jueves, 7 de febrero de 2008

Una piraña


Estoy aquiií, dentro de la barriga de la piraña, hecho cachitos por sus dientes tan afilados. Así que lo que recuerdo no es mucho. Más o menos esto:
La seño nos dijo que buscásemos en Internet: pino, piña y piñones. Papá me sentó en sus rodillas después de cenar y me puso Google para que yo mismo teclease las palabras. Papá me explicó las imágenes. Me dijo que las hojas eran como agujas. Y me enseñó los dos tipos de piña.
-Esta no es la piña del pino, me dijo, mientras me señalaba una lata de piña.
Luego buscó en la cocina, pero no encontró piñones. Vi las fotos. Las imprimió y las guardamos en mi mochila para que no se me olvidasen a la mañana siguiente.
-Ahora puedes buscar lo que quieras.
Yo escribí: rape abisal, y luego: pez víbora. Me gustan mucho los peces de las profundidades. Antes de irme a la cama me dejó que viese la canción de Pesadilla antes de Navidad.
Sara llevó una bolsita con piñones y los probamos. La seño tenía un piña preparada. Una de color amarillo que habíamos usado como adorno de Navidad. Y luego bajamos al patio. Para que todos nos fijásemos bien en los pinos.
En el comedor nos pusieron arroz a la cubana y palitos de merluza, pero cuando mamá me preguntó, como todos los días, le contesté, como todos los días, que yo nunca decía lo que había comido, pero que si quería le decía el cuento que esa mañana nos había contado la seño. Vamos, la conversación de siempre.
Estuve hasta las cinco en el ordenador. Luego juegué un rato con los dinosaurios en mi cuarto: hice tres filas, una de terrestres, otra de voladores y otra de acuáticos.
Merendé fruta y un bocadillo de pan pan de nocilla. Luego bajamos al parque. Y allí estaban mis amigos del cole. No todos, ni el más amigo, pero sí unos muy amigos. Estuvimos en el tobogán. Carlos se cayó de boca de un columpio y su papá tuvo que limpiarle con un pañuelo la sangre que echó por la nariz. Y por la boca. Se partió un diente.
En el baño papá me enjabonó y me dijo que podía jugar mientras me preparaba la cena. Le pegué un mordisco a la esponja. Cada noche me comía un trocito. Les advertí al tiburón y al león que esa noche iban a venir Roson y Necalí a ponerles el cerebro de gallina con un cable azul.
Papá me preguntó por Roson y Necalí. Pero no le contesté. Me estaba frotando la cabeza con una toalla para secarme le pelo y me estaba molestando mucho.
Le pregunté a papá si una piraña sola se podía comer a una persona. Y dudó.
-Venga, me dijo, que tienes la cena en la mesa.
-¿Después puedo buscar imágenes en Internet?
-Sí, si te tomas toda la leche bien y rápido.
Tardé un buen rato en cenar, porque me dolía la cintura y porque la pajita tenía un agujero, así que no chupaba.
-Ahora, las imágenes, exigí.
-Se ha hecho muy tarde, me dijo papá. Te tienes que ir a la cama, has tardado mucho en tomarte la cena.
Me eché a llorar y me acosté dando alaridos. Me quedé dormido con la cara mojada por las lágrimas. La piraña comenzó a morderme el dedo gordo, eran cosquillas. Reí. Estuve riendo hasta que terminó de devorarme. Una piraña, ella solita.
Lo que pasa es que ya no me hace gracia. Y creo que a papá tampoco.

3 comentarios:

Mariano Zurdo dijo...

Me parece increíble la cantidad de relatos cortos que eres capaz de escribir. Creo que ya te lo he comentado alguna vez.
Además me gusta mucho cómo los cierras, que es asunto harto complicado.

Carmen dijo...

Mejor haber soñado con piñas...

Literófilo dijo...

tu texto que me leí todito me recordó una fábula que veía de niño (me refiero a lo surrealista y bizarro del texto mismo) Santi y Josefina, un abrazo, te espero por casa.