lunes, 26 de noviembre de 2007

Azoteas


Todos los días me asomo por la ventana del aula en la que doy clase y miro las azoteas que tengo delante y abajo. Siempre busco la misma. En ella un tipo delgado y generalmente en camiseta, haga calor o frío, trajina con unas jaulas de madera muy pequeñas. Así llevamos ya años. Yo declinando una rosa que empieza a perder sus pétalos, en compañía de unos pupilos que cada tiempo se renuevan. Él entrando y saliendo de la caseta construida sobre la azotea, poniendo sus jilguerillos al sol, arreglando una bicicleta antigua y oxidada. A veces hace una pausa y se fuma un cigarrillo. Entonces temo que me descubra observándolo y me quito de la ventana, paseo por delante de la pizarra y corrijo un dativo plural: es genitivo singular, ¿no lo ves? Y el chico me mira como si dijera: si lo hubiera o hubiese visto, ay, entonces, tú te ibas a enterar. Llego hasta la pared contraria y regreso sobre mis pasos para mirar de nuevo por la ventana. Las azoteas que veo son como barquitos varados en un muelle. Las azoteas se mecen sobre un mar de casas de pueblo; las antenas de televisión, los cordeles y postes para colgar la ropa, son sus velas y palos. De vez en cuando hay casetas cuadradas que se usan como talleres, como palomares o trasteros. Y parecen los puentes desde donde se pilotan. Las azoteas.

En la ciudad de las azoteas lo más interesante está ocurriendo en sus azoteas. Alguien se está duchando al sol con un complicado mecanismo de mangueras y regaderas. Alguien que ha decidido pasar el verano ahí arriba, en un chambao, porque lo que le han prestado no es una casa, sino una azotea. La ciudad de las azoteas es la ciudad que he planeado con todas las azoteas que he llegado a conocer o a imaginar. Aquella misma en la que un yonqui se pinchaba, aquella en la que unos niños se bañaban en una piscina, que se rompió y el agua cayó por la cara de la casa, fachada con ojos y boca, por los que se iba a ahogar. Porque las azoteas son del verano, y ahora mismo, que este aire destemplado y nocivo de otoño nos quiere acogotar en la clase, cuando contemplo las azoteas soleadas, donde los jilguerillos enjaulados toman el sol, lo que me viene al pensamiento es una ráfaga de los veranos con azotea.

Alguien, entre las olas salvajes de las sábanas, busca la seguridad de la orilla. Alguien que regresa a tierra firme de su travesía con un cubo lleno de pinzas para la ropa. Alguien que encuentra en esa inclemencia de sol y viento la nostalgia de todas las patrias dejadas atrás. Alguien que no sabe por qué, pero que le gusta subir a la azotea con la colada. Siente como si llegase a los confines del mundo con solo detenerse unos segundos y mirar alrededor. Hay ahí un mar inmóvil de naves que viajan por los sueños de sus ocupantes: los niños que chapotean y lanzan al aire una pelota, el viejo que hace crucifijos y vírgenes con conchas y bígaros, la chica que toma el sol desnuda pensando que nadie la ve, o ese ornitólogo aficionado que espío a diario, mientras recito mal, porque yo recito mal, soy hombre de prosa, unos versos de Fedro o Catulo, para hacer lo que hacen todos los héroes, partir. A través de las azoteas.

6 comentarios:

elperdedor dijo...

En resumen: "azotear" es necesario, vivir no

(yo también participo de esa melancolía de marinero en tierra)

Un saludo

Diego dijo...

Me parece un extracto de tu diario, bueno, muy bueno.
Tiene mucha intensidad y no le sobran frases. Ni una.

Me gustaría felicitarte por lo que escribes en tu blog. No sé si lo estás utilizando de ejercicio literario, pero en general me está resultando muy entretenido de leer. Y me deja ese regusto que sólo dejan las cosas buenas aun siendo austeras, como, por ejemplo, los huevos fritos.

Mariano Zurdo dijo...

Escribes algunas imágenes o dibujas algunas palabras de esas que al leerlas uno querría para sí.
Un abrazo zurdo.

Alberto M dijo...

Arrieritos somos, y en una azotea nos encontraremos. Fijo.

Carmen dijo...

Hace ya algunos años alquilé un ático por casualidad... y me enganché en las casas con terraza. Necesito ese espacio para pasar casi medio año. Desayunar por la mañana... tomar el sol con ese primer calor de la primavera... sacar un vino a medio día para acompañar la lectura... disfrutar el aire a media tarde y, por supuesto, dejar pasar la noche. Ahora, cuando esté en ella, pensaré en quien me pueda mirar, porque hasta ahora la que miraba era yo...

Tawaki dijo...

Me has recordado la casa de mis abuelos, desde donde se divisaba un gran mar de azoteas.

Muy bien descrito. Lo he disfrutado.

Un abrazo,