miércoles, 28 de noviembre de 2007

Fotos (1)


Ahora dicen que quieren ver fotos tuyas. Como no te encuentran, como ya no saben adónde ir a buscarte, me han pedido que les enseñe tus fotos. Para el cartel que tu padre y tus hermanos pegaron por toda la ciudad elegí una de tipo carnet,
la más reciente que tenga, me dijeron los policías.
Te la habías hecho dos días antes de desaparecer. Para la renovación de un carnet que no has renovado.
No sé que diría yo al verte, si no fueses hija mía. Lo mismo que otras veces he pensado, cuando he visto en un escaparate o en el tronco de un árbol la foto ampliada de una adolescente que ha desaparecido,
qué lástima,
nada más. Qué lastima sin llegar a pensar si la chica se había ido por voluntad propia o no.
Sin saber por qué te has marchado o si ha habido alguien que te haya podido raptar, cuando te he visto por toda la ciudad, sólo he sido capaz de llorar hacia dentro:
qué lástima,
qué lástima,
qué lástima.
Papá me llevó en coche para que yo viera que la ciudad estaba empapelada con tu foto. Me fue señalando con el dedo cada rincón, cada esquina, cada fachada desde la que mirabas algo que no iba a pasar por la calle, algo que estaba más allá de tus pensamientos, algo que quizás aún se encuentra en tu habitación, en tu diario, en tus poemas o en tus sueños. Ausente, mirando adonde quizás te dijo el fotógrafo que mirases.
Y no me lo podía creer, que tú estuvieses allí, como otras veces otras chicas que habían desaparecido. Qué lástima, mi amor, me dio todo. Qué lástima sentí por papá no sabiendo qué otra cosa hacer que ir adonde una foto se había despegado para poner otra en su lugar. Qué lástima tus hermanos. A veces les entran ganas de reír y de bromear, pero me miran de reojo y se miran de reojo a sí mismos, luego se miran las puntas de los dedos o la punta de los zapatos y se callan, cierran la boca y nada más.
La policía quiere ver fotos tuyas y para eso mandan esta tarde a un muchacho muy joven que me presentaron el otro día. Es muy joven, dije, como si no me fiara. Y ellos,
es un experto en la materia, me dijeron.
Creen que pueden averiguar algo mirando tus fotos. Dios mío, yo había pensado lo mismo hace tiempo. Y desde entonces es lo que hago. Pero él es un experto, yo sólo soy tu madre. Así que llevo toda la tarde mirando fotos, pero ninguna es la tuya. Las fotos de mis alumnos. Los de mi tutoría. Intentando averiguar qué pueden averiguar unos ojos expertos. Miro sus fotos, los fotos de sus rostros que ya llevo meses sin ver, porque no pude volver al instituto. Y en ellas te busco, en las fotos de adolescentes más o menos como tú. En tus compañeros, en los compañeros de otra clase, porque en eso sí que estábamos de acuerdo tú y yo. Preferíamos no tener que vernos en el instituto, así me puse de acuerdo con la otra profesora y no elegí tu curso.
Y el sicólogo de la policía me aconsejó también.
Cuando se enteró de que era profesora de literatura,
escriba,
me dijo.
¿Qué quiere que escriba?
Lo que se le pase por al cabeza,
me contestó. Todo nos puede ayudar, es lo que me repito antes de sentarme a escribir. ¿Recuerdas?, cuando eras pequeña te escribía los cuentos.
Siempre quise escribir, pero las cosas vinieron como vinieron y nunca lo hice. Estudié algo que me pareció que estaba cerca de aquel sueño secreto, a nadie le dije nunca que quería escribir, más tarde me casé con tu padre, y como él tenía ese trabajo sin horarios, yo me dediqué a criaros. Cuando se me presentó la oportunidad de dar clase no me lo pensé. A tí lo que menos gracia te hacía es que fuese en tu instituto.
Pero ahora estoy aquí. Con el cuaderno que le encargué a papá, porque apenas salgo a la calle. Mientras espero al joven experto que va a indagar en las fotografías. Que va a intentar ver lo que yo no consigo ver, lo que quizás se nos escapó a tu padre y a mí.
He sacado los álbumes de cuando eras pequeña. También he encontrado una caja que guardaba en mi armario y las tuyas. Luego está tu ordenador y tu móvil. Porque desapareciste sin él y eso es lo que más nos extraña a todos. Siempre ibas con él encima, como cualquier adolescente de hoy. La policía me preguntó por tus contactos a través de internet. Les dije que hacías un blog, que yo conocía, que escribías poemas, porque a tí no te daba vergüenza decir que escribías y que eras una joven celebridad en ciertos circuitos, que cuando papá y yo fuimos a tu recital, nos sorprendió ver la consideración en que todos te tenían, porque allí ya no eras la chica que dejaba su cuarto desordenado o la chica que fumaba a escondidas, que allí te fumaste un cigarrillo entre tus amigos y nos miraste sonriendo y nos pareció bien, después del recital que diste, que ni una vez te tembló la voz, pero estuviste encantadora, con tus 16 años de una madurez que había que comprender, porque había que ver también a esos otros chicos y chicas con 16 años que yo conocía, porque les daba clase. Pero tus amigos eran como tú, aunque de tu edad allí había pocos, te dije yo al día siguiente en casa.
Y tú me recitaste el nombre de todos los que tenían 16 y eran tus amigos:
Clara, Agueda, Alberto, Juan, Santiago, Celia, Jing, Lorena, Aránzazu, Matías y Najoua,
esos de los íntimos,
me dijiste.
Luego he visto un post en tu blog (he tenido que aprender mucho en estas semanas de tu ausencia), en el que pusiste esos nombres a modo de poema, un nombre por verso y detrás de cada nombre el mismo número: 16, excepto en Jing, 15.
Mirando las fotos no te puedo abrazar. Por más que te miro, nada. Te miro y eso es todo. Se hace un vacío en torno a mi mirada, a mi espera, ¿qué espero ver? No soy capaz de averiguar nada, de ver nada de lo ocurrido. ¿ Acaso ese policía joven tiene una técnica para ver lo que pasó sobre la imagen estática de tus fotografías? Alguien me dijo que llevásemos una foto a una adivina y lo hicimos. Lo hizo tu hermano. Fue él. La mujer dijo que te buscásemos en lugares de playa y se atrevió a mandarnos a Torremolinos, y hasta allí fue tu hermano con unos amigos. Pero ni rastro. Y ahora ese policía con sus estudios universitarios va a hacer lo mismo que una bruja. Tienen unas técnicas, me dijo el policía viejo, que incrédulo, se le notaba, me pidió que le enseñase tus fotos al joven.
Lo único que yo veo mirándote en todas estas fotos es que sigues siendo mi niña, estés donde estés y estés como estés. He pensado que para mirarte como te va a mirar ese policía joven que aún no ha venido a verte, puedo practicar con las fotos de mis alumnos. Si veo algo en ellos que no haya visto antes, cuando los tenía delante de carne y hueso, podré mirarte a tí en estas fotos para intentar sacar algo en claro.
Y luego me pregunto. Pero qué puede haber en tí de diferente. Qué había ya de diferente desde que naciste ( el policía viejo me dijo que le enseñase al joven, si es que alguna vez viene, fotos desde que eras un bebé), para hacer pensar que un día desaparecerías de nuestras vidas. Qué había ya en tí que no está en estas caras que contemplo ahora. Tu sonrisa, viéndote de foto en foto, siempre conduce los ojos del que te mira desde tu boca hasta tus ojos. Miras con intensidad y con ironía. ¿Se trata de eso? ¿De fuerza y desapego? Yo nunca fui capaz de mirar así. En mi cuaderno de clase las chicas de tu edad enseñan los dientes, no sé si con franqueza o con fingimiento, en un gesto amplio de la boca: Susana, Marina, Patricia. Alguna hay seria, como enfadada. Más se podría esperar de una de estas, ¿no? Pero no. Ninguna de ellas ha desaparecido. Sólo tú. Hasta María, que tiene una sonrisa muy parecida a la tuya, estará ahora en su casa, preparando las clases de mañana o en el messenger con sus amigos. María ni se ha ido ni se la han llevado, así que no creo que la clave de tu desaparición se esconda en ese modo tuyo de burlarte con tristeza y con seguridad de quien te mira. Te miro en estas fotos en las que tú no estás, fotos de compañeras tuyas, del curso en el que yo daba clase, porque en eso sí que estabábamos de acuerdo, ¿verdad? En que era mejor no coincidir en clase. Y a tu curso le daba mi compañera de departamento. Que siempre me decía lo mismo, sin que yo le preguntara,
qué discreta es tu hija.
¿A qué se refería?
Me lo pregunto ahora. Se lo he preguntado a ella mil veces y siempre lo mismo,
era..., es una chiquilla encantadora, nunca hacía referencia a tí, no como los hijos de otros compañeros, que se encargan enseguida de dejar claro quiénes son.
¿Era? ¿Por qué empezó diciendo que eras? ¿Hay alguien que piense que ya no eres?
Te miro en las caras de tus compañeras de instituto y sólo hallo una cosa segura en ese pozo de miradas extrañas: tú no estás en casa con papá y conmigo y con tus hermanos.
En la foto que hemos pegado por toda la ciudad y que ya ha llegado a muchas gasolineras y supermercados del país, gracias a mucha gente que nos ayuda, no llevas la misma ropa con la que desapareciste. Y esa es ahora la única ropa que falta de tu armario, la única que yo echo en falta, al menos, aunque eras tú la que se ocupaba de tu ropa y quizás, como le dije a la policía, pueda faltar algo más, porque ella siempre estaba prestándose cosas con las amigas, cogía ropa de su padre o mía y se la ponía transformada en algo completamente diferente. No sé supongo que no falta nada más. Les he preguntado a tus hermanos: si ellos echan de menos alguna mochila, pero tampoco saben. En casa cada uno se ha ocupado siempre de sus cosas. Que si llego a saber que algo de esto iba a ocurrir hubiera estado con mil ojos.
Pero es que ese día llevabas tu vaquero con los descosidos que fotografiaste un día delante de mí para sacarlo en tu blog,
mi vaquero,
dijiste, orgullosa de él.
Y las Converse amarillas,
mis Converse, ¿has visto mis Converse?,
solías preguntar, con el mismo tono cariñoso con el que preguntabas por papá, si veías que un día se retrasaba.
Mis poemas.
Todo está en tu blog. Fotografiado.
Y la camiseta de pirata, una de rayas.
Lo demás está en tu armario tal como lo dejaste, con el mismo desorden, con lo que llamabas tu orden,
es mi orden, mamá,
decías. La puerta del armario la tengo gastada por los goznes de abrirla y cerrarla. Miro adentro y pienso que es una broma pesada. Que vas a salir de allí como aquella vez que te buscábamos y no te encontrábamos, cuando,
¡magia!,
dijiste abriendo los brazos y saliste del interior de una montaña de ropa. Pienso que te digo, o te lo digo:
No tengas miedo, hijita. No. Ha sido una travesura que se te ha ido de las manos, papá y yo lo entendemos y no estamos enfadados. Puedes volver ahora mismo si quieres.
No llores, mi vida, dentro de esa montaña de ropa. ¿Es que hay alguien que no te deja volver?
Porque todo el interior del armario huele a tí.

5 comentarios:

frikosal dijo...

Uf, al ver el titulo esperaba algo más ligero. Esperando la segunda parte,
F

frikosal dijo...

En el anterior tambien era una mujer. ¿Es una coincidencia?

cacho de pan dijo...

muy triste, de verdad
ahora no puedo con ello
volveré

Carmen dijo...

tan duro...

Tawaki dijo...

Me gusta, mucho. Me gusta el ritmo que tiene, aunque la historia sea dura o difícil. Sin duda engancha.

Un abrazo,