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miércoles, 26 de marzo de 2008

Puntos kilométricos (Epílogo al mundo del motor)


Al mismo punto kilométrico de un carretera en el fin del mundo llega por dos veces la misma moto con motoristas diferentes en un intervalo de tres años aproximadamente. El lugar tiene una referencia muy clara: hay un Ford Falcon de color verde incrustado en una furgoneta Volkswagen decorada con flores y soles que la lluvia y el sol va destiñendo día a día. Desde que la Africa Twin 750 pasó por allí la primera vez, detrás del vehículo que se salió de la carretera e hizo doble impacto: en el poste del tendido eléctrico y en la furgoneta aparcada en el prado, hasta la segunda vez han ocurrido cosas mínimas, pero sustanciales. En primer lugar la vaca que contemplaba la soledad ha encontrado un nuevo lugar favorito en la colina de enfrente. Tiene una perspectiva más interesante de la carretera, por la que a veces no pasa ningún vehículo a motor en todo el día. Después, ha muerto uno de los dos viejos que se sentaban en el banco corrido de madera. Por lo demás, el oxido ha ido ganando espacio en las chapas de los dos vehículos y el punto kilométrico, digamos X, sigue siendo el fin del mundo.

En otro punto kilométrico en otro confín, digamos Y, hay una vieja caseta para reparar automóviles. Está allí desde hace unos meses. En ella un joven se dedica a la mecánica de los motores. Le mete mano a cualquier cosa que tenga uno. La caseta y su mecánico llevan tiempo dándole la vuelta al mundo. Nunca se quedan en un punto kilométrico demasiado tiempo. El joven no sale al exterior, está siempre en la penumbra del taller. Pero conoce los paises y las ciudades y sus gentes a través de los vehículos que le confían. Como no suele hacer preguntas averigua mucho más que si las hiciera. Un día aparece un tipo con un Lexus. Hay ocasiones en las que el coche falla. El joven mecánico se asoma al motor y pasa dos días poniéndolo a punto. Es complicado porque no dispone de la máquina computadora para chequearlo. Por algún motivo el tipo no lo lleva a un taller de la marca. Por un motivo muy concreto el mecánico se propone dar con la avería y dejar el coche como el día que salió de fábrica. El mecánico ha viajado por todos los continentes sin salir de su caseta-taller. Hay mucha gente dándole la vuelta al mundo. Gente en moto, a pie, o tomando aviones. Pero nadie en un Lexus. Cuando el coche está preparado aparece su dueño.
-¿Puedo beber agua?
El joven mecánico le señala un botijo grasiento y sudoroso. El otro lo empina y se echa gaznate abajo el hilo de agua que va saliendo por el pitorro. Tiene una sed insaciable. Mientras empina el codo, el joven mecánico se monta en el vehículo y arranca. El hombre que bebe del botijo supone que el mecánico le está sacando el coche afuera. Cuando por fin acaba de beber no encuentra forma de salir a la calle. Lo intenta cien veces y ninguna lo consigue. Su coche y su mecánico van camino del oeste. Entonces el nuevo inquilino de la caseta-taller decide viajar hacia el este. Pero como la mecánica no es lo suyo, planea reconvertir el negocio en un puticlub ambulante. Sabe, porque es un brillante economista y hombre de negocios, que su éxito está asegurado. Descubre enseguida que le gusta viajar por el mundo sin salir de su puticlub.

En el tercer punto kilométrico, digamos Z, del tercer finis terrae, hallamos a una chica muy hermosa con muy poca ropa. Una chica que busca llamar la atención de los hombres que circulan por esa carretera que hay en la salida de la autopista. Y desde luego que sí lo consigue. Acaba de detenerse ante ella un enorme tráiler con carga frigorífica. La chica encuentra una mano fuerte y limpia por la que es izada hacia la cabina. No es la primera vez que se produce un encuentro entre ellos. Mientras vuela hacia arriba la chica recuerda al camionero. La fotografía que lleva pegada en un panel y los estantes con los libros encima de la cama sobre la que se tumbará.
-Hola.
-¿Cómo te va?
-Bien.
En una zona abandonada a la entrada de un polígono se vuelven a acostar.
Ambos recuerdan el nombre del otro. Lexus Cash y Pablo. Eso es decir mucho.

En el punto kilométrico número cuatro. Llamémoslo H. En una gran ciudad. En el centro del mundo. Un chico con la sonrisa podrida, después de recorrer medio mundo como polizón es atropellado en un paso de cebra. El conductor tiene más de cuarenta años de experiencia al volante y este es su primer accidente. Desde que aprendió a conducir en aquel viejo Seat 1500 de su padre, hasta una larga serie de vehículos propios, con los que podría haber recorrido el mundo en varias ocasiones, aunque nunca lo hizo.

martes, 25 de marzo de 2008

Africa Twin 750


En este momento hay cientos, qué digo cientos, miles de personas dándole la vuelta al mundo. En moto, a pie, en bici, en furgoneta, coche o aviones. Viajeros solitarios, por parejas y algún que otro grupo que hace uso de los cruceros de alto standing. Yo soy uno más, otro Phileas Fogg de la globalización. Sin embargo, mi modo de locomoción está por ver, porque llevo años viajando sin moverme de casa. Es una paradoja, lo sé, recorrer el mundo sin moverse uno de un cuarto estrecho y con poca ventilación. Pero es así. Y no me refiero a viajes virtuales, a teletransportaciones, a los recursos de la imaginación, la lectura o el cine. No, me refiero a que voy de un lado para otro, traspaso fronteras, visito lugares, cruzo mares y tengo aventuras con hechiceras que quieren retenerme a su lado. Sin salir de mi habitación. Por el solo hecho de existir. Es la esencia de mi estirpe. Saga de grandes viajeros, como lo fueron mis padres y mis tíos. Se podría creer que para mí el mundo es un lugar pequeño, cercano, abarcable. No es así empero. Para mí recorrer el mundo supone las mismas dificultades que para cualquiera y a esas hay que añadirles las hasta el momento inherentes a mi naturaleza sedentaria, a mi connnatural incapacidad para abandonar estas cuatro paredes. Soy como una tortuga, como un caracol, porque llevo a cuestas la casa. Hoy estoy en El Cairo, en mi cuartucho, y desde él oigo la ciudad ahí afuera, y por el ventanuco del techo me llegan sus olores y el paso de las nubes blancas más allá de la nube de smog. Alguien llama a mi puerta, abro y es un obsequioso muchacho que me quiere mostrar la ciudad. Por una miserable propina. Le digo que el procedimiento habrá de ser inverso: la ciudad tendrá que venir a verme a mí. Será la única forma de que yo la vea a ella. Así que decidimos que lo mejor es organizar una fiesta. Mi guía está dispuesto a encargarse de todo. Pero antes le digo que soy tan pobre como él y que mi fortuna es la hospitalidad. Que no hay otra cosa que lo que ve. Que no hay ningún tesoro escondido en una olla. Pero el muchacho sonríe con la mitad de sus dientes podridos. Se pasa la tarde yendo y viniendo. Me asegura que va a venir mucha gente. Le recuerdo que mi cuarto es muy pequeño, pero él insiste en que no he preocuparme de nada. Que descanse, que duerma una siesta. Y le hago caso. Cómo no, es mi guía a través de la ciudad.
Al anochecer comienzan a llegar mis invitados, cada uno de ellos con su casa a cuestas. Les invito a pasar y ellos me invitan a pasar a mí. Hay quien vive en un rincón de la calle, desde el que contemplo las fachadas de la ciudad, los callejones de la medina, los bazares. Hay quien fuma su narguile en una suntuosa estancia palaciega y gracias a él admiro telas, tapices y mobiliario. El gerente de un burdel me ofrece la complacencia de sus pupilas. Yo, en correspondencia, a todos les doy mi asiento, me levanto y les preparo una infusión de hierbas de mi país. Cuando me doy cuenta, la ciudad comienza a despertarse para una nueva jornada. Se oye el tráfico, la apertura de los comercios. Les digo a mis invitados que voy a pasar los próximos años entre ellos. Que pueden visitarme siempre que quieran, que en mi casa tienen la suya. A lo largo de los días, de las semanas, meses y años profundizo en el conocimiento de la ciudad. Hasta que inesperadamente una tarde un extranjero toca a mi puerta. Me dice:
-Buenas tardes. Le estoy dando la vuelta al mundo en mi moto. He llegado a El Cairo y me he quedado sin dinero. Pido una pequeña contribución, lo que usted pueda darme, por insignificante que le parezca, me ayudará a continuar.
-Pasa, te haré una infusión. Es todo lo que tengo.
Al aventurero le parezco, al cabo de los años, un cairota más. Visto como ellos, hablo como ellos, pero no soy uno de ellos. Yo también vine hasta aquí desde la otra parte del mundo.
-Yo también le estoy dando la vuelta al mundo, le digo a mi huésped.
Me mira con cierto asombro, intenta interpretar mis palabras, buscar en ellas un sentido metafísico. Se le nota mucho que está de viaje. Todo lo contrario que a mí. Para muchos vecinos yo soy de la ciudad, ya pocos recuerdan que hubo un momento en el que llegué de lejos. La mayoría de los testigos han muerto.
-Está muy bueno, dice, levantando el vaso. Y añade:
-Me siento mejor, más animado. El hombre mira hacia todos los rincones hasta que por fin se atreve a pedírmelo:
-¿Puedo pasar la noche aquí?
-Sería un honor, le digo.
Cuando se queda dormido me levanto, cojo su casco y el traje de cuero que ha dejado en el respaldo de la silla y me los pongo. Enseguida me siento rejuvenecido, con ansias de continuar viajando. Salgo a la calle, allí está la moto. Una Africa Twin 750. La arranco a la primera, le doy gas, respiro profundamente y me largo. A cualquier otro lugar hacia el este.

sábado, 22 de marzo de 2008

Iveco Stralis


Yo subía las manos, mi padre me agarraba y tiraba hacia arriba y de golpe estaba sentado a su lado en la cabina. Era un tráiler. Con dos camas detrás de los asientos. Antes de apagar la luz para dormir leía los comics de Spiderman. Durante los trayectos hablaba por la radio con otros camioneros, que tarde o temprano acababa encontrando en un restaurante de carretera. Mi padre hacía las presentaciones y yo me ruborizaba delante de quien quizás había tenido una charla muy de hombres conmigo. Corto y cambio, nos decíamos. Pero ahora yo no sabía cómo hablar. Fui aprendiendo un poco de todo, a sacar el tráiler del aparcamiento, a meterlo, a mantener la dirección en las autopistas. Salí al extranjero, aunque sólo ví estaciones de servicio. Tuve edad para empezar la carrera de filosofía, pero aún no era suficiente para llevar un tráiler. Cuando pude conducir uno de ellos, me pasé a la universidad a distancia. Antes de apagar la luz para dormir leía los apuntes. Seguí viajando al extranjero, empecé a conocer algo más que estaciones de servicio, pero no mucho más. Un camionero no es un turista.

Llevo un Iveco Stralis con carga frigorífica. Sobre la cama una repisa con mis lecturas y una fotografía del tráiler de mi padre. Cada uno de nosotros a un lado. La foto tiene ya casi veinte años. Nos la hizo mi madre el mismo año que él murió. Me gusta la carretera. Me gusta pasar las horas solo. Tengo en qué pensar. Todavía queda por ahí algún veterano de los tiempos de mi padre. Y están también los que como yo mismo son la segunda generación al volante. Para todos soy “el filósofo”.
-¿Por qué no das clase en un instituto?, me preguntan desde que se han enterado que tengo la posibilidad de presentarme a unas oposiciones.
-A vosotros os hace más falta, les digo. Y añado:
-Vamos a empezar por la muerte de Sócrates.
Abren la boca y sostienen un carajillo en la mano. Muchos de ellos están ya hartos de divertirse sólo en los puticlubes.

Cada vez que se reemprende la marcha, después de uno de los descansos obligatorios, hay que hacer una inspección del vehículo. Ayer, mientras daba una vuelta, descubrí, agazapado en el cajón que va sobre los ejes, a un chico que no tendría todavía catorce años. Sabía que algo así me podría pasar en cualquier momento, lo que me sorprendió es que miré al chico, él me miró y ninguno de los dos dijo nada. Me monté en la cabina y emprendí la marcha como si nada anómalo hubiera sucedido.
Conduje tenso, inquieto, pero no me detuve hasta llegar a mi destino. Mi padre me reconvino varias veces a lo largo del trayecto, a la oreja, en esencia, sin palabras concretas, con un modo de respirar. ¿Por qué, Pablo, por qué haces eso? Ese pobre chico se puede helar ahí. Pero yo no levanté el pie del acelerador. Puse el programa de country en la radio. Intenté pensar en otra cosa, pero los ojos del chico, brillantes, intensos, asomaban por los espejos retrovisores, en los reflejos de las ventanillas. O simplemente me rebotaban dentro del cerebro. Es mi modo de explicarlo. El chico respiraba allí abajo, con las manos crispadas para evitar salir desplazado a la carretera. Pero me daba la impresión de que el chico también respiraba en el asiento vacío del copiloto. El chico y mi padre comenzaron a hablar. Mi padre empezó a contarle cosas de mí. Cuando éste tenía tu edad me acompañaba. Creí que le podría enseñar algo. No hablábamos mucho, pero lo pasábamos muy bien. El chico dijo: Yo no tengo padre. Murió antes de que yo naciera. Subí el volumen de la radio, pero su conversación, casi susurrada, me llegaba con toda nitidez. No lo entiendo, no lo conozco, decía mi padre. Yo, por si acaso, aseguraba el pie sobre el pedal, rectificaba la postura, tomaba aire. Era una decisión. Y bien sabía yo lo que me costaba apearme de una de ellas. Y empecé a odiarlo. O mejor dicho a odiarlos. Al chico. A mi padre. Y también a mí mismo. Deseé que el chico se helase o que cayese al asfalto. Me alegré del dolor con el que mi padre tuvo que ir muriéndose. Aquel dolor que se metió dentro de mí no como la podredumbre que le devoraba a él el cuerpo, sino como la que me roía a mí el alma. La música country habla de los sueños de los vaqueros, de sus dificultades. Fue mi padre el que me aficionó. Ninguna otra música me llega al alma. Pero debe estar podrida. Mi alma. Porque no sé por qué lo hice. Y creo que nunca lo sabré. Cuando aparqué el trailer en el destino fuí al cajón en el que iba el chico. Pero ya ni rastro de él. Estoy pendiente de las noticias. Es curioso: quizás ese chico en alguna parte cuente esta historia de otra forma. O tal vez lo hagan las noticias.

viernes, 21 de marzo de 2008

Lexus


A las chicas siempre nos han gustado los coches y los bikinis y el dinero. Habrá chicas que dirán que a ellas les interesa la literatura. Hay chicas para todo. Yo hablo, ya sabes, del tipo de chicas que entran en el primer grupo. Casi con toda seguridad somos chicas que buscamos un nombre diferente al que nos dieron nuestros padres. Porque somos chicas en permanente búsqueda. Bueno, yo antes de empezar en lo que de verdad me gusta me llamaba Joan. Joan sirve para ir al instituto y para salir con los mocosos de tu curso, como mucho de dos cursos por encima. Joan hubiese sido una buena secretaria, pero a mí personalmente la vida a la que Joan parecía tener acceso me producía un aburrimiento mortal, de modo que empecé a ser una chica mala. Fue entonces cuando me dí cuenta de la importancia de la iluminación. Sabía colocarme bajo los focos y me atrevía a surgir de las sombras. Primero lo hice en la calle, al paso de los coches, en una zona frecuentada por hombres de negocios, que a la hora de regresar de sus oficinas a casa, después de haber ganado unos cuantos de miles, querían disfrutar de una experiencia prohibida o intensa, o simplemente querían llegar relajados para darle un beso a sus esposas en la frente o en los labios. Con una falda muy corta, les ponía la mano en la ventanilla bajada y la deslizaba de un lado a otro. Eran vehículos que me transmitían seguridad, hombres con una forma pausada de hablar, muy educados. Iba coleccionando marcas. Mi interés se centraba en la máquina, aunque sabía fingir muy bien un entusiasmo casi adolescente por ellos mismos.
-¿Cómo te llamas?, me preguntaban.
-Linda, decía. Nunca Joan.
Ya sabes, el nombre de guerra.
Quería conocer los extras. A ellos les entusiasmaba presumir. Había modelos que llevaban un pequeño refrigerador para las botellas de champán.
Un tipo me propuso rodar una película. En las pelis la iluminación es fundamental, me decía. Estaba preocupado por el tema artístico.
-Tendrás que buscar un nombre de estrella, Lindas ya hay muchas.
Rodé mientras pensaba en ello. Hice todo lo que me dijeron.
-Sobre todo hazle caso a ese tipo, es el director de fotografía.
También era uno de los actores. En el porno todo el mundo sabe hacer un poco de todo.
-Mi verdadera pasión es la luz.
Me dijo esto, pero me costó creerlo al principio. Quizás porque en su papel dentro de la peli se empeñaba en convencerme para que me dejase por detrás. En mi papel de la peli yo me resistía con unos argumentos algo confusos. En la realidad se lo ofrecí yo misma. No obstante, acabé convencida de su talento para usar la luz. Siempre estaba leyendo revistas.
-Son los grandes. ¿Tú conoces a alguien que no tenga en cuenta la luz a la hora de follar?
En una semana estuvo todo listo.
-¿Qué nombre has elegido para tu estrellato?
Pensé en mi marca de coches favorita.
-Lexus, dije.
Y añadí:
-Cash.
Y luego:
-Lexus Cash.
-¿Lexus, como la marca de coches?
Estuve rápida:
-Bueno, también es el nombre de un dios griego.
-Es el nombre de un tío, pero...no, no queda mal. ¿Y Cash, como Johnny Cash?
-Sí.

Ahora la película se puede conseguir en internet: aparece bajo varios títulos diferentes. También yo estoy en la red: teclead mi nombre de estrella. Pero daos prisa, porque la marca japonesa me ha puesto una demanda por usar su nombre. Un Lexus es el coche de mis sueños. Cuando alguno se acerca por la acera, ya que he vuelto a la calle, el corazón me palpita acelerado. Generalmente dentro siempre hay un hombre que sabe lo que quiere. Y conoce lo importante que es para una chica la iluminación. El cuadro de regulación de luces en el interior es fantástico. Ahí es donde se le saca partido a una chica como yo. Pero ya sabes, hay otros tipos de chicas. Tú mismo.

jueves, 20 de marzo de 2008

Ford Falcon


El viejo Ford con aquel siniestro verde pasó por delante de sus narices, a todo gas, que en su caso todavía era suficiente. A los dos mirones de la carretera se les abrió un agujero de acidez dentro del estómago. En cuanto les empezó a dar el culo, el coche se salió del asfalto y fue a dar contra el poste de luz más cercano, después encontró una trayectoria nueva y siguió volando hasta despanchurrar la Volkswagen que había aparcada en el prado, donde dejó a los hippies ensangrentados y confusos. Una vaca lo contempló todo desde una colinilla fértil, de hierba muy tierna. Las pestañas de la vaca eran sedosas, sus ojos la ternura de los seres vegetarianos, sus labios, maternidad y promesas lascivas, todo lo que un hombre sano, seguro y con una genética inmejorable, podría desear.
Después del trastazo sólo hubo silencio, si acaso los muy finos de oído hubieran percibido el rumiar de la vaca, o ese sonido de la hierba al ser cortada.
Los dos compadres levantaron sus traseros aplastados en un banco de madera corrido. Habían estado echando la tarde a pedos. Por turnos. Sonoros, limpios, de una rotundidad no exenta de música. El compadre de más edad había sido sorprendido por el vuelo del Falcon verde con una nalga en el aire. Se le cortó. No hubo explosión. Reorganizó el gas con un movimiento del músculo ejercitado. En el crepúsculo de aquel desierto, en la soledad a la que Dios había tenido a bien condenarlos, sólo se oyó el doble impacto del vehículo con una historia oficial macabra, primero contra el palo de los cables del alumbrado y luego contra la furgoneta de los hippies.
El compadre más joven era el más avejentado. Se quedó atrás. Equidistante de la pacífica vaca con repecto al vehículo, por fin en el suelo. Hubo unos segundos en los que pareció que el mundo se concentraba en aquel lugar perdido de la tierra, donde no solía ocurrir nada nunca, excepto la llegada de unos hippies, o la observación bovina.

Un Ford Falcon verde lleva días aparcando en la esquina. Dentro hay tres figuras ensombrecidas, dos en la parte delantera y una atrás. Fuman continuamente. De vez en cuando han de vaciar en la calle el cenicero lleno de colillas. Ya los han visto pasar a todos en el barrio y todos sienten la siniestra presencia. Al mediodía del cuarto o quinto día arranca y se desliza muy suavemente al paso de los peatones. Los de dentro miran a los de fuera. Sus ojos sobre ellos son las mallas metálicas de la dictadura. Una vez lanzadas, el prisionero no encontrará escapatoria. Le abrirán una puerta nueva, una puerta que han dibujado en el aire, como en esas historias de dibujos animados, lo empujarán al lugar de la inexistencia súbita, a la desaparición. Una ciudad de Argentina en 1976, a la que ha llegado una de las noventa unidades del modelo Ford no identificables que el ministro del interior ha encargado para sus operativos. En el enorme baúl transportan amordazado a quien ellos saben que va a darles toda la información que necesitan. Un perro los ha visto, un perro y un barrio entero de esa ciudad. El perro no puede hacer nada, luego se acerca al lugar donde han dejado caer la montaña de colillas y mete el hocico en las cenizas frías. Pero el hermano del chico secuestrado corre a la comisaría que tienen más cerca para denunciar lo que nadie ha podido evitar.

Treinta años más tarde, en mitad de una llanura por la que el sol se desangra aparece el Ford Falcon verde en el que al compadre le quitaron al hermano. Con el largo maletero atrás, puerta de entrada a no dejar rastro de la existencia. Como ocurrió. De nada sirvieron las denuncias.
El compadre más diligente llega hasta la ventanilla y se asoma.
-¿Está usted bien?
El conductor asiente. Aturdido.
Ahora el compadre no puede controlar el pedo que quedó en nada. Está en rebeldía y decide darse una buena satisfacción. Se yergue tonante ante el crepúsculo y luego le da un rodeo a la furgoneta con el símbolo de la paz dentro de la esfera original con la V y la W de volkswagen.
-¡Eh, los de dentro!¿Cómo estáis?
Hay que esperar unos minutos para ver salir a un chico y una chica, gringuitos, con la cara blanca como la cera por el susto, cubierta de sangre.
El compadre que todavía no ha abierto la boca, al que el Ford le ha activado la dura maquinaria de los recuerdos, de lo sucedido 30 años atrás con su hermano en la esquina de la calle donde vivían, se mueve lento alrededor de la escena del accidente.
-Compadre, le dice al otro, mira a ver si en el baúl del Ford hay alguien. Tú sabes que a mi Juan Luís se lo llevaron ahí.
Parece un viejo con demencia. La vaca en la colina vuelve a su pasto. En pocos minutos la oscuridad devorará por completo a los que ya empiezan a ser sombras.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Volkswagen Golf GTI


Este es el llavero: míralo bien porque es todo un símbolo. Dentro de la circunferencia arriba la V y abajo la W. Como las alas de un ángel terrible. Supongo que en aquella época yo me sentía así. Un ángel terrible está muy tentado por el demonio.
No. Nunca se me ha ocurrido deshacerme de él. Me recuerda muchas cosas que entonces me gustaban. Antes preferiría arrojar la silla por la ventana, pero claro, luego cómo iba a poder moverme. Ni siquiera sería capaz de salir al jardín para recuperarla.
Era muy gracioso, yo no me daba cuenta, sin embargo sí que lo veo ahora. Había tipos que se reían de mí, pero no dejaban de ser unos patanes. Quizás unos acomplejados. Yo me sentaba en la barra y sobre ella ponía mi credencial, como si fuese un poli que sacase su placa. Allí estaba mi llavero. Níquel. Allí estaban las chicas que me interesaban y mi marca de whisky favorito. La verdad es que todo era delicioso. Ahora peso treinta kilos más, no me responde el cuerpo de cintura para abajo y llevo sin probar ni gota desde hace nueve años. El llavero me recuerda que una vez disfruté de la vida.
Me quedé dormido, una cabezada de un segundo, pero en ese momento estaba entrando en una curva. Fuí a dar contra el tronco de un árbol centenario. El cabrón sigue allí. Duro como el tiempo. Ese sí que me jode, el puto árbol. Cuando me acuerdo de él, acaricio el llavero, suave y frío. No echo de menos a las mujeres, y ya tampoco el whisky. Pero es jodido conducir el puto coche automático de los lisiados.
Perdón por el lenguaje, pero no hay otra manera de expresarlo. Yo al menos no la encuentro. Sí, parece que se levanta algo de fresco.
El interior era todo un lujo, con la tapicería en cuero. A veces acariciaba a una chica por los muslos, y dejaba ir la mano. La pasaba por el repaldo que había tenido que reclinar. Me gustaba tanto, era tan feliz, que la chica se daba cuenta. Y más de una se enfandó por eso. Yo me reía. Cómo no iba a hacerlo. No vayas a tomarle celos al coche, les decía. Tú me gustas más. Pero ambos sabíamos que era mentira. Hubo una que no dejaba de repetir: Guauuu que suaves son los asientos. Mientras, frotaba su culito. Pero no me hizo gracia. La tipa quería un golf. Cómprate uno, le dije. No volví a montarla en el mío. No me digas que no era divertido. Hoy me tengo que conformar con una tapicería de microfibra que repele las manchas.
No te confundas conmigo. Yo no soy uno de esos anuncios de la DGT. A mí lo que me hubiese salvado de esta silla hubiese sido que hubieran talado aquel árbol a tiempo. Pues no me vas a creer si te digo que hubo algún ecologista que me acusó de atentar contra el jodido árbol. Pero vamos a ver: qué es lo que les gusta a esos. ¿La naturaleza? La verdad es que no lo entiendo. Mira, me veo obligado a vivir en una casa de planta baja. Pues este jardincito que tú tanto has alabado me pone enfermo. Yo entonces vivía en un séptimo piso. Llegaba por las noches después de tomarme mis copas, me tiraba a la cama y hasta el día siguiente. Esta casita encantada, este chalecito de turrón, debería volar por los aires o como poco arder. Con su tullidito dentro. ¿Por qué no?
Yo volaba, volaba con las alas de mi GTI. Lo ponía a 200 por hora y no puedo ni decirte lo que sentía. Se me ponía dura, joder. Esa piltrafa de ahí abajo.
¿Qué color?
A ver dime qué piensas, de qué color crees tú que era.

martes, 18 de marzo de 2008

Seat 1500 bifaro


Mira, este coche es mítico. ¿Ves? Estos son mis padres el día de su boda. Y esta la típica foto de los novios en el coche. Puedes apreciar ciertos detalles como el gran volante con doble aro niquelado y la sonrisa de mis padres con sus alianzas de oro. Aunque la foto sea en blanco y negro y las manos de mis padres no estén a la vista, la gran carrocería de la felicidad se puso en marcha ese día para llevarlos de la iglesia al salón de bodas, gracias a que en la nuestra también, como en tantas familias, siempre hubo un benefactor que podía costearse el mismo modelo de los coches oficiales. Quizás era un señor con bigote o no. Pero lo que es seguro es que su largueza y generosidad le granjeó muchos agradecimientos de por vida. Lejos estaba mi padre entonces de imaginar que durante algunos años, menos de los esperados por todos, habría de llevar entre sus manos un modelo semejante a ése. Uno de aquellos taxis negros con las puertas parcheadas en amarillo. En el pueblo la gente había comenzado a irse a las ciudades con lo puesto, así que mis padres me metieron en un cesto de mimbre y, después de interminables horas de tren, llegaron a una rotonda en la que había un policía municipal que organizaba el tráfico. Sale en todas las pelis de la época. Algunos domingos íbamos a comer a un merendero, porque seguía habiendo un señor dadivoso, el dueño del taxi, que se apiadaba de nuestra vida de suburbio, y entonces yo me sentaba al lado de mi padre en aquel asiento corrido, que no olía como ninguna otra cosa en la tierra, y lo miraba como si contemplase al héroe de mis sueños. Su reloj de pulsera, firme y brillante, le aplastaba el vello en la muñeca y todas sus maniobras me hacían confiar en él. Mi madre caturreaba en el asiento de atrás con la niña en brazos.
-Fíjate, así se mete la cuarta, al mismo tiempo hay que pisar el embrague, me explicaba, y movía la palanca de los cambios bajo el volante.
Luego sacábamos del maletero la tortilla y los filetes empanados y pedíamos la consumición mínima: unas gaseosas y aceitunas.
El sueño de mi padre era tener su propio taxi. El día que lo consiguió el modelo comenzaba ya a tener una competencia con mejores prestaciones, pero mi padre era más sentimental que práctico, y estoy convencido de que se hizo con un Seat 1500, no sólo porque yo se lo había rogado un millón de veces, sino porque también era el que él deseaba.
Un coche puede ser además un sarcófago. El maletero del 1500 era grande, incluso una persona de la envergadura de mi padre, si se doblaba podía caber en él. Mi padre apareció dentro. El taxi en medio de un pinar. A mí nadie me quería explicar nada, pero yo fuí atando cabos de conversaciones y comentarios que pillaba por ahí. Mi madre sólo me encargó que tenía que cuidar de la niña. Estaba maniatado, con la camisa y el pantalón llenos de sangre. El cuerpo cosido a navajazos. No lo ví y se llevaron el coche al depósito. La niña no sabía lo que había ocurrido y preguntaba por él. A mí se me saltaban las lágrimas, pero delante de ella conseguía disimular. Hasta que me metía en la cama. Allí inundaba las sábanas con mi llanto, imaginándome que aquella humedad era la de la sangre de mi padre derramada en la moqueta del maletero, que tantas veces le había ayudado a cepillar.
¿Ves esta foto? Es su taxi. Se vendió. No sé ni quién la hizo. Yo cada vez que veía uno de ellos tenía que volver la cabeza. Hubo un momento en el que creí que podría volverme loco.
Gracias a los sacrificios de mi madre pude estudiar. Filosofía y Letras.Y llevé la barba y el pelo largos. Los coches de los grises eran ese mismo modelo que me atormentaba, poco antes de que yo empezara la carrera, pero cuando me trincaron ya los habían cambiado. A empujones lograron introducirme en el Seat 124D. Los grises se habían vestido con un insondable color caca. Supongo que el modo de repartir en el asiento de atrás era heredero de aquel otro que yo sólo he conocido por las crónicas.
En esta foto estoy ya con la nariz rota, detrás mi primer coche. Un Renault 4TL.