jueves, 17 de junio de 2010

Familia


Mi padre murió y su taxi me pareció un objeto opresivo, absurdo, en la puerta de casa. Me costó aceptar que no lo enterrasen dentro de él. Mi padre quería que yo lo heredase, pero le dije a mi madre que no quería ser taxista. Tenía un pequeño estudio de cine publicitario que no me había permitido aún salir de la casa familiar. Hacía anuncios para talleres de reparación, para comerciantes locales, para academias que preparaban oposiciones, pero lo que a mí me gustaba era el cine, soñaba con dirigir películas. Había hecho algunos cortos con amigos del barrio y me había presentado sin ningún éxito a algunos concursos. Mi padre había mantenido durante toda la vida las distancias con sus hermanas, que a pesar de todo acudieron al funeral acompañadas de mis primas, a las que yo no había conocido antes. Enseguida me di cuenta de que mis tías eran extraterrestres al lado de mi padre, como yo mismo. No derramaron una sola lágrima y estuvieron serias y guapas. Mis primas acababan de entrar en la universidad y yo les dije, ufano y presuntuoso, que hacía películas. Se marcharon después de grabarme a fuego las mejillas con sus labios. Mi madre despotricó todo lo que quiso en cuanto se marcharon. No dejé de pensar en mis tías y en mis primas en las semanas posteriores. Las llamé con la excusa de que quería saber por qué ellas y mi padre apenas se hablaban, aunque ese asunto en realidad no me interesaba. Yo tampoco me hablaba con él, a pesar de que vivíamos juntos. Me invitaron un domingo a merendar en el chalet de una de ellas, adonde acudirían las demás. Les caí bien, no pedí explicaciones y la jornada resultó agradable. Intercambié los números de teléfono y móvil con mis primas. A las pocas semanas una de ellas me llamó para invitarme a ir a un concierto con sus amigas. Salí con todas. Eran cuatro. Las cuatro me gustaban, y también sus amigas. Decidí escribir esa historia y rodarla después. La primera imagen presentaba a mi padre de cuerpo presente, luego se veía el taxi aparcado en la puerta del edificio obrero, la siguiente escena mostraba la introducción del ataúd en un nicho mientra mi voz en off decía: mi extrañeza era ver que a mi padre no lo enterraban dentro de su taxi, un ataúd-taxi. La cámara hacía un barrido muy lento desde el rostro congestionado y lloroso de mi madre hacia la seriedad y contención de ellas. En el guión me quité algunos años y me presentaba como un adolescente deslumbrado por unos seres que le resultaban misteriosos. El viejo, que era el impedimento para que el chico se relacionara con ellas, había muerto. Mis tías y mis primas me aceptaban en sus reuniones, a las que yo acudía a escondidas de mi madre. Tenía que buscar un modo de conducir la historia. Todas se me acercaban con un cálido cariño familiar, que, sin embargo, producía en mí efectos ambiguos, amorosos. En la última escena tenía entre los brazos un álbum de fotografías. Sólo en una de ellas aparecía mi padre como un hombre joven, guapo. Su visión me desataba el llanto. Esta película no se hizo. Mi intención era pedirle a mis tías y primas que se interpretasen a sí mismas, pero no reuní el valor suficiente. Después ocurrió que no conseguí salir adelante con la productora y un buen día me vi al volante de un taxi. En el gremio todos sabían de quién era hijo.

2 comentarios:

Isabel González dijo...

Mee mantuviste en vilo hasta el final y conseguir ésto es digno de admiración, después te diré que no entendí muy bien el cierre de la historia por lo que respecta a la familai clandestina y no sé si al final lo más importante era su claudicación al taxi. Muy buena historia.

Te invito a pasar por miblog Antonio. Un saludo.

Deglutoria dijo...

Lo leo y siento la naturalidad de las palabras, como si me lo estuviera contando alguien entre cuchicheos en la barra de un bar para que el gorila de escayola, o no sé, de detrás no se inmiscuyera.
Gracias.