martes, 29 de junio de 2010

La lámpara


Ahí la veo. La lámpara ha estado muchos años en el mismo sitio. Representa una elegante figura femenina que rodea con sus brazos un globo terráqueo que no es un globo terráqueo sino un cristal redondo donde el globo terráqueo está dibujado. El anticuario que nos la vendió nos contó una buena historia. El material en el que la mujer está fundida procedía de un avión que había participado en la segunda guerra mundial. Vete tú a saber. Ahora el lugar de la lámpara está vacío. La veo en el césped. ¿Cómo ha llegado hasta ahí?

Ayer puse unos benjamines en la nevera. Esta tarde me he tomado uno de ellos al borde de la piscina. Tenía el botellín a medias, me gustan a morro, del gollete, cuando mi mujer me dijo que iba a salir a buscar alguna cosa al coche. Unos papeles o un bañador olvidado, no me enteré bien. Se dejaría atrás la llave, porque tuve que ir a abrirle. Ella me hizo la pregunta.
-¿Adónde vas con la lámpara?
Me miré la mano y allí la tenía. Como si fuera un trofeo. La levanté. Más pesada de lo que parecía. De vuelta a la tumbona la deposité sobre una cama en el césped. Saqué otro benjamín de la nevera. Mi mujer saltó del trampolín y recorrió media piscina buceando. Cerré los ojos y tuve una visión fugaz, abstracta, casi pictórica. Sonó el teléfono y enseguida me lo trajo la chica de servicio.
-Mateo, me dijo una voz femenina, necesito verte.
-¿Con quién hablo?, pregunté.
-Mateo, por Dios, soy yo, me dijo.
-¿Te conozco?
-Mateo, soy tu mujer, me dijo, tenemos que hablar, encontrar una solución.
Era una voz angustiada que quise tranquilizar.
-Creo que te equivocas, le dije mirando al frente. Respondí con la mano al saludo que mi mujer, en bañador, me hacía antes de volver a zambullirse.
-Mateo, te lo suplico.
Me quedé mirando la lámpara tumbada sobre la hierba, la muchacha que abrazaba el mundo.
-Está bien, le dije, pero ya tendrá que ser mañana.
Durante la cena no dejé de mirar a mi mujer, de evocar recuerdos de nuestra vida en común, de hacer preguntas concretas con la excusa de mi malísima memoria.
-¿En qué año nos casamos?
Luego ella se fue a dormir y yo seguí bebiendo al aire libre.

Es una lámpara de mesa preciosa, con una historia detrás, y contemplándola acabo de descubrir que en otras circunstancias la mujer que me está esperando en la cama podría haber sido la desquiciada del teléfono. La levanto, la lámpara, y paso el dedo por el borde del cristal en el que está representado el globo terráqueo. No consigo saber por qué la he cogido de su sitio. Me parece, simplemente, que acaso tenía que ser así.

1 comentario:

Isabel González dijo...

Inquietante, precioso, estrcturado de forma desconcertante y desconcertado como el protagonista. Mágico. Triste.

Enhorabuena por este relato y mi admiración por delante.