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domingo, 11 de diciembre de 2016

El hijo de la estrella






Yo era un chico imberbe todavía cuando aquella mujer me asaltó por la calle, me dio unos abrazos y unos cuantos besos y me dijo que había estado casada con mi padre. Qué gran hombre tu padre, me dijo, qué recuerdos más maravillosos tengo, eres igual que él, las chicas te van a rifar. Luego vino la otra mujer, la que la arrancó del abrazo con que me sujetaba y le dijo, deja al muchacho tranquilo, ¿no ves que lo avergüenzas?, y se la llevó. Me pareció evidente que la mujer estaba desquiciada. Llegué a casa y fui a buscar a mi padre, que en ese momento estaba entretenido en una tarea muy delicada, no recuerdo si limpiaba las armas de su colección u ordenaba los volúmenes de su biblioteca. Cómo estás, me preguntó. Bien, papá. No le dije nada del episodio que acababa de vivir en la calle, pero durante unos segundos lo observé con curiosidad. Mi padre era, como todo el mundo sabe, un hombre fornido y atractivo, que le debía su gloria a un personaje de ficción interpretado con enorme solvencia. Quizás aquella mujer tenía razón y había estado casada con mi padre. Después de que mi padre y mi madre se separasen hubo un par de matrimonios más. Muchas veces me he detenido a pensar en aquel episodio, ¿quién era aquella mujer? No volví a verla, pero me di cuenta con el tiempo de que me hubiera gustado hablar con ella, era evidente que me había reconocido. He conocido a todas las mujeres con las que mi padre ha estado casado, antes y después de mi madre, y ninguna ha despertado en mí el interés y la curiosidad que siento por aquella mujer que me habló en mitad de la calle menos de un minuto. Dale un beso, me dijo, cuando su amiga ya la arrastraba hacia la playa. El caso es que sobre mi padre ya se han escrito unos cuantos libros y en ninguno de ellos se habla de una desconocida con la que pudo haber estado casado, lo que no quiere decir que ello no haya sido posible. Paseo mucho por la playa el cáncer de hígado que me va a matar y ahí es donde pienso y pienso, y pienso, luego, ya saben, existo. Creemos que conocemos a nuestros seres más queridos y eso, muchas veces, no es verdad, no tenemos ni idea. Mi padre contaba sus anécdotas a la hora de comer, cuando venían sus amigos a tomar una copa, siempre que alguien lo quisiese escuchar. Sus admiradoras le escribían y le pedían fotos firmadas y prendas de ropa para satisfacción de sus fetichismos, también le pedían matrimonio y otras extravagancias que yo no lograba cazar, pero que más tarde fui averiguando. La carrera cinematográfica de mi padre estuvo obviamente limitada, porque si bien tenía enormes virtudes atléticas y natatorias, en lo que se refiere a la actuación estaba mucho más limitado, de modo que con el tiempo, cuando su carrera empezó a declinar, acabó entrando en el mundo de los negocios. Un buen día alguien me asaltó por la calle, tu padre es un pedazo de hijo de puta enorme, como la copa de un pino, un cabronazo, dijo, sin que yo supiera todavía a qué carta apostar, si era bueno o malo lo que iba a decirme. Hasta que terminó la frase. Uno de los problemas de imagen de mi padre fue siempre la papada, esta misma, la misma papada familiar que ya tuvo mi abuelo y que yo mismo le he dejado en herencia a mi hijo. La frase venía a decir que mi padre le había hecho ganar un montón de pasta alicatando piscinas. Por lo que yo sé las piscinas casi arruinan a mi familia, así que me alegro de que alguien ganase dinero con aquel proyecto. También hubo un tipo que escribió un cuento sobre mi padre, una cosa absurda de un tío que iba de chalet en chalet por una urbanización, bañándose en todas las piscinas hasta llegar a la suya. Mi padre pensó que si se hacía la película lo llamarían a él, pero no fue así, le dieron el papel a otro, que no quiero mencionar aquí para no darle más publicidad. Seguramente todos conoceréis de sobra la marca de mi padre, su grito, a veces si tenía invitados y se lo pedían emitía aquella mezcla de chillido humano mezclado con aullido de hiena, rasgar de violín y el gruñir de los camellos. El grito de papá producía una gran satisfacción en todos menos en mí. A mí me avergonzaba. Me avergonzaba, luego existía. Ningún placer me pareció nunca una prueba de existencia tan rotunda como cualquier nimia contrariedad. En el colegio acabaron enterándose de quién era hijo y de repente me hice muy popular. Lo invitaron a dar una charla y aceptó. Al final le pidieron que lanzara su grito y lo hizo. Cuando mis padres se divorciaron sentí alivio. Mamá y yo nos mudamos y durante bastante tiempo mantuvimos el anonimato en una ciudad provinciana y tranquila, donde me enamoré de una chica con la que me acabé casando. Conforme me pasaron los años el parecido con mi padre fue creciendo y uno de mis mayores temores era que alguien me relacionara con él, que había pasado de ser una gran estrella a verse relegado a producciones en las que se evidenciaban todas sus carencias interpretativas, para finalmente dar palos de ciego en unos cuantos negocios ruinosos. Yo mismo no entendía muy bien cuál era el verdadero motivo que me hacía sentir aquel desapego hacia mi padre, que sin ser el padre perfecto siempre que había encontrado oportunidad había sido bueno y cariñoso conmigo. Mi madre había intentado por todos los medios que entre nosotros hubiese una relación cordial, pero después de que se separaron yo adopté una actitud huidiza. Si ponían alguna de sus películas por la televisión, yo pretextaba cualquier excusa para no verla con mi mujer y mis hijos. Mi padre nos visitó un par de veces y fue obsequioso con mis hijos, nada que reprocharle. En una de ellas antes de marcharse me tendió la mano y dijo algo que no entendí. Doy por hecho, mientras existo en el paseo que doy pensando por la playa en este relato de un desconocido, que nos deseaba a mí y a mi familia lo mejor.

miércoles, 8 de junio de 2016

Hijomadre


Yo soy un tipo de persona, un tipo de persona que imagina que podría hacer fotografías con el culo, sí, como si el ojete fuese el obturador de la máquina. Se abre, se cierra, y foto. Yo soy... podría decirse que el hijo. Sí, sin duda el hijo soy yo, por mucho que mi comportamiento a veces haya inducido a pensar otra cosa. Anoche le enseñé al chico de la fila de delante mis largas uñas, largas y duras uñas pintadas de blanco que él tocó, acarició, bajo la atenta y vigilante mirada de su papá. Íbamos a ver una película en la calle, vimos la película en la calle, bajo la vigilante mirada de las estrellas, dándole sorbitos a la lata de cerveza, yo con una lata en la mano y otras dos en la mochila a mis pies. Soy ese tipo de personas que hace fotos con el cerebro, si el culo lo tiene sobre el duro asiento de una silla en la plaza, donde se proyecta una peli bajo las estrellas que vigilan. Soy quien se pregunta qué hay que vigilar. Ese tipo de personas que siendo el hijo va y viene como si fuese otra cosa. Quien también podría llamarse el chico raro, sexualmente ambiguo. Ahora estoy mucho más delgado, hablo más con quien me habla, día tras día por todas las calles, hasta el punto de que no estoy seguro de no haber estado en dos lugares distintos simultáneamente, mirando a un lado y otro a ver qué puedo encontrar abandonado, anotando en la libreta los palotes que me llevan la cuenta de lo que oigo, de lo que veo, de lo que olvido. Un día quizás me marche, quizás busque la calle por la que se abandona la ciudad. Ahora soy el tipo de persona que tiene algo que hacer, que lo sabe, que tira o empuja, a pesar de ser el hijo. No soy el hijo despreocupado que sale y toma copas charlando con otros individuos que fingen como él un presente imperativo, individualista, falso como ellos falsos hijos y falsos padres en un futuro que ya los tiene en sus zarpas. Soy quien se preocupa, quien ve venir la ruina, la muerte, quien pasa mirando a ver qué encuentra abandonado, monedas y asquerosidades. Cada vez que paso hago una foto con mi culo de todo lo que ocurre a mis espaldas. Ella, en cambio, es un tipo de persona muy diferente. Ella no se asoma nunca a la calle, todas las noticias de la calle le llegan por mí, pero también por la televisión. La televisión le dice blanco y yo le digo negro. A veces lo que me duele es que crea a la televisión más que a mí. Ella es ese tipo de persona que se fija mucho en los pequeños detalles, que recuerda las palabras que alguien dice sin pensarlas. Ella indaga vuelta hacia la pared, recostada sobre su dolor. Yo le digo, por ejemplo, que hay cine en la calle y ella dice que no puede salir, que tiene que..., que está esperando en casa. Ella es... podría decirse la madre.
La madre se da la vuelta, abre los ojos y sonríe al ver al hijo.
-¿Ya te vas?, le pregunta, acostumbrada a no obtener respuesta.

lunes, 6 de junio de 2016

La mudanza




Cuando comprobé que los últimos trastos estaban en el camión de la mudanza, me subí a la cabina con aquellos operarios silenciosos y eficaces, completamente alejados de mi imagen de los mozos de carga parlanchines y bebedores. Llegamos al nuevo domicilio y fueron depositando los muebles donde les indiqué, sin que se hubiese producido ningún desperfecto. Mi mujer y las niñas se bañaban en la piscina, entusiasmadas con las ventajas de nuestra nueva residencia, frente a las incomodidades del piso poco espacioso que acabábamos de abandonar. Para la noche todo estuvo en orden, cada cosa colocada en su sitio.
- Pensaba que las mudanzas eran mucho más complicadas, le dije a mi mujer.
No me respondió. Estaba de espaldas, preparando una cena ligera para todos.
- Digo que ha sido más fácil de lo que esperaba, insistí.
De nuevo pareció que no me oía.
Enseguida se sentaron las tres a la mesa y se dispusieron a tomar las tortillas y una ensalada. Pero no pusieron un plato para mí, que había estado todo el día trabajando duramente para ellas. Además ninguna parecía reparar en mi presencia. Por lo que me enfadé muchísimo, ya que era un complot injusto e inadmisible. Como no acertaba a entender lo que estaba ocurriendo, puse una atención especial en ellas y fijándome en ciertos detalles, hallé que no se trataba de mi mujer ni de mis hijas. Eran, eso sí, muy parecidas, pero ellas no. Poco a poco comprendí que no podían oírme ni verme. A continuación llamé a la empresa de mudanzas para dar cuenta del error, pero me dijeron que hasta el lunes siguiente no se podía hacer nada. Sin embargo, en la casa, llevado por el impulso de una ciega obstinación, seguí actuando como el cabeza de familia. A la hora de dormir entré en el dormitorio principal y me metí en la cama. A los pocos minutos, en la oscuridad, la mujer se volvió y me abrazó apasionadamente. Por la mañana desayunamos los cuatro en el jardín. Ella me decía cariño y las niñas, papá. Después bajamos a la piscina. Eran tres mujeres excepcionales, guapas y divertidas. Pero en algún lugar de aquella urbanización, en una piscina muy similar, las tres mujeres de mi vida estarían esperando que yo llegase con la parte de la mudanza que faltaba. Tenía hasta el lunes para pensar qué haría.

jueves, 26 de mayo de 2016

Pornografía


Desde chiquito tengo ruedas en el lugar de las piernas. No está mal tener ruedas, pero es mejor tener piernas, como todo el mundo. Si me paro a pensar, quizás a mí me hubiesen tocado unas piernas, si todo el mundo tuviese ruedas. En ese caso desearía las ruedas, que es justo lo que tengo. En resumen: estoy jodido.
Había que inflar las ruedas y había que engrasar los ejes. Además no iban solas. Tenía que empujarlas con la fuerza de mis brazos. De ahí que los tenga tan fuertes y musculosos. Como los pectorales. Si las personas empezaran de cintura para arriba, yo sería un hermoso ejemplar de persona. Guapo, además. Pero las personas también van de cintura hacia abajo. Y ahí es donde yo ya no he sido yo, sino ese chico pegado a unos hierros, a unas ruedas. Un ser extraño, híbrido. Como un centauro. Lástima que hoy casi nadie sepa nada de mitología.
Moverse por la ciudad en silla de ruedas es una aventura complicada. Nunca hay suficiente espacio para pasar y todas las puertas son estrechas. No obstante, de la calle he hecho mi reino. Me he ganado la vida vendiendo lotería. Mi vista está llena de cinturas. Por ellas reconozco a las mujeres antes de elevar los ojos hacia la cara. A los hombres, según el tipo de hebilla que lleven en el cinturón.
Cuando era un muchacho unos monitores me arrastraron a un equipo de baloncesto. Pero a mí lo que de verdad me gustaba en aquella época era el cine. Así que no tardé mucho en decirle a mi entrenador que me importaba poco si la pelota pasaba o no por el aro. Me hice socio de un videoclub. Me gustaban todos los géneros y a veces, sobre todo los fines de semana, alquilaba las películas por lotes. De este modo di en una ocasión con una película diferente, entre una serie de títulos del oeste. La cinta iba dentro de una carátula errónea. Aproveché la circunstancia y dije que la había perdido. Pagué la multa y me la quedé. Llegué a verla incontables veces. Mientras me empujaba sobre la silla de ruedas con la única fuerza de mis brazos, recitaba los diálogos de aquella película, que tenía memorizada desde la primera hasta la última secuencia o plano. Había dos chicas, dos amigas, que en los primeros minutos del metraje ya habían seducido al muchacho en el estudio de la que era artista, pintora. Hablaban con un gemido provocador, insinuante, antinatural. Con inflexiones y tonos que me erizaban la piel y me provocaban una erección permanente. Después de usarlo como pincel y consolador, o como el pincel-consolador, la pintora lo invitaba a la clausura de su exposición en una importante galería. Donde seguramente todos acabaremos follando con todos, dijo.
El caso es que yo subía una empinada cuesta y mascullaba el diálogo entre la pintora y su amiga, con esos hipidos en la inflexión, que insinuaban una calentura constante:
–¿Crees que querrá venir el martes?
Y la otra, o sea, yo mismo, en su remedo, me decía:
–No lo sé, supongo que sí.
Y me sentía como Ulises pasando por delante de las sirenas, seducido por su canto, atado al mástil. De hecho, el muchacho, que había sido recogido a las puertas de un instituto por las dos pervertidas mujeres para ser usado como modelo, en la exposición, ese martes de cierre, le diría a la artista:
–Me gusta mucho tu pintura, creo que es enormemente plástica.
Y a mí, como a él, no sólo me temblaba la voz, sino también la barbilla. Pero mis escenas favoritas eran aquellas en las que el chico, en pie, ya se había hecho dueño de las situaciones y en medio del estudio de la pintora, con las piernas abiertas y un enorme bulto apretado en el pantalón, miraba hacia la cámara como un coloso, y traspasaba todas las barreras de la inercia y el vacío, hasta llegar al espectador, al mirón, yo mismo.
Con el mando a distancia rebobinaba hacia delante y hacia atrás para ver cómo se erguía y se presentaba desafiante. Luego, cuando la chica, la pintora, se arrodillaba ante él y le bajaba los pantalones, o la otra, la amiga, se ofrecía desde atrás, subiéndose las faldas, yo cumplía con mi deber manual. Finalmente le daba a Pause y congelaba la imagen del video con el chico despatarrado.
El chico me miraba y yo estaba pegado a la silla, a las ruedas, con los pantalones bajados, hechos un nudo entre mis muslos blandos, blanquecinos y escuálidos. Yo, igualmente lo miraba a él, sostenido por dos fuertes pilares, piernas de Hércules hundidas en el amasijo de ropa que le trababa los pies de un modo ridículo. Un hombre entero y un hombre por la mitad, frente a frente, asomados desde dos dimensiones distintas.
Escribí a la productora. Les envié una fotografía, pero no les dije nada más. No tardaron en llamarme. Les interesaban las caras nuevas.
–¿Y las ideas nuevas, os interesan? –les pregunté.
–Eso menos –me contestaron.
En el porno, como en el resto de los géneros, impera la inercia. Me costó, pero los convencí. Me contrataron para una película. Mi papel era el de un malvado resentido que se quería follar a la hija del presidente y a partir de ahí dominar el mundo. Pero el resultado comercial no fue el esperado y en ese momento acabó mi carrera como estrella discapacitada del porno. Y como guionista.
A veces voy a un cine del centro. Pago la entrada y me tengo que quedar en el pasillo. Pero ya no es lo mismo que en los 80. Ya no quedan salas X. Y las echo en falta. En su turbia oscuridad aquellos seres del desahucio amoroso, exiliados de la composición erótica, componíamos un bestiario muy escogido de las maravillas mitológicas.
Había un hombre perfecto de cintura hacia abajo, con el que me entendía muy bien. Me gustaba abrirle la hebilla de su cinturón con los dientes. El jamás se agachaba, erguido en la oscuridad de la sala. La altura a la que quedaba mi boca era la perfecta. La hidrocefalia le había estado ensanchando los rasgos del rostro, le había abierto la narices y por ellas resoplaba como un búfalo, cuando el placer de su carne y el de los seres del celuloide coincidían.
Lo que tiene la calle es que se ve a mucha gente. Muchas caras, muchas cinturas, muchas hebillas. Y algunas acaban por repetirse. Aunque sea sólo en un par de ocasiones, se quedan grabadas en el cerebro. La primera vez le ofrecí lotería. Yo en mi silla de ruedas, él en su coche. Casi a la misma altura. Me quedé mirándolo porque no me lo podía creer. Lo reconocí. Era el chico de la película. El mismo. No me cupo duda. Como a mí, le habían pasado unos cuantos años por encima. Intentando triturarlo. Sentí una emoción muy intensa que me sobrecogió. Y pasé los meses siguientes sin poder conciliar el sueño.
Ya pensaba que había desaprovechado de un modo ridículo la oportunidad de haberle hablado. Ya, que todo había sido un error de percepción. Un lapsus imaginativo, un desliz sentimental que me había llevado a confundir a cualquiera con aquel mito de mi juventud. Fueron transcurriendo los meses y pasaron algunos años más. El pozo del olvido se lo fue tragando todo. Ni siquiera podía estar seguro de que el encuentro hubiese tenido lugar, independientemente de la identidad de aquel hombre. Acababa de estrenar una silla con motor. El tipo tenía una hebilla reluciente con motivos vaqueros. Entendí que había pasado por momentos mejores, pero que no estaba dispuesto a renunciar a las señas de identidad de su elegancia. La abrí con los dientes. Me apliqué, pero el tipo no soltó ni un gemido, nada.
No era mi costumbre mirar hacia arriba, a la cara, pero esta vez lo hice. El tipo estaba muy tranquilo y yo sabía que su mutismo no era hostil.
–Eres tú –le dije.
Se me presentaba una segunda oportunidad.
–¿Me conoces?
–Te reconozco. De joven me sabía de memoria los diálogos de tus películas, sobre todo de una.
–Hice muchas, pero todas eran iguales, ¿cómo se titulaba?
En ese momento se me soltó la lengua y empecé uno de aquellos diálogos excitantes por el tono hueco, vacío, y ambiguo, de todo lo que decían:
–¿Tú? ¿Por qué tú? Podría ser yo –le dije.
–Seguid, seguid, soy un hombre muy liberal.
Y luego, ya en plena faena:
–Desde luego, eres un cachondo. Acércate, ven con nosotras.
El tipo no daba crédito a lo que le estaba ocurriendo. El lisiado que se la chupaba se conocía de memoria todo su repertorio. Al cabo del tiempo a mí también me cuesta creer que eso me haya ocurrido. Pero me he llevado las manos a la cintura en un movimiento involuntario. Acabo de tocar la hebilla. La que el tipo me regaló.

Este relato apareció en el número 10 de la revista Narrativas (Julio-Setiembre de 2008) dedicado al erotismo. Aquí el número compelto.

sábado, 8 de junio de 2013

Un fragmento




Mis clases eran peripatéticas. Transcurrían en torno al estanque desde el que los cisnes y los patos nos miraban. Mis alumnos seguían suspendiendo las mismas asignaturas que suspendían antes de que sus padres me contrataran, pero habíamos mejorado la presentación de los boletines de notas, que ya no mostraban esos lamentables resultados gracias a mi pericia falsificadora. A los chicos les gustaba hablar conmigo, fumar dando un paseo, desacelerarse de todo el estrés que les provocaban los profesores cabrones que tenían en el instituto. Contábamos chistes obscenos, me pedían que les refiriese alguna aventura, yo los entretenía y les mostraba los posibles caminos a seguir en cada encrucijada. Cada semana ellos me pagaban lo convenido. Una vida dulce para todo el mundo. Tan solo eso queríamos. Nadie decía estupideces del tipo que suelen decir padres y maestros. Eran idioteces muy propias, muy sacadas de nosotros mismos, sin la envergadura de esos edificios de aire que se construyen hacia el porvenir. Les dije que me tendrían que invitar de vez en cuando a una lata de cerveza del chino y no les pareció mal. Les conté que me había tenido que gastar el sueldo en un salón de masajes porque estaba llevando a cabo una investigación para escribir un libro.
-¿Y para qué vas a escribir un libro?
-Siempre pensé que me gustaría escribir uno y ahora tengo una buena historia.
-¿Y por qué no te conformas con la historia? Mi padre también quiere escribir un libro con todo lo que sabe sobre los egipcios. Yo le digo que se conforme con lo que sabe sobre los egipcios. Que ya hay bastantes libros escritos sobre los egipcios por pobres idiotas como él.
Ya me diréis si no practicábamos una verdadera formación integral y socrática.

martes, 16 de abril de 2013

Vivir en la cabeza del pulpo en el blog laplazadeolavide






En Madrid hay una plaza que me gusta mucho, a la que además le han dedicado un blog que no os deberíais de perder, por lo menos los que vivís allí. Se trata de la plaza de Olavide, a la que en el año 74 le volaron el mercado que tenía en su centro y que es el que se ve en la fotografía. Quedó una cabeza muy despejada de la que salen ocho calles como ocho patas. Como más o menos todos los años paso algunos días por la zona, hace un par de meses, con ocasión de la última visita y gracias a la hospitalidad de mis sin embargo amigos Ana y Jose Manuel, escribí un relatillo que ahora se pubica.

Aquí

jueves, 27 de diciembre de 2012

Johnnie Walker








Hace más de veinte años tuve que seguir a un hombre que tenía las piernas muy largas y daba grandes zancadas. Se ofreció para enseñarme un piso que estaba en alquiler y que podría interesarme. A mitad de camino me dio un ataque de risa porque aquello no tenía sentido. Era una estrafalaria persecución en la que irremediablemente me estaba quedando demasiado retrasado. Él miraba hacia atrás resentido y yo me disculpaba intentando sofocar la risa. No soy paticorto, ni perezoso para caminar, pero lo de aquel hombre enseguida se mostró más como una venganza que como un favor. A mitad de camino le llamé la atención para que me esperase y eso lo disgustó visiblemente. Más tarde el piso no sería de mi agrado. En muchas otras ocasiones vi al hombre de las zancadas imposibles de seguir, pero después jamás volvimos a cruzar una palabra. Llegó un momento en el que parecía que nunca nos hubiéramos conocido, sin embargo, nuestra intimidad había sido muy profunda: yo sabía cómo se las podía gastar con aquellas piernas largas y flacuchas y él había comprobado mi temperamento burlón. Al cabo de un tiempo ambos volvimos a nuestras ciudades de origen, tan distantes entre sí que lo más lógico era pensar que jamás volveríamos a vernos. Me he vuelto a acordar de él no sin cierto rastro de nostalgia. No sé si como yo seguirá dedicándose a la traducción. El caso es que tras un largo paseo, hoy mismo, se me ha venido a la mente aquel curioso episodio. He subido a un monasterio hasta el que me he acostumbrado a caminar de vez en cuando. Desde allí se ve un codo del río, se ven los trenes engullidos o vomitados por el monte. Había un grupo de gente con bolsas en la mano. A todas luces esperando un reparto de alimentos. Todavía me ha dado tiempo, antes de ir a tomar un aperitivo, de afeitarme en el barbero. Me ha puesto una toalla humedecida y templada sobre la cara para abrir los poros y ablandar el pelo. No es que en ese momento haya descubierto algo que antes no sabía. No. Pero he cerrado brevemente los ojos, poquísimos segundos que me han servido para vacilar entre el dulce sopor del abandono y la seguridad de unas costumbres que hacen que un reo no pierda la cordura.

jueves, 20 de diciembre de 2012

En la revista Fábula







En la revista Fábula, editada en La Rioja, aparece mi relato Lecciones de novela, que antes publicó Antón Castro en su blog.


Para echarle un vistazo a la revista: Aquí.

Es muy interesante el texto de Leticia Bustamante Valbuena: "De cómo el microrrelato se ha convertido en un fenómeno cultural".

miércoles, 12 de diciembre de 2012

El avaro




Fotografía de Larry Sultan

Mi casero era un viejo avaricioso. Le había explicado que la cama era una antigualla y que los muelles del somier chirriaban con el más leve movimiento. No le dije que cuando más crujía era cuando su hija venía a visitarme. Ella había sufrido también por tanta tacañería. Cuanto más estrépito de metales y maderas sonaba, mayor era nuestra furia amorosa, y así se redoblaba una sinfonía cacofónica, que albergaba en sus notas pasiones muy primarias. Mi casero se negó a cambiar el mueble y mandó a un carpintero para salir del paso con un mal apaño. Esa misma noche conseguimos desbaratar el arreglo, dando saltos, como cabras entre unos riscos, antes y después de follar. Al viejo lo llamábamos Pelaperros, apodo que su hija le tenía ya asignado cuando yo la conocí. Durante dos años la cama crujió con una frecuencia que vista desde ahora me maravilla, hasta que llegó el momento en el que decidí dejar aquella casa. El último día, cuando ya lo tenía todo recogido y empaquetado en el coche, le rompí las patas. Las cuatro patas a la cama. A patadas. No quería que aquellos muelles volvieran a sonar con el siguiente inquilino. No quería que el viejo avaro volviese a usar el truco del carpintero. Ciertamente era una cama espléndida, quizás hasta con algún valor como antigüedad. La destrocé. Quedó aplastada en el suelo, vencida, rota hasta un extremo que podríamos calificar de metafísico. Por supuesto, mi acto tuvo sus consecuencias. Mi casero me llamó por teléfono y me llamó vándalo y gitano. No le contradije en nada y acepté la bronca, pero defendí la coherencia de mi proceder. Desesperado por lo que calificó como una actitud de vulgar cinismo, me colgó él a mí. Seguí viendo a su hija sobre camas mucho más discretas, que amortiguaban en su opaca elasticidad nuestras juveniles estridencias. Hasta que decidimos vivir juntos. Pelaperros te quiere conocer, me dijo un día la niña, con su característica picardía.

martes, 11 de diciembre de 2012

Insomnio




Fotografía de Lina Scheynius

En esa casa de enfrente también hay un insomne. Lo sé porque cuando me levantaba de madrugada su luz ya estaba prendida en el salón o la prendería en un rato. Me hago una infusión y en la oscuridad me asomo a la ventana. No sé si será un hombre o una mujer. Teníamos costumbres diferentes, yo nunca le daba a la luz, me apañaba con el foco de la campana extractora en la cocina. Imaginaba que se sentaba en el salón e intentaba relajarse. Después me volvía a la cama. Hay noches que consigo coger una hora más de sueño y hay noches que no. De día nunca se me viene a la cabeza el vecino o la vecina insomne, pero siempre, en el momento de meterme en la cama, pienso que dentro de un rato un nudo misterioso me estará conectando con una existencia compuesta únicamente por conjeturas y suposiciones. En ocasiones doy por hecho que es una mujer y fantaseo con un idilio distante, platónico. Otras veces me gustaría la camaradería en alerta de otro hombre. Hace unos días, no sé por qué, decidí encender la luz del salón e intentar relajarme mirando las sombras del techo, encendí además un cigarrillo, tras años sin fumar, mientras desechaba cualquier ocurrencia o pensamiento. Luego volví a la cama. Tuve la seguridad de que el, o la, insomne de enfrente habría estado vigilando mi luz, preguntándose por mí, si sería hombre o mujer, buscando una conexión con alguien que era sólo un cúmulo de conjeturas y suposiciones. Y así estoy, cada vez más lejos de una solución, pero embarcado en una pequeña aventura que no sé adónde me conducirá.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Dieta







El hombre trinchó a la mujer como si fuera un pavo. Puso los trozos sobre los platos y los comensales, pensando que se comían un pavo, se jalaron a la piba. Preguntados mucho después si nada les extrañó, dijeron que todo les pareció excelente, desde la mantelería al vino. Cuando se les comunicó que habían practicado el canibalismo, algunos de ellos sintieron arcadas, como es lógico. Otros no volvieron a comer carne en su vida. El hombre fue condenado a veinte años de cárcel. A veces la comida traía una pera de postre. El hombre, que tenía tendencia a ensimismarse, mordía la pera como si para sobrevivir tuviese que comerse una rata.


La fotografía es de Larry Sultan

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Finisterre


Fotografía: Fuerza del mar, de Arkaiz Morales Leal

En cierta ocasión me alojé en el hotel en el que fue convertido el faro de Finisterre. Muy pocas habitaciones y menos huéspedes. Era invierno y un día de la semana cualquiera. Después de cenar entré en mi coche porque necesitaba fuego para encender un cigarrillo. La radio saltó sola cuando puse la llave de contacto. Fumé allí mismo, acompañado por la música, pensando en lo lejos que estaba o más bien en lo lejos que me sentía de todo. Enseguida me refugié en mi habitación, ya que había empezado a llover y el viento soplaba furioso. Por el precio que iba a pagar, qué menos, me dije. Me llevé un libro a la cama y, mientras leía, oía fuera el temporal e imaginé naufragios como los que había visto en el cine. El mar siempre me dio miedo, aprendí a nadar siendo ya un adulto. Estaba a punto de apagar la luz cuando llamaron a mi puerta. Me sobresalté.
-¿Sí? ¿Quién es?, pregunté cuando aumentó la insistencia en los golpes.
Pero nadie me contestó.
Llamé a recepción.
-Buenas noches, dije, y me quedé cortado, qué más iba a decir.
Entonces pregunté la hora.
-Gracias.
A los pocos minutos oí pasos fuera y luego voces como de una discusión. En el restaurante había coincidido con una pareja que me parecieron alemanes. Seguí leyendo, pero ya me fue imposible abstraerme de los sobresaltos. Antes de apagar la luz miré hacia arriba y observé que una cenefa que adornaba la pared donde tocaba con el techo estaba despegada. Me pareció intolerable que en un lugar de aquella categoría ocurriesen cosas propias de una pensión del pueblo. Estaba la posibilidad de una reclamación al día siguiente, pero también sabía que por la mañana disculparía todos estos sucesos con tal de no enfrentarme al enojoso trámite de exponer mis quejas. Me entraron ganas de fumar y pensé que si no lo hacía no conseguiría relajarme lo suficiente como para conciliar el sueño. Seguía sin fuego, así que rebusqué por toda la habitación y en uno de los cajones hallé unas cerillas que llevaban la publicidad de un pub del pueblo. En realidad se trataba de una nueva señal de negligencia, pero se impuso mi alegría por poder satisfacer el deseo de fumar. Me fumé el cigarrillo mirando la televisión. Sólo se oían fuera las ráfagas del viento y la lluvia. La luz de la linterna emitía sus destellos hacia el océano. Abrí las sábanas y sentí como si me introdujera en una mortaja espesa y pegajosa. Iba a ser verdad que después de todo había llegado al fin de la tierra.

jueves, 1 de noviembre de 2012

El magnetofón


LIGHTS AND SHADOWS - Adam Korzeniewski

Este relato se lo dedico a Rafael Muñoz, que muy generosamente me dio la pieza que le faltaba al puzzle para poder escribirlo.

Ayer llovía tanto y hacía un día tan bueno para quedarse en casa calentito y mirar de vez en cuando por la ventana, que decidí salir a dar un paseo bajo el aguacero. Una noche de nubes oscuras, como cortadas en papel, caía sobre la ciudad y bajo su tétrico amparo me dirigí al centro. Me pasa de un tiempo a esta parte que la inquietud y, por qué no decirlo, el miedo me asaltan, cuando siento calma a mi alrededor. Por eso quizás preferí la intemperie otoñal a la calidez de una sala iluminada para la lectura. Vivo solo, he sido soltero, en el viejo caserón que compartí con mi hermano. Me voy temprano a la cama, porque siempre me ha gustado cerrar los ojos antes de quedarme dormido. Me ocurre últimamente que cierro los ojos y el pasado y el futuro empiezan a molestarse, pero no renuncio a una costumbre que he conservado a lo largo de toda mi vida. No me inquieta morirme, no es eso, es algo raro. Temo que se vayan a morir mis padres, cuando hace ya tiempo que crían malvas, y también temo que muera mi hermano, que lleva muerto más de diez años. Esos siempre fueron minutos muy placenteros antes de entrar en el sueño, pero ahora me meto en la cama con curiosidad y también con mucha precaución. Mi paseo bajo la lluvia de ayer me llevó a episodios sobre los que hacía bastante tiempo que no pensaba. He salido muy poco de esta ciudad, nunca me han gustado los viajes, ir de un lado a otro sin ton ni son. Mientras caminaba con los bajos del pantalón cada vez más empapados, atravesé las espesas capas superpuestas de este cuerpo, que poco a poco comienza a desprenderse de la parte magra de su carne, para ser cuenta atrás. La nuestra era una casa de vecinos llena de ruidos, de carreras infantiles, de voces que se cruzaban de una ventana a otra. Habitábamos en la alegría. Mamá cantaba oyendo la radio, regando las macetas y cantaba también cuando papá regresaba de viaje y se encerraba con él en el dormitorio. Papá quizás era un hombre adelantado a su época, un visionario que se ganaba la vida como viajante de comercio. Representaba máquinas de escribir, aspiradoras, enciclopedias, cualquier artículo que sirviese para que la vida del hombre adquiriese, lo decía él, horizontes más amplios. Tenía un espíritu deportivo y jovial, ensombrecido sólo por un bigote nietzscheano que había heredado de sus años estudiantiles, truncados cuando mamá se quedó encinta. A mal tiempo buena cara, entonaban papá y mamá, y corrían al dormitorio, cuando ya nosotros éramos capaces de sentir vergüenza ajena por sus apasionamientos. La propietaria de aquella casa de vecinos en la que teníamos alquilada nuestra vivienda era una viuda de guerra que tenía como único defecto lo mucho que le gustaba o necesitaba beber, cuando la melancolía se adueñaba de su ánimo. Por las mañanas la señora Trini era un sol que iluminaba a sus vecinos y solía repartir chucherías entre los niños e invitaciones a sus padres para ver por la noche algún programa de televisión como las Galas de los sábados. Sin embargo, ciertas tardes comenzábamos a hallar en la escalera indicios de que la jornada se empezaba a torcer. Podía ser un grito aislado, maaarrrraaanaaas, era muy frecuente. O bien una maceta de geranios estrellada en el suelo, o un sospechoso reguero que corría escaleras abajo y atufaba a meados. A veces era su propio gato maullando sin consuelo, como si no pudiese huir de las garras del mismísimo demonio. Cualquier alteración de las rutinas vespertinas era inequívoca señal de que la señora Trini ya se encontraba empinando el codo. El festival de gritos, insultos y blasfemias podía durar un par de días, con sus correspondientes noches, al cabo de los cuales la señora Trini, desfondada y vacía, se apaciguaba y dormía como una bendita. Los inquilinos soportaron tales escándalos, bien porque sabían que la señora Trini no era mala persona y se apiadaban de su soledad, o porque era la dueña de todo el edificio y temían verse de patitas en la calle. No obstante, como llegó un momento en el que las imprecaciones y los destrozos resultaban alarmantes, el vecindario pensó en darle un escarmiento. Papá acuñó una expresión que mi hermano y yo nunca olvidaríamos, aunque jamás la tendríamos en cuenta. Al contrario que papá sus hijos nunca fuimos forofos de las innovaciones tecnológicas.

-La solución a nuestros problemas está en el magnetofón.

Ese era el último artilugio que papá llevaba en su cartera de representaciones. Le explicó la idea a los vecinos, consistente en grabar a la señora Trini, cuando en pleno éxtasis báquico comenzase las ofensivas arengas a sus inquilinos, y así fue cómo se presentó la ocasión en la que papá se hallaba, muy de pura casualidad, en casa y la señora Trini arrojó una jaula de loros al patio. Papá puso a funcionar la grabadora, pero no se oyó nada más, ni un grito ni un insulto. Tuvo que desconectarla y nos pidió a mi hermano y a mí que llamásemos a voces a la señora Trini, lo que podría servirle de acicate para desplegar todo su repertorio, pero mi hermano y yo estábamos demasiado intimidados y apenas nos salía un hilillo de voz inaudible. Para cuando la señora Trini comenzó a despacharse, papá había manipulado tantas veces el magnetofón que la cinta se había hecho un lío y no pudo grabar nada. El caso es que cada pocas semanas volvía a repetirse uno de esos episodios y la señora Trini llegó a enterarse de los intentos de papá por grabarla para amenazarla con una denuncia, así que desde entonces la cantinela era la misma:

-Ya sé, ladrones, hijos de perra, muertos de hambre, que me estáis grabando, pero no os tengo miedo a ninguno, piojosos.

No por ello en los periodos de serenidad la señora Trini dejaba de invitarnos a mí y a mi hermano a ver algún que otro episodio de Bonanza, que solía endulzar con galletas y chocolate.
En uno de aquellos festivales de aguardiente y cachivaches volanderos a la señora Trini le dio un síncope y se quedó tiesa como un palo de escoba. Debió de coincidir que mi hermano y yo volvíamos de la academia a la que papá nos había apuntado para que estudiásemos francés, idioma que a él le parecía que acabaría imponiéndose al inglés y que a nosotros nos inspiraba muy poco respeto, aunque nos servía para coincidir con unas chicas tristes y feas que sólo contribuían a deprimirnos el resto de la tarde. El caso es que entre los dos recogimos a la señora Trini, que apenas si tenía peso, y la llevamos a su cama, donde de repente la vimos tan poquita cosa, tan indefensa e inofensiva, que ningún extraño la hubiese creído capaz de pronunciar las palabras que había soltado por su boca hacía tan solo unos minutos, en pleno éxtasis. Aquella noche las mujeres de la casa velaron el cuerpo sin vida de la viuda y, a la mañana siguiente cuando tocó transportar el féretro en hombros hasta la iglesia, no había otro varón que el empleado de la funeraria. Mamá nos miró a mi hermano y a mí como si estuviese calibrando el tamaño de unos melones en la frutería, puesto que lo que hacía era comparar nuestras estaturas con la de aquel hombre. Como vio que más o menos estábamos parejos concluyó que también éramos ya unos hombrecitos y que había llegado la hora de comportarse como tales.

-Vosotros llevaréis a la señora Trini a hombros, nos anunció, como si ese fuese un gran honor al que no nos podríamos sustraer.

Enlutados y circunspectos, como empleados de un juzgado, a la edad de trece y quince años, metimos el hombro debajo del féretro y enfilamos la calle camino del templo en el que se oficiaría el funeral. La verdad es que debíamos de componer una pompa algo desmejorada, de escasa solemnidad y con cadencia peripatética, yendo el empleado de la funeraria en un lateral, hacia la parte de la cabeza, y nosotros dos a la parte de los pies. El peso era mínimo y la mayor parte del mismo correspondía más bien al ataúd, que alardeaba de ínfima categoría. Tras nosotros la comitiva de plañideras iba encabezada por mamá y la vecina del bajo derecha, a la que el gañán de su marido, en paradero desconocido desde el día anterior, le había puesto muy oportunamente un ojo a la funerala. La señora Trini recibió unas exequias exquisitas.
Cuando papá volvía a casa al final de la semana traía el traje sucio y arrugado. Mientras mamá se lo adecentaba un poco, él estaba en calzoncillos casi todo el tiempo. De esa guisa se pasaba los sábados y los domingos, con un pitillo en la boca y en paños menores. Mi hermano y yo ya experimentábamos una sensación incómoda que nos azoraba al verlo así. Preferíamos salir a pasear con las compañeras de la academia de francés, que habían ido ganando puntos desde que habíamos descubierto que no le hacían ascos a algunas maniobras que les habíamos propuesto. Aquel fin de semana papá llegó con una versión mejorada del magnetofón para descubrir que la señora Trini estaba ya en el cementerio. Mamá le contó a papá que habíamos sido sus hijos quienes la habíamos cargado a hombros. Papá nos estrechó la mano y por primera vez nos ofreció un cigarrillo, que cogimos con indecisión y luego fumamos entre toses. Recuerdo que mamá cantaba y se grababa en el magnetofón, recuerdo a papá hablándole al micro, exponiendo algunas de sus teorías. Ya lo dije antes, a veces me meto en la cama y antes de quedarme dormido cierro los ojos. Veo el magnetofón. El magnetofón siempre ha estado en el estudio. Ahí están sus voces. Ahí, voces. Y yo aquí, bajo las mantas o bajo la lluvia, igual da, porque me siento en la misma intemperie.

lunes, 29 de octubre de 2012

El esperado




La fotografía es de Ben Roberts



Desde que comencé a regresar a casa hace ya años me he entretenido viendo mucho mundo, aunque he huido de los lugares que aparecen en las postales turísticas. En cuanto la familia salga a pasar el domingo fuera, entraré en el chalet y me acostaré en la cama más cómoda después de haberlas probado todas. Me he tenido que enfrentar a perros guardianes, he salvado vallas electrificadas y he engañado o seducido a empleadas domésticas que querían denunciarme a la policía. No sé cómo lo encontraría todo. Es muy probable que mis padres hayan muerto, mi esposa habrá rehecho su vida, como es lo más lógico. Me desentendí de mi hijo, así que me inquieta su reacción. En una urbanización de adosados, como la que abandoné, quizás pueda acoplar mi vida entre las vidas de quienes nunca tuvieron esperanza de verme, puesto que nunca fui para ellos el esperado.

viernes, 19 de octubre de 2012

Un cuento en el blog de Antón Castro






En el blog del crítico y escritor Antón Castro un cuento sobre la burbuja, no inmobiliaria ya tan fácil de identificar, sino literario-cultural, que nos está costando mucho más poner en evidencia, entre otras cosas porque muchos protagonistas de esa hinchazón ejercen todavía como opinadores de lo mal que lo hicieron los constructores, los políticos y los banqueros, sin ver lo mal que lo hicieron ellos mismos. Espero que el relato sea algo más que esa evidencia. AQUÍ.
Ah, y lleva unas fotos que le van muy bien.

sábado, 28 de enero de 2012

Serpientes


Yo era joven, pobre y descuidado. Remolinos de pelusa y polvo
corrían por los pasillos de mi piso estudiantil. Como hacía frío,
pasaba mucho tiempo bajo las mantas, leyendo, oyendo la radio y soñando con existencias más pobres que la mía, más descuidadas y bohemias. No era raro que me ardiese la frente y se levantasen desde los rincones sucios de mi habitación dos negras serpientes marinas, por ejemplo, monstruos babeantes y sanguinarios que se me enroscaban en el pecho como a un hijo de Laocoonte. Para defenderme hubiera podido agarrar un escobón cualquiera, y allá que irían en fuga ejércitos despavoridos de cucarachas y arañas, formas de vida minúsculas, repugnantes. Pero no lo hacía, me dejaba arrebatar, morder, estrangular. Mis compañeros de piso se sorprendían de aquella gimnasia contorsionista, practicada dentro del mito. Al cabo de los años ya no fui joven, pero logré mantenerme pobre y descuidado. Esperé que del mar surgiesen las serpientes que me devoraran. De hecho, si sigo aquí es porque sólo creo en ellas.

martes, 24 de enero de 2012

Parking


La fotografía es de Bruce Gilden

He cerrado los ojos, ya no sé si son 44 o 45, y debería saberlo, porque no es lo mismo una cifra que la otra. He cerrado los ojos intentando concentrarme en saber cuántos cumpliré este año, pero me he limitado a esperar una revelación, sin cuentas ni cálculos, así que enseguida me he adormecido con el ¿arrullo? de unos neumáticos en el asfalto. El coche ha entrado por detrás y se ha puesto a mi izquierda, no en la plaza inmediata a la que yo ocupo, sino en la siguiente. El motor se ha detenido y he sentido como si una mano que me acariciara la espalda se levantase en el aire: el deseo se me ha despertado, un deseo difuso, ambiguo, de más caricias; alguien ha abierto una puerta del vehículo, imagino que la del copiloto, y después se ha abierto la del conductor. Otra pausa, como si esa mano que me estuviera recorriendo la piel se detuviese un instante al notar un bulto o una aspereza en su camino. Luego se han cerrado mal las dos puertas, han tenido que abrirlas de nuevo y empujar con más energía. Los ojos cerrados, todo es de un azul tan profundo como la negrura. He oído que se alejaban los pasos de los ocupantes de ese vehículo, que acaba de estacionar a mi izquierda, sus voces, hasta que de nuevo me he quedado con mis pensamientos, ¿44 o 45? No me importa que me vayan saliendo al paso preguntas, porque no me importan demasiado las respuestas, que no acuden a mí, y es muy dulce dejar en blanco el examen mental. En blanco o con errores garrafales. A alguien le resultará inaudito que yo no sepa responder, pero soy como esos estudiantes imposibles, que desesperan a sus profesores, a sus padres, y se mecen en el fracaso, en la ignorancia y en la desidia, con una absoluta falta de fe en nada. He aprendido, como ellos, este modo de la supervivencia oblicua, la entrega a la ensoñación y la capacidad para justificarme en los errores. Unos últimos rayos de sol me tuestan la cara a través del parabrisas, como si el final de la tierra estuviese próximo. A veces imagino que soy el último hombre vivo del planeta: sueño que en todo el día no viene ni un solo coche al aparcamiento y me pregunto si no habrá sucedido algo. En realidad, eso nunca ocurre. Da igual qué día de la semana sea, el aparcamiento se empieza a llenar más pronto o más tarde y estoy acompañado a todas horas: compradores, visitantes, empleados, servicio de vigilancia, de limpieza, gente que hace prácticas de conducción, parejas furtivas que vienen a amarse o a drogarse. Y yo. Aquí. Dentro del coche.

Siempre lo había pensado cuando íbamos al cine del centro comercial. No me bajaba inmediatamente del coche, una vez que lo había aparcado. Con la excusa de que la canción que sonaba en la radio acabase esperaba un minuto o dos, dándole vueltas en la cabeza a la posibilidad de quedarme allí, pero apenas me atrevía a decirle nada a Lola. Me gustaba prolongar ese momento de estar en el coche y estirar mi fantasía, que discurría en secreto. Como mucho alguna vez le dije:
-¿Y si nos quedamos aquí dentro viendo a la gente entrar y salir de sus coches?
-¿Ya no quieres ver la película?, me contestó, algo airada, porque para llegar hasta allí habíamos tenido que dejar a los niños con una canguro.
-Era una broma, le dije, pero no lo era.
Me gustaba ir a hacer la compra, porque entonces sí que podía quedarme en el coche un buen rato sopesando la posibilidad de quedarme en el coche. Me fijaba en los demás vehículos estacionados alrededor del mío y un día descubrí que en uno de ellos con matrícula francesa había un hombre que parecía vivir en él.
-¿Qué tal?, le dije.
- Ya ve, me contestó.
-¿Necesita ayuda?
-Hombre, no me vendría mal, me dijo.
Le tendí un billete y el hombre, con un gorro de lana en la cabeza, me contó que se había quedado sin dinero para la gasolina cuando regresaba a su país, después de haber costeado todo este.
-Por el momento me tendré que quedar aquí unos días, añadió.
-Aquí estará usted bien, le dije.
De madrugada desperté pensando en el hombre que vivía en su coche. En cuanto pude, al día siguiente, fingiendo que necesitaba comprar algo me dirigí de nuevo al centro comercial y lo busqué en el aparcamiento.
-¿Cómo le va?
-Bien, todo el mundo es muy amable conmigo. Estoy pensando en quedarme una temporada larga por aquí.
-Bueno, pues me alegro, ya nos veremos.
Le conté a Lola que había hecho un amigo en el parking del hipermercado, le expliqué que vivía en el coche, que estaba recorriendo el país por la costa y que al quedarse sin dinero había decidido instalarse allí mismo.
-¿Cómo se llama?
-¿Qué?
-Tu amigo, que cómo se llama.
-No lo sé, pero le preguntaré la próxima vez que lo vea.
Cid, se llamaba.
A Cid le gustaba fumar al sol, no muy lejos de su vehículo, y a mí me gustaba ir a verlo y echar un cigarrillo con él mientras me explicaba sus rutinas.
Yo le preguntaba sobre cómo se las arreglaba para vivir en aquel vehículo tan pequeño siendo él bastante alto, porque me parecía mucho más interesante eso que los viajes que había hecho a lo largo de su vida. Había conocido muchísimos países siempre a ¿lomos? de un cacharro como aquel. Un día le dije que si quería podía venir a casa a ducharse, pero me contestó que se las arreglaba bien en un polideportivo cercano. Aprendí de Cid las primeras lecciones para organizar la vida desde el interior de un vehículo. Cid llevaba una cámara y me fotografió en diversas ocasiones, pero yo nunca me atreví a pedirle que posara. Fotografió también a los dependientes de la gasolinera, a los vigilantes, a las limpiadoras del servicio nocturno, a todos cuantos se cruzaron con su derrochadora simpatía. Y un buen día desapareció sin despedirse de nadie, lo que hizo que me sintiese un poco más solo.
-Cid se ha largado, le dije a Lola.
-¿Quién?
-El francés, mi amigo, el que vivía en su coche.
-Vaya, lo siento, a lo mejor no ha ido muy lejos, dijo.
Eso me dio que pensar. Lola podía tener razón. Cid podía estar viviendo en cualquier otro estacionamiento de la ciudad. De vez en cuando me lo imaginaba entre nuevos desconocidos a los que fotografiaría, con los que charlaría y a los que les gorronearía tabaco. Tardé unos cuantos años en encontrarlo de nuevo en el parking de Toys R Us, pero como no hizo muestras de reconocerme no me atreví a decirle nada. Estaba muy deteriorado, pero seguía llevando colgada del cuello su cámara. Ahora pienso: quizás entonces, cuando lo conocí, Cid tendría 44 o 45 años, la edad que voy a cumplir yo, a bordo, ¿a bordo?, de mi automóvil. Sin embargo, también podrían ser…¿cuántos más?

Me da igual el día de la semana en que vivo, pero si después de despertarme, me incorporo para ver el tiempo que hace fuera y veo a unos cuantos tipos enfaenados con el coche, sé que ha llegado el domingo. A algunas parejas jóvenes les gusta poner la música a todo volumen mientras desmantelan el interior. Sacuden las alfombrillas, le sacan brillo a la palanca del freno de mano, restriegan el pomo del cambio de marchas, echan el aliento sobre el espejo retrovisor y le ponen cera a los adornos y suplementos extra que han adquirido después que el coche. En una ocasión alguien que estuvo de zafarrancho en un Opel se dejó olvidado en el suelo un aspirador manual. Lo recogí y desde entonces, cuando me asaltan ataques de melancolía, lo saco de su rincón y repaso pacientemente la tapicería con una meticulosidad que a un observador le resultaría exasperante. Supongo que en un western el cowboy se entretendría disparando sobre botellas o latas vacías. Además la forma ergonómica del cacharro recuerda a una pistola galáctica. De todos los coches que veo por aquí el mío es, supongo, el más ¿filosófico? El vehículo que medita mientras los demás acarrean pasajeros y paquetes, el vehículo que se ha detenido mientras los demás van y vienen. Cada cierto tiempo me acerco a la gasolinera y compro una chocolatina o cigarrillos o una bolsa de patatas fritas. Me vuelvo adentro y como o fumo, mirando a través de la luna del parabrisas, como si fuese un espectador exiliado de la ficción, como si no acabase de creer lo que mis propios ojos están viendo. Cuando termino, si han caído migas, saco mi aspirador y, divertido, las trago de un tirón con la pistola. A veces es sólo por la cuestión de sentirme acompañado en la esférica noche celeste. Las putas que usan el aparcamiento para sus servicios aparecen dentro de los coches de sus clientes, que sólo bajan las ventanillas para al cabo de la mamada tirar el condón fuera. Luego los vehículos se ponen en marcha y desaparecen por donde vinieron. Me veo en otra época, en el taxi, tampoco entonces me gustaba salir fuera, estar con mis compañeros de parada, prefería quedarme dentro oyendo música. Damián, que es quien regularmente se ocupa de la limpieza de este lugar está tuerto, por lo que lleva un parche en el ojo malo. A veces hablo con él. También tiene algo de espectador, de filósofo marcial, solitario. Cuando coge una lata del suelo o una botella la mira antes de echarla al cubo y hace un gesto con la cabeza al tiempo que achina el ojo despejado. Murmura, le oigo decir:
-Como echo de menos una buena pelea, arrearle a un tío un montón de golpes antes de que él te los dé a ti.
En eso siento no poder ayudarle, porque si me pusiese al alcance de sus manos me haría picadillo.

La primera vez que vi a Lola fue desde el interior de un destartalado Seat Fura. Yo iba con un amigo y estábamos repostando en una gasolinera. Ella pasó a unos metros, iba andando a saltitos, con la punta de los dedos en los bolsillos y una chupa negra, imitación al cuero. Me hizo muchísima gracia y hubiera estado un buen rato siguiéndola de haber ido solo. He espiado a muchas mujeres desde el interior de mi coche, las he seguido o las he esperado, las he observado y me he enamorado de ellas sin necesidad de decirles nada. La primera vez que me acosté con Lola le conté que un día la había estado mirando desde un coche. Creo que eso fue importante, me refiero a haberla visto así antes de que intimásemos y también habérselo contado. A todos nos gustaría saber quién nos mira. Lola me dijo que entonces ella se creía Vicent Vega. Y que lo que de verdad hubiese querido era encontrarse conmigo por la calle. No lo dudé, porque aquellos saltitos que daba al andar no eran sino una provocación, un delicioso reclamo. El momento fue algo mágico, tan corto y tan insustancial, sin embargo, aunque se me quedó grabado a ¿fuego? en la cabeza. La vuelvo a ver al otro lado del vidrio, con esa distancia simbólica que propone y amortigua, revivo el relato de su necesidad de encontrarme y mi soledad. Esos dos minutos escasos en los que estuvo pasando por delante de mis ojos se convierten en el nudo esencial de nuestras vidas, ajenos todavía a una historia compartida. Todas las rutinas posteriores, todas las miserias previas, todas las insatisfacciones personales arropan en la memoria ese misterio que consiste en mirarla yo a ella así como éramos, aves zancudas, pájaros extraños, compuestos de muchas piezas de tan diversas procedencias que nos dan un aire desquiciado, sin proporciones ni coordinación. Muchos años después, cuando Lola y yo ya habíamos tenido hijos, aparqué por casualidad delante de una peluquería que había cerca de casa. Como siempre, me entretuve antes de salir del coche y vi que la peluquera apagaba las luces, recogía sus cosas y ya en la calle echaba el cierre. Me aficioné a espiarla porque nuestros horarios eran coincidentes: yo llegaba cuando ella se iba. Me gustaba verla hacer todas esas cosas y fantasear con lo que haría a continuación. Me sentía yo mismo un tipo más interesante que si sólo me la cruzaba por la calle como los días que no conseguía aparcar enfrente de su negocio. Por la acera y de frente no pasaba de ser una mujer vulgar, cansada o disgustada, con ganas de tumbarse delante de la tele y más o menos dispuesta a agradar, después de una durísima jornada. Pero desde mi coche todas esas aristas cortantes de la realidad se suavizaban, la mujer adquiría un interés misterioso y simbólico, que le daba sentido a mi investigación. Luego en casa miraba de reojo a Lola pensando que se merecía que un tío la espiase. Todos los días alguien nos puede observar mientras caminamos por la calle. Un hombre se asoma a una ventana y ahí se queda mirando al pasajero de un autobús, un pasajero de un autobús detenido en un semáforo al lado de otro vehículo mira a la chica que lo conduce, un conductor se entretiene en observar a esa compañera de trabajo que cruza el paso de cebra.

¿Estoy? aquí. He llevado en coche a muchos hombres, a muchos lugares y para la realización de los cometidos más diversos. Me he pasado la vida conduciendo para los demás, ahora ya no, sólo conduzco para mí. He estado detenido a la puerta de hoteles, aeropuertos, edificios oficiales, clubes de carretera, hospitales. He sido taxista, pero también conductor de coches de alquiler y de vehículos oficiales. Durante un par de años un tipo me llamaba casi todos los meses para que le diese unas vueltas por la ciudad.
-Me gusta la emisora que llevas sintonizada, me dijo la primera vez.
Cuando le pregunté dónde quería ir, me contestó que necesitaba pensar, intentar encontrar nuevos puntos de vista, abordar una situación enquistada de un modo diferente.
-¿Cogemos la circunvalación?, le pregunté.
-Me parece perfecto, me dijo.
La última vez que le di un paseo me contó que estaba metido en un asunto muy complicado y que esa podría ser la última vez que recurriera a mí. No me aclaró nada más, nunca más me llamó y tampoco volví a saber de él. No me había dicho su nombre, aquí lo voy a llamar el señor Tranquilidad. Os presento al señor Tranquilidad, este tío. Un buen amigo del que no sé nada. Se mete en el coche y me dice:
-¿Qué tal?
Pero no espera que le cuente nada.
-Estupendo, le digo.
-Pues venga, un largo paseo, me dice.
Y cuando se marcha:
-Gracias.
Así que también podría ser el hombre agradecido, el señor Cortés.
A Lola le contaba esta historia y me preguntaba si no me daba miedo.
-¿Por qué voy a sentir miedo?
-No sé, un hombre que sólo quiere que le des unas vueltas, que te llama a menudo y que no te cuenta quién es, puede ser un traficante.
-¿Un traficante de qué?
-De armas, de droga, de personas, yo qué sé, me decía Lola.
Supongo que cualquiera que me vea ahora a mí aquí, en el coche, viviendo así, mirando todo el tiempo lo que hay fuera, pensará que soy un tipo peligroso, un matón, un policía, alguien que está espiando o vigilando. Hasta que un buen día, como a otros les ha ocurrido en otras partes, dejarán de verme porque me habré marchado, simplemente porque en ese lugar mi vida ya se habría complicado de alguna manera, sólo porque alguien me empezaría a señalar, fijaos en ese tío de ahí, lleva días metido en ese coche, sólo sale para ir a mear, ¿qué coño quiere ese tío?, así que prefiero largarme.

Una vez más. Si en este cuento no puedo vivir la posibilidad de quedarme en el coche no merece la pena que sea llamado cuento. Pero tampoco podrá serlo si no lo hago. Sólo es un cuento lo que ocurre al tiempo que no ocurre. ¿Lola? está dormida cuando abro la puerta, o bien se hace la dormida. ¿Lola? no está en la casa esperándome. Se levanta del sofá cuando oye la llave en la cerradura, se acerca al pasillo, pero no hay llave en la cerradura, es sólo que le ha parecido que mi llave entraba en la cerradura. Lola en mi cabeza, pero también fuera de ella. Por mucho que miro a través de la luna del parabrisas Lola no está ahí. He de decidir si estoy dentro del coche mirando hacia fuera o si estoy metiendo la llave en la cerradura. Toda la aventura de este cuento se ha vivido desde un lugar en el que quizás yo no haya estado tanto como he dicho, quizás toda esta aventura sólo ha discurrido por mi mente durante un trayecto de ascensor, y ahora sí, ahora sí introduzco la llave en la cerradura y cuando entro en casa me encuentro a Lola detenida en mitad del pasillo, como si me esperara.
-Hola, le digo, con esa costumbre del señor Desplazado. Os presento al señor Desplazado, cuya vida trascurre lejos de aquí, en un parking cualquiera. Seguramente ella sabe con seguridad si van a ser 44 o 45.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Amores extraños





I

Las condiciones atmosféricas aconsejaban que no saliésemos de la tienda de campaña, así que más valía no tocar la cremallera, que poco antes se había enganchado y suponía yo que no resistiría otra apertura y un nuevo cierre. No sabíamos con exactitud cómo estaban las cosas afuera, pero allí dentro ella y yo manteníamos la calma. La nieve nos rodeaba por todas partes y las montañas se hacían con el eco del aullido de los lobos. Una pequeña linterna permitía que nos alumbrásemos entre sombras. Durante muchos años nos habíamos encontrado por los caminos, pero supongo que a ninguno de los dos se nos había pasado por la cabeza vernos en una situación semejante. Sin embargo, allí estábamos, tumbados uno al lado del otro, esperando que la tormenta pasase para poder salir. La ventisca y el frío se colaban por las costuras rotas de la tienda y nos acurrucábamos cuerpo contra cuerpo.
-Lo mejor será que nos abracemos, me dijo.
Así conseguimos una considerable mejoría. Permanecemos en silencio. Afuera sopla un vendaval y las paredes de lona de la tienda se agitan tanto que parece que de un momento a otro vamos a salir volando.
-A estas alturas estarán viendo la manera de rescatarnos mañana por la mañana, me dice la mujer con voz tranquilizadora. La mujer huele a ternura y no puedo evitar la erección, pero de sobra sé que no es el momento ni el lugar.
La mujer habla con voz dulce y segura, la conozco desde antes de que enviudase. Esta mañana nos hemos cruzado en la carretera y me ha recogido en su camioneta. Mi primera intención ha sido saltar al cajón, como hago siempre que alguien se para, pero ella me ha abierto la portezuela de la cabina. He entrado dentro con la cabeza gacha y enseguida me ha inundado una sensación muy agradable de bienestar. Todavía resuena en mi cabeza la musiquilla que llevaba en la radio.
-Voy arriba, a la montaña, me dijo.

A medianoche ha sido ella la que me ha buscado. Al principio he temblado y he creído que mi flaqueza de fuerzas y el miedo no me iban a permitir unirme a ella, pero luego sus caricias, ese olor a especias y su deseo han insuflado en mí la potencia de un lobo. Hacía años que no experimentaba ese vigor. Ya no soy un perro joven. Luego hemos dormido hasta que el sol ha estado alto y ha comenzado a calentar la tienda. Después de desmontarla hemos iniciado el descenso hacia el pueblo. Por el camino nos hemos topado con una partida de hombres que subía a buscarnos. Sé que no volverá a ofrecerme los abrazos de allá arriba, pero no me importa, la he adoptado como dueña y yo soy su perro.



II

No es la primera vez que un can cuenta una historia y tampoco es la primera vez que un chucho tiene una noche de amor con una mujer espléndida. Aunque los sucesos que estoy refiriendo y los que están por venir puedan pareceros insólitos, no por ello son menos ciertos.
Un buen día, entrada ya la primavera, apareció por aquella región un hombre de modales pausados, algo ceremonioso y sin gran experiencia en el trato con sus semejantes. A pesar de ello se había encajado entre aquellas montañas mientras daba un inofensivo paseo.
-Buenas tardes, dijo, paraguas en ristre, botas altas de excursionista, pero sombrero de ciudad, recién aparecido con una palidez extrema, alarmante casi.
El herrero descansó con la maza en alto. El fuego de la fragua iluminaba los músculos y el peto de quien le pareció a aquel paseante, con conocimientos de mitología, un dios que posara para los pinceles de un artista. Pero el trabajo del herrero era duro y no admitía retrasos, así que enseguida volvió a golpear la pieza que apoyaba en el yunque.
El forastero se adelantó al primer grupo de casas y me saludó con un espontáneo hola, a pesar de que era evidente que no se trataba de un hombre acostumbrado a animales. Le metí el hocico entre los pies para que viese que yo era inofensivo y que mis dientes preferían roer cualquier chuchería antes que ir por ahí a mordiscos.
-Buenas tardes, le dijo el hombre a dos mujeres que en una puerta removían las ascuas de un brasero. Una de ellas hablaba por un teléfono móvil. Era una anciana vestida de luto con la piel curtida, quemada tanto por el aire frío del invierno, como por el sol inclemente de los veranos. Llevaba unas gafas oscuras que le ocultaban media cara y en la otra mano sostenía un pitillo que se consumía sin ser probado.
-Es mi novio, le aclaró a la otra.
-Buenas tardes, le contestó la mujer al caminante.
-Creo que me he perdido. ¿Podrían decirme, por favor, dónde me encuentro?
-Está usted Arriba.
-Ya, dijo el hombre.
La mujer del móvil se apartó el aparato de la oreja y estudió al hombre.
La otra aclaró:
-No le interesa mucho lo que le cuenta su novio.
El carcamal se llevó el cigarrillo a la boca y dio una calada profunda, más intensa de lo normal, luego exhaló el humo largamente, se acercó el móvil a la boca y dijo, tajante:
-Mañana seguiremos hablando.
Luego colgó e interrogó al desconocido con la mirada. Su comadre aclaró:
-El señor se ha perdido.
El hombre sonrió, pero como el silencio de las mujeres se prolongaba decidió alejarse, y yo me fui con él, guiándolo dulcemente hasta la casa de mi ama.
-Buenas tardes, disculpe, me he perdido.
-Ya noches, pase, le dijo mi ama.



III

El hombre se encerraba con ella en su alcoba y yo me quedaba fuera. El amor tiene sus servidumbres. Aquella era la mía. Yo sabía que él saldría un día a dar un paseo y jamás regresaría. Era uno de esos hombres que de vez en cuando se extravía y no sabe volver sobre sus pasos. Pero la tierra es redonda. Sólo es cuestión de tiempo verles volver a aparecer por la puerta. Por supuesto, mi cínica intuición no me falló. A las pocas semanas de desaparecer el hombre, mi ama se cayó de un árbol y se rompió la crisma. Como ya nada me retenía en aquel lugar, yo también me marché. Cuando llegué a una ciudad encontré a un borrachín que dormía en un callejón y decidí pegarme a él.
-¡Bonanza!, exclamó nada más verme.
Estaba claro que me confundía, pero no hice nada para sacarlo de su error. Por el contrario, empecé a adoptar comportamientos que el otro perro había tenido y que no eran los de mi carácter, pero yo los deducía de sus palabras.
-No seas gruñón, me decía.
Así que, cosa que nunca había hecho antes, empecé a gruñir.
Aprendí a jugar a las cartas con el viejo y sus amigos. Todos eran alcohólicos y de vez en cuando los visitaba una furgoneta de la asistencia para darles mantas, comida y medicamentos que nunca tomaban. El vino que se bebe directamente de un tetrabrick es maravilloso para soportar los pesares, para aflojar la rabia. Me gustaba emborracharme con aquellos vagabundos, pasar las tardes mirando cómo se escarchaban no sólo los recuerdos, sino también aquel presente. Pero un día el viejo no despertó por la mañana.



IV

Salí del callejón dando tumbos, me perdí por la ciudad, me sentía un perro extraño. Vagué por los andurriales, por las estaciones, hasta que un buen día alguien me llamó y yo acudí al reclamo sin tener en cuenta quién lo había hecho. Dejamos atrás la ciudad caminando. Era un hombre muy descuidado. Me pareció increíble que comportándose como lo hacía hubiese sobrevivido hasta entonces y que no se lo hubiese llevado por delante cualquier vehículo de los que transitaban por la carretera. Tenía que avisarle constantemente de los peligros que surgían: el tráfico en la autopista, la falta de pretil en un puente, una alcantarilla destapada y un sinfín más de riesgos que no advertía. No obstante, no me pude anticipar a lo que nos ocurrió en una venta del camino, donde estábamos siendo asaltados junto con el resto de clientela por unos encapuchados, cuando de manera imprevista llegó una patrulla de la Guardia Civil y mi amo y yo fuimos hechos rehenes. La cosa se puso muy tensa, pasaron muchas horas y al final hubo intercambio de balas. Entre los asaltantes una mujer acabó por descubrir su rostro. Pésima señal. Dejaba de importarles que les pudiésemos ver la cara. Era una mujer muy fiera. Nos cogió a mí y a mi amo y nos encañonó la cabeza para dejar claro que irían a por todas con tal de salir de allí.
La mujer olía a sudor. Me tenía cogido entre un brazo y su costado, y me apuntaba en la sien. Era una mujer de una complexión grande. A pesar de las circunstancias, del peligro y de las pocas posibilidades que teníamos asaltantes y rehenes de salir con vida de aquel atolladero, o precisamente por todo eso, empecé a notar cómo se me removía la sangre y una erección me aupaba todavía más hacia ella, por mucho que no era ni el momento ni el lugar.



La fotografía es de Martine Franck

jueves, 8 de diciembre de 2011

Las señoritas



En el año 2007 aparececieron por primera vez dos relatos míos en papel dentro de un volumen colectivo que publicó Narrador.es titulado Primeras piedras. Los voy a recuperar. Se trata de este, titulado "Las señoritas" y de otro que traeré también aquí, "Amores extraños". En ellos hay mucho de lo que después me ha interesado a la hora de contar. Uno no se da cuenta, pero casi siempre le da vueltas a lo mismo. En "Las señoritas" aparecen algunos motivos en los que insistiré en La memoria del gintonic. Me sorprende o no mi interés por tanto carcamal.




Fuimos cuatro. Huérfanos. El varón murió poco después de cumplir los veinte años. Estaba sano como una pera y era guapo como un San Luis, pero de la noche a la mañana agarró unas fiebres y en menos de una semana se consumió como una tea que arde. Así quedamos las tres en una segunda orfandad. En aquella época ocurrían cosas así, contra las que no había sino resignación. El pobrecillo se acababa de licenciar con muchos planes, entre ellos el de reabrir el despacho del abuelo. Sus esperanzas eran también las nuestras y con su muerte se esfumaron aquellas ilusiones que nos habíamos ido haciendo de brillar en sociedad. En los bailes del casino.

Tuvimos que encerrarnos en casa. La pena nos comía por dentro, mientras por fuera el luto nos roía esas ilusiones propias de las muchachas. No tardó en llegar el olvido. Enseguida dejaron de tenernos en cuenta, ya que no sobresalíamos por una hermosura especial y nuestra educación de señoritas finas y casaderas no estimulaba ninguna singularidad del carácter. Poco a poco, y sin ser del todo conscientes de que estaba ocurriendo, las puertas por las que se accedía al trato con los posibles pretendientes se nos fueron cerrando, hasta que un día nos vimos en un callejón sin salida, pues nuestra hidalga postura tampoco consentía que nos empleásemos como oficialas o secretarias. Así que con una férrea administración de las rentas, con las que hasta ese momento habíamos ido tirando, decidimos refugiarnos en esta finca. Las tres. Huérfanas. Pero siempre juntas. Y fieles. Como tres gracias que en su abrazo le dan la espalda al egoísmo de los demás. Y comenzaron a llamarnos “Las señoritas”. Las horas se nos colgaron de las trenzas, las horas empañaron el azogue de los espejos, frente a los que cada día nos sentábamos antes de ir a dormir. Nuestra vida de señoritas discurrió entre la pequeña casa atestada de antigüedades y el jardincillo lleno de gatos. Y un buen día, tenía que ser, empezó el desfile camino del cementerio. Lo teníamos más que hablado.

-Desde luego, la que se muera la primera sufrirá menos. La que
se muera la última tiene un trabajo para dejarlo todo en orden. No pueden quedar recibos pendientes y la casa habrá de estar recogida. La mejor muerte será la de la segunda, ya que tendrá una hermana aquí para ocuparse de que tenga un funeral a su gusto y otra en el más allá para la recepción.

El primer turno le tocó a Rosalinda, que se había pasado medio siglo lamentándose de no haber vuelto a tocar el piano, ya que alguien le había echado el candado a la tapa después de la muerte del chico, y nadie en todo ese tiempo había osado forzar la pequeña cerradura. Rosalinda se limitaba a poner encima sus dedos artríticos y sobre el barniz de la madera golpeaba una melodía tétrica, sorda y rabiosa. Era, no obstante, una mujer intelectualmente muy curiosa y dispersa. Había sido una de las primeras socias del Círculo de Lectores de todo el país. En la mecedora del abuelo había leído cientos de libros, miles quizás,y de cada uno de ellos había cumplimentado una ficha, que luego archivaba en cualquier cajón, de donde estaba terminantemente prohibido sacarla. Albergaba además multitud de proyectos de emancipación, que no pasaban del terreno de la fantasía y se había negado siempre a cocinar o a aprender el rudimento más básico relacionado con las tareas domésticas. Cuando conoció las teorías feministas se adhirió de pleno a ellas y habló en ocasiones del amor libre. Luego se pasó los últimos años de su vida dando vueltas por la casa, yendo y viniendo a la búsqueda de todo lo que continuamente iba perdiendo: las gafas, el monedero, la pluma. Siempre se había encargado ella de las gestiones administrativas, de la archivística y de escribir en nombre de las tres las cartas de condolencia o de felicitación.

Rosalinda se quedó dormida.
-Tiene algo en la boca, dijo Joaquina, después de que descubriéramos que no tenía pulso.
Le metimos los dedos y se lo pudimos sacar. Era un caramelo de limón. Lo pusimos en un platito del servicio de té y de allí no fuimos capaces de tirarlo. Nos parecía que en él quedaba algo suyo, aunque sólo fuese la escarcha de su saliva. Rosalinda se reunió con nuestro hermano en el panteón familiar.
-Por fin podrá volver a tocar el piano, dije. Era un modo de decir: me parecía que en el cielo la música sonaría por doquier.
Entre las ropas de Rosalinda apareció una llave. Me fui derechita a probar y después de medio siglo la tapa del piano se abrió de nuevo. Pero ya no había pianista. Ella misma se había mortificado con semejante renuncia.

Joaquina había sido la más presumida de las tres y la que más pretendientes había cosechado, aunque ninguno de los que se acercaban hasta la finca era de nuestro nivel, ya que lo hacían en calidad de operarios que reparaban un tejado, abrían una zanja o cortaban leña. Joaquina se había pasado la vida enferma. Dormía mal, se cansaba y en muchas ocasiones le molestaba hasta el peso de las sábanas. Desde niña se había quejado de los gases. Era como si el cuerpo se le fuese llenando de bolsas de aire, que tenía que luchar por expeler. Desde el principio tuvo permiso para no aguantarse y cada vez que soltaba un pedo se lo celebrábamos con aplausos. Alguna vez se tiró un cuesco en presencia de extraños. Entonces Rosalinda y yo batíamos las palmas con primor y animábamos a los invitados para que hiciesen lo mismo a la menor oportunidad.

A propósito, aún no me he presentado, yo soy Arminda. La muda. Algunos vecinos piensan que soy muda sólo por el hecho de no haberme oído hablar nunca.
-Ahora podrá volver a tocar el piano, dije después de medio siglo de silencio. Lo dije como un modo de decir, pero Joaquina se lo tomó al pie de la letra y por las tardes se sentaba en la mecedora para oírla tocar.
Un buen día en mitad de una serenata celestial sonó el teléfono.
-Para que no echéis de menos a una tercera en discordia, me voy a ir a vivir con vosotras, nos anunció una prima nuestra, creyendo que con sus simpatías nos ayudaba en algo.
Pero al mes y medio de haber llegado a la casa la palmó. Ahí sí que se portó bien, pues el velorio y su entierro nos distrajeron de la pena por nuestra hermana.
A las pocas semanas otra vieja, prima también, nos escribió una carta. Acababa así: “En definitiva, que me gustaría ir a morirme con vosotras”. Pero resultó ser un bluf, ya que desde el primer momento no hizo otra cosa que quejarse; de las ventosidades de Joaquina, de mis silencios o de los gatos del jardín. Así que decidió que se marchaba. Murió, eso sí, en el autobús que la llevaba de vuelta a su casa. Las exequias se las hicieron sus sobrinos. Una lástima, de haber sabido que el desenlace estaba tan próximo la hubiésemos retenido.

Joaquina tuvo la mejor muerte, sólo por ser la segunda, como tantas veces habíamos dicho. Se le llenó el cuerpo de pompas de aire como esos plásticos de embalar y un buen día estalló como si fuese una enorme flor pirotécnica. La amortajé con un gran kimono de seda de colores. En el otro lado la esperaba Rosalinda con una sempiterna melodía al piano.

Me quedé sola y los parientes no paraban de aconsejarme.
-Arminda, tráigase a alguien a vivir con usted, meta una estudiante, le hará compañía.
Según mi costumbre, yo callaba.
Me las apañaba para cuidar la casa y la finca, escribía notas de pésame y felicitaciones, ponía los recibos al día, cocinaba. Antes de irme a la cama me sentaba en la mecedora y veía la televisión un rato. Esperaba que mi hora no tardase en llegar para poder reunirme con mis hermanas y también con el chico.

Una mañana tocaron al timbre. Un mensajero me entregó en mano una invitación para una fiesta en el casino. Llegaba medio siglo tarde. Sólo allí hubiésemos podido encontrar nosotras un hombre con el que casarnos.

El vals. El traje de noche. El pellejo de mis brazos al ritmo que marcaba la orquesta. Aquel apuesto galán me explicaba todo el asunto. La pintura de los labios agrietada en los cráteres de la piel. El rímel me abría la expresión de los ojos hacia el espanto y la demencia.
-Usted no tendrá que preocuparse de nada, todo el papeleo corre de nuestra cuenta.
Querían construir un hotel en el lugar de la casa y la finca. Me ofrecían una millonada. Pero a mí sólo me interesaba seguir bailando, pasarme la noche entera en los brazos de aquel galán interesado, recuperar el tiempo perdido no de toda una vida, sino de tres, en aquella noche única y última, así que me hice cortejar como una muchacha.
-Eres encantadora, me decía él.
-Ah, pues mis dos hermanas sí que son lindas, contesté yo, y luego añadí:
-Por favor, ¿me traes un poco más de ponche?, es que el baile me ha dado mucha sed.


La fotografía es de Pérez Siquier y se titula Las tres gracias

lunes, 21 de noviembre de 2011

Epopeya





Un restaurante en la carretera, el suelo sucio. El arquitecto pide una botella de agua. El arquitecto se dirige a la ciudad, ya a pocos kilómetros, que contrató sus servicios para que levantara un escudo de defensa inexpugnable. En su hotel de siempre tiene reservada la suite de la última planta, desde donde, al día siguiente, antes de inspeccionarlos a pie de obra, contempla los trabajos de fortificación. No duda en desear que las fuerzas enemigas se adelanten a lo previsto. No obstante, él ha puesto su experiencia y sus conocimientos al servicio de la ciudad. Sabe que, si consiguen evitar la aniquilación, los ciudadanos se lo agradecerán y levantarán una estatua en su honor o le pondrán su nombre a la principal puerta de entrada.



Desde la ventanilla del avión el autor de guías de viaje ve el perímetro de la ciudad perfectamente delimitado por una zanja, tras la cual se alza la fortaleza. El sol empieza a declinar. Como siempre aconseja, procura llegar por primera vez a una ciudad desconocida a esa hora. Antes de que el avión enfile hacia la pista de aterrizaje tiene tiempo de ver una enorme polvareda en la llanura, extramuros. Como él, el resto del pasaje desea que el ataque se produzca en los próximos días, antes de que su visita acabe.



La pareja se entusiasma cuando el agente de viajes les propone pasar el puente en un hotel de lujo con spa en una de las ciudades sitiadas. Quizás también para ellos esa sea una solución.



La mujer no sabe qué hacer con el último sms de su marido. Lo ha leído ya más de cien veces. Me gustaría, le dice, tenerte aquí, bajo los escombros que me sepultan.


Soy yo quien con mi ingenio convertí vuestra confortable vida fortificada en un parque de ruinas y de humo. Por mi astucia tuvisteis que pasar la noche de vuestro amor a la intemperie. Dadme las gracias a mí por haberlo perdido todo, por haber visto como perecían vuestros hijos, cómo ardían vuestras madres en mitad del mar. La ruina le ha dado sentido a vuestras vidas, a vuestras bibliotecas y a vuestras fiestas. Habrá quien cante mis tretas, habrá quien describa la hermosura de los jardines en los que fuisteis felices y señale ese momento justo de la última luz sobre vuestros ojos.
Quien así habla es uno de los terroristas más buscados. Su cabeza tiene precio.
Yo soy Nadie, dice, y la emisión concluye.



Entre las nubes de humo uno de los generales de la ciudad busca la huida. Ha de fundar una civilización; otro futuro de aventuras, de amor, de muerte, de viajes. Habrá compañías de bajo coste que nos ayudarán a llegar adonde él se asiente. Para ello despreciará a reinas, riquezas y poder. Y un buen día decidirá levantar una muralla inexpugnable.




La fotografía es de Murat Germen