lunes, 2 de agosto de 2010

Los cuentos tienen mal arreglo



Me he internado en el corazón del bosque, aunque el bosque me da miedo, porque he sabido por medio de un oráculo que aquí encontraré a una mujer preciosa. En mi ciudad son todas feas de vicio, como dice sin pudor una guía que un distinguido forastero escribió sobre nosotros. Me he sentado encima de una piedra y he esperado que saliese una chica de esas de infarto. Las sombras me inquietan, las alimañas saltan a mi alrededor y empiezo a echar de menos las bulliciosas calles de mi barrio, plenas de hembras feas. Hay algo ahí delante. O alguien, no lo sé. Me impaciento, pero no soy capaz de levantarme. Como si me hubiese quedado adherido a la piedra. Viene hacia mí o el bosque entero va hacia ella, pero quedamos frente a frente. He llegado hasta aquí, me dice, guiada por un oráculo para conocer a un príncipe. Soy tu hombre, le digo por la cara. Es hermosísima, desde luego. Ahora me tienes que besar, me dice. Le acaricio el pelo. Al abrir los ojos sigue allí, entregada, y nos tumbamos sobre un manto de hojas tiernas. En el apareamiento descubro que se da con la misma intensidad o más que cualquier fea de las que conozco. Por la mañana insiste en que la lleve a mi reino y no sé qué hacer. No tengo reino sobre el que caerme muerto. Solo soy un chico valiente, pobre y buen estudiante. Trato de explicarle algo de la leyes que imperan en el mundo más allá de los cuentos, pero o no entiende o no quiere entender. Le ordeno que cierre los ojos y obedece enseguida, ahora tendrá que saborear todo aquello que le ponga en los labios. De esa forma consigo hacer realidad una fantasía antigua. Poco a poco se va acostumbrando a juegos cada vez más atrevidos sin dejar de exigirme que la saque del bosque y la lleve a un hermoso palacio, que es el lugar que cree merecer, así que no puedo decirle que vivo en una habitación compartida con mi hermano en casa de mis padres. Un buen día le pido que se deje atar y sonríe maliciosa, como diciendo, si no lo hubieses hecho tú, te lo habría pedido yo a ti. La amordazo y la ato a un árbol. Luego azoto su trasero con unas ramas. Su piel blanca, nacarada, se llena de marcas y rojeces. Me implora con los ojos que la suelte, pero le digo que habrá de esperar todavía un poco. Me pierdo de su vista, me despido mentalmente de aquel claro en el bosque y tomo el camino de vuelta a casa a las afueras de la ciudad. Qué feas son las mujeres con las que me cruzo, pienso.

1 comentario:

Isabel González dijo...

"El poder del narrador en el cuento del siglo XXI" Amo dominante, personaje sumiso.

Me encantó el cuento. Saludos desde BCN.