. Desde luego disfrutamos de la comida con un vasito de vino que Pedro nos sirvió con gentileza.

martes, 5 de octubre de 2010

La habitación


Penetré en la habitación sin muchas expectativas, algo ensimismado. El hombre que había dentro salió a mi encuentro, de frente, y me dio una buena bofetada, sonora, lúcida, que acabó por hacerme comprender dónde me encontraba: en la habitación. ¿Y tú de dónde vienes?, me preguntó, con el semblante desabrido, abierto. Vengo de fuera, le contesté. Afuera no hay normas, afuera sólo hay vagos inútiles, sólo aquí comprenderás lo que es la ley. Ya me iba dando cuenta, me toqué la mejilla con sonrisilla irónica y se volvió a enfurecer. Aquí las costumbres son diferentes, todo el mundo desea entrar en la habitación, pero son muy pocos los que lo consiguen. Pasarás mucho tiempo mirando esa pared cada día, te conocerás mejor después de haberlo hecho, me dijo. Pensé que era una broma, pero en esas volvió a darme un guantazo, reglamentario, medido. Cerró la puerta y me miró, no con una sonrisa malévola, sino con magisterio. Y eso me puso los pelos de punta.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Avisos


Ilustración: Gulliver de Robin Jacques

Ya no son sólo hormigas por los brazos, ahora también siento cómo me corren por las piernas. Hormigas o carcoma, a mí qué más me da, gusanos, pequeñas bocas devoradoras que tienen que darse un festín a mi costa. Hace demasiado calor para pedalear con el cuello cerrado e imagino cómo se va ennegreciendo con el roce sudoroso de mi piel. Hay una pequeña puerta de hierro al fondo por la que he de pasar, pero la entrada la entorpece un obstinado vigilante al que será necesario derribar. Empujo, aprieto los dientes y pongo los puños por delante como si fuesen arietes. No hay nada que hacer, los brazos se me parten, sin resistencia. Yazgo junto a otro cuerpo derribado. Me pudro, comienzo a pudrirme, llevo pudriéndome desde que empecé a hablar: no había nada, ni hormigas ni carcoma, nada, sólo mi podredumbre risueña, hirviente, jugosa e inquieta como un guiso casero.

jueves, 23 de septiembre de 2010

No poder parar


Ayer viendo que todos mis vecinos eran ricos decidí atracar un banco, puesto que se me hacía muy difícil la convivencia con ellos, después de haber perdido toda mi fortuna de una manera ridícula, que no viene al caso aquí. Esta mañana transferí una serie de fondos flotantes a una cuenta creada a tal efecto. No voy a entrar en minucias. Vuelvo a mirar a mis vecinos con tranquilidad, creo de nuevo a rajatabla en los estatutos de mi club de golf. Quiera yo o no, se me ha abierto un horizonte de posibilidades. Sabido es de todos que se empieza robando un banco y acaba uno matando a una cuñada. Acabo de encargar por internet ropa de cuero.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Origen


Ayer encontré, por fin, modo de nacer, de emerger, de surgir, no sé cómo decirlo cabalmente, de aparecer en escena. No es fácil para una criatura como yo mostrarse. Asomé mi pequeño hociquillo afuera y la brisa me conmovió las cerdas, lo hice desde una caja en la basura. Así debió de empezar todo. El mundo, la vida, quiero decir. Algo, alguien, algún ser, alguna cosa, asomó la cabeza o sólo una parte de la cabeza: un dedo, un pie, una oreja, y miró el tráfico. Cuando fui creado, yo ya estaba allí. Me metí las manos por la barriga y saqué un bicho que palpitaba, de hígado o de riñones. Hice unos filetes y me los comí. Luego levanté esos ojillos enrojecidos de animal albino y me dije: nazco. Eso fue ayer. Sin embargo, no salgo de mi asombro, haberme nacido me ha dado paz, alegría, amor. No salgo de mi asombro porque estoy desapareciendo, lo que hace que me cuestione todo el tinglado.

La imagen es el gusano de arena de la película Dune