viernes, 2 de julio de 2010

Otra ciudad


Lleguamos anoche a esta ciudad. En medio de un oceáno de tierra. Me pareció que la gente de aquí también era humana. Humana o del mismo pais que yo. Por la noche salí del hotel, en las afueras, a dar un paseo. En mitad del puente por el que crucé al otro lado había un perro de mirada triste, un perro del mismo pais en el que yo habitaba, humano. No tardó en hablarme. Me dirijo a ti porque paseas solo y tienes cara de buen perro, me dijo. Soy un hombre, le contesté. Perdona, cara de buen hombre, rectificó. Necesito ayuda, quiero abrir este candado. ¿Tienes la llave? La arrojó mi novia al río. Me resultó imposible. Después de tomar un par de cervezas por allí decidí regresar. De nuevo por el puente pensé en lo que me había sucedido a la ida, pero ni rastro del perro aquel. Busqué entre muchos el candado que no fui capaz de abrir, pero me sentí confuso. Sentado en el hall del hotel con un periódico en las manos antes de subir a acostarme, supuse que mis hijos y mi mujer ya estarían dormidos. Antes de cerrar los ojos no pude reprimir un pequeño ladrido, seco, atinado.
Pero esta noche he sido yo quien se ha quedado con los niños y mi mujer ha salido a dar un paseo. No le he contado nada de mi encuentro nocturno para no alarmarla. Los he acostado y me he encerrado en el cuarto de baño a fumar. He dudado, quizás el cansancio del viaje me hizo ver lo que no era. Posiblemente se trataba sólo de un chico desquiciado, que quería romper lo que el candado simbolizaba, y mi imaginación se disparó presentándomelo con aspecto perruno. Acostado, sin embargo, he vuelto a vivir el encuentro tal como lo conté antes. La mirada triste del animal se ha vuelto a posar sobre mí. Me he quedado dormido, a pesar de la punzada de inquietud que se me ha clavado en el pecho, sin embargo ha podido más el cansancio. Hace poco oí que la puerta de la habitación se abría y vi la silueta de mi mujer en la penumbra. No le hablo para no desvelarme, pero le hago un torpe gesto de reconocimiento. Se acuesta a mi lado y siento cómo se sumerge en el sueño, del que yo salgo expulsado simultáneamente. Acurrucado en el borde de la cama, expectante, oigo su ladrido, brevísmimo, alto y oportuno. Enseguida sí, enseguida yo también me entrego y soy aceptado en los brazos de Morfeo.
La fotografía es de Sabine Biedermann

1 comentario:

Isabel González dijo...

Inquietante cuento, salgo de él sin saber si perro si humano, y además no quiero saberlo, no releo, me quedo con esa sensación.