jueves, 14 de febrero de 2008

Felisa



No ser ya uno mismo quien ha sido e incluso quien cree que es y aún así seguir siendo ese que es la descomposición o la esencia de aquél, esto todavía no lo sé, tiene ventajas e inconvenientes. El inconveniente principal es caer en galimatías, perder la credibilidad que uno ha conseguido siendo tipo de una pieza. La ventaja más importante es el relax que produce estar muerto. No habré mandado yo tipos a este barrio en el que me hallo. Y mira que si he llenado la costa de huérfanos y viudas, también este más allá, tan próximo a la costa, está lleno, gracias a mí, de gente tranquila. A qué ponerse nervioso por nada entonces. Lo veo ahora, pero no lo veía cuando gozaba de una perfecta salud. A veces perdía los papeles. Alguien conseguía sacarme de mis casillas. Me ponía rojo, se me hinchaban las narices y resoplaba. Quizás porque un camarero se confundía y me traía el zumo del sabor que no le había pedido.
-Vamos, jefe, tranquilo, el pobre diablo es tonto. ¿No ve que es ecuatoriano?
-Pues que espabile si quiere trabajar en la costa.
Quitaban al chico de mi vista y lo metían en la cocina, de donde no volvía a salir en meses.
Felisa estaba al otro lado de la barra, en el lugar del ecuatoriano confundido. Se lo dije al dueño del establecimiento en el momento de recoger el dinero que nos entregaba por la protección:
-Vas a ganar mucho más con ella ahí que con esos indios. Supongo que te tendremos que subir la cuota.
El hombre sonrió forzado.
-Es mi hija. Está estudiando teatro. Y también me ayuda.
Un bombón, la chiquilla. Se llamaba Felisa. Siempre que podía iba a desayunar a la cafetería de su padre. El ecuatoriano asomaba las orejas por la ventana de la cocina y luego se escondía, tembloroso como un conejo, cuando sabía que yo estaba allí.
Ese es el motivo por el que durante unos meses también me metí a empresario teatral. Ella.
Entonces no llegué a comprender muy bien en qué consistía eso del teatro, ya que no supe ir más allá en mi interés por la chica. No supe atravesar las lagunas de su misterio. Y vuelve a ser ahora cuando sospecho que la muerte y su reverso, la vida, son como una función de teatro. Algunos se sonreirán y dirán que ya lo sabían hace tiempo, que ellos lo han descubierto antes de ser fiambres. Es lo que pasa con los listos. Que habría que sacarlos a puntapiés del escenario. Como el mismo novio de Felisa, el director de la obra, que parecía saberse los papeles de todo el mundo. Un listillo al que me entraban unas ganas horrorosas de retorcerle el gaznate. Según, sin él no había obra. Había que joderse.

Felisa sabe llorar, porque la he visto llorar en escena, Felisa sabe enjugarse una lágrima, que no acaba de desbordarse, con la punta de un pañuelo. Ahí está Felisa, con un desconsuelo fingido, pero con una tristeza real, entre las otras, y con uno de los vestidos negros que sacó en aquella función, financiada por mi criminal actitud vital. Vitalísima incluso en este momento, cuando siento que mis uñas y mi pelo empiezan a estar incómodos en mi cadáver. Así que soy, después de todo, el reducto encerrado en la materia muerta durante la vida: uñas y pelo. Lo único que parece quedarme vivo en esta muerte. Como en un drama, cuando el telón cae la obra no se queda ahí, se la llevan los actores puesta encima, en los hombros de su personaje. Y la desarrollan en otros escenarios y toma vericuetos difíciles de seguir. Felisa sabe que nunca supe otra cosa de ella que no estuviese anclada en mi deseo de poseerla. De modo que ante su rechazo actué como únicamente sabía; con el dinero por delante. Dinero para lo que les hiciese falta, con tal de verla todos los días, con tal de sentir su agradecimiento, un beso que se le da a un tío con las manos muy largas, eso era todo. Pensar en ella me hacía sonreír y cuando la pobre chica vietnamita del restaurante se equivocó en el plato principal, pensar en ella hizo que me invadiera una ola de ternura por todos los vietnamitas masacrados. Pepe y Sixto se miraron cuando con mis mejores modales le dije a la chica que a pesar de que había habido un error, me iba a tomar aquel suculento plato que me había traído. Felisa ofrece su número de móvil a las puertas del cementerio, antes de marcharse, y son las otras entonces las que participan de esa idea e intercambian los suyos.

Felisa siempre supo qué clase de tipo era yo. El tipo que le apretaba las tuercas a su padre con un impuesto cruel e injusto, así que nunca se sintió en deuda conmigo porque yo soltase la pasta para montar su espectáculo. Pero nunca le dijo a su novio, el director, quién era yo realmente. Simplemente dejó que creyese que yo era un mecenas interesado, ruin, baboso, a lo sumo. Y el tío, como quería la pasta, tenía que aguantar que yo fuese detrás de su novia. Que me la quisiese follar. Así es la vida de curiosa. Sé que el cariño que Felisa sentía por mí era un cariño sincero, contradictorio, pero incontaminado en algún lugar de su corazón.

Ahí va, de espaldas, elegantísima, sobre unos tacones que nadie más será capaz de llevar como ella por las tablas de un escenario, con el traje negro que sacaba su personaje, porque, ya hemos reflexionado sobre el asunto, los vericuetos que toma un personaje en la vida real son impredecibles. Se acerca a un coche, se abre la puerta y toma asiento. Me alegro por ella, el chico que conduce no es aquel imbécil del director.
-¿Qué tal?
-Bueno.
-Adónde vamos.
-Al teatro.

El nombre de Felisa no está en ninguna de las puertas de los camerinos, comparte algo así como un vestuario con el resto de las chicas del coro. Es pronto, aún no ha llegado nadie más. Se desnuda, coge el traje negro y lo guarda en su taquilla. Muy despacio, desnuda también, pero sólo de cintura para abajo al chico. Lo introduce dentro de su boca, cierra los ojos y lo único que desea es tragar, tragar. Pena y sueños.

3 comentarios:

Fernando dijo...

Desesperante, hombredebarro. Es la impresión que produce. No la lectura, sino el sentimiento de estar en la historia.

hombredebarro dijo...

Gracias, Fernando, tus impresiones son como ese hilo que nos llevan por el camino correcto dentro del laberinto,me sirven para no extraviarme.

marisopli dijo...

"Felisa o la Filosofía del gánster: de cómo todos tragan en una historia con final de punto y seguido".
Sainete en un acto.