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lunes, 13 de septiembre de 2010

En el porno




En el porno, tal como lo entiendo yo, no vale que te digan madura interesante se lo monta con su sobrino. Tienes que ver con tus propios ojos cómo una mujer guapa, con perlas en las orejas y una pulsera de oro en la muñeca coge la polla con ternura, la acaricia, la moja con su propia saliva y la frota hasta que el chico se corre. En el porno bueno la mujer, aunque esté desnuda, que no es imprecindible, ha de tener una mirada tierna, comprensiva y sabia, pero hay mucho porno malo, es lo normal. También abunda la fruta sin sabor, acorchada y la literatura de fritanga. He trabajado toda mi vida y esto del porno ahora es una cosa más. Son unos chicos muy simpáticos, pero a veces se les nota la inexperiencia. Habilidosos, eso sí. Les digo las cosas con mucho cuidado. Rodamos con mis indicaciones porque se han dado cuenta de que luego funciona bien. Trabajo con el primer plano y con el plano medio en los que se me ve a mí o la polla del chico delante de mí. Trabajo con la expresión del rostro, con el lenguaje de los ojos, no me hace falta gemir ni fingir. Cuido mi vestuario y mi maquillaje. En ocasiones también hay que echar mano de trucos, como la mirada turbia a la cámara en el lugar en el que están los ojos del chico. Los cortes no deben durar más de cuatro minutos.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Un relatillo en el periódico


Ayer apareció en La voz de Galicia mi relato titulado "El vampiro escritor". Mi amigo Marcos me mandó por el móvil una foto de la página en la que se veía también una foto del menda en medio del cuentecillo, pero mi impericia hizo que la perdiese nada más verla. Os pongo el enlace digital AQUÍ, pero en ese ya no está mi careto.

domingo, 29 de agosto de 2010

Hombres de negocios



La fotografía es de John Heartfield


Soy un hombre de negocios, he de sentir que mi tiempo es rentable, que cada minuto que pasa gano más dinero. Nunca me he preocupado mucho de los asuntos del alma o de la mente. Mi corazón está ocupado, como yo mismo. Ayer, sentado en la taza del váter, oí que me llamaban desde allí abajo. Tiré de la cadena y la llamada cesó, pero esta mañana me dio miedo sentarme. ¿Cómo voy a hacer ahora? Le ordené a mi chófer que me llevase al campo. Me agaché detrás de una piedra, al lado del río. Verán ustedes que tampoco soy hombre de remilgos. De repente un enano, de bosque encantado, se asomó desde un árbol. Eh, tú, qué estás haciendo, me preguntó. Me apuré e intenté subirme los pantalones, pero no atiné, así que desde entonces hasta que esta historia acabe el lector puede representarme con ellos por las rodillas, si le place. He cogido una fobia y estoy intentando solucionarla, soy un hombre práctico y resuelto, le dije. Me parece bien, se necesita gente que no se aturulle a la más mínima, dijo, no sin cierta ironía, echándole un vistazo a mis canillas blancas y peludas. Me informó de que él estaba haciendo tratos en el bosque para montar cierta empresa que explotaría sus recursos. He decidido subirme los pantalones, que los lectores hagan lo mismo, si les place, que me los suban. Pero no consigo abrocharme el cinturón y se me vuelven a escurrir. Ya dije al principio que quien quisiera me los podía dejar abajo todo el tiempo. En realidad los pantalones ya me importaban poco y todo fue una maniobra para pensar. Pensar en cómo convencer al enano de que me dejara participar en el negocio y en cómo convencer al lector de que le estoy contando algo que me ha ocurrido, que no me lo estoy inventando. Le hablé de mis experiencias empresariales, pero noté que no me creía. Enano estúpido, pensé, ignorante, en cuanto salga de este bosque te vas a enterar, le sonreí. Y en esas se esfumó, el enano de bosque encantado. Miré alrededor y como no había nadie más terminé de aliviarme. No podía volver a aquel lugar después de lo ocurrido. Me levanté y me subí los pantalones. El relato se va a prolongar unos instantes más de lo previsto, ya completamente vestido. Caminé hasta el coche y le indiqué al chófer que me llevase a la oficina. Pasé el día entero pensando en la voz que había salido de allí abajo de la taza, en el enano del bosque. Por primera vez en muchos años perdí dinero. Pero como soy un hombre de decisiones hice que mi secretaria concertase una cita con un especialista. Le conté lo mismo que les he contado a ustedes. Y creo que pensó que me inventaba algo así para llamar la atención, lo cual no dejaría de ser una simpleza por parte todos los actores implicados en este asunto, incluído el enano, del que no he vuelto a tener noticias directas, aunque sé que sigue con la idea de sacarle más provecho al bosque que el simple encantamiento.

viernes, 27 de agosto de 2010

Habitación del antesdeya



No siendo estrictamente verdad, en este momento de escribirlo, que me he quedado en estas palabras que vais a tener de mí, sin embargo, cuando tú las estés leyendo, tarde o temprano, sí, podré decir que mi único rastro ya será éste. Y que todo lo escrito se corresponde con lo cierto, cuando declare que me he tapado la cara con un sombrero para protegerme del sol, aunque jamás haya llevado a cabo yo tal maniobra con un objeto tan anticuado. Mi promesa de vivir en el futuro, eso que vulgarmente llamamos estar muerto, se cumple desde antesdeya. Yazgo con el bigote engominado, las manos sobre el pecho y una flor prensada entre los dedos. Yazgo así desde el siglo pasado, habiendo estado vivito y coleando hasta hace poco, y seguiré sin levantarme por mucho jaleo que armen esas hordas de la juventud escandalosa con sus vasos de plástico llenos de ginebra. Fui la novia y también el novio. Qué mas da. Todo pasa por fuera y todo lo registro, te darás cuenta de que también a ti te ocurre cuando yo te lo diga, serás un rastro solamente de lo que todavía no existe, tarde o temprano, sí, tampoco, nada, nunca, habrá. Camino, pero estoy acostado. Salto, pero me hundo. Giro, pero inmóvil. No siendo estrictamente mentira, en este momento de escribirlo, que tengo una habitación en un hotel del tiempo, tampoco es verdad, porque mi casa es la de siempre, está llena de goteras y se hunde en el lodazal del hombre, de forma que las flores que riego son brazos y piernas que sobresalen buscando arriba un poco de luz, huyendo de la luz de la oscuridad. Y que en lo que no he escrito es donde está todo lo que he querido decir. Solo por amor, desde donde se empieza, claro...

jueves, 26 de agosto de 2010

lunes, 23 de agosto de 2010

La dormida


Matisse, Retrato de Marguerite dormida

Anoche en los servicios de la estación de autobuses un hombre se puso a mi lado y me hizo una propuesta concreta. Lo acompañé a su coche, que no estaba estacionado lejos, y me enseñó cuatro o cinco técnicas esenciales. Luego llegué a mi casa y mi mujer se dio cuenta de que estaba muy cansado. Me quedé dormido enseguida, pero a las pocas horas me desvelé y supe al instante que no volvería a pegar ojo, aunque permanecí en la oscuridad pensando en el hombre que había conocido. Era extranjero y me contó que acababan de expulsar del país a todos sus amigos. Hablaba, sudaba y bebía al borde de mi cama. Tengo facilidad para hablar con desconocidos no sólo en unos urinarios. No soy además persona demasiado íntegra, todo hay que decirlo, pero tampoco le debo a nadie nada. Cada cual tiene sus problemas, sin embargo me gusta darle preferencia a los demás para que se desahoguen. Aquel hombre dijo de repente que se tenía que marchar de allí, que no se sentía seguro. Estamos en mi dormitorio, le dije, en la oscuridad y solo porque me he desvelado has aparecido ante mí, tranquilízate. Era un hombre guapo, del tipo que se busca la vida sin demasiado esfuerzo, pero pagando un alto precio. Me puso una mano en un hombro como si se sintiese en deuda conmigo y no tuviera muchas posibilidades de saldarla. Adiviné que escondía un arma y le dije que aunque eso me solía repugnar en ese momento me estaba provocando una erección. Quiero aclarar que entre ese hombre y yo no había habido nada personal contra lo que muchos ya habrán pensado, al no haber sido demasiado claro en mi relato ya que tampoco tengo motivo ninguno para serlo. Me gustan las situaciones morbosas y ambiguas. El hombre sacó la pistola de alguna parte y me la enseñó. Era la primera vez que yo tenía un arma de ese tipo en mis manos. Me invitó a que le apuntase, pero me limité a dejarla sobre la cama, al lado del bulto del cuerpo de mi mujer, que tenía la respiración de un sueño muy profundo. Somos su sueño, me dijo. Y me convenció. Ella se levantará dentro de unas horas y ni tú ni yo estaremos aquí para verla, añadió. Eso me provocó una sensación de dolor y tristeza sobrecogedoras y estuve a punto de dejarme llevar por el llanto. Aquel hombre y yo nos acercamos a la dormida, tan pegados el uno al otro que si de repente se hubiese despertado sólo habría encontrado a un desconocido en su cama.

sábado, 21 de agosto de 2010

Odisea


El grafitti es de Bansky


Soy una pompa de jabón que pasa por un hombre que camina por la calle, me agacho para atarme los cordones, soy una pompa de jabón que busca el arriba. En pocos segundos estallaré y, blop, la gente se arremolinará en torno a mí y alguien me aflojará la corbata y me desabrochará la camisa.


El niño lleva un rato aporreando la puerta, pero no estoy seguro de si quiere salir. La aporreó largamente para entrar. Largamente quiere decir que entretanto un hombre se fue pudriendo como hombre.


Cae un pájaro en picado, se precipita contra el operado busto de cupletista de una señora delante de un escaparate. Se le clava como un puñal y ella se agarra al pájaro como a una tabla de salvación.


Abro la boca y enseño una máquina de amor perfecta. En lugar de dientes una ametralladora que escupe formas, en la lengua un remolino de cuchillas lujuriosas. Me abro la bragueta y enseño una máquina perfecta de perdón.


Los árboles son príncipes perdidos, los ríos son princesas perdidas, los gusanos son príncipes encadenados a princesas.


Marcho sobre el polvo de los que marcharon antes por este desierto, como polvo, escupo polvo y sobre el polvo sueño. Es más que suficiente para un hombre al que se le deshace el nudo de los zapatos, un hombre que es una pompa de jabón.

lunes, 16 de agosto de 2010

Otro fan más de Los Ramones



Llevo horas caminando por esta duna para llegar hasta la playa, que aún no veo, pero cuyo oleaje oigo. Me hundo en la arena y avanzo con dificultad. El sol pega fuerte, pero no me quito mi chupa de cuero. Le voy dando vueltas a la idea que oí de que la muerte de Joey Ramone antes de poder celebrar la fiesta de su 50 cumpleaños probaría que Dios no existe, ya que si existiese habría elegido a Phil Collins. Cuando por fin consigo llegar arriba diviso el hotel entre la falda del monte y las lagunas. Llevo enganchado al cinturón un cordel en el que a su vez van sujetos los globos para la fiesta infantil de la temporada. Me mojo las zapatillas, pero no me importa demasiado, pues me proporcionan un contrapeso que me ancla a la tierra, habiéndome hecho levitar en varias ocasiones la fuerza del gas con el que han sido hinchados los globos. El recepcionista me sonríe con profesionalidad, acostumbrado a fingir que no le importan las pintas. Me invitan a un refresco antes de volver a la duna. Les guiño el ojo a los chavales que pasan a mi lado. Me gustaría liarla con ellos, saltar a la piscina y poner a funcionar los extintores, pero allí sólo soy el chico de los recados. La duna se ha movido y no sé regresar sin atravesarla. Por la noche pensaré que ya no estoy encima de todo este montón de arena, mientras grito: Hey ho, let´s go.

viernes, 13 de agosto de 2010

La cicatriz


Nuria Forteza, Cicatriz 1, 2001, Aluminio y cremallera


Tengo una cicatriz en la barriga a la que nunca le he dado importancia, pero creo que ya va siendo la hora de empezar a tenerla en cuenta. Está ahí desde que me operaron de apendicitis cuando era un niño. Es un costurón feo en un lugar también feo y piloso. Alguna vez he comentado que tenía una cicatriz en la barriga, pero no habrá muchos que lo recuerden, no estoy seguro ahora de si me he atrevido a levantarme la camisa y enseñarla. No es ese tipo de cicatriz que te hace más interesante, al borde de la ceja, por ejemplo, que sirve para potenciar un aire pasional. No, es un simple remache quirúrgico, que ha ido tomando el aspecto de una cremallera olvidada. Sin embargo, hay una relevancia sorda en su borde endurecido cuando me paso la yema de los dedos por encima. Pone frontera en un territorio sin delimitaciones políticas. Inducido por una vaga e imprecisa sensación de morbosidad me gustaría pedirle a algún espectador anónimo que acercase sus labios a mi cicatriz, pero el pudor me lo impedirá a última hora, bien lo sé. Es un celofán de piel satinada y muerta que brilla cuando me tiendo en el sofá al lado de la ventana y la luna me cae encima con su lujuria aceitosa, fría. Mi cicatriz se yergue ante mí con la reclamación de su importancia, percudida, secreta también, y desvelada de un sueño sin amanecer. Cerró el tajo que con el bisturí me habían abierto, estuvo fresca y ahora la recuerdo cruda, tierna, dolorosa. Cosida por una mano que no realizó con ella su mejor obra, es como la letra torpe y grande de un aprendiz. Han pasado los años de su abrochamiento solidificado, objetual, pudiendo decir que mi cicatriz de la barriga es como aquel guijarro que conservo desde que estudiaba lejos, como el libro del que nunca he pensado deshacerme, como el anillo que nunca he tenido, que por mucho que no me pertenezca, nunca dejará de ser mío si así lo quiero. Mi cicatriz, ya es hora de decirlo, de nunca. La comisura de un vacío sonriente que se petrificó en el primer paso. Ahí, o mejor dicho, desde ahí, ella se vuelve a pronunciar a estas alturas de la vida. Está donde está como testigo, como vigía de quien mira dentro, como guardián de los pasos no dados, de las palabras pronunciadas con el defecto de dicción, de la ridícula estrategia de afrontamiento de. Tantas veces la cicatriz bajo la camisa olvidada, inexistente, sin expresión. Y mírala ahora, por el contario, cómo dice más que una lengua, parloteando como un loro, mi cicatriz parlanchina, que me interpela mientras me tomo una cerveza fresca, el borde del botellín frío sobre su borde de muerte, de anticipo de muerte, y quiere que le consulte mis decisiones, quiere que la reclame como órgano sentimental, exigiendo un puesto de privilegio como el corazón, como el cerebro, como el brazo. Y admito todas sus exigencias, al punto de que creo que finalmente estaré en sus manos.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Casa deshabitada


La ilustración es de Carel Willink


Entré en la casa deshabitada con el mismo temblor que tendría el primer hombre que puso el pie en la luna, con la misma ansiedad con la que un náufrago pisó la playa desierta. Me coloqué en el centro del salón y desde allí inicié una inspección ocular rutinaria y periférica, como si fuese un soldado americano en uno de los palacios que Saddam Hussein abandonó en su huida. No sólo era aquella casa, sino también la urbanización, en la que no me había cruzado, lo cual era lo más conveniente para mí, con nadie. Sobre la mesa de uno de los despachos había un sobre cerrado que no toqué. Seguí hacia las escaleras que subían a los dormitorios. Crujieron. Me tumbé en la cama matrimonial como si lo hiciese sobre un prado de hierba fresca. Cerré los ojos respirando silencio y soledad. Dormí, pero no sé cuánto tiempo: el reloj de la mesilla de noche estaba desconectado. Recuerdo perfectamente todavía el sueño que tuve. Había una fiesta en mi casa, llena de amigos y también de gente desconocida, como tienen que ser las fiestas, me decía a mí mismo, complaciente. Me asomaba a una ventana y gritaba como Tarzán. Era un concurso. Y el lugar en el que nos hallábamos era mi casa, como he dicho, pero también una isla. Finalmente todo el mundo aplaudía y yo despertaba. Luego bajé al jardín y allí estaban los cuerpos de todos, tumbados en las hamacas al borde de la piscina, sin señales, cortes ni marcas, tan sólo levemente hinchados, pero no me entretuve con ellos y volví adentro, donde encontré un frigorífico lleno de suculentas viandas.

lunes, 9 de agosto de 2010

Más dura será la caída



La foto es de Denis Darzacq


Ayer me precipité accidentalmente al vacío desde el último piso de un edificio. Sigo cayendo hacia abajo. Al principio me asusté, me pasó la película de la vida por delante, como se suele decir. Pasados unos segundos y viendo que no me había estrellado contra el asfalto respiré hondo, lo cual también es un decir, porque ya me había asfixiado. Ver que uno cae al abismo sólo es soportable en un estado como ese o similar, churruscado por las llamas, se me ocurre. Tuve la mala pata de pisar una monda de plátano y patinar sin freno hasta el borde de la terraza, o bien fue al sacudir un plumero con el que no sé muy bien si había estado quitando el polvo o acariciandome las tetillas. Coño, para ir a toda hostia hacia el suelo desde hace más de un día, bastantes razones estoy dando con una mínima coherencia. Sé que es cuestión de tiempo espachurrarme, quedar desintegrado. Mis amigos se han reunido en la acera en torno a un colchón de aire que los bomberos han puesto para amortiguar el golpe. Mi novia tiene dudas. No las va a tener. Las tengo hasta yo. No sabe si he saltado voluntariamente. Es la morena que hay al lado de mi mejor amigo, que le ha echado el brazo por el hombro. Mi madre me está regañando, pero no desde abajo, sino desde el cielo. Murió en un mal salto de esquí cuando yo era un crío. Mi padre siempre ha sido no sé si más tolerante o más indiferente, hállase tomando una caña mientras espera. Ayer empezó una nueva etapa para mí, la caída. He de reconocer que toda mi vida anterior no había sido sino la preparación de lo que estoy viviendo, o como se pueda decir, vivimuriendo, verbi gratia. Caigo con una tremenda erección que haría las delicias de una mujer golosa. Caigo y, maldita sea mi estampa, no puedo echarme un cigarrillo. Por varias razones, siendo la principal, y la única insalvable, que no cogí la cajetilla antes de caer. Mientras caigo me digo que podría hacer algo para no morir (qué risa) de aburrimiento en tan prolongada caída. Empiezo a pensar en que estoy cayendo y, o bien el viento me abre la mueca o bien soy yo voluntariamente, me río como si fuesen a hacerme una foto.

jueves, 5 de agosto de 2010

Hechizo


La imagen es de Kumi Yamashita

Llegué corriendo hasta la casa en mitad del bosque, pero la puerta se abrió y me puse a salvo. Miré por la ventana hacia fuera, donde se habían quedado, y no tardé en comprender que ellos no veían la casa en la que me había escondido y que para ellos era como si me hubiese esfumado en el aire, que olisqueaban con insistencia. Me hallé en un salón decorado como si fuese la estancia de trofeos de un cazador y esto no contribuyó precisamente a disipar el resto del miedo. Al cabo de un rato volví a mirar por la ventana y encontré que el bosque había quedado sepultado bajo una gruesa colcha de nieve. Entendí que el tiempo de fuera y el de dentro marchaban a velocidades muy diferentes. Cada vez que volvía a la ventana hallaba una nueva estación. Decidí esperar y cerré los ojos un segundo. Al abrirlos tenía ante mí a una hermosa chica, desnuda y transparente. Me sentí incómodo con aquella ropa de camuflaje, con los correajes llenos de balas, así que le pedí permiso para desprenderme de todo. Fue inevitable que nos sintiésemos atraídos el uno por el otro. A pesar de la inconsistencia volátil de su carne conseguí saciar mi hambre de mujer después de meses de abstinencia. Quedamos tumbados bocarriba sobre una piel de oso polar que no olía demasiado bien y me pidió que le contara de dónde venía. Le expliqué que había una guerra para conquistar aquel bosque. Esta tierra, me dijo, siempre ha sido virgen, inexplorada, rodeada de ciudades que la han ignorado sistemáticamente. Ya no, le advertí. Ella aceptó que yo era un soldado. Le pregunté por la naturaleza de la casa y me dijo que pertenecía a los espíritus. Su lengua no pesaba en mi boca, pero conseguía calmar mi sed, mi angustia. Comprendí que si volvía al exterior el bosque quizás ya no existiría, que nada era en balde.

lunes, 2 de agosto de 2010

Los cuentos tienen mal arreglo



Me he internado en el corazón del bosque, aunque el bosque me da miedo, porque he sabido por medio de un oráculo que aquí encontraré a una mujer preciosa. En mi ciudad son todas feas de vicio, como dice sin pudor una guía que un distinguido forastero escribió sobre nosotros. Me he sentado encima de una piedra y he esperado que saliese una chica de esas de infarto. Las sombras me inquietan, las alimañas saltan a mi alrededor y empiezo a echar de menos las bulliciosas calles de mi barrio, plenas de hembras feas. Hay algo ahí delante. O alguien, no lo sé. Me impaciento, pero no soy capaz de levantarme. Como si me hubiese quedado adherido a la piedra. Viene hacia mí o el bosque entero va hacia ella, pero quedamos frente a frente. He llegado hasta aquí, me dice, guiada por un oráculo para conocer a un príncipe. Soy tu hombre, le digo por la cara. Es hermosísima, desde luego. Ahora me tienes que besar, me dice. Le acaricio el pelo. Al abrir los ojos sigue allí, entregada, y nos tumbamos sobre un manto de hojas tiernas. En el apareamiento descubro que se da con la misma intensidad o más que cualquier fea de las que conozco. Por la mañana insiste en que la lleve a mi reino y no sé qué hacer. No tengo reino sobre el que caerme muerto. Solo soy un chico valiente, pobre y buen estudiante. Trato de explicarle algo de la leyes que imperan en el mundo más allá de los cuentos, pero o no entiende o no quiere entender. Le ordeno que cierre los ojos y obedece enseguida, ahora tendrá que saborear todo aquello que le ponga en los labios. De esa forma consigo hacer realidad una fantasía antigua. Poco a poco se va acostumbrando a juegos cada vez más atrevidos sin dejar de exigirme que la saque del bosque y la lleve a un hermoso palacio, que es el lugar que cree merecer, así que no puedo decirle que vivo en una habitación compartida con mi hermano en casa de mis padres. Un buen día le pido que se deje atar y sonríe maliciosa, como diciendo, si no lo hubieses hecho tú, te lo habría pedido yo a ti. La amordazo y la ato a un árbol. Luego azoto su trasero con unas ramas. Su piel blanca, nacarada, se llena de marcas y rojeces. Me implora con los ojos que la suelte, pero le digo que habrá de esperar todavía un poco. Me pierdo de su vista, me despido mentalmente de aquel claro en el bosque y tomo el camino de vuelta a casa a las afueras de la ciudad. Qué feas son las mujeres con las que me cruzo, pienso.

viernes, 30 de julio de 2010

Bajo sospecha


Cundo Bermúdez, Barbería

Estoy removiendo el café con la cucharilla y eso me resulta la mar de curioso por varias razones: la primera es que nunca pido café, y a esta le añadiría que en las vueltas del oscuro y humeante líquido me voy ensimismando hasta perder la noción de espacio y tiempo. Hace años que me dedico al oficio que aprendí en el servicio militar, donde sólo se preocuparon de enseñarme a cortarle el pelo a los oficiales. Yo solito aprendí a rebanarles el cuello. La sentencia, que se ejecutó con rapidez y de modo ejemplar, me condenó a morir en la guillotina. Mi cabeza rodó dentro de un cesto y, acéfalo, conseguí erguirme y regresar a mi pueblo, donde abrí el negocio, que no tardó en hacerse popular. Remuevo el café con la intención de que el azucarillo se diluya en él y repentinamente una inmensa alegría se apodera de mí, porque me doy cuenta de que soy como antes de que toda esta pesadilla empezase. Levanto la taza y me la llevo a los labios. El gusto cotidiano y reconocible en el que se me inunda el paladar me despeja de las oscuras imaginaciones. Como cada día desde hace años me acerco a la barra, dejo las monedas y me dirijo a abrir la barbería, que en su día regentaron mi padre y antes que él mi abuelo.

lunes, 26 de julio de 2010

Fitofilia




Siempre preferí vivir solo, aunque también me adapté a las circunstancias y hasta los 13 años permanecí en la casa familiar. Mis padres se despeñaron haciendo alpinismo y aproveché la orfandad para independizarme. Hace poco encontré un pequeño piso que había sido dividido en dos apatamentos minúsculos, pero por lo que puedo pagar nunca vería nada mejor. Decidí quedarme en él. Tengo pocas cosas, me caben en una maleta. Desde la ventana de la habitación veo la esquina de un edificio y un lienzo de cielo cambiante. Trabajo en casa corrigiendo textos. No me gustan los animales domésticos, ni los salvajes. Cuando me di cuenta de que encima de un estante había un tiesto con una plantita, que posiblemente había dejado atrás el anterior inquilino, sentí la carga fastidiosa de tener que regarla para que no se muriera. Nunca antes hubo un ser vivo a mi cargo y tampoco sabía si aquella especie vegetal necesitaba más o menos agua. Fui a tacto y del pequeño tallo no tardaron en brotar ramitas y de éstas flores y hojas que brillaban a la luz del sol con esa intensidad lustrosa del agradecimiento. Me sentí muy satisfecho, orgulloso, podría decir. Una tarde salí a despejarme, dando un paseo por el barrio que aún no conocía y, sin tenerlo exactamente planeado, acabé en una tienda comprando lo necesario para transplantarla a una maceta más grande. La planta siguió creciendo a medida que pasaron los días y en mis cuidados incluí un abono que me recomendaron en una segunda visita a la tienda. Decidí empezar a hablarle, al principio me limitaba a leer los aburridos textos técnicos que tenía que encajar dentro de una sintaxis comprensible. Sin que corriese la más mínima brisa la planta se agitó desde la base del tallo una sofocante tarde de julio. Pensé que trataba de comunicarse conmigo, pero luego intenté poner un poco de lógica y razón en aquella aventura. Tenía que reconocer que pasaba mucho tiempo solo, aislado, y que el cansancio en situaciones de estrés juega malas pasadas. Sin embargo, una noche me desvelé y estuve varias horas despierto, mirando entre las sombras y los claros de la luna llena las expresionistas formas que se proyectaban en el suelo y en la colcha de mi cama. Las más llamativas y seductoras eran sin duda las de la planta, que parecían los brazos de una mujer que reptaba hacia mi cuello. Así me entretuve, con una fantasía que me excitó más que la visión descarnada y habitual de mis musas favoritas del porno, hasta que caí rendido bajo las sábanas, aliviado y exhausto. La planta creció adaptándose a las condiciones de estrechez de mi casa y desde el suelo me llegaba ya por el hombro cuando me ponía a su lado, pero abultaba apenas lo que la figura de una adolescente desgarbada, cuyo cuerpo cabe en cualquier armario, como yo bien sabía. Si pasaba a su lado me parecía oír un gemido, un lamento y también ese sofoco del esfuerzo inútil, frustrado. Entonces un día tuve una de esas ideas peregrinas, absurdas y fantasiosas que solo se dan en los cuentos infantiles. Escarbé la tierra, en la que el tronco hundía sus raices, y cuando tuve hecho un agujero metí una mano y busqué, arañé con los dedos y, después de un rato de ir palpando hacia aquí y hacia allá, di primero con un pie y luego con el otro, que por efecto de las cosquillas se agitaron como dos pajarillos nerviosos.

viernes, 23 de julio de 2010

Una foto


Regresé muy tarde a casa, cansado y bebido. Como a la mañana siguiente no di con la cartera tuve que suponer que la había perdido en alguno de los tugurios por los que había pasado esa noche. No creo que me quedara mucho dinero y no me importaban ni las tarjetas ni los carnets. Sólo lo sentía por la fotografía de la desconocida. Tengo más fotos de ella en un cajón de la mesilla de noche, en las que aparece en diversas partes del mundo a las que yo también he viajado: a los pies de la torre Eiffel, delante de las pirámides del Cairo o enmarcada por el parlamento de Londres. Las había comprado en el rastro, dentro de un sobre de revelado fechado en Milán 20 años antes. Ella era la desconocida, no tenía ni nombre ni más historia que la que se pudiera dejar ver en aquellas instantáneas de su paso por lugares que con el transcurso de los años se habían convertido en tópicos turísticos. La que se había extraviado dentro de la cartera era como un retrato de estudio con dedicatoria, “con todo mi amor”, decía. En el transcurso de los años la desconocida había conseguido el puesto principal dentro del panteón de las mujeres con las que había compartido mi vida, pero esta noticia no la tenía nadie, la estoy dando yo aquí por primera vez. Decidí intentar su recuperación e inicié una nueva ronda de bares mostrando otra fotografía suya por ver si aparecía la que llevaba dedicatoria. De nuevo volví a casa de madrugada, más cansado y más borracho que la primera vez. A mi lado se tumbó una mujer gastada, mayor que yo, muy hábil y solícita. Me alivió sin pedir nada a cambio. Por la mañana le conté la historia de la desconocida y ella se sacó de la cartera la fotografía de un adolescente. Es mi hijo, me dijo, murió con apenas 15 años. Creo que hay un lugar en el que todos los ausentes nos están esperando, añadió. Callé, pero albergo mis dudas sobre ese punto.

domingo, 18 de julio de 2010

El fantasma escritor



No es fácil explicar mi trabajo, y digo mi trabajo porque siempre estuve habituado a tener uno con el que me ganaba la vida, permitiéndome lo que muchos no consiguieron: alimentos diarios, una cama bajo techo, ropa limpia, televisión, esposa e hijos. Conozco bien el horror cotidiano, los demonios que hay en el corazón de la felicidad doméstica, los rituales perversos de la compañía y la solidaridad. Al principio devoraba las palabras impresas del libro y en su lugar escupía mis propias palabras sin que nadie se percatase de tal operación. Ahora me basta con buscarle nuevas combinaciones a las que ya están escritas en sus hojas. De este lado cada sombra tiene un comportamiento muy parecido al de los duendes traviesos. En cierta ocasión puse al alcance de un autor una de sus obras después de haber pasado por mis manos, por decirlo de forma figurada, puesto que ni tengo ni me hacen falta manos para escribir, coger o acariciar. Encontró el ejemplar en una de esas tiendas de compra y venta, donde el precio de los libros acaba siendo irrisorio para las dos partes. He de suponer que el negocio se consigue con los instrumentos musicales, con los aparatos electrónicos o con las piezas de joyería. Enseguida le llamó la atención el lomo, en el que figuraba su nombre y aquel título que tanto le había costado encontrar. No era la primera vez que hallaba una de sus obras en un stock de saldos, pero siempre había sentido una mezcla de tristeza, indignación y vergüenza, que le producía cierto enrojecimiento facial. Lo rescató por un par de monedas y sólo cuando llegó a su casa lo abrió para echarle un vistazo. En principio leyó frases sueltas y no reconoció ninguna. Miró el índice y los títulos de los relatos no le dijeron nada, pero era de sobra consciente de las lagunas de su memoria. Se dijo que en cuanto dispusiese de un poco de tiempo tendría que releerlo, por más que declarase siempre que jamás volvía a la lectura de lo que ya tenía publicado. Cuando llegó el momento se dio cuenta de que lo que se contaba en aquellas historias nada tenía que ver con su imaginario personal ni con sus modos de relatar y expresarse. Había allí palabras y giros que le ponían la piel de gallina, como si le produjesen dentera. Pero su espanto venía de encontrar personajes y situaciones en los que nunca se había detenido a pensar. Decididamente, aunque en el lomo y la portada reconocía su nombre y el título como suyos, el interior le resultaba completamente extraño, ajeno. No obstante, se acercó a uno de los estantes de su biblioteca y buscó un volumen similar. Los cotejó y para tranquilidad suya enseguida comprobó todas las diferencias. Pensó de inmediato que quizás había habido un error de encuadernación en la imprenta, por lo que habían pegado el libro de otro escritor dentro de las tapas del suyo. También era casualidad haberlo encontrado donde lo había hecho. Puede que hubiese una partida de libros erróneos diseminada por ahí, pero no podía actuar. Había roto relaciones con aquel editor por una serie de ineficacias a las que ahora se sumaba esta. Desde entonces comenzó a rastrear las librerías de las ciudades por las que pasaba y le pedía a sus amistades que le ayudasen en la localización de más ejemplares defectuosos, pero hasta la fecha, y ya han pasado varios años, no ha vuelto a aparecer ninguno más. A veces ha llegado a pensar, certeramente, que el que él encontró era el único que no se correspondía con la obra por él escrita. Muchos amigos y lectores se han atrevido a pedírselo para leerlo, pero él nunca ha accedido. Ayer mismo, un visitante circunstancial de la casa lo sacó de la estantería y, aprovechando que se encontraba solo, sin pensárselo mucho y como sin quererlo, se lo guardó dentro de la camisa. Me dedico a esto porque me gusta, porque es lo que mejor sé hacer, porque mi paciencia es infinita y porque no estoy supeditado al tiempo. En vida, sin embargo, nunca, nunca me dio por juntar más de dos frases seguidas en un papel, si no era absolutamente imprescindible.

jueves, 15 de julio de 2010

En prisión



Empecé a perder peso en esta celda sin ningún tipo de plan o dieta. Antes de que me capturaran yo estaba gordo como un hipopótamo, como un elefante, como una hermosa vaca de los prados asturianos, como mi antipático profesor de matemáticas en el cole, al que la papada le temblaba como un flan, cuando te decía que no con la cabeza. Me han pasado al régimen abierto, que me permite salir para trabajar. La asistente social me ha encontrado una terraza de verano, así que duermo todo el día en este camastro y a última hora de la tarde salgo a la calle con mi atuendo ibicenco y mi moreno de rayos uva, porque no me da tiempo de bajar a la playa. Dentro de poco se va a celebrar el concurso de Mister Talego, de donde saldrán los presos más guapos, más simpáticos y más fotogénicos. Estamos todos excitadísimos con la posibilidad de alcanzar algún triunfo en cualquiera de las categorías. A aquellos que antes de llegar aquí no tenían dientes les han sido implantados. Los que entraron castigados por los vicios se han recuperado por medio de ejercicios específicos en el gimnasio. Quien venía picado de viruela fue sometido a un tratamiento de laseroterapia, que deja el curtido rostro de los bribones como si fuese el suavísimo culito de un tierno bebé. La vida entre estos muros es entretenida y si muchos de los que hay fuera supieran cómo se nos ayuda desde aquí dentro a desarrollar la personalidad y a aspirar a la felicidad, saldrían a la calle con el firme propósito de atracar una joyería, matar a un vecino, incendiar la farmacia o violar a una profesora de idiomas, pero la gente, convencida por la literatura costumbrista y los medios de comunicación, piensa que la cárcel es un lugar triste, donde se mata el tiempo en aburridos talleres de ocupación profesional. Hasta la fecha la única pega que he encontrado es que no me permiten traer a nadie a la celda. Mi novia me acompaña de madrugada hasta la puerta y allí nos despedimos con un beso. Tenemos muchos planes de futuro para cuando yo salga. El amor hace que le demuestre impaciencia, pero realmente me da miedo volver a la calle, donde temo encontrarme con el gordo camello de barrio que una vez, como en un pesadilla, fui. Por el momento soy uno de los favoritos en el certamen, así que, mira, voy a disfrutarlo.

martes, 13 de julio de 2010

Las experiencias, ¡qué emoción!




Todas las tardes, en cuanto oscurecía, me asomaba a la ventana y me fumaba un cigarrillo, mirando a la gente que pasaba por debajo o las ventanas del edificio de enfrente. Luego volvía dentro a lo de todos los días. Eran algo menos de cinco minutos que esperaba no desde que me levantaba, sino desde el instante mismo en el que le daba la última calada al cigarrillo y lo arrojaba al vacío para ver como su brasa se descomponía al chocar con el suelo. Creía que esa era, y muchos de ustedes habrían pensado en mí con tristeza si me hubiesen oído, la mejor parte de mis días. Me consideraba, no obstante, un hombre afortunado por saber que era plenamente consciente mientras fumaba y miraba por la ventana. No voy a entrar en detalles sobre mí, si soy rico o pobre, guapo o feo, si tengo muchos amigos o muchas amantes o si estoy más solo que la una. Cuando paseaba por la calle y veía a alguien asomado a una ventana sentía una envidia enorme, unas ganas terribles de ocupar en ese instante su lugar, de modo que a veces me detenía y espiaba un rato. He temblado de emoción al ver que alguien asomado a una ventana encendía un cigarrillo, he llegado a llorar, como si viese una escena de una película que me emocionara. Me ha ocurrido estar en la calle a la hora del atardecer y sentir el impulso de regresar a casa corriendo para salir a la ventana y encender un cigarrillo. A veces lo he podido hacer y otras no. No me valía la contemplación desde una terraza al borde del mar, como la que llevaban a cabo muchos de los turistas que nos visitaban. Desde mi ventana no se ve un cuadro especialmente bello. Tan sólo un trozo de cielo, unos cuantos edificios, acera y asfalto, además de un árbol en una esquina. Cada calada marcaba con especial intensidad un instante de ese momento pleno, al tiempo que significaba que quedaba menos para su agotamiento. Entonces sentía que se me abría una herida de difícil localización. Cada día renovaba el placer de esa herida en mi carne. Nada de lo que había vivido en las horas restantes o viviría en las posteriores se le parecería. Me limitaba a salir a la ventana, encender el cigarrillo y mirar. Desde hace poco, sin embargo, cada día encuentro a esa hora a alguien nuevo asomado por otra ventana que hasta entonces había permanecido cerrada. En la ciudad ya pueden ser miles los que lo hacen, y según noticias que me empiezan a llegar, esta afición se comienza a extender por todo el país. La gente deja de hacer lo que tenga entre manos y a la hora del crepúsculo se asoma afuera con un pitillo en los labios, como si de una nueva moda urbana se tratase. Los medios de comunicación ya han empezado a dar cuenta de ello. Ayer, aprovechando que las calles son semiabandonadas y hay muy pocos transeúntes, salí a dar un paseo por la manzana, el tiempo que me duró el cigarrillo. Resultó sobrecogedor.

La imagen se titula fumo en la ventana y está sacada del blog de felatriz.

viernes, 9 de julio de 2010

Historia de un ojo durante un beso




Por fin llegamos a nuestro destino ayer por la tarde. Traíamos el coche cargado hasta los topes y mi mayor miedo era tener que estar un rato dando vueltas antes de encontrar aparcamiento, pero no fue necesario porque enfrente de la Cruz Roja, rodeado de ambulancias, había un hueco libre. Mi mujer se encargó de subir a casa con los niños y yo de ir descargando el equipaje. Tuve que dar varios viajes y en ellos me ayudé como pude con el carro de Juan, en el que fuí transportando bolsas y mochilas, que no contenían precisamente lingotes de oro, pero que pesaban lo mismo. España iba a empezar a jugar con Paraguay en unos minutos, por lo que todo el mundo, españoles y paraguayos de la ciudad, estaban concentrados delante de los televisores. Las calles respiraban una calma falsa. Lo que llamó mi atención al pasar por delante de aquel portal fue la pareja abrazada, pero lo que me la retuvo y me inquietó fue que la chica, jovencísima, ladeando la cabeza me siguió con un ojo, un ojo dulce, negro y sapientísimo. Me quedé con los niños y mi mujer se marchó a ver el partido, pues nuestro televisor no funcionaba. De repente el silencio se rompió para dejar paso a un clamor de celebración muy breve, seguido de un enmudecimiento y otro griterío festivo, que acabó otra vez en un silencio preocupante. Llamé a mi mujer para que me informara y me dijo que los paraguayos habían fallado un penalti, pero que inmediatamente se había pitado uno a nuestro favor, que había entrado, aunque por alguna razón el árbitro lo había anulado y el tirador falló el nuevo lanzamiento. Ganamos 1-0, no los paraguayos, sino los españoles. Esta mañana he salido a comprar el pan y de regreso he coincidido en el ascensor con un vecino al que no veía desde el año pasado. Hemos manifestado nuestra alegría por vernos después de tanto tiempo y porque España ha pasado a semifinales. Mientras le pongo el desayuno a los mayores me ha vuelto a la cabeza la imagen de la chica que me siguió ayer con un ojo mientras besaba a un chaval al que estaba abrazada. Es como si fuese un dibujo de azúcar o de arena en un cristal, sobre el que no tardará en soplar un golpe de viento. Y luego nada, se borrará. Ni siquiera habrá sucedido o puede que alguien invente una historia: mientras un hombre arrastra un carrito con todas sus pertenenecias dentro, la chica que se abraza en un portal a un muchacho ladea ligeramente la cara para mirarlo pasar. Y en ello emplea un solo ojo, desde el que abandona definitivamente el jardín cerrado en el que hasta ese instante ha vivido, mientras su lengua trabaja con afán y pericia en la boca del otro.

El cuadro que ilustra se llama El beso y es de Chagall