Mostrando entradas con la etiqueta Alfabeto griego. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alfabeto griego. Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de mayo de 2012

Ípsilon



Después de ver terminada su obra Ípsilon se siente extraño. Emprende una serie de paseos por la ciudad para calmar su inquietud, pero el monumento que ha construido, contemplado desde diferentes ángulos y perspectivas, le resulta amenazador. En un primer momento no se atreve a aconsejar que sería mejor destruirlo, pero cuando por fin lo hace las autoridades del municipio piensan que Ípsilon ha perdido el juicio. Como insiste en la conveniencia de echarlo abajo antes de que se produzca una desgracia irreparable, en el pleno del ayuntamiento es declarado persona non grata, y como consecuencia, debe emprender el camino del destierro. Antes de perder de vista la ciudad Ípsilon se detiene para contemplarla por última vez. Quizás, piensa, se ha precipitado a la hora de manifestar sus temores, quizás el cansancio de haber culminado una magna obra como la que deja atrás, le ha jugado una mala pasada. No lo sabe. Tiene que alejarse mucho más para cumplir con el dictamen de su condena en una tierra desconocida. No ha llegado a ella aún cuando nefastas noticias lo alcanzan. Las bocas del infierno se abrieron y se lo tragaron todo: hombres, casas y bestias. ¿Nada ha quedado en pie?, le pregunta Ípsilon a unos comerciantes que vienen de allí. Sólo una torre está intacta. Aquella que al parecer removió los cimientos de toda la ciudad. La torre que lleva su nombre.

La fotografía es de Manel Esclusa

lunes, 7 de mayo de 2012

Tau




Es una mala idea este Tau, desde el origen es un error. Pero tiene un carácter persistente. Una serie de equivocaciones le han ido dando las oportunidades de la vida. Una infancia extraviada en solares vacíos, martirizado por diferentes ortopedias, en un hogar cetrino. La juventud granujienta, casposa, apocada, versificante, entre apuntes indigestos, amarillos. La virginidad turbia, torturadora. Una novia esmirriada, peluda, caballuna. Una boda sin baile. Hijos gritones, antipáticos. Aerofagias, cólicos, impertinencia. Miedo. Es un caso este Tau, una insistencia como la suya en la dicha de vivir por vías desviadas, a través de callejones sin salida, no tiene parangón en nuestra ciudad, donde todos somos, desde el origen, acierto y belleza. No deja de provocar en muchos de nosotros, no obstante, un extraño sentimiento de querer probar la vida desde su piel.


La fotografía es de Pérez Siquier

sábado, 5 de mayo de 2012

Sigma



Sigma pensó que lo mejor sería un llanto intermitente. Meterse en la cama y llorar a ratitos. Lo que ocurrió fue que se metió en la cama y enseguida se quedó dormida. Al final rió en sueños porque eran muy divertidos, en ellos reconocía a seres que se comportaban de un modo muy diferente a como en realidad eran. Algunos ejemplos: Polifemo, que solía comerse a los pastores, bailaba como si fuese a echar a volar entre tules; el hombre tímido del cuarto que enrojecía en el ascensor se desnudaba con talento al ritmo de una música sugerente; la profesora de religión eructaba en vez de dar los buenos días. Sigma sabía que lo único que se podía hacer era llorar sin consuelo por nada. Pero cada vez que lo intentaba, algo venía a impedirle su propósito y tenía que echarse a reír. La risa de Sigma era contagiosa, libre, gratificante. Las personas que merendaban con Sigma pasaban con ella una tarde inolvidable. El continuo malentendido de la risa de Sigma era uno de los millones de motivos que tenía para llorar. ¿No ves, Sigma, le decían sus amigas, lo fea que eres? Nunca tendrás un hombre, porque también eres tonta y además suspenderás los exámenes. Ella, sin embargo, no conseguía entristecerse, no se consideraba ni fea ni tonta. Su propósito era alcanzar una pena difusa, una melancolía abstracta en la que acunarse. Pero algo había en ella que se lo impedía y ese era su sentido del humor. Cuando aquel chico la sacó a bailar su cara se iluminó. Era tan torpe, tan tímido y apocado que sabía que estaba ante el hombre de su vida.

La imagen es una pintura de Vicent Desiderio

martes, 24 de abril de 2012

Rho






Un hombre se encuentra con Rho cuando abre la ventana y se asoma al exterior. El hombre y Rho llevan sin verse un montón de años y mira por dónde hoy Rho se ha parado en mitad de la calle y ha mirado a una ventana cerrada, que en pocos segundos alguien ha abierto. Quien ha asomado la cabeza se ha sorprendido de ver a Rho mirando hacia arriba, pero estas cosas pasan. No tienen mucho que decirse. En realidad nunca se han dicho nada, pero se conocen. Este encuentro que apenas dura unos minutos, lleno de sorpresa e incredulidad, se adueña de sus vidas. El hombre abandona el plato de comida que tenía en la mesa, abandona la casa, abandona su trabajo. Rho renuncia a su vida callejera, deja de husmear dentro de las papeleras y los contenedores. Decide hacer una llamada telefónica. Regresa a su casa, donde es bienvenido. Después de abrazar a sus hijos se acerca a la ventana. En la calle un hombre que nunca ha dormido a la intemperie no deja de pensar en que ese momento está a punto de llegar. Por fin Rho se mete en su cama después de tantos años. El hombre que lo ha tirado todo por la borda se siente libre a pesar de los temores. Rho alarga un brazo con timidez, con temor, pero también con deseo y con las puntas de los dedos comprueba que la cama es un territorio desolado, inabarcable.





La imagen es el retrato del pintor Adrian Paul Allison por Emil Botto Hoppé

miércoles, 11 de abril de 2012

Ni


Ni perseguía a aquellos tipos como si se moviese por una ciudad acelerada. Nos valdría imaginar una película de la época del cine mudo. En una barbería, por ejemplo. En una floristería, en una pastelería. Lugares predispuestos al gag. Era un mocoso todavía ese Ni, levantaría poco más de un metro del suelo, pero pasaba la mayor parte del tiempo fuera de las aulas. Se buscaba la vida, hacía bien los recados, y como le gustaba la compañía de los adultos, allá que iba él. Estaba todavía muy lejos de ser el Ni que todos conocimos años más tarde, pero lo podemos imaginar a tenor de lo que alguna vez ha contado. Sus padres lo esperaban ansiosos cada día. Entre ellos usaban el lenguaje de los signos y la pantomima. Ni les hacía imitaciones de los conocidos con los que había pasado la jornada, representaba las ocupaciones y tareas a las que se había entregado y finalmente se sacaba del bolsillo un buen puñado de monedas y unos cuantos billetes. Si tuviese que elegir una época feliz de su vida, sin duda Ni se quedaría con aquellos meses.

En la imagen Harold Lloyd

miércoles, 4 de abril de 2012

Mi



Quiero destacar un gesto que ha hecho un hombre que toma café en este café y una pastillita de chocolate belga. Hay un gesto que no me ha pasado desapercibido, porque Mi es muy observador e inmediatamente lo ha descrito en su libretita de notas. Un gesto que le ha llamado la atención: no es otra cosa que una manera especial de coger la servilleta y llevársela a la boca. Hay ahí algo como de descubrimiento del mundo, como esa rutina insignificante que de pronto nos desvela un matiz escondido. Puede ser incluso una revelación. Tantas veces habrá Mi visto a alguien que se limpia la boca con una servilleta. Habrá gesto más insignificante que este y más rutinario en una café en el que se toma el café acompañado con una pastillita de chocolate belga, y sin embargo, en esta ocasión Mi ha encontrado algo diferente, algo más allá del simple coger la servilleta blanca entre los dedos y acercársela a los labios. Ha sido Mi, de tantos artistas como se reúnen en este café, quien lo ha descrito en su libro de notas, que pronto el lector interesado podrá leer. Yo también he visto lo que ese hombre ha hecho, pero no le ha dado mayor importancia, me ha parecido normal, he seguido con lo mío, pero Mi ha parado, ha dejado de atender a lo que atendía, que no era el gesto de ese hombre, y ha seguido con absoluta atención cómo se llevaba la servilleta blanca de hilo a los labios gruesos, sensibles, tapando la boca blanda, pertinaz. Luego ha descrito el gesto en su libretita. Y claro, allí el gesto ya ha dejado de serlo. Inmediatamente todos hemos pasado a ser una metáfora en este café que no es un café, donde nadie toma café y no hay chocolate belga, donde nunca ha estado Mi y aquellos que todavía se arriesgan a lleverse un pañuelo a la boca son muy reservados, conque no se sabe si se están arrimando una servilleta a la boca o arreglándose el nudo de la corbata.

En la fotografía de Franz Hubmann: Heimito von Doderer (último a la derecha) junto a Dorothea Zeemann y Wolfgang Fleischer en el Café Hawelka (Viena, Austria).

martes, 3 de abril de 2012

Lambda


Vuelve nuevamente a mirar para ver que no viene. No es de esos que te dicen yo no espero ni cinco minutos. Él está dispuesto a esperar cinco días en una esquina. Y de igual manera con las llamadas telefónicas. Pone el móvil sobre una mesa y se sienta a mirarlo, a mirar que no suena. Abre el buzón para ver que no le ha llegado la carta que nadie le ha escrito. No necesita las pruebas que Lambda no le da, ni los besos ni las palabras. Se acuesta a esperar las caricias que no le llegan, y de esa forma él es feliz porque la reconoce a ella en todo lo que le niega. En lo más hondo Lambda le arrebata la existencia, pero no se va a preocupar él por una nimiedad así. En alguna parte se habrán de producir sus encuentros, a algún lugar habrán de llegar sus mensajes, ¿en qué país, o mejor dicho, planeta, los besos de Lambda se estrellarán contra los pulposos labios de quien no la desea? Aquí, mientras tanto las cosas son como son y más vale aceptarlas bien que mal.

La fotografía es de Norman Parkinson

lunes, 2 de abril de 2012

Kappa



En su gran mandilón Kappa limpia el filo del cuchillo. Se repasa con los dedos los gruesos labios brillantes, grasientos. Apenas ve. Es como un banco de niebla. En mitad de la llanura. Está ahí como una montaña, pero también como una ciénaga. No tiene paredes, tampoco musculatura. Alguien lo ha modelado, pero se está escurriendo como el sudor del hombre que se le acerca. A las puertas de la ciudad, el forastero se enfrenta a Kappa, la criatura que se relame, el comedor de pastores flacos. Pero nadie más que el forastero ve eso. Para los demás Kappa es una fuente, un pozo donde refrescarse, un jardín, un oasis. Mientras los mercaderes descansan en sus sombras antes de entrar en la ciudad, saborean sus frutos y beben su agua, el forastero siente en carne propia las afiladas cuchillas de sus dientes.

La fotografía es de Ruud Van Empel

viernes, 30 de marzo de 2012

Iota




Cogió la última moneda y antes de meterla pensó en la diferencia entre perderlo todo (aquella era su última moneda) y ganar. Había llegado hasta allí para pulirse la herencia. Finalmente más que pensar tuvo un presentimiento. Metió la moneda en la ranura y le dio un trago a su cubata. Detrás de su última moneda, debajo de ella, o en su canto, podían estar grabados muchos rostros mudos. La máquina hizo su trabajo de soniquetes y luces y cuando se detuvo Iota ya no le prestaba atención. Sabía que el premio era un castigo que la iba a encadenar a aquel lugar. De repente sintió una sed inconsolable. Apuró el cubata, recogió las monedas en un cubo y se acercó a la barra a pedir una nueva consumición.



La fotografía es de Lisette Model

martes, 20 de marzo de 2012

Theta



Theta es un ángel, uno de tantos. Aquel del culillo apretado y sentido del ritmo. Una criatura suburbial, correveidile, zascandil, problemática. Todos los defectos del ángel tienen, sin embargo, su gracia: es morenito, no se aplica, salta, remueve los charcos, se desnuda de alegría. Fuma también. A riesgo de no crecer, como ya le han dicho. Va por ahí como si no le importara aprender a leer y escribir. Se arroja de cabeza desde los acantilados, le gustan las burlas. Theta entra en los sueños, entra y revuelve. Lo acusan de coger lo que no es suyo, además. Se inmiscuye en lo más íntimo, exclama alguien. Theta es un niño de tantos en el patio del colegio. Lo que se dice una pieza. Ya no saben qué hacer con él. Ni la madre ni la tutora ni el psicólogo. Todos tienen un problema. El problema es Theta, uno de tantos. Porque el mundo, ya lo sabemos, está hecho para la madre, para la tutora y para el psicólogo, no para Theta.

La fotografía es de Alfred Eisenstaedt

sábado, 17 de marzo de 2012

Eta




La chica compró una pequeña cajita pero no se la envolvían para regalo, así que ella misma por la tarde la empaquetó con un papel que brillaba como una cola de estrellas. No sabemos muy bien lo que ocurrió. Podríamos exponer varias hipótesis. Pero nadie recibió aquel obsequio, que deslizándose entre libros, cartas, cajitas y diarios acabó en ese borde desquiciado de su piso de alquiler, que a la vista de todos, servía para guardar secretos. Llegó un día en el que la chica, digámoslo antes de acabar pronto: era pelirroja, con esa suerte vivía, tuvo que marcharse. Y un poco se fue con el mismo descuido con el que había llegado. En un borde de la repisa dejó olvidada aquella cajita sin destino. Ella era Eta, y más de una vez se sentó al borde, al filo, con los pies bailando sobre el vacío.

La fotografía es de Amelia Troubridge

viernes, 16 de marzo de 2012

Dseta




Ahora que soy un hombre sin ocupaciones tengo todo el tiempo del mundo para el arrepentimiento. ¿Cómo diría yo que es el arrepentimiento? Se me figura igual que un pozo en el aire, una enorme olla de nada, por la que se cuelan todas las expectativas, unos vapores que me comen los pies en primer lugar, y luego me comen las rodillas, más tarde los muslos e irremediablemente el sexo pendenciero y las tripas tonantes, diluyéndome en el aire como un caramelo en la boca infantil. Pero algo más hay, porque la conciencia sigue siempre ahí, la conciencia de haber cometido un error no se esfuma, desaparecen las cuatro paredes corpóreas para que se levante la sólida muralla de la propia estupidez, el molde inquebrantable de esa vía previsible ante la que me identifico: no es la primera vez, la vida ya me ha advertido en otras ocasiones. No tengo nada que hacer por ahí delante, de la nariz hacia allá, todo queda detrás de mi culo. Rumio lo dicho, me muerdo las manos, los dedos. Si tuviera sombrero me lo comería. Me acerco al borde de la piscina, que en lo más crudo del invierno es un recipiente abismal para otra crudeza, para el desollamiento de mi inmensa soledad: intentaría abarcarla en un abrazo, porque otros no me colman, y al chocar contra su fondo mi cuerpo se rompería, crujirían mis huesos, se me abriría la crisma, y así descubro, en sucesivas suposiciones, que la sangre, sólo mi sangre, me proporcionaría un lugar en el que quedarme. Ahora, sin obligaciones, busco el país donde derramarla, indeciso, eso sí, entre volver un punzón contra mi mirada azul o sacrificar, como mínimo, un brazo. Me cobijo en los rincones de ciudades que no los tienen, me tumbo sobre el mármol frío de los sarcófagos bancarios con un colchón de cartones, y espero que se diluya dentro de mí el veneno, que me haga, misericordiosamente, papilla el hígado, si no puede ser el vino, al que le tengo una resistencia sobrenatural. El resumen es que lo hecho ya no tiene arreglo y me gustaría que no hubiese sucedido, pero no hay vuelta atrás. De nada sirve cerrar los ojos con fuerza y abrirlos esperando aparecer en vísperas. Soñar que no cruzo aquel puente y que no me cruzo con aquel extraño, o que sigue vivo, con la vida de cruzar el puente como un hábito ajeno a mí. Sin embargo, nada de eso puede ser ya. Su costumbre de llevar el camino que yo le corté es un adhesivo de mi destino. Ahora daría cualquier cosa, pero nada se puede dar a estas alturas. De nuevo aparece ante mí blandiendo su provocación, levanto la maza y la dejo caer, el extraño como un pelele se hunde en el infierno, hacia donde me dirijo desde entonces.

En la fotografía Harry Crawford - cuyo verdadero nombre era Eugenia Falleni - fue arrestado y acusado de asesinar a su esposa, después de que la esposa descubrió que se hacía pasar por hombre desde 1899.

jueves, 15 de marzo de 2012

Épsilon



Épsilon se casó a los dieciséis años. Enviudó a los treinta y nueve. Limpia por horas. Estaba en un séptimo piso y le pasaba un trapo a los cristales. Entretanto pensaba: que se había casado a los dieciséis años, que había enviudado antes de cumplir cuarenta y que su vida era limpiar por horas. Al alejarse para comprobar la labor, Épsilon se quedó mirando un avión que ascendía por encima de las nubes. Luego volvió a las tareas de la cocina. Y en el potaje vio cómo aquel aparato llegaba a otro planeta, en el que todos los pasajeros encontraban algo bueno. Al día siguiente volvió a repasar los cristales, porque estaban llenos de pringosas huellas infantiles. Esperó mirando. Y allá, a gran altitud, volvió a ver un avión, que subía y no paraba de hacerse más y más pequeño. Le dio por pensar que alguien la imaginaba a ella, como ella imaginaba el destino de aquellas naves que diariamente cruzaban por su parte del cielo. Así inició un novedoso entretenimiento antes que darle vueltas en la cabeza a otros problemas que ni siquiera aquí mencionamos.

La fotografía es de la calle Trinidad Grund, Málaga, de Juande Jiménez

miércoles, 14 de marzo de 2012

Delta


Delta trajo jazz. Luego se prendió en un incendio provocado por él mismo. Con un cigarrillo en la cama. Todos los periódicos locales dando la noticia. Dejó la noche cuando se cansó de la noche. Lo dejó todo. Cerró El Cantor y comenzó una vida diurna de universitario juvenilmente envejecido. Era fácil verlo, bohemio descolocado, a lomos de una bici llena de óxido. Ahora poemas, pastillas, alcohol y caída. Lo mejor del jazz. La muerte rondadora. Su padre murió de alcoholismo, su hermana se suicidó y su madre, como él, refrita en un incendio. Delta organizó también hermosos, espeluznantes recitales. Al cabo de uno de ellos Delta interpeló así al poeta:- Maestro, creo que no llegaré a viejo. Y este le replicó:-Llegarás a viejo, y antes de lo que te imaginas. A continuación un libro póstumo para coleccionistas de alfabetos, que dejó grabado en un CD, Love´s Labours Lost, bajo amparo shakesperiano, con el título de Las calles del miedo.


La imagen: Estreno de "El cantor de jazz" en el Teatro Warners de Nueva York

martes, 13 de marzo de 2012

Gamma


El rostro de la niña desaparecida, secuestrada, posiblemente violada, concienzudamente desmenuzada en la pantalla. Pantalla entera, pasquín con su rostro. En las nubes. En la colcha. En las manos. Todo el mundo preguntándose qué le habrá sucedido, dónde la tendrán encerrada. Todo el mundo, pobrecita, todo el mundo sujetando al hijo propio, apretándolo contra la pierna. Cómo puede haber alguien que le haga daño a una criatura así. No se lo explica nadie. Qué pudo haber ocurrido. Meses de pistas falsas. Cómo puede haber gente con tan mala intención, que juegue así con los sentimientos de los demás, esa madre destrozada, el padre hundido. Adivinos, testigos, policías, sabuesos con intereses. Nadie quiere olvidar. La audiencia exige saber. Y aquí la noticia debe reactivarse. Hay que ponerla de nuevo en Prime Time. ¿Alguna novedad? Volver a llenar la pantalla con la cara de la inocencia. Veamos, ¿tomas una copa? La policía tiene una pista y ha pedido que retomemos el caso. Gamma es una gran profesional, la excelente periodista que no quiere que la niebla envuelva el misterio de la niña actriz, cantante, símbolo. No se pudo esfumar en el aire. ¿Quién fue la última persona que vio a la niña? Tenemos que conseguirlo entre todos, conducidos por el magazine televisivo de la mañana. Esos padres ante la gran Gamma. ¿Quién no haría lo mismo por su hijo, por su hija? ¿Quién no habría hecho lo mismo? El rostro de la niña mujercita con las flores de la primavera, en pose sexy, qué guapa, ídolo no sólo de niños y niñas, sino también de sus papis. Y a Gamma, tan segura, tan profesional, tan directa, se le quiebra la voz.

En la imagen Thylane Blondeau, modelo de 10 años

lunes, 12 de marzo de 2012

Beta


La mujer dura es todavía joven. Espera con el sol de cara en un hotel que mira hacia la sierra. Hace demasiado poco tiempo la habríamos encontrado con una carpeta de apuntes. Ya no. La mujer dura espera allí donde se le ha dicho que espere. La espera es dinero. La mujer dura está cansada, tiene los tobillos hinchados. Pero no se mueve de su sitio, del lugar que la mente le ha adjudicado en esta breve narración. Algo turbio y sucio en su vida monótona de dependienta, algo más que una aventura con el jefe de sección. Beta. Se llama Beta, podría volar, pero no vuela. Está enganchada al suelo por el adhesivo de la avaricia. Hay cosas que ella no comprendería si se limitase a pudrirse delante de las clientas a las que atiende. Sólo así sabe de qué va la historia. Averigua de qué pasta están hechas las otras mujeres. Las que permanecen de pie ante una caja registradora con una encantadora sonrisa y también aquellas cuyas encantadoras bocas son la ranura de una tragaperras. La mujer dura, todavía tan joven, ha ido y venido muchas veces, ya sea por la habitación en la que espera, por la tienda en la que trabaja, por el pasillo de la soledad. Algo muy sucio, algo deprimente (según qué lectores) está a punto de sucederle. Con ello conseguirá salir por fin de si misma, de ese proyecto juvenil que no estaba en ella. De todos los sueños emporcados que le volcaron encima, ninguno de los cuales le pertenecía. Y así empieza.

La imagen es un fotograma de la película chilena Bombal

domingo, 11 de marzo de 2012

Alfa


Por la noche soñé con mi muerte. Una estupidez. Caía al vacío y me abría la crisma. Por la mañana abrí el cuaderno de los sueños y antes de que se me olvidase me apresuré a anotarlo. Les conté a mis amigos el sueño sin saber desde dónde caía. Podía ser por el hueco de un ascensor, pero también desde la terraza de un edificio. Barajé todas las hipótesis. Nos comimos una paella en torno al sueño de quien cae para dejar sus sesos aplastados en el asfalto. Luego nos tomamos unos cubatas mirando la hermosa declinación del sol. Hubo más que aportaron otras maneras de morir en un sueño. Por asfixia, dijo alguien. Mientras con una mano sostenía el vaso. La otra la posaba en una rodilla desnuda. No sé si me hallaba en el fondo del mar, también podía ser bajo un alud de nieve, añadió. Solíamos despedirnos achispados, divertidos, insatisfechos. Y establecíamos una nueva cita. En cierta ocasión, cuando regresaba a casa después de una de nuestras reuniones, asaltaron a Alfa. Fueron brutales con Alfa. Apenas por unos billetes perdió la vida trágicamente. Alfa fue el único que aquella vez se limitó a decir que nunca había soñado una forma de morir. Otros para no quedar callados inventaron cualquier truculencia. A Alfa le metieron un cuchillo en el corazón y lo dejaron allí, como si fuera una nueva rama injertada en un tronco viejo. Luego lo patearon hasta hacer de él eso: un tronco sin cara de hombre.

La fotografía es de Arnulf Rainer