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viernes, 3 de febrero de 2012

El sueño de la tinta




El sueño de la tinta muestra
el vuelco de la tierra en versos:
las palabras son las cepas de los campos
que mi padre plantó sin apenas adverbios.
Como la poesía, la siembra dio vida.

Puedo echar mano de los labriegos
analfabetos que me fundaron muy cerca
de aquí, en la cuna de los poetas cultos,
genealogía de capitanes de ejércitos
de pavos, puercos o cabras.

Esta es la estela exótica de mi caligrafía,
testimonio de humo extinto.
Etnología del hambre bastarda y del frío.

Ellos les dieron alas de un día
a este alfabeto absurdo. El futuro serán
huellas mías en los márgenes
de alguna estrofa ilesa o de un
párrafo iluso.

Nunca le pongo fecha a lo que escribo, pero el archivo en el que estaba este poema es del año 2003. Ya no sé si lo escribí mucho antes o no.
La fotografía es de Mark Cohen.

lunes, 13 de junio de 2011

Difícil prueba ineludible


En la imagen, pinturas de la Cueva de las manos, en Chile

Dame la mano. Quiero tu mano,
la quiero de cuajo, con sus cinco dedos,
con sus venas rotas, sus huesos cercenados,
su gelatina metafórica de lo que es una mano:
símbolo de lo que el hombre puede entregar,
dar y recibir.
Yo quiero la mano.
Como quiero una flor,
para ponerla en agua
sobre mi mesa.
Para verla iluminando la estancia.
Tu quieres darme la mano en señal de amistad,
quieres darme un buen apretón de manos
para que confíe en ti.
Pero yo quiero la mano sin amistad,
quiero la mano sin hombría,
sin apretón. Quiero la mano tal y cual
la tienes, con marcas y manchas,
con cuatro pelos desorientados.
Necesito la mano, me dices, para llevar el reloj.
Para rascarme cuando me pica.
Podrás mirar la hora en el móvil.
Podrás rascarte con la otra.
Tu mano lucirá como una rosa
en mi ojal.
Si prefieres la cojo yo mismo
como se coge una flor silvestre.
Pero no me vas a eludir, amigo.

sábado, 11 de junio de 2011

OVNIS


La imagen es un cuadro de Jonathan Meese

El tiempo es un misterio
con un brazo poderoso
como el de los lanzadores de disco.
Objetos volantes no identificados que
en las encrucijadas de los caminos dan con hombres desocupados.
En Febreo de 1964 el poeta José, o Josep, Elías,
a los 23 años le escribió un poema a sus cuarenta años.
A los cuarenta años andaré todavía taciturno
Por las calles fantasmales de noviembre
Intercambiando el saludo con las fuentes
Los caballos, las ventanas y los muros.
A los cuarenta años por supuesto ya no te estaré esperando.
Y más adelante:
A los cuarenta años con cierto cansancio
Y con cierto entusiasmo hablaré de Ronsard a los muchachos
Y las palabras no hallarán ningún obstáculo
Para situar al mismo tiempo en la historia
Las relaciones entre poeta y sociedad.
Digamos que los objetos son testigos
de cómo el tiempo es un asador de hombres.
El día dos de julio de 1982, viernes, en las páginas
de Cultura de La vanguardia apareció
la noticia de la muerte del poeta, novelista y traductor
Josep Elias, a la edad errónea de 39 años,
pues ya había cumplido los 40.
Unos meses antes de cumplir 40 años
entré casualmente en un bazar
y compré un lote de libros a precio de saldo.
Entre ellos el que José Elías había publicado en 1968
con el título de un verso de Cesare Pavese,
Cruzar una calle para escaparse de casa,
Travesare una strada per scapare di casa,
lo fa solo un ragazzo, ma quest´uomo che gira
lo hace sólo un muchacho, pero este hombre que anda
tutto il giorno la strada, non è piú un ragazzo
todo el día las calles, ya no es un muchacho
e non scappa di casa,
y no huye de casa.
Los libros, por ejemplo, los zapatos, las camisas,
las corbatas de un muerto, quién no tiene un muerto,
quién no tiene unos zapatos de un hermano muerto,
son esos testimonios de la historia
que no hay que interrogar,
sino dejar que hablen.
Por encima de las encrucijadas
circulan esos ovnis que el tiempo lanzó
por la ventana
para que los hombres desocupados
los señalaran.

viernes, 10 de junio de 2011

Soy sin



Esther Ferrer: Performance en la inauguración de la calle Marcel Duchamp en París, 1995

A veces sólo soy un hombre debilitado,
un hombre con sueño,
con enfermedades leves y pasajeras,
un hombre con unas copas de más en mitad de una calle.
A veces ni siquiera eso, soy una sopa,
un hombre caldo de sopa servido en un plato.
A veces soy un recorte de pelo,
un hombre mechón escogido, atado con una cinta de terciopelo
en un escondite.
No sé qué me da no ser más hombre de lo que soy,
como diría mi madre, no sé que me da, pero no lo soy.
Soy menos,
Soy poco,
Soy nada,
Soy a veces.
Soy sin.
Un hombre calderilla, un bolsillo en el que metes la mano
y sólo hay monedas de poca importancia, un hombre cambio.
A veces me reúno con otros hombres
que son así, menos, poco o nada, sin. Somos a veces.
Hombres debilitados, con sueño, enfermizos,
con unas copas encima, servidos como sopa
en el plato de los banquetes, hombres de pelo postizo
y las manos vacías. A veces pienso en lo que podríamos hacer
y miedo me da, como diría mi madre,
sólo pensarlo.
Todos sin.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Turnos de piedras, de todo y nada, en la plaza



El dibujo procede del blog Cuatro cosas de Enrique Flores

El hombre que come piedras se ha sentado en un banco de leche a la sombra de la sombra, y allí estaba el hombre que habla con palabras rodadas como rolling stones, el hombre que siempre duerme en la calle y vigila las ventanas de los ocupantes de este distrito. Ese hombre de pulgas contento como los perros de la tarde, ese hombre de su casa amo y señor del aire saluda las piedras que están cocinando en la plaza como algo habrá que cenar y los suculentos rolling stones se hacen en un periquete con ajo y aceite. El hombre se abrillanta en el espejo de la fuente de la plaza y agita las manos antes de decir lo que tiene que decir para que no se le entienda demasiado. No quiero que se me entienda, dice. Yo no quiero nada, pero lo quiero en esta vida, no en la otra, y estoy dispuesto a todo por conseguir lo que quiero. Con las palabras, pero también con mis manos, dice. Nadie puede darme, no obstante, lo que pido y de esta plaza no me moveré hasta tenerlo. Gracias, dice al final. Masticando una piedra que se ha sacado del bolsillo se sienta dispuesto a oír lo que tiene que decir otro hombre que dice que lo quiere todo, de uno en uno, en fila, en una caja o como sea, pero todo lo que pide.

martes, 24 de mayo de 2011

Las sucesivas Troyas



La fotografía de la plaza de la Constitución de Málaga durante la manifestación del viernes pasado es de Miguel Ángel Pachón García

Ya no existe la ciudad que perdí cuando tenía 20 años hace más de 20 años. Está en ninguna parte y cuando quiero atravesar sus murallas he de convertirme en nadie que a ninguna parte va. Ya no existe lo que nunca fue, pero hay una estética de la nostalgia, una aventura consolidada en poemas. Para cada momento hay un pobre poema enfermo que hace el servicio. Se hacen antologías. Ya no está en pie la Troya doméstica de la ruina, del abandono, de la ocupación, del desastre. La Troya de los héroes guapitos con superpoderes, de las Helenas sobre las que se podrían hacer mil chistes, jueguecitos de palabras para la humillación. Despierto dentro del vientre de un caballo, emboscado, y no era ahí donde quería verme al cerrar los ojos para el sueño. Es un juego de espadas, de luna, de sangre, una épica enquistada en el dolor y en la valentía. No reconozco el horizonte del tiempo, con las etapas y edades de la vida, y parezco un zombie por plazas y calles trazadas en la imaginación del hombre más tonto de todos. Meto una mano en mi bolsillo y ahí doy con un montón de hombrecitos de plástico que habrá escondido allí uno de mis hijos. Un día de estos de cualquier esquina saldrá uno de aquellos matones de la infancia para alegrarme el día como puede que yo se lo alegre a él.

jueves, 12 de mayo de 2011

Segunda lección de buceo fuera



La fotografía es de Nick Brandt

Si has buceado en las estatuas, te resultará sencillo hacerlo en las nubes, al aire libre. Pero no confundas el buceo con volar. No es lo mismo cruzar el paisaje como un pájaro que cruzarlo como una foca. Al ser tú un hombre hecho con los despojos de tantos hombres acribillados como todos los hombres que hay bajo el sol, digan ellos lo que digan, estás en la disposición ideal, idealista diría yo, para penetrar el océano del aire, para sumergirte en él, para estar siempre dentro de lo que es fuera. No estés triste en esa profundidad de las alturas, no te dejes llevar por las peripecias miserables de tu propia vida. Abre la boca, los bolsillos, las manos, todos los orificios de tu cuerpo y deja que la alegría te inunde desde sus cloacas, desde la suciedad. Escupe los gusanos de la boca. El asunto siempre parece de respiración, pero en lo que nos concierne es más importante que sudes como un caballo que galopa como si bucease.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Primera lección de buceo dentro



La fotografía es de Christian Belpaire: Reses muertas que se secan

Métete dentro de la barriga dentro del corazón dentro del hígado dentro de lo que está dentro de dentro. Métete dentro cavando una zanja con la uñas dentro de una tumba, dentro del cráneo, de los pelos, de las nalgas, no dentro de la piel, sino por fuera: dentro del aire, dentro de los bolsillos de los estados de ánimo que te permites según tu peculiar modo sicológico, porque te bastas y eres suficiente con personalidad propia, que bien cuesta hacerse con una. Pues bien, métete dentro y arroja la llave dentro de lo que está dentro, al mar, por ejemplo, desde donde cientos, miles de miles, millones de ojos, de estrellas te contemplan y no dan crédito con una visión tan industriosa, absurda de un hombre tan acabado, tan terminado, en ese sentido de hecho por todas partes. Métete dentro de la caverna de tu cuerpo, de tu corazón, de tu voz. Y no salgas, no salgas.