viernes, 9 de julio de 2010

Historia de un ojo durante un beso




Por fin llegamos a nuestro destino ayer por la tarde. Traíamos el coche cargado hasta los topes y mi mayor miedo era tener que estar un rato dando vueltas antes de encontrar aparcamiento, pero no fue necesario porque enfrente de la Cruz Roja, rodeado de ambulancias, había un hueco libre. Mi mujer se encargó de subir a casa con los niños y yo de ir descargando el equipaje. Tuve que dar varios viajes y en ellos me ayudé como pude con el carro de Juan, en el que fuí transportando bolsas y mochilas, que no contenían precisamente lingotes de oro, pero que pesaban lo mismo. España iba a empezar a jugar con Paraguay en unos minutos, por lo que todo el mundo, españoles y paraguayos de la ciudad, estaban concentrados delante de los televisores. Las calles respiraban una calma falsa. Lo que llamó mi atención al pasar por delante de aquel portal fue la pareja abrazada, pero lo que me la retuvo y me inquietó fue que la chica, jovencísima, ladeando la cabeza me siguió con un ojo, un ojo dulce, negro y sapientísimo. Me quedé con los niños y mi mujer se marchó a ver el partido, pues nuestro televisor no funcionaba. De repente el silencio se rompió para dejar paso a un clamor de celebración muy breve, seguido de un enmudecimiento y otro griterío festivo, que acabó otra vez en un silencio preocupante. Llamé a mi mujer para que me informara y me dijo que los paraguayos habían fallado un penalti, pero que inmediatamente se había pitado uno a nuestro favor, que había entrado, aunque por alguna razón el árbitro lo había anulado y el tirador falló el nuevo lanzamiento. Ganamos 1-0, no los paraguayos, sino los españoles. Esta mañana he salido a comprar el pan y de regreso he coincidido en el ascensor con un vecino al que no veía desde el año pasado. Hemos manifestado nuestra alegría por vernos después de tanto tiempo y porque España ha pasado a semifinales. Mientras le pongo el desayuno a los mayores me ha vuelto a la cabeza la imagen de la chica que me siguió ayer con un ojo mientras besaba a un chaval al que estaba abrazada. Es como si fuese un dibujo de azúcar o de arena en un cristal, sobre el que no tardará en soplar un golpe de viento. Y luego nada, se borrará. Ni siquiera habrá sucedido o puede que alguien invente una historia: mientras un hombre arrastra un carrito con todas sus pertenenecias dentro, la chica que se abraza en un portal a un muchacho ladea ligeramente la cara para mirarlo pasar. Y en ello emplea un solo ojo, desde el que abandona definitivamente el jardín cerrado en el que hasta ese instante ha vivido, mientras su lengua trabaja con afán y pericia en la boca del otro.

El cuadro que ilustra se llama El beso y es de Chagall

1 comentario:

Arruillo dijo...

Una narración muy interesante, viva y de actualidad. Un acierto.
Saludos