lunes, 6 de junio de 2016

La mudanza




Cuando comprobé que los últimos trastos estaban en el camión de la mudanza, me subí a la cabina con aquellos operarios silenciosos y eficaces, completamente alejados de mi imagen de los mozos de carga parlanchines y bebedores. Llegamos al nuevo domicilio y fueron depositando los muebles donde les indiqué, sin que se hubiese producido ningún desperfecto. Mi mujer y las niñas se bañaban en la piscina, entusiasmadas con las ventajas de nuestra nueva residencia, frente a las incomodidades del piso poco espacioso que acabábamos de abandonar. Para la noche todo estuvo en orden, cada cosa colocada en su sitio.
- Pensaba que las mudanzas eran mucho más complicadas, le dije a mi mujer.
No me respondió. Estaba de espaldas, preparando una cena ligera para todos.
- Digo que ha sido más fácil de lo que esperaba, insistí.
De nuevo pareció que no me oía.
Enseguida se sentaron las tres a la mesa y se dispusieron a tomar las tortillas y una ensalada. Pero no pusieron un plato para mí, que había estado todo el día trabajando duramente para ellas. Además ninguna parecía reparar en mi presencia. Por lo que me enfadé muchísimo, ya que era un complot injusto e inadmisible. Como no acertaba a entender lo que estaba ocurriendo, puse una atención especial en ellas y fijándome en ciertos detalles, hallé que no se trataba de mi mujer ni de mis hijas. Eran, eso sí, muy parecidas, pero ellas no. Poco a poco comprendí que no podían oírme ni verme. A continuación llamé a la empresa de mudanzas para dar cuenta del error, pero me dijeron que hasta el lunes siguiente no se podía hacer nada. Sin embargo, en la casa, llevado por el impulso de una ciega obstinación, seguí actuando como el cabeza de familia. A la hora de dormir entré en el dormitorio principal y me metí en la cama. A los pocos minutos, en la oscuridad, la mujer se volvió y me abrazó apasionadamente. Por la mañana desayunamos los cuatro en el jardín. Ella me decía cariño y las niñas, papá. Después bajamos a la piscina. Eran tres mujeres excepcionales, guapas y divertidas. Pero en algún lugar de aquella urbanización, en una piscina muy similar, las tres mujeres de mi vida estarían esperando que yo llegase con la parte de la mudanza que faltaba. Tenía hasta el lunes para pensar qué haría.