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miércoles, 20 de febrero de 2008

De dónde las viudas



La serie de relatos que componen “Las viudas” se articula a partir de la idea que yo tengo del género negro, apartado: mafiosos, y del cine erótico, cursi, años 70, llamado S. No soy un aficionado experto, pero me hace gracia cierta iconografía.
En primer lugar la del funeral americano, transmitida por el cine. Hace unos años echaban por la tele a unos horarios imposibles una serie que se llamaba "A dos metros bajo tierra", basada en un curioso libro, El enterrador, de Thomas Lynch. Nunca llegué a ver un capítulo entero de la serie, pero leí el libro, que tuve la mala pata de prestarle a la pareja de un amigo. Se separaron. Mi amigo perdió a su novia, para al poco tiempo ganar otra. Yo perdí mi libro, sin más. El enterrador era un libro muy elegante y sencillo sobre la profesión de herencia familiar a la que durante gran parte de su vida se había dedicado su autor, que también es poeta.
Los funerales españoles son trágicos o cómicos, pero no hay una iconografía del funeral sofisticado. Para ello lo mejor era echar mano de un grupo de viudas de muy buen ver, a las que el luto les sentara tan bien como el desnudo. Ya se sabe que la sola mención de “Las viudas” conlleva una alusión pícara. Por lo menos para quienes tenemos la mente tan desviada como puede estarlo nuestro tabique nasal. Les he puesto a las chicas unos nombres deliberadamente rancios en ocasiones, o simplemente tradicionales, por contraste. De Salvadora no he contado nada.
La muerte lleva por una línea recta a la cama, al sexo. Supongo que no estoy descubriendo nada nuevo. Por eso casi todas las historietas acaban ahí. En la nada del deseo.
El mafioso tiene dos tiros en la cabeza nada más empezar, para que no haya muchas sorpresas finales. Me gusta cargarme pronto a los malos. A veces hasta a los buenos.
El muerto cuenta su funeral: creo que mucha gente tiene esa fantasía. De pasada descubre en el último momento quién ha ordenado que se le pegasen los dos tiros, pero eso es lo de menos. Ni para él ni para nosotros tiene mucha importancia. Está ahí para cubrir el expediente de la “trama”.
Los gusanos son importantes: se están jalando el fiambre mientras nos habla de sus chicas, sus viudas. Ha sido un tipo encantador y violento. Más encantador y más violento que cualquiera de nosotros. Con accesos de ira, otra constante iconográfica en las historias mafiosas.
Este relato está inspirado por flashes de ese tipo.
No he visto mucho cine del género y he leído menos. Pero a quién no le mueve la imagen de un grupo de viudas estupendas.
Para ilustrar estas notas he tecleado en Google “viudas” y me ha salido la imagen que podéis ver arriba. Podéis creerme, ha sido a posteriori. Siempre alegran este tipo de coincidencias. Pertenece a una miniserie emitida por Televisión española en los años 80, en la que un grupo de viudas llevan a cabo el atraco que no pudieron cometer sus maridos.
Espero que os haya gustado. Yo lo he pasado muy bien escribiendo los relatillos.

martes, 19 de febrero de 2008

Águeda y Sara


Qué ganas de fumar. Si alguna de vosotras tuviese la macabra ocurrencia de ponerme un cigarrillo en los labios, le estaría eternamente agradecido, al menos mientras me durase en los labios, consumiéndose lentamente. Águeda, tú misma no piensas en otra cosa que en sacar un pitillo y encenderlo. Tu maquillaje, tu rostro, tus movimientos, se llenan de pequeños espasmos, como un mar que empieza a picarse, porque necesitas fumar y también beber algo fuerte para poner orden en los músculos. Qué hermosa ruina, querida. Qué grandioso castillo de mujer con las almenas rotas. Aunque te sientas patética, otra vez vestida de luto. Y tú, Sara, a su lado, qué contraste, segura, fuerte, joven, decidida, sacas tu paquete de Marlboro y enciendes uno. Águeda, te vas por los ojos, en una mirada que te expone a las inclemencias, que deja al descubierto las debilidades.
-¿Quieres uno?
-No, no...Sí, bueno sí...No sé si está bien aquí.
-Aquí está perfecto.
Y ahora, el milagro. Añades, Sara, mi joven Sara:
-A él seguro que le apetecería uno si estuviese aquí, en su propio entierro.
Así que no como broma, sino como gesto necesario, me podrías introducir en los labios rígidos, blancos, un cigarrillo. Nadie se atrevería a decir esta boca es mía.
Pero no lo haces, Sara, tan práctica, tan consciente de qué es la vida, ese cigarrillo que Águeda y tú os fumáis contra toda recomendación, para empezar contra el cartel que lo prohibe, tachando un cigarrillo. Imagen que tú, Águeda, no puedes dejar de observar mientras tanto. Alternativamente miras al cartel y a Sara, a la que le trae sin cuidado, y eso, después de todo, con ese miedo que te inquieta te provoca la risa. Y como no ves ningún cartel que tache una copa, sacas una petaca de tu bolso y se la ofreces a Sara.
-Gracias.
Te la pasa.
-De nada, querida.
Y la corriente de simpatía entre vosotras casi que hace que me levante del ataúd para echar yo también un trago.

A alguien se lo tienes que contar, Águeda, y por qué no a ella.
Le conocí en el funeral de mi marido. Dices. A Sara el principio le gusta, volvéis a echar otro trago después del cigarrillo.
Los funerales de éstos son todos muy parecidos. Muy elegantes, muy ordenados. A él le han dado dos disparos en la cabeza, a mi marido lo mismo. Dos disparos así, limpiamente, quiere decir que no son deshonrados, que se les reconoce su labor dentro de la organización y se les admira por sus trabajos y entrega. Pero hay alguna situación insostenible, normalmente un exceso de celo, de ambición y poder, no me preguntes por los detalles, son imposibles de conocer, nunca los averigüé en el caso de mi marido. Y sabes una cosa, luego supe que fue él quien dio la orden. No son asesinatos, exactamente, son situaciones inevitables, que ellos asumen en el momento de recibir las balas. Querida, ellos están en el ajo, pero a mí ya me ha pasado dos veces. Una con mi marido y ahora con él, aunque hacía tiempo que no nos veíamos. Como comprenderás, no puedo pasar sin echar un traguito cada cierto tiempo. Yo lo que te recomiendo es que ahora, cuando él se quede ahí, bajo tierra, a oscuras, a solas, con tiempo para pensar, cuando tú llegues a casa, que no te encuentres sola, llama a un amigo, a un novio y métete con él en la cama.
-¿Sales con alguien?
-Supongo que sí.
-¿También está en el ajo?
-Sí.
-¿Y tú?
-Sí, también yo estoy en el ajo.
-Yo pertenezco a otra época, en la que las mujeres estábamos al margen.

Esa eres tú, Sara, hermosa y letal. A la salida del cementerio llueve, no sé, a mí me llueve. Aunque a vosotras el sol del otoño os da un cálido abrazo, como el último pésame antes de subiros al taxi. Le has dicho a Águeda que la acompañas a su casa. No os detenéis, no queréis preparar café ni té. Os echáis en la cama. Os abrazáis y en ese lazo enseguida Águeda adivina lo que yo he sido incapaz por mí mismo, que has sido tú, mi hermosa y amada niña Sara, quien ha dado esta vez la orden. Y es entonces, cuando se desvanece mi último hilo de conciencia: aquí dentro llueve, llueve, llueve, pero quizás ni eso, sólo es mi descomposición y soy yo la lluvia, por no decir que soy yo los gusanos, nada al fin. Nada repetido en la lluvia, una nada multiplicada en estos gusanos concienzudos que me exploran.

sábado, 16 de febrero de 2008

Carmen


Hola, madre. Qué hermosa estás. Y qué pálida. Eres la única que sonríe abiertamente. Tus labios delgados, como la orilla en la que el mar rompe con olas muy suaves. Mira lo que me haces decir. Un gánster hablando como un poeta. Claro que aquí a los poetas les da por hablar como matones. Aquí. Madre. Aquí. Aquí donde tú llevas tantos años muerta. Y sin embargo, qué hermosa en mi funeral. Qué joven.
-¿Quién es esa?, pregunta alguien.
Y nadie, excepto yo sabe quién eres. Madre. Porque todas las mujeres que se han reunido en torno al féretro en el que yazgo son viudas mías. Y tú también. Madre. Porque eras Carmen a secas. Porque entonces yo te llamaba así, viviendo como cualquier pareja. Quizás lo más que se les ocurría pensar era que tú eras algo mayor que yo. Hacíamos una vida con pocos contactos exteriores. Salíamos poco. En todo caso cada uno por su cuenta. Y las menos de las veces juntos.
Sólo ahora te puedo llamar madre sin que me extrañe esa palabra en la boca. Sin que rechine en tus oídos. Un buen día te esfumaste, nada, ni un rastro ni una huella. Ni siquiera una carta que hablase de asco. Pero la desolación en que me dejabas era el espejo de tu horror.
-Sabrás salir solo adelante, me habías dicho, en uno de tus enigmáticos anuncios de desaparición, que yo no podía entender, que me parecía que se referían a dejar de vivir como lo hacíamos.
Salí adelante. Tú lo sabías. Pero como si me hubiesen cortado una parte del cuerpo. Por eso me fue tan bien dentro de la organización: porque yo le cortaba una mano a un tipo y el tipo lloraba de dolor. Luego le ofrecía la mía para que el me la cortase a mí y el tipo lloraba por el espanto y lo aflojaba todo. La voz se corría y nadie quería verme en esas. Entretanto yo era un joven simpático, con un flequillo optimista, elegante y con ansias de prosperar. Pero tú no te habías quedado para verlo.
Ahora puedo decir: mamá. Aquí puedo hacerlo, nada se interpone. Sonríes, ajena ya a las desdichas. Estás aquí para despedirme y para darme la bienvenida. Todo ocurrió tan rápido que no hubo tiempo de nada. La moto se puso a la altura del coche, el chico me hizo una señal de alarma hacia las ruedas, quería decirme algo, el chico tenía una cara simpática, amable. Y yo caí, claro, como un novato. Bajé la ventanilla y me encontré con los dos tiros en la cabeza. Fulminado. Ahora con más calma, madre, estás tú para recibirme en estas tinieblas, dándome el adiós de viuda. Sin asco, sin amargura, con una sonrisa. Así son las cosas, así es el mundo. Este es todo el juicio al que hay que someterse. A tu sonrisa, mamá. Nada más.

viernes, 15 de febrero de 2008

Mercedes


Quién me iba a decir a mí hace 20 años que me iba a ver aquí de cuerpo presente con dos agujeros en la cabeza taponados, de dos tiros, algo más gordo, pero no mucho más, porque hace 20 años ya me sobraban tres o cuatro kilos, pero sí con más gusto para la ropa, con un aire más distinguido. Un traje como el que llevo vale una fortuna. Nadie podrá decir que no me queda impecable. Entonces nunca antes me había puesto una corbata. Y fíjate en ésta, Mercedes. Pepe y Sixto han sabido elegir bien. Hasta las que llevan ellos las han cogido de mi armario. No pierden el tiempo estos chicos, han aprendido de mí. No me molesta en absoluto que ya se hayan estado probando mis trajes. La primera vez que me puse una corbata fue para ir a verte a tí, Mercedes. Sólo recibías a hombres solventes y educados. Por aquellos tiempos yo no era más que un patán. Eras tú la que tenía estilo, la que sabía elegir. Eras tú la que había conocido las ratas y las chabolas. El eterno olor a agua sucia. Pero yo ni me lo podía imaginar. Habías aprendido a hablar bien y esa fue la primera lección.
-Niño, aprende a hablar.
Vestir como un dandy y hablar engatusando, sin faltas de ortografía, como me dijiste.
-Pon el oído, lee alguna novela y unos cuantos libros de poesía.
Lo mismo que te habían dicho a tí los viejos que se avergonzaban de tus expresiones después de haberte poseído.
Era cosa de fijarse en los peces gordos. No había manera de que me creyese lo que aquel tipo contaba en la novela, así que ni la terminé. La poesía me chocaba. Pero aprendí de quienes leían. Me gustaban las universitarias, las dejaba impresionarme al principio y más tarde era yo el que las impresionaba a ellas. Sin embargo, a tí nunca. Me conocías demasiado bien. Ni siquiera cuando te chapurreaba en varios idiomas las obscenidades que había aprendido. Ni cuando te contaba cómo hacíamos para que un tipo duro aflojase la pasta. Y eso me gustaba. Luego se convirtió en algo necesario, natural. Ya no era cuestión de dinero, pero siempre hacías que te pagase la tarifa.
-¿Nunca vamos a ser amigos?
-Ya lo somos, me contestabas.
-Quiero decir si siempre vas a cobrarme por estar contigo.
-Siempre.
No dejabas nunca de ofrecerme un detalle de profesional, aunque sabías que eso ya empezaba a disgustarme. Me acababas hablando como una furcia, tarde o temprano, en la cena o en el desayuno, donde menos yo lo esperaba.
-Esto lo hacen muchas esposas, me decías.
Si alguien hubo con quien no fuese así, yo nunca lo supe.
-¿Nunca te has enamorado?
-De tí, me dijiste. Y la sorna me hizo daño.
Un gánster herido así es como una fiera salvaje herida. Lucha sin contemplaciones, a muerte. Por eso no le ponía reparos a nada: a abrir un gaznate, a lanzar al fondo de la bahía a un padre de familia, a acribillar a tiros en un coche a dos tortolitos. Luego te contaba con todos los detalles mi hazaña y sonreías, triste, vengativa, deudora. Pero nada servía para nada más. Hasta que un día te comprendí. Un pordiosero te reconoció por la calle. Ibas a mi lado, señorita de compañía, a cenar con unos amigos. Llevabas un hermoso vestido que yo había pagado. Habías estado una hora arreglándote el pelo, las uñas. Me gustaba ver cómo te hacías la cera. Pero cuando te diste cuenta de lo que eso podía significar me lo prohibiste. Olías como podía oler una estrella de cine. Y llegó aquel viejo, sucio y desharrapado, y te reconoció. Habló de un mundo que tú ya no recordabas, de una chabola, de un hermano. Pero yo lo agarré por el cuello y tuvo que callarse porque lo ahogaba. Entendí todo el daño que aquel encuentro te había hecho. Entendí tu distancia del mundo. Y nunca más insinué que podríamos pasar por alto la tarifa estipulada. Dejaron también de molestarme tus detalles de fulana cara y exigente. Porque comenzó a correr entre nosotros un río subterráneo de cariño disimulado, de cuidado y atenciones. Porque nuestro cinismo crecía sobre él. Porque siendo duros y crueles, fríos y calculadores, había amparo en toda la rabia que tú contenías como un dique, que en mí estallaba como una bomba, cuando me liaba a mamporrazos con un infeliz.

Esa eres tú, Mercedes, delante del espejo. Desprecias a las demás y no te esfuerzas en disimulos. Sacarás una tarjeta con tu teléfono. Y se la entregarás a quien te la haya pedido sin mirarla. Desprecias a las de la lagrimita tambaleante. Y desprecias a las que quieren parecer más hermosas de lo que son. Tu vestido negro para que relumbre el collar de brillantes que yo pagué. La única que se atreve a tocar al muerto, porque quieres comprobar la calidad del frío que se aloja en mí. Frío blando, frío morboso, frío que te quieres llevar en la punta de los dedos. Porque ahí está todo, en el frío terrible de ese muerto que soy yo. Elegante, con esta corbata en la que te has fijado, con unos modales bien aprendidos de cómo se comporta el muerto, porque he asistido a un montón de funerales y sé lo importante que es guardar la compostura hasta que todos se vayan. Sin faltas de ortografía en mi expresión afable y simpática. Un poco más sola caminas hacia el coche que te espera.

Son tus pupilas del este y del sur, son chicas que traen en la punta de la nariz ese olor nauseabundo del agua podrida de las favelas, tienen adicciones, tienen miedo y la soledad se las come en el salón en el que esperan medio desnudas que llegue otra remesa de clientes. Son tan hermosas como quebradizas. El hombre se saca el dinero de una abultada cartera. Es un cliente fijo. Uno de los pocos que aceptas.
-No me pagues, le dices.
-Insisto en hacerlo.
Sus embestidas son mecánicas, frías, innecesarias.

jueves, 14 de febrero de 2008

Felisa



No ser ya uno mismo quien ha sido e incluso quien cree que es y aún así seguir siendo ese que es la descomposición o la esencia de aquél, esto todavía no lo sé, tiene ventajas e inconvenientes. El inconveniente principal es caer en galimatías, perder la credibilidad que uno ha conseguido siendo tipo de una pieza. La ventaja más importante es el relax que produce estar muerto. No habré mandado yo tipos a este barrio en el que me hallo. Y mira que si he llenado la costa de huérfanos y viudas, también este más allá, tan próximo a la costa, está lleno, gracias a mí, de gente tranquila. A qué ponerse nervioso por nada entonces. Lo veo ahora, pero no lo veía cuando gozaba de una perfecta salud. A veces perdía los papeles. Alguien conseguía sacarme de mis casillas. Me ponía rojo, se me hinchaban las narices y resoplaba. Quizás porque un camarero se confundía y me traía el zumo del sabor que no le había pedido.
-Vamos, jefe, tranquilo, el pobre diablo es tonto. ¿No ve que es ecuatoriano?
-Pues que espabile si quiere trabajar en la costa.
Quitaban al chico de mi vista y lo metían en la cocina, de donde no volvía a salir en meses.
Felisa estaba al otro lado de la barra, en el lugar del ecuatoriano confundido. Se lo dije al dueño del establecimiento en el momento de recoger el dinero que nos entregaba por la protección:
-Vas a ganar mucho más con ella ahí que con esos indios. Supongo que te tendremos que subir la cuota.
El hombre sonrió forzado.
-Es mi hija. Está estudiando teatro. Y también me ayuda.
Un bombón, la chiquilla. Se llamaba Felisa. Siempre que podía iba a desayunar a la cafetería de su padre. El ecuatoriano asomaba las orejas por la ventana de la cocina y luego se escondía, tembloroso como un conejo, cuando sabía que yo estaba allí.
Ese es el motivo por el que durante unos meses también me metí a empresario teatral. Ella.
Entonces no llegué a comprender muy bien en qué consistía eso del teatro, ya que no supe ir más allá en mi interés por la chica. No supe atravesar las lagunas de su misterio. Y vuelve a ser ahora cuando sospecho que la muerte y su reverso, la vida, son como una función de teatro. Algunos se sonreirán y dirán que ya lo sabían hace tiempo, que ellos lo han descubierto antes de ser fiambres. Es lo que pasa con los listos. Que habría que sacarlos a puntapiés del escenario. Como el mismo novio de Felisa, el director de la obra, que parecía saberse los papeles de todo el mundo. Un listillo al que me entraban unas ganas horrorosas de retorcerle el gaznate. Según, sin él no había obra. Había que joderse.

Felisa sabe llorar, porque la he visto llorar en escena, Felisa sabe enjugarse una lágrima, que no acaba de desbordarse, con la punta de un pañuelo. Ahí está Felisa, con un desconsuelo fingido, pero con una tristeza real, entre las otras, y con uno de los vestidos negros que sacó en aquella función, financiada por mi criminal actitud vital. Vitalísima incluso en este momento, cuando siento que mis uñas y mi pelo empiezan a estar incómodos en mi cadáver. Así que soy, después de todo, el reducto encerrado en la materia muerta durante la vida: uñas y pelo. Lo único que parece quedarme vivo en esta muerte. Como en un drama, cuando el telón cae la obra no se queda ahí, se la llevan los actores puesta encima, en los hombros de su personaje. Y la desarrollan en otros escenarios y toma vericuetos difíciles de seguir. Felisa sabe que nunca supe otra cosa de ella que no estuviese anclada en mi deseo de poseerla. De modo que ante su rechazo actué como únicamente sabía; con el dinero por delante. Dinero para lo que les hiciese falta, con tal de verla todos los días, con tal de sentir su agradecimiento, un beso que se le da a un tío con las manos muy largas, eso era todo. Pensar en ella me hacía sonreír y cuando la pobre chica vietnamita del restaurante se equivocó en el plato principal, pensar en ella hizo que me invadiera una ola de ternura por todos los vietnamitas masacrados. Pepe y Sixto se miraron cuando con mis mejores modales le dije a la chica que a pesar de que había habido un error, me iba a tomar aquel suculento plato que me había traído. Felisa ofrece su número de móvil a las puertas del cementerio, antes de marcharse, y son las otras entonces las que participan de esa idea e intercambian los suyos.

Felisa siempre supo qué clase de tipo era yo. El tipo que le apretaba las tuercas a su padre con un impuesto cruel e injusto, así que nunca se sintió en deuda conmigo porque yo soltase la pasta para montar su espectáculo. Pero nunca le dijo a su novio, el director, quién era yo realmente. Simplemente dejó que creyese que yo era un mecenas interesado, ruin, baboso, a lo sumo. Y el tío, como quería la pasta, tenía que aguantar que yo fuese detrás de su novia. Que me la quisiese follar. Así es la vida de curiosa. Sé que el cariño que Felisa sentía por mí era un cariño sincero, contradictorio, pero incontaminado en algún lugar de su corazón.

Ahí va, de espaldas, elegantísima, sobre unos tacones que nadie más será capaz de llevar como ella por las tablas de un escenario, con el traje negro que sacaba su personaje, porque, ya hemos reflexionado sobre el asunto, los vericuetos que toma un personaje en la vida real son impredecibles. Se acerca a un coche, se abre la puerta y toma asiento. Me alegro por ella, el chico que conduce no es aquel imbécil del director.
-¿Qué tal?
-Bueno.
-Adónde vamos.
-Al teatro.

El nombre de Felisa no está en ninguna de las puertas de los camerinos, comparte algo así como un vestuario con el resto de las chicas del coro. Es pronto, aún no ha llegado nadie más. Se desnuda, coge el traje negro y lo guarda en su taquilla. Muy despacio, desnuda también, pero sólo de cintura para abajo al chico. Lo introduce dentro de su boca, cierra los ojos y lo único que desea es tragar, tragar. Pena y sueños.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Adela


Aquel día no hacía mucho sol en la Costa del Sol. Sabía que mi futuro no sólo dependía de los mamporrazos. Para ellos ya tenía a Pepe y a Sixto. Así que acabé por tomar unas lecciones de golf. Pero de repente se puso a llover. Adela era peluquera en el club. Estaba de espaldas cuando entré y tardó un rato en darse la vuelta porque no me oyó. Lo primero que me gustó fue su espalda, su modo de respirar, la concentración con la que se entregaba a pequeñas tareas manuales. Yo nunca he sido un manitas, sin embargo ella era capaz de hacer ciertos arreglos eléctricos para los que se necesitaban habilidad y precisión. Mientras ella manipulaba un aparato yo la miraba en silencio, extasiado, y luego olía tan bien. La carne de Adela ya no era dura como las manzanas, se había ablandado, aunque seguía mostrando una rotundidad inapelable. Se desnudaba y parecía como si creciese. Como una esponja que se hinchara. Adela me sentaba en un sillón en mitad del dormitorio y con una maquinita que zumbaba como un enjambre me iba cortando los pelos de las orejas, de la nariz, del cogote. Era dos años mayor que yo. Diez menor que su marido, que solía pasar semanas fuera.
El swing no era lo mío y siempre andaba impaciente por acabar la clase para pasar por la peluquería.
-¿Otra vez se va a cortar usted el pelo?
-Sólo vengo a verla.
-Si quiere usted quedamos cuando acabe esta tarde.
Desnuda, lo he dicho, Adela era muy poderosa. Me subyugaba. Apenas me esforcé en complacerla durante los pocos meses que duró nuestra relación. Me dejó ella. Me dijo que su marido la necesitaba. El tipo se vestía con sus ropas. Pero ese no era el asunto, el caso es que se iba a morir. Le habían descubierto un cáncer.
Los campos de golf de la Costa del Sol fueron desde entonces mi despacho. Los conocía bien casi todos. Seguía siendo un pésimo jugador, pero me dejaban ganar casi siempre.
La echaba de menos e iba a verla a la peluquería. A veces consentía en arreglarme. Adela siempre pensó que yo era un respetable hombre de negocios. Le dije que había enviudado años atrás. Cuando por fin el otro murió fuí a verla, pero me dijo que ya no quería nada de los hombres. Estaba triste, muy triste, así que temí que me contagiase.

Está triste y me ha contagiado. Me ha puesto triste. Llora, pero no se le ven las lágrimas, se las come ojos adentro. Adela lleva algo en las manos, ya que no puede tener los dedos quietos, es un rosario. Pasa las cuentas y reza. Lo hace por mí. Me acerco hasta sus labios y me dejo acariciar por el bisbiseo. Es Adela como yo la conocí, Adela con un hermoso traje negro, porque sabía que me gustaba que saliese guapa. Yo mismo le regalé uno para el entierro de su marido, pero este es nuevo. Me gusta el detalle y se lo agradezco, le soplo en una oreja, como le gustaba que le hiciese.
-¿Qué quieres que te haga?
-Sóplame muy suavecito en las orejas, me decía. Y eso era todo. Lo demás me lo entregaba a mí. Toda la calidez atormentada, pero paciente de su cuerpo.
Hace buen día hoy para jugar al golf, pero la verdad es que nunca me ha gustado demasiado. Me parecía que era el sitio en el que me tenía que promocionar, eso era todo. Por otra parte, los palos me han servido para atizarle la badana a más de uno.
-Dame un número 4.
Sixto me hacía de caddie.
-Número 4.
Y con él le pegaba al fulano en las costillas para que le quedase claro quién mandaba en aquella parte de la costa.
Lo bueno de ser la bocanada que se la ha escapado a un fiambre es que si no te apetece no juegas a lo que no te apetece.
Quiero seguir un rato más con Adela mientras las colonias verminosas empiezan a dar cuenta de mis partes más blandas. Cada uno ha de cumplir con lo que ha de cumplir. Adela coge un taxi a la salida del cementerio y a mitad de trayecto se da cuenta de que quizás no le llegue lo que lleva para pagar la carrera. Cada salto del taxímetro representa un asalto a su corazón. El hombre es rudo y maleducado, de lo que hace gala. Adela piensa que mejor éste que cualquier otro, así que lo invita a subir a su piso. Me sorprende Adela, he de confesarlo. Lo que hacen en el dormitorio está muy lejos de ser lo que Adela me pedía o lo que hacía con su marido. Pervertido, vestido como ella, con su ropa. Y me doy cuenta de una cosa. Que las personas son un misterio. No es el descubrimiento de la pólvora, pero en vida no lo he sabido nunca. No me hace daño conocer a Adela, todo lo contrario. En otras circunstancias hubiese pensado en darle una paliza al tipo, incluso a Adela, escarmentarlos a los dos. Pero en la actual tesitura en que me hallo me hace bien. Ojalá hubiese ahí alguien comprendiéndome a mí, cuando le atizo a un pardillo. ¿Por qué no?
El vestido de luto de Adela queda colgado de una percha. Los pantalones del taxista en el suelo. Salgo a la calle para encontrarme con ese vagabundeo recurrente de buscar un lugar en el que tomar una copa, donde no tomarla. Quizás es la primera vez en muchos años que miro hacia el cielo. Por supuesto, ni una estrella. Sólo la luna y los anuncios de la ciudad.

martes, 12 de febrero de 2008

Laura


Teníamos que sujetar a aquel tipo de alguna manera, que no se nos fuese a ir mientras comprobábamos que nos había dicho la verdad: que la bolsa estaba en una consigna de la estación de autobuses. Yo tenía una cita con Laura y no me podía quedar a vigilarlo. Les dije a los chicos que lo dejaran en el apartamento, inmovilizado, y que ellos mismos se ocupasen de la comprobación. Laura me esperaba en un restaurante para almorzar. Cogieron unas puntas y un martillo y lo clavaron al suelo de madera. El pobre diablo se desmayó en cuanto lo colocaron como a Jesucristo sobre el entarimado y le atizaron el primer golpe en la palma abierta.
-Muchachos he de marcharme. Nos vemos a la noche.
-Hasta luego, jefe y descuide. Lo primero es lo primero.
Laura tenía una copa de agua a medias y estudiaba la carta.
-Perdona el retraso, el tráfico está imposible con la ciudad llena de obras.
-No, si he estado muy entretenida con la carta. Está llena de errores.
Laura era filóloga y trabajaba en una editorial como correctora.
-Deformación profesional.
-A todos nos ocurre si realmente estamos enamorados de nuestro trabajo.
Me señaló los errores en la carta y cuando se levantó para ir al lavabo le dije al maitre que por la cuenta que le traía los subsanase antes de que nos marchásemos.
El hombre sonrió con cara de una paternidad dudosa o ambigua.
Laura sabía elegir las palabras, yo los platos. Para ninguno de los dos era un secreto que tras aquel almuerzo era ya inaplazable la sobremesa en un hotel. Tenía la reserva hecha.
Elegí pescado a la sal y un vino blanco achispante. Ella me divirtió con las anécdotas de los escritorcillos a los que corregía. Mientras hablaba le brillaban los ojillos de intención. Uno de los plumíferos había sido medio novio y era a ese al que más le tomaba el pelo. No me gustan las mujeres con pantalón. Lo dejo claro en la primera cita. Laura lo sabía. No me preocupo de averiguar la opinión de ellas sobre el tema. El caso es que jamás me habrá visto nadie en la compañía de una mujer con pantalón. Laura llevaba un vestido precioso, demasiado sofisticado para un chica que ha pasado la mañana corrigiendo pruebas de textos incoherentes en su contenido. Lo que a Laura le gustaba de mí es que yo hablaba menos que ella, pero cuando lo hacía tenía claro el asunto.
-He pasado la mañana apretándole las clavijas a un tipo.
-Eso está bien, me decía. No era como el resto de universitarias con las que había salido. Y no le interesaba cotillear en mis asuntos. Sabía lo que hay que saber: que le gustaban los hombres de una pieza.
Renunciamos al postre.
-Vámonos ya, me dijo.
Cruzamos la calle y subimos a la habitación. Lo primero que hizo Laura al enfrentarme fue darme una bofetada. Luego todo lo que le fui indicando apenas con un gesto o un susurro. Ella era explícita, exacta en su deseo.
-Aquí no se puede fumar, joder. Hay alarmas en contra del humo.
Salimos al balcón envueltos en los albornoces. El frío nos dejó los pies helados y luego nos los frotamos hasta que entraron en calor.
Laura tenía la mitad de años que yo. Pero no me creía.
-No los aparentas.
-Gracias.
Concertamos otra cita en aquel hotel para la semana siguiente, pero esa misma noche la llamé y le dije que no podría esperar tanto y que no quería que fuese en el hotel.
-¿Prefieres que sea en el Parque de Atracciones?
-Quiero que vengas a mi casa.
-Vaya, nunca he estado en la casa de un mafioso. Me gusta.
-Quiero verte mañana.
-Yo también te quiero ver mañana. En tu casa.
No es que se quedara a vivir, pero pasaba dos o tres días seguidos y luego volvía a su apartamento.
-Eh, yo no soy la chica del gánster, me advirtió. Siguió trabajando en la editorial. Soñaba con independizarse y montar ella misma una, en la que descubrir a escritores de verdad.
-Lástima que tú no seas escritor, me decía.
Como yo conocía bien su carácter fuerte e independiente tardé en insinuarle que la podía ayudar en su carrera.
-Yo no soy la chica del gánster.
Estaba más que claro.

Laura regresa a su apartamento y se desnuda. Deja el vestido negro de mi funeral arrugado en un rincón del dormitorio. Abre el armario y descubro que lo tiene lleno de pantalones, pero le adivino el pensamiento. Elige una falda y durante un rato contempla otra que conozco bien, porque en una ocasión derramé mi copa de vino sobre ella. Fue el día de nuestro primer enfado. Yo estaba preparando la cena en la cocina y ella llegó para decir que salía, que había quedado con unos compañeros de la editorial para montar una conspiración contra sus jefes. Lo único que se me ocurrió hacer fue montarle una escenita.
-Si quieres te pongo una editorial el doble de grande que esa mierda en la que trabajas.
-No uses conmigo tus modales de gánster de la tele. Que a tí lo que te sobran son muchas horas de cajatonta.
Me gustaba mucho la televisión y no me perdía ninguna serie de mafiosos. Me daba igual que fuesen americanos, chinos, italianos, rusos.
Laura salió con sus colegas y no dejó que la acompañase.
-No pegas ni con cola. Es como si yo te pidiera que me llevases a una de tus reuniones de trabajo en las que habláis de cómo retorcerle el brazo a un tipo. Las cosas están bien así, cada uno ha de organizar su vida.
Aquella noche supe que lo nuestro tenía una fecha de caducidad grabada en el reverso de nuestros sueños. Forcejeé con ella y lo único que conseguí fue derramarle una copa de vino por encima.

Esa es Laura. Estudia la carta del restaurante. Localiza una errata, pero no se lo dice a su acompañante, entre otras cosas porque sabe que el pobre diablo no va a poder hacer nada por solucionarlo y porque ella misma ha contratado a un filólogo muy voluntarioso y vocacional en el oficio, que se ocupa de esas tareas. El patán que tiene enfrente no tiene cualidades para encargar la cena. Habla poco. Y Laura piensa que con él será ella la que se tenga que ocupar prácticamente de todo: de editarle los libros y de sacar temas de conversación.
-Vengo del funeral de un viejo amigo.
-Lo siento. Los funerales. Los funerales, dice él, sin más, pesaroso.
-En una época fuimos pareja.
-Extraño, ¿verdad?
-¿Qué cosa?
-Enterrar a un antigua pareja.
-Sí que lo es.
Laura encarga un pescado a la sal y un vino achispante.
Lo que viene lo conozco, así que me abstengo de subir con ellos hasta el apartamento. Doy una vuelta por ahí. Tengo la boca seca. Me gustaría tomar una copa. Pero no tardo en advertir que se trata de una sensación errónea, falsa, porque sólo soy forma sin materia. Y lo mismo me da tener sed que no tenerla. El infierno me parece igual de jodido que la vida en esta condición. De lo que estoy seguro es de que el vestido negro de Laura, con el que tan hermosa ha venido a darme el último adiós se va a tirar unos cuantos días arrugado en el rincón. Hasta que decida llevarlo a la tintorería. Algunas de nuestras discusiones más frecuentes venían motivadas por nuestras diferencias en ese aspecto: yo siempre fui ordenado hasta extremos puntillosos, mientras que ella, descuidada y feliz, iba dejando sus vestidos por toda la casa.

lunes, 11 de febrero de 2008

Laura, Águeda, Mercedes, Salvadora, Carmen, Adela, Sara y Felisa

Eran muy hermosas sin excepción, jóvenes y maduras, e iban vestidas de negro. Negro de pies a cabeza. El negro en la mujeres siempre me ha destacado su suprema carnalidad. Estaban espléndidas y se concentraban a mi alrededor, que yacía aún con media sonrisa hueca y el flequillo suelto, las manos cruzadas en el pecho, un pulgar acariciando uno de los botones de nácar de mi camisa. Fiambre. Dos tiros me habían dado, con sendos orificios de entrada y de salida. Pero a sus ojos todo estaba perfecto, taponados con cera. Ellas resplandecían con los lagrimales húmedos, que a compás se iban secando con la punta de unos pañuelitos perfumados, los cuales a mí me producían nostalgia. Yo intentaba demorarme con la misma simpatía que había cultivado en las épocas de más ajetreo delictivo, pero la verdad es que me empezaba a encontrar frío y sentía que se iniciaban los procesos de descomposición. No obstante, estaba dispuesto a aguantar el tipo mientras ellas estuviesen allí velándome. Serían sólo unos minutos más. Luego me relajaría viendo el trabajo de los gusanos. Siempre fui un perfeccionista, así que estaría atento a cualquier detalle. No todas se conocían, es fácil de entender que nunca me hubiese preocupado de hacer los honores de presentación entre ellas. Algunas se habían encargado de darse a conocer por su propia cuenta y en esos asuntos yo nunca me había metido. Cuando me cerraron la tapa del ataúd pensé que Adiós definitivamente, adonde fuera que me dirigiese, pero en el acto mismo del crujido del cierre, estuve de nuevo entre ellas liberado ya del frío y de los retortijones de la descomposición. Se puede decir que en forma sin materia. Me sentía en el centro de todas y en el interior de cada una. A la puerta del cementerio, cuando llegó el momento de decirse adiós intercambiaron tarjetas y teléfonos, porque a pesar de todas las diferencias que las separaban, cuando se sacasen de encima todos aquellos hermosos vestidos luctuosos, seguirían teniendo en común a un hombre. Y no un hombre cualquiera. Bien lo sabían.
Laura, Águeda, Mercedes, Salvadora, Carmen, Adela, Sara y Felisa.