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lunes, 17 de marzo de 2008

Noticias



Quiero deciros que la serie de “Los invisibles” apareció ayer publicada en el blog de Miguel Ángel Muñoz, elsindromechejov.blogspot.com, dentro de la sección abierta con el nombre de los inéditos del síndrome. Me alegra mucho, porque el espacio de Miguel Ángel es un punto de encuentro de muchos aficionados al género del relato. Y porque se trata de un blog muy interesante en todos sus apartados (muy recomendables sus entrevistas).


He acabado la serie “Animalario”. Me parece que voy a empezar una titulada “El mundo del motor”, pero la presunción de primavera está minando sutilmente mis energías. Y el ánimo. Vamos a ver.


Un agradecimiento a todos los que me leen. Y a todos los que comentan. A veces no doy de mí lo suficiente para una contestación a cada una de vuestras observaciones, pero voy a enmendarlo poco a poco.


LA OBRA (Mucha suerte, es su título) ha quedado menguada. Iban a salir 25 cuentos y ya solo quedan 13. Buen número. La razón, según me dice el editor, es que de esta forma el precio final es mucho más interesante. Voy a vender el triple. Qué guay. O no. Que nunca se sabe. Los bestsellers tienen muy mala prensa.

lunes, 28 de enero de 2008

Batiburrillo. Reboltijo.


La semana pasada firmé el contrato de edición. El título del libro será Mucha suerte, de aquí en adelante, la OBRA, como dice en el contrato. Es una colección de cuentos. Está muy bien eso de firmar un contrato para que te publiquen algo de lo que te definitivamente te quieres deshacer. Lo que los editores no saben es que yo hubiera estado dispuesto a las más bajas faenas para que se llevasen la OBRA de mi vera. Sin embargo, me van a dar un porcentaje de las ganancias que se obtengan de aquellos ejemplares que consigan/amos vender. Me pregunto si alguna vez llegaré a ser el hombre más rico del mundo gracias a mi pluma. La de escribir. ´


La semana pasada terminé una serie de 10 historias con los fantasmas como protagonistas. Alguno de vosotros leisteis algunas. Cuando cerré la última, en la que se volvía, como en un bucle hacia la primera, sin cerrarla, le puse un título genérico, "Los invisibles" y la mandé a un blog en el que el protagonista es el cuento. Por si su autor tiene a bien publicarla en un apartado de inéditos. Todavía lo soy. Barajé varios títulos antes de decidirme por el que os he dicho. Por ejemplo, "Amigos imaginarios".


Araña, Tarántula y Dragón son los amigos imaginarios de mi hijo Santiago, que tiene 4 años. Dice que todas las cosas que hay en el mundo son sus amigos imaginarios. Pero yo sé que esos tres son aquellos con los que él más habla. Para los adultos los amigos imaginarios son sus fantasías, pero también sus fantasmas, así que podríamos llamarlos amigos, o enemigos imaginarios.


Mi mujer ha llegado al mediodía con una bolsa de aguacates duros y verdes, recién cogidos del árbol, que le ha regalado un compañero del trabajo. Voy a contar ahora una pequeña intimidad: cuando yo conocí a mi mujer, y viceversa, yo portaba en la mano un aguacate muy verde, e intentaba hacer con él una ensalada. Estuve un buen rato golpeándolo contra todo lo que alcancé a encontrar a mi alrededor, hasta que grité: Este puto aguacate es como las personas, no madura ni a golpes. Lejos de espantarse, que hubiera sido lo lógico, a ella eso le hizo mucha gracia.


Bueno, basta ya de intinimiedades. Este es el bolg de un escritor, con una OBRA. Vayamos a la literatura. Quiero deciros que acabo de leer dos libritos muy breves, pero intensos, de un escritor napolitano llamado Erri de Luca. En la solapa, ¿tendrá mi OBRA solapa?, viene una foto y una noticia sobre su vida en la que se nos dice que es (era) un obrero de la construcción, que a los 17 años se integró en la organización Lotta Continua. Luego he sabido que dejó la obra y que es un buen aficionado al alpinismo. Los libros están en Akal Literaria y son Aquí no, ahora no y Montedidio.

En el primero, el protagonista, tartamudo, recupera la historia de su infancia através de unas fotografías tomadas por su padre. La interlocutora de la historia es su madre, "Me miras con el gesto severo en el que permanece el eterno reproche que nos hacías de niños: aquí no, ahora no" (p.42). Esto es, la infancia como el espacio de la inconveniencia. Ese estar siempre fuera de lugar. "Iba al colegio y aprendía que Italia era una península, una tierra firme, no un barco. Tenía seis años y la resignación a los desengaños que entraña esa edad: corregía la silueta del mundo, sí, no era un barco, era una bota, pero ya no me importaba." (p.48) Nápoles en la posguerra, miseria y pobreza, donde el protagonista crece. "Custodiaba una porción de no plenitud, iba mal, comenzaba a crecer."

En la página 73 hay una errata, lapsus o falta ortográfica, como se quiera ver: "reboltijo".

Espero que mi OBRA no tenga. Muchas.

En el segundo libro, Montedidio, se nos cuenta la historia de este barrio de Nápoles, através de un muchacho de 13 años que aprende a trabajar y a enamorarse, aferrado a un bumerán que no acaba de lanzar al aire. Amigo de un zapatero judío venido del norte de Europa, ángel que esconde en su joroba unas alas. Son también los años de posguerra. La madre del chico agoniza en un hospital, el padre lo excluye de la situación y el muchacho aprende el significado de lo que es crecer.

Ambos textos están atravesados por un profundo sentimiento religioso. Cristiano. Aunque el autor se confiesa agnóstico, no obstante, es un gran conocedor de los textos bíblicos.


viernes, 4 de enero de 2008

Navidad y algo más


Lo que ha dado de sí estos días, más allá de las celebraciones navideñas, ha sido la recepción del modelo de contrato para la publicación de un conjunto de relatos. Hasta donde entiendo el contrato me parece bien. No se me pide ni un euro. La editorial se compromete a la difusión y distribución de la obra a través de internet y, según dicen, por los canales habituales del mercado del libro. Pero de sobra sé que en asuntos de este tipo el problema siempre está en llegar a tener visibilidad en un mercado controlado por los grandes grupos. Por otra parte yo empiezo y ellos también. Todavía no he firmado nada. A ver. A mí como experiencia y plataforma para emprender futuros proyectos ya me vale.
En cuanto al título he tenido algunas dudas. Entre un número, el de total de cuentos, el que le endosé a la selección en el momento del envío o el que definitivamente creo que va a llevar. Que no es el título de ninguno de las historias que conforman el conjunto. Más adelante, cuando esté seguro, lo anotaré aquí. Se trata de una expresión algo paradójica entre lo que viene a decir y lo que en primera instancia parece desprenderse de lo contado. En lo que hay un deseo de darle a esa expresión un matiz de contenido nuevo. Uno es así, qué le vamos a ser. Un puto tocapelotas.
No he escrito nada, cuando un vago plan era la continuación de la serie Fotos.
En cuanto a la lectura, mejor.
Como era muy previsible en mí, he dejado de lado (no sé hasta cuando Las benévolas de Jonathan Littell), y a la sombra de mi reciente descubrimiento de Dalton Trevisan, me he acercado a la Nueva antología del cuento brasielño contemporáneo (Universidad Nacional Autonoma de México, 2ª edición, 2001).
En previsión de que el todavía en el aire libro de relatos de mi autoría llevase una foto con mi careto, me he agenciado 62 maneras de apoyar la cabeza (y unas cuantas más), de Andrés Virreynas, en Tumbona Ediciones, México 2007. Muy ilustrado y gráfico. Ya hablaré de él.
De la biblioteca pública saqué una edición de cuentos de Kafka con un estupendo tamaño de letra para quienes empezamos a tener la visión algo confusa. Kafka para mí es sobre todo humor. Y sentido de la tragedia.
Ajuar Funerario de Fernando Iwasaki me ha decepcionado. Historias breves y microrrelatos de aire actual, pero construidos sobre una concepción muy anticuada de lo que es el terror. O es que a mí el terror me da la risa. Menos mal que no he llegado a comprar el libro. Era de la biblio.
En una excursión para disipar la nube que la orgía navideña había levantado sobre mi cabeza, me hice con Vida de un loco, de Ryunosuke Akutagawa, en Emecé, Argentina, 2006. Tres relatos de un autor que se suicidó en 1927 con una sobredosis de pastillas. La manera de narrar de un japonés que quiere trasladar la tradición oriental al conocimiento que él tenía de la literatura occidental. Interesante como otra referencia a la hora de buscar modelos que no sean los archisabidos.
Y para la memoria sentimental, en un mercadillo dominguero y por pocos céntimos, conseguí una novela que leí hace más de treinta años y que en cierta ocasión le vendí a un librero de lance: Tiempo de castigo, de Henry Jaeger, Barcelona, 1966. Supongo que uno de aquellos bestsellers de la época, pero que a mí me sirvió para iniciarme en la lectura de lo que me iba dando la gana leer.
Follar, lo que se dice follar, he follado poco.
A ver si en Enero leo menos.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Efferalgan, literatura y mucho amor


La semana ha estado complicada.

El lunes después del puente fue como hundirse hasta las rodillas en la realidad. Trabajo, gestiones domésticas, dolor muscular.
El martes ya no hubo escapatoria: gripe.
Gripe: dolor y fiebre.
Miércoles: más de gripe. Pleno en la consulta del médico: hemos concertado cita para los cuatro. Más de gripe: los minutos no pasan. La noche es eterna. Todos los teletiendas están ahí, como sintonía de fondo.
Jueves: empieza a disiparse el dolor y la fiebre. Ya puedo leer algo. Ni pensar en escribir, nula capacidad de ocurrencia. Empiezo “Las benévolas”, de Jonathan Littell, un tomaco en papelbiblia, que me interesa enseguida, pero que temo por su extensión.
Buscando otra cosa encuentro en la red una referencia a Dalton Trevisan, un autor brasileño fiel a las distancias cortas. Husmeo y hallo que hay un ejemplar de “Novelas nada ejemplares” en la librería de lance Abadía.
Viernes: regreso al trabajo y me encuentro el follón que mi ausencia en periodo de exámenes de la primera evaluación me ha provocado. Me llevo a casa una bonita colección de trabajos escolares sobre Catulo, unos, y otros sobre La poesía lírica arcaica griega.
Nos hemos recuperado todos excepto el pequeño, que con 20 meses suena como si bebiese aguardiente por las mañanas. Lleva tres días sin salir de casa y por la tarde se rebela: me arroja a la cara su muñeco favorito y el chupete, así que he de salir con él a dar un paseo, que nos sienta a los dos muy bien.
Sábado: Pablo sigue tosiendo y con fiebre. Nos vamos a Urgencias de excursión. De camino recojo el libro de Dalton Trevisan. Editado en Caracas, Venezuela en 1969 por Monte Ávila Editores. 15 euracos, 208 páginas tostadas por el tiempo, 25 cuentos.
Salimos de Urgencias con un nuevo tratamiento para Pablo. Comemos cerca del Hospital. Santiago quiere paella. Encontramos un sitio muy anodino con una comida casera excelente. Nos prometemos comer allí cada vez que volvamos a Urgencias de excursión.
Por la tarde todo el mundo duerme una siesta y a última hora vamos a un cumpleaños infantil en el que Pablo y Santiago lo pasan de maravilla.
Domingo: Los cuentos de Dalton Trevisan son apabullantes, han conseguido que desplace mi interés desde “Las benévolas” hacia ellos.
Abro mi correo y tengo una noticia que llevaba días esperando: hay alguien que quiere publicar una selección de mis relatos.
Estoy contento, por supuesto, pero lo soñado siempre es superior al momento de la realidad, en la que yo tengo las piernas hundidas por las rodillas.

domingo, 2 de diciembre de 2007

La cocina al público


Hace unos años me gustaba un restaurante de especialidades asiáticas, con abundancia en las filipinas, en el que los cocineros preparaban los platos a la vista de los comensales. Te aupabas a un taburete y te asomabas a una barra circular que servía de mesa, dentro de la cual había unos tipos ágiles y sudorosos, barbilampiños, muy morenos, que con aire de piratas temerarios se acercaban, armas en ristre (cuchillos y trinchadores), y en la plancha que te correspondía preparaban la comida en tu misma cara. Hasta que un buen verano, en una de esas campañas de promoción veraniega, los chicos etarras decidieron que el lugar era idóneo para colocar una bomba. Una zona turística y masificada, que a pesar del empeño de todo quisqui en afear, conserva todavía cierto encanto. La bomba explotó. Cuando regresé al lugar, los piratas se habían marchado, supongo que a cocinar en parajes con menos sobresaltos y con la misma cantidad de ladrillos. Echo de menos aquel rincón. Era muy entretenido y curioso ver la manipulación, el corte y la preparación de lo que encargabas para comer en aquellas manos expertas. No sé por qué (o sí que lo sé y lo digo por mera figura de la retórica), pero esto del blog es un poco como esa forma de cocinar.
Veamos.
Un blog es un espacio óptimo para el diario, sea del tipo que sea. En un blog se puede contar, por ejemplo, ya que hemos empezado hablando de una manera curiosa de comer y de cocinar, que anoche estuve en una cena benéfica. Mi primera vez. En favor de una asociación que se ocupa de traer en verano niños bileorrusos afectados por la contaminación de Chernóbil. La comida fue lo de menos. Ya lo dijo un humorista invitado:
-¿Cómo habéis comido? ¡Bien! Me alegro, porque ¡pagar lo mismo por comer mal!
Un escritor metaboliza todo lo que come en argumento para escribir. En las fechas que se acercan habrá multitud de ocasiones para ello. Comidas y cenas en el trabajo, con familiares, con amigos. La ocasión nos la pintan calva para relatillos con la mesa como punto de flexión. ¿Inflexión? ¿Sí?
Anoche hubo, aparte de un documental sobre los niños bielorrusos y la asociación que los acoge, dos humoristas sobre el escenario. Uno de ellos llevaba 12 años sin actuar, 12. Y se le notaba. No por lo que dijo su presentador sin ningún empacho:
-Reíos aunque no os haga gracia. Que luego se ríe uno de cualquier cosa que no la tiene. Celestino lleva 12 años sin subirse a un escenario y esta noche está aquí por la asociación y por los niños.
¿Celestino al alba? Me pregunté mentalmente. Los escritores lo metabolizamos todo en la misma dirección.
A Celestino las dos décadas y pico fuera de la circulación se le notaban, porque, aunque tenía gracia (si como a mí, te gusta también la sal gorda), su humor era absolutamente incorrecto. Personajes como el borracho-gangoso, el gangoso-pedorretas, el mariquitasúcar, el cateto y Antonio Gala. Al final aplaudimos sin que mediara la compasión. El humorista estrella hizo de niño, otra figura con la que ya ha llovido sobre mojado, desde que Tony Leblanc le pusiera a los zagales voces de imbéciles.
Al final lo pasé mejor de lo que yo creía que una cena benéfica podía dar de sí. Supongo que la culpa se la podría echar a mi metabolismo, que empieza a conducir este blog como diario de mi vida social. Vale.
No obstante, no quiero que la cosa se quede sólo ahí. Un escritor quiere escribir siempre. O bien un escritor no quiere escribir nunca. Más o menos, más o menos, repito, sólo más o menos, viene a ser lo mismo. Así que este blog también puede ser como la cocinilla del escritor. Y ya que puede ser la cocinilla, me digo pensando, por qué no es la cocina. Es decir, por qué no hago en este blog lo que hacían aquellos piratas malayos con los trinchadores. Por qué no cocino un poco a la vista del público.
Y de ahí es de donde surge la idea del relato Fotos, del que ya he publicado aquí dos entregas.
Se trata de ir escribiendo, ir publicando e ir sabiendo lo mismo que los lectores y no tener posibilidad de dar marcha atrás para rectificaciones.
A lo dicho, pecho.
Pues eso, que además como crónica de mi exxxperiencia sólo me queda contar lo que he hecho esta mañana.
Mientras esperaba que mi mujer saliese de una obra de teatro infantil, a la que finalmente ha tenido que ir sola, porque Santiago (el mayor, 4 años recién cumplidos) la ha dejado colgada, yo he estado paseando con Pablo (el pequeño, 20 meses).
Nuestra suerte ha sido inmensa. La calle también estaba llena de teatro: actuaciones callejeras de música, estatuas humanas y el rosario de Nra. Sra. de los Remedios y del Stmo. Niño del Rosario.
Algunos de mis mejores amigos de vista iban en la procesión con un gran cirio encendido. Como amigos de vista me refiero a esos con los que quizás nunca he cruzado más de una palabra o dos, o ninguna, pero que por alguna razón me son especialmente simpáticos a fuerza de coincidir con ellos en mis vagabundeos, solo o con la troupe, con la que a veces hago las giras.
Allí iban, sin ningún tipo de prejucios, a la cabeza, velón en mano, disfrutando de la ciudad y de la oportunidad de ser contemplados por todos los mirones, el viejo que me vende los cigarrillos sueltos, el charlatán para sí mismo, el hombre de los abrigos superpuestos y la vieja de los collares.
Al otro lado de la acera, entre los curiosos, había una chica con el pelo negro muy corto y dos mechones largos de color rojo. Iba con un compañero de larga melena azabache. Los dos de luto, muy pálidos y entristecidos bajo la luz solar. Onda siniestra.
Ey, me dije, ahí está. Pensé que muy bien esa podría ser mi chica desaparecida en el relato Fotos.
Qué suerte no poder ir atrás para corregir, he pensado después. Porque lo mismo me hubiese dado por añadirle esas dos guedejas rojas a mi heroína. Y maldita la falta que le hace.
Como la cocina al público, la literatura a veces pide que se le muevan los ingredientes con cara de temerario. De pirata.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Azoteas


Todos los días me asomo por la ventana del aula en la que doy clase y miro las azoteas que tengo delante y abajo. Siempre busco la misma. En ella un tipo delgado y generalmente en camiseta, haga calor o frío, trajina con unas jaulas de madera muy pequeñas. Así llevamos ya años. Yo declinando una rosa que empieza a perder sus pétalos, en compañía de unos pupilos que cada tiempo se renuevan. Él entrando y saliendo de la caseta construida sobre la azotea, poniendo sus jilguerillos al sol, arreglando una bicicleta antigua y oxidada. A veces hace una pausa y se fuma un cigarrillo. Entonces temo que me descubra observándolo y me quito de la ventana, paseo por delante de la pizarra y corrijo un dativo plural: es genitivo singular, ¿no lo ves? Y el chico me mira como si dijera: si lo hubiera o hubiese visto, ay, entonces, tú te ibas a enterar. Llego hasta la pared contraria y regreso sobre mis pasos para mirar de nuevo por la ventana. Las azoteas que veo son como barquitos varados en un muelle. Las azoteas se mecen sobre un mar de casas de pueblo; las antenas de televisión, los cordeles y postes para colgar la ropa, son sus velas y palos. De vez en cuando hay casetas cuadradas que se usan como talleres, como palomares o trasteros. Y parecen los puentes desde donde se pilotan. Las azoteas.

En la ciudad de las azoteas lo más interesante está ocurriendo en sus azoteas. Alguien se está duchando al sol con un complicado mecanismo de mangueras y regaderas. Alguien que ha decidido pasar el verano ahí arriba, en un chambao, porque lo que le han prestado no es una casa, sino una azotea. La ciudad de las azoteas es la ciudad que he planeado con todas las azoteas que he llegado a conocer o a imaginar. Aquella misma en la que un yonqui se pinchaba, aquella en la que unos niños se bañaban en una piscina, que se rompió y el agua cayó por la cara de la casa, fachada con ojos y boca, por los que se iba a ahogar. Porque las azoteas son del verano, y ahora mismo, que este aire destemplado y nocivo de otoño nos quiere acogotar en la clase, cuando contemplo las azoteas soleadas, donde los jilguerillos enjaulados toman el sol, lo que me viene al pensamiento es una ráfaga de los veranos con azotea.

Alguien, entre las olas salvajes de las sábanas, busca la seguridad de la orilla. Alguien que regresa a tierra firme de su travesía con un cubo lleno de pinzas para la ropa. Alguien que encuentra en esa inclemencia de sol y viento la nostalgia de todas las patrias dejadas atrás. Alguien que no sabe por qué, pero que le gusta subir a la azotea con la colada. Siente como si llegase a los confines del mundo con solo detenerse unos segundos y mirar alrededor. Hay ahí un mar inmóvil de naves que viajan por los sueños de sus ocupantes: los niños que chapotean y lanzan al aire una pelota, el viejo que hace crucifijos y vírgenes con conchas y bígaros, la chica que toma el sol desnuda pensando que nadie la ve, o ese ornitólogo aficionado que espío a diario, mientras recito mal, porque yo recito mal, soy hombre de prosa, unos versos de Fedro o Catulo, para hacer lo que hacen todos los héroes, partir. A través de las azoteas.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Otra vez el carpe diem, qué le vamos a hacer


Es un aula fría, que mira al norte, desde cuya ventana se ve la parte alta de la barriada-pueblo y las azoteas de las casas. Más allá, el valle, el aeropuerto y, al fondo, la sierra. Una suerte de vistas. Por las dos ventanas empieza ya a entrar un airecillo desapacible. En una de ellas el cristal tiene una herida, como una cicatriz en una sien, con el mismo aire de derrota que en un adolescente, aunque sólo es en un cristal.
En este tiempo ya se me empiezan a quedar los pies helados, pero me parece pronto para encender el pequeño radiador que olerá a polvo chamuscado en cuanto lo enchufemos. En la pizarra quedan restos de las clases anteriores, palabras sueltas escritas en el alfabeto griego y el maquillaje emborronado de tiza sobre un texto de César. En los armarios y las estanterías libros de texto, ejemplares repetidos de varias adaptaciones de Homero y Virgilio, diccionarios, carpetas y dentro de un orden una juerga con Safo, Miguel Hernández, La Biblia, Cavafis, Catulo y lo que llevo y traigo de un lado para otro. En el corcho de la pared 19 fotografías de alumnos de éste y el curso pasado que posan con un libro en la mano. En la pared misma, con grapas, caricaturas. Al fondo, una antigualla de ordenador. No nos importa, acostumbrados a trabajar con siglos de los que ya hace muchos siglos. Nos esperan dos horas de silencio, dos horas para traducir un texto de amable morfología y sintaxis, titulado “La leyenda del Minotauro de Creta”. Me gusta poner exámenes fáciles y largos, puedo hacerlo, pues tengo las dos horas seguidas con ellos, Latín y Griego, así que las uso a conveniencia. Pasan los minutos, alguna tos y el rasgeo de los bolígrafos sobre el papel. A partir de la hora empiezan a levantarse para coger más folios.
Cuando levanto la vista de mi tarea (he prometido no estar muy atento en mi vigilancia) un pellizco me sobrecoge. Un pellizco de lugares comunes, pero sobre todo de orfandad por haber dejado solo a aquel adolescente que yo mismo fuí en una aula poco más o menos parecida a ésta.
Lo que ya han dicho de todas las formas todos los bardos, que el tiempo corre que se las pela...

lunes, 12 de noviembre de 2007

Escribir todos los días

La memoria me ofrece una serie de instantáneas o flashes o hitos o peldaños que tienen mucho que ver con mi obsesión por leer y luego por escribir. Ahora que lo pienso un poco cada vez que leo un libro de otro escritor me gustaría tener la impresión de estar leyéndome a mí mismo y cuando leo un cuento propio finjo o imagino que leo a otro escritor.
Si mientiese como un bellaco, la afirmación anterior sería totalmente incierta.
En su lecho de muerte mi abuelo paterno me entrega una pluma. Un gesto simbólico. Nunca la he usado. Plumín de oro y uno de esos sistemas antiguos con el que estoy seguro que sólo conseguiría hacer grandes borrones de tinta.
Para una fotografía que le íbamos a enviar a mi padre a Suiza decido posar como si estuviese leyendo. El catecismo. En mi casa no había libros, así que supongo que aquella lectura era para mí lo más parecido a la ficción.
Con 10 años mis padres me regalan por Reyes un lote de cuatro libros, que he de compartir con mi hermano Paco. Uno de ellos es Un capitán de 15 años.
En una antología de textos literarios del colegio, con 12 años, me empiezo a interesar por la cara de los escritores. Me gusta jugar a reconocer sus rostros.
A los 13 descubro el bibliobús y la biblioteca pública. Adquiero conciencia de que llevo retraso en el asunto de la lectura, de que me gustaría haber leído ciertas historias, a las que no he tenido acceso hasta entonces.
Con 16 escribo un poema a imitación de algo leído en Neruda, en el que hablaba de unos desconchones en una pared que acababa derrumbándose.
Me hago un montón de carnets de bibliotecas y leo concienzudamente, impulsado por la necesidad de recuperar lo que ya pienso que ha sido un tiempo perdido, al haber transcurrido mi primera infancia sin la lectura.
En un viejo mueble de cocina comienzo a guardar los libros que voy comprando. Le pido a mi madre que me compre un diccionario, que aún uso.
La lectura me hace despegar como un cohete de una realidad muy limitada. Barrio y amigos. Enseguida me doy cuenta de que las propuestas escolares son importantes y soy muy aplicado con ellas, pero más importantes son aquellos libros que uno elige. Me oriento por la letra pequeña y negrita del libro de literatura de COU. Aprendo a moverme en las librerías, a buscar lo que no sé que es, pero que me interesa.
Con 18 descubro que uno de mis profesores es escritor. Su observación directa me resulta muy interesante. Hasta entonces yo sólo los había conocido en severas poses fotográficas.
Con 20 otro escritor me invita a su casa, a comer, a ver una película sobre Nietzsche. Alucino.
Pero me doy cuenta de una cosa, necesito de la experiencia para escribir. Así que no me integro en el mundillo local de las letras, que a veces me provoca sonrojo.
Durante 20 años escribo muy poco y con patéticos resultados. Voy a mi puta bola. Leo, pero nunca con la intensidad inicial. Me matriculo en algún curso de escritura.
Muere mi hermano a los 35 años.
Decido tomármelo en serio. Escribir todos los días.

Por Dios, no piensen mal. Hay días que no lo hago. Si fuese un mentiroso compulsivo, nada de lo anterior podría ser cierto.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Mi escritorio


Como nunca me han hecho una de esas entrevistas que sirven para cerrar una publicación sobre libros, no había tenido oportunidad antes de contar dónde escribo. Cuáles son mis manías. Cuántas horas le dedico. Y ese tipo de cosas que pertenecen a la despensa de cada escritor.
Vayamos por partes. Me ha pedido una admiradora que lo haga. No sabes dónde te metes con esto del blog, me dicho en privado. Así que ahí voy.
Mi escritorio es ambulante. Me explico, no es que yo vaya de un lado para otro, como un reportero de guerra, como un infatigable explorador, o como un azafato (¿por qué han desaparecido las azafatas, qué es lo políticamente incorrecto del término?). Mi deambular transcurre por la casa, de la terraza a la cocina, del salón al almacén de libros (llamarlo biblioteca sería descreer desde ya de la eficacia de la catalogación). Como alma en pena voy con el portátil por dos motivos: porque le chorizo el wifi a un vecino distinto por cada lado de la casa y porque tengo dos niños a los que persigo y de los que huyo, con cuatro y un año y medio. A veces escribo en una libreta, como esta mañana, en el cuarto de baño. A veces en el recreo, entre mis clases. O en la propia clase, si mis pupilos están haciendo un examen. ¿Manías? Bastante tengo con no hacer ciertas concesiones en el desarrollo de los cuentos, como para tener además que usar un determinado color de boli o un salvapantallas con la sonrisa de mi perro o tener que ponerme un batín deshilachado o un bombín ( que por ese camino sólo se llega a ciertas perversiones de índole fetichista). ¿Horas? Digamos que, haciendo media, no tengo mucha idea, pero si estoy con un cuento entre manos, paso en el tajo unas tres horas al día. Una semana o semana y media por cuento. Más o menos, ¿eh? Que ya veo en sus caras un gesto extraño. A 300 palabras la hora, o a 100, o a 500, que depende de la inspiración. En fin, cuando escribo no me pongo bajo la protección de ningún santo, San Chéjov está muy ocupado con los aproximadamente dos millones de cuentistas que lo reclaman, San Cheever no ofrece soluciones, sino interrogantes, San Cortázar se ha metido en la publicidad y no está para gaitas. El amigo Carver está taciturno, cada día más, no se le saca palabra. Sin embargo, en mi cabeza se abre paso la imagen de un relojero que tiene su taller cerca de donde vivo. Está sentado, mira las piezas que él mismo ha desmontado con una lupa y vuelve a ponerlas en su lugar, no sin antes sustituir la defectuosa por una nueva. Amén. Con una diferencia: mi reloj nunca fuciona dando la hora precisa. Un cuento que funciona es un trasto inútil, me dijo en cierta ocasión un escritor que yo leía a deshoras. Por ese camino parece que voy por el buen camino. Para escribir con los pies. O con la punta de la nariz. ¿No lo había dicho: el toque genial que le imprimo a mis textos viene de que nunca uso las manos?

Cul-de-sac

Si el nombre de este blog no fuese un sintagma promocional, bien podría llamarse “Callejón sin salida”. Cul -de- sac, como alguien me pintó una vez en la espalda de una camiseta. Porque eso es este blog. No sé si se habrán dado cuenta. No tengo enlaces y en mis sitios amigos sólo figuran dos direcciones, que responden exactamente al título, bajo el que se dan la mano. Podría decirse que he optado por llevarle la contraria a la mecánica de la blogsfera, que consiste en ir de una calle a otra, como si paseases por una gran ciudad. O bien he optado por ser un callejón como por el que una vez penetró Nancy, la de la tesis, (La tesis de Nancy, de Ramón J. Sender). A la entrada había un castizo sevillano que la saludó con un espontáneo:
-Hasta ahora.
Ella no supo a qué se refería el guasón, hasta que hubo de volver sobre sus pasos.
En el callejón sin salida el espacio está a medio camino entre lo público y lo privado. Los vecinos sacan las sillas a la calle, que es como prolongar la casa hacia fuera. Aquí me encontraréis, al fresco. Porque de todo tiene que haber. Y desde aquí me daré mis garbeos por ahí.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Los premios y sus perdedores


El otro día el buzón me sacó la lengua, como si me hiciese una burla. Enredada entre las patas de la publicidad y los largos tentáculos de los avisos bancarios había una carta que remitía el ayuntamiento de una lejana localidad, a cuyo premio de cuentos me había presentado antes del verano. No me suelo presentar a concursos, pues no los gano. Desde que escribo con asiduidad lo habré hecho en seis o siete ocasiones, y siempre a partir de la primavera. He de confesar que enseguida pensé: Tate, ha sonado la campana. De esas seis o siete ocasiones conseguí hace ya más de tres años un accésit. Desde entonces nada. De cualquier forma no soy muy partidario de los concursos, ya he dicho que no los gano. Y creo, además, que en materia artística establecer una competición es un asunto irresoluble. No obstante, uno empieza con esto de los cuentos y como no sabe qué camino tomar, prueba el atajo de los premios. A mí hasta la fecha esa vía no me ha resuelto nada. El accésit me proporcionó una cantidad simbólica y el orgullo momentáneo de ver reconocido el trabajo que hacía, lo cual no me impidió saber enseguida que mi cuento era malo, muy malo. En cuanto le pasaron unos meses. Hay quien o lo que envejece así de rápido. Desde entonces no he vuelto a probar en ese certamen, no sé si por miedo a ganarlo o a perder. El caso es que la carta del otro día me invitaba a la entrega de premios en una localidad que dista de la mía más de mil kilómetros, sin haberlo ganado y sin ni siquiera figurar entre los finalistas. Lo agradecí, bien saben las Musas que lo hice, mentalmente: No te jode. Pero no podré, ese fin de semana me toca hacer la confirmación en mi parroquia.
Hay escritores que han ganado infinidad de premios y otros que tienen su palmarés lleno de telarañas. Pertenezco a esta segunda categoría. Lo curioso es que veo cómo en ciertos círculos a los escritores con un abultado número de victorias en su haber no se les tiene en cuenta, como si esos laureles fuesen un desprestigio. Por otra parte, en determinados contextos, si no puedes ofrecer en tu curriculum un discreto número de aciertos, pareces un advenedizo sin experiencia. La cosa es de un peliagudo equilibrio. Hay determinados certámenes que es importante ganar, mientras que otros mejor no hacerlo. En fin, la carrera de escritor, que se dice, una competición de cojos, en la que los tuertos y los mancos podemos ser reyes.
Para acabar me gustaría soltar una pregunta al viento, por si de casual agarra la respuesta que desde que Bob Dylan nos advirtió, sabemos que anda por ahí: ¿Usted qué tipo de escritor es? Por favor, tenga cuidado con la respuesta.

domingo, 21 de octubre de 2007

Para qué abrir un blog

Para qué abrir un blog.
Esto es lo que me pregunto. Hasta la fecha he ido escribiendo y publicando en un portal de relatos de manera automática. No necesitaba esperar la aprobación de un editor o webmaster. El acto de sacar el relato a la luz era inmediato. Para mí eso era fundamental. Y luego a escribir otro cuento. Así he cosechado algunos lectores. Benditos.
Al cabo del tiempo (aproximadamente dos años) me encuentro con un buen número de textos. ¿Qué hago? ¿Sigo escribiendo ad infinitum relatos más o menos cortos, de unas 2000 o 2500 palabras? Porque la verdad es que a lo largo de esos 24 meses he sacado casi un cuento a la semana. Todo dicho así parece como si tuviera una churrería o un taller de cerámica en el que cociese botijos. Pero bueno, llega un punto en el que uno dice, ahora vamos a girar por aquí, o por allí, vamos a empezar a darle un cambio a lo que hago, o a cómo lo hago, en fin esas cosas. Lo normal, como cuando uno tiene una novia y se plantea si sigue adelante o hasta ahí.
Y me lo digo, venga, manda algo de lo que tienes a alguien que publique en papel. Para mí el salto al papel tiene un valor simbólico para poder comenzar con otra etapa. Y en ello estoy, esperando respuesta. Mientras tanto, hazte un blog, me digo. Pero mantén el ritmo de un relato a la semana. A ver si podemos, trabajo en un instituto, tengo responsabilidades familiares (dos hijos) y además me gusta perder el tiempo.
Lo primero ha sido investigar por la red. Qué cantidad de blogs literarios. Y me pregunto, cómo vas a meter cabeza tú ahí.
Si tengo en cuenta mis limitaciones en el manejo del mundo informático y mi capacidad para aturdirme, lo mejor es que me lo tome con calma. De cualquier manera me gustaría llevar en este blog dos secciones bien diferenciadas. Una de relatos y otra de diario, como esta entrada.
¿Hay alguien ahí?