lunes, 19 de noviembre de 2007

Ahí, voces


Sí, voces. Ahí. Como si alguien me susurrase en la oreja. Como si alguien se acercara por detrás y antes de cogerme por la cintura y apretarme, me dijese qué se yo, vete tú a saber, una guarrada, por decir algo, nunca me entero bien de lo que me dicen, pero las oigo. Detrás del cuello, en la oreja. Un susurro, palabras que caen sin gracia al vacío, como marionetas rotas, trapos y cartón sin vida. Voces indistinguibles. Voces que oigo sabiendo que ahí detrás no hay nadie. Que todos en la casa están dormidos. Si no fuera porque no estoy sola, si no estuviese segura de que ellos duermen al otro lado del tabique, saldría corriendo y me refugiaría en uno de esos bares llenos de música, humo y desconocidos. Pero no. De sobra sé que no hay nadie ahí detrás, ahí de donde vienen esas voces. No hay en la casa nadie más que ellos. Dormidos. Respirando y resoplando. Llenando el silencio de la noche de toses. Mocosos. Están llenos de mocos desde que nacieron. Suenan como calderos de agua hirviendo, burbujean sus pechitos diminutos, llenos de mocos, como si fuesen espaguetis ablandándose en una olla. Y risas, las risas de los sueños, carcajadas breves, a destiempo, abriéndole a la noche grietas y huecos de locura, esa locura infantil que no constituye todavía amenaza a la razón. Él resopla desde que se quedó dormido, después de haberme despertado a mí y haberme dejado despierta. Su mano puesta ahí entre mis piernas, cada vez más cerca del centro del calor, y la otra arriba, búscándome donde sabe que empiezo a reaccionar como si la corriente me anduviese por dentro. De los muslos hacia fuera, del cuello hacia abajo, hasta que me pongo sobre él. Lo aplasto. Ya estoy despierta. Ya sé que luego tardaré en quedarme dormida, que cuando él vuelva a resoplar decidiré levantarme. Pero ahora estoy aquí, sobre él, que me pide que calle, que voy a despertar a los niños, con ese calor ahí dentro. Que me lo tengo que sacar como sea, ardiendo más, ardiendo hasta el fin. Resoplando y pidiéndole, exigiéndole que me diga lo que oigo a veces confusamente en esas voces. Guarradas. Él me dice puta, hija de puta. Más, le pido. Maricona. Te voy a comer el coño. Y mientras vuelvo a oirlas, quiero arrojarme desde nuestro quinto piso, muebles de Ikea, pósters de gatos en el cuarto de los niños, frigorífico que pierde agua, basura olvidada, restos de comida de la cena todavía en la mesa frente a la tele. Recojo, él resopla ya, yo doy varias vueltas, tapo a los mocosos y miro hacia fuera, por la ventana, a la calle, aquella luz encendida en el edificio de enfrente todas las noches. Si no tuviese claro, pienso, que de verdad ellos están aquí conmigo, salía ahora mismo. Hoy es jueves, los jueves a esta hora los bares están llenos de gente fumándose un cigarrillo, tomándose un cubata, al acecho del último tren que puedan tomar. Es fácil acercarse a un desconocido, hablar con él y decirle que quieres que te acompañe a casa.
No hagas ruido, le dices.
¿Vives con alguien? Te pregunta él.
Con mi marido y mis hijos, le dices.
Y te mira con esa cara de borracho alucinado. Por mí, muy bien, tía, te dice. Pero no voy de ese palo. Se le cae la borrachera del cuerpo.
Si no estuvieses tan segura de que ellos siguen contigo, a poco que lo dudases, saldrías como hace tiempo, por qué no lo ibas a hacer.
Si ellos se hubiesen quedado para siempre en una curva peligrosa, en el asfalto mojado, en una noche oscura, qué te iba a impedir ir a un bar ahora mismo y elegir a uno cualquiera, la cara más borrosa, el gesto más olvidado, y traértelo a casa.
Miraría las fotos y pensaría: esta guarra está aprovechando que el marido se ha ido con los niños a alguna parte. A mí qué. Es su problema.
Como cada vez que te sucede, ahí están. Esas voces, una palabra o dos, nada más, luego el silencio. Sigues asomada al espejo, cepillándote los dientes. El insomnio te lleva a realizar mil pequeñas tareas de higiene que repites por la noche. Entras y sales del cuarto de baño, te sientas en la taza, si es verano te duchas varias veces. En invierno te arreglas las uñas. Lees, o mejor dicho, coges un libro y enseguida olvidas que lo tienes entre las manos, porque ya no te gusta leer como antes. ¿Qué vas a leer? ¿Qué tipo de historia te van a contar? Prefieres mirar la televisión. Ver esos anuncios pensados para los insomnes. Ese pelador de frutas y verduras. Qué suave acento extranjero tiene el charlatán, cómo consigue embaucarte con sus palabras. Qué bien que lo puedes tener cerca. El anuncio acaba, pero empieza de nuevo. Y de nuevo sus palabras, que ya te sabes de memoria, consiguen encenderte por dentro. Deseas que salga de la televisión y se siente a tu lado. Que siga hablando, que te haga lo que a esas frutas, que te pele, que te pique, que te triture, que no deje de hablar ni un instante. Cierras los ojos. ¿Están ellos ahí, tras el tabique? Los mocosos con sus mocos, sus toses y esas risas, la carcajada breve de uno y la respuesta del otro. Tu marido resoplando como tienen que resoplar todos los maridos de este mundo, durmiendo a pierna suelta, porque lo que lo que eres tú, siempre te pasa igual y mira si no se lo tendrás dicho: a mí no me vayas a despertar con ganas de follar que luego me desvelo, si quieres follamos ahora, antes de quedarnos dormidos. Pero de sobra lo sabes, estáis muy cansados para tomar ningún tipo de iniciativa. Luego pasa lo que pasa, el deseo de ambos es rebelde. El suyo más que el tuyo. Pero en cuanto notas una mano hacia arriba y otra mano muslos adentro, ese deseo de arder desde la barriga, de arder por el culo, de que te pongan en tu sitio de una puñetera vez y a ver cuándo se da cuenta de que lo que quieres es que te de una hostia. Que la cara te arda como te arden las entrañas. Con su suave acento extranjero el charlatán sigue hablando, pelando patatas, exprimiendo pomelos. Mientras buceas dentro de tí, mano hundida en la grieta de la noche, esa boca que ríe y llora.

3 comentarios:

Joselu dijo...

Te he dejado un comentario en tu libro de visitas. Volveré a comentar tu post. Un cordial saludo.

Fernando dijo...

Qué desasosiego.
Estupendo.

leo dijo...

Es devastador. Magnífico, hombre de barro, es un relato apabullante. La frustración, el deseo... Bravo.
Un abrazo.