viernes, 17 de febrero de 2012

Vacaciones cortas en paraísos pequeños








Las fotografías son de Thomas Hoepker. Las última fue tomada el 11 de Setiembre de 2001 durante el ataque a las torres gemelas. No salió a la luz hasta el año 2006 y creó una gran controversia.

Estoy intentando darle forma a un conjunto de relatos con cierta unidad temática y después de muchas vueltas he llegado al título que figura arriba para agrupar bajo él unos cincuenta textos de muy diversa extensión, hasta las casi 30.000 palabras en total. Buscando imágenes que expresaran la intención de esas historias, publicadas en este blog, he dado con el fotógrafo Thomas Hoepker. El proceso sigue en marcha, porque antes de llegar aquí he tenido en cuenta otras iconografías y otros títulos que nada tenían que ver con este.

domingo, 5 de febrero de 2012

Ben Gazzara

El actor Ben Gazzara murió hace unos días a la edad de 81 años a causa de un cáncer. En este recorte lo podéis ver en el papel de Charles Bukowski hablando del estilo.

viernes, 3 de febrero de 2012

El sueño de la tinta




El sueño de la tinta muestra
el vuelco de la tierra en versos:
las palabras son las cepas de los campos
que mi padre plantó sin apenas adverbios.
Como la poesía, la siembra dio vida.

Puedo echar mano de los labriegos
analfabetos que me fundaron muy cerca
de aquí, en la cuna de los poetas cultos,
genealogía de capitanes de ejércitos
de pavos, puercos o cabras.

Esta es la estela exótica de mi caligrafía,
testimonio de humo extinto.
Etnología del hambre bastarda y del frío.

Ellos les dieron alas de un día
a este alfabeto absurdo. El futuro serán
huellas mías en los márgenes
de alguna estrofa ilesa o de un
párrafo iluso.

Nunca le pongo fecha a lo que escribo, pero el archivo en el que estaba este poema es del año 2003. Ya no sé si lo escribí mucho antes o no.
La fotografía es de Mark Cohen.

sábado, 28 de enero de 2012

Serpientes


Yo era joven, pobre y descuidado. Remolinos de pelusa y polvo
corrían por los pasillos de mi piso estudiantil. Como hacía frío,
pasaba mucho tiempo bajo las mantas, leyendo, oyendo la radio y soñando con existencias más pobres que la mía, más descuidadas y bohemias. No era raro que me ardiese la frente y se levantasen desde los rincones sucios de mi habitación dos negras serpientes marinas, por ejemplo, monstruos babeantes y sanguinarios que se me enroscaban en el pecho como a un hijo de Laocoonte. Para defenderme hubiera podido agarrar un escobón cualquiera, y allá que irían en fuga ejércitos despavoridos de cucarachas y arañas, formas de vida minúsculas, repugnantes. Pero no lo hacía, me dejaba arrebatar, morder, estrangular. Mis compañeros de piso se sorprendían de aquella gimnasia contorsionista, practicada dentro del mito. Al cabo de los años ya no fui joven, pero logré mantenerme pobre y descuidado. Esperé que del mar surgiesen las serpientes que me devoraran. De hecho, si sigo aquí es porque sólo creo en ellas.

martes, 24 de enero de 2012

Parking


La fotografía es de Bruce Gilden

He cerrado los ojos, ya no sé si son 44 o 45, y debería saberlo, porque no es lo mismo una cifra que la otra. He cerrado los ojos intentando concentrarme en saber cuántos cumpliré este año, pero me he limitado a esperar una revelación, sin cuentas ni cálculos, así que enseguida me he adormecido con el ¿arrullo? de unos neumáticos en el asfalto. El coche ha entrado por detrás y se ha puesto a mi izquierda, no en la plaza inmediata a la que yo ocupo, sino en la siguiente. El motor se ha detenido y he sentido como si una mano que me acariciara la espalda se levantase en el aire: el deseo se me ha despertado, un deseo difuso, ambiguo, de más caricias; alguien ha abierto una puerta del vehículo, imagino que la del copiloto, y después se ha abierto la del conductor. Otra pausa, como si esa mano que me estuviera recorriendo la piel se detuviese un instante al notar un bulto o una aspereza en su camino. Luego se han cerrado mal las dos puertas, han tenido que abrirlas de nuevo y empujar con más energía. Los ojos cerrados, todo es de un azul tan profundo como la negrura. He oído que se alejaban los pasos de los ocupantes de ese vehículo, que acaba de estacionar a mi izquierda, sus voces, hasta que de nuevo me he quedado con mis pensamientos, ¿44 o 45? No me importa que me vayan saliendo al paso preguntas, porque no me importan demasiado las respuestas, que no acuden a mí, y es muy dulce dejar en blanco el examen mental. En blanco o con errores garrafales. A alguien le resultará inaudito que yo no sepa responder, pero soy como esos estudiantes imposibles, que desesperan a sus profesores, a sus padres, y se mecen en el fracaso, en la ignorancia y en la desidia, con una absoluta falta de fe en nada. He aprendido, como ellos, este modo de la supervivencia oblicua, la entrega a la ensoñación y la capacidad para justificarme en los errores. Unos últimos rayos de sol me tuestan la cara a través del parabrisas, como si el final de la tierra estuviese próximo. A veces imagino que soy el último hombre vivo del planeta: sueño que en todo el día no viene ni un solo coche al aparcamiento y me pregunto si no habrá sucedido algo. En realidad, eso nunca ocurre. Da igual qué día de la semana sea, el aparcamiento se empieza a llenar más pronto o más tarde y estoy acompañado a todas horas: compradores, visitantes, empleados, servicio de vigilancia, de limpieza, gente que hace prácticas de conducción, parejas furtivas que vienen a amarse o a drogarse. Y yo. Aquí. Dentro del coche.

Siempre lo había pensado cuando íbamos al cine del centro comercial. No me bajaba inmediatamente del coche, una vez que lo había aparcado. Con la excusa de que la canción que sonaba en la radio acabase esperaba un minuto o dos, dándole vueltas en la cabeza a la posibilidad de quedarme allí, pero apenas me atrevía a decirle nada a Lola. Me gustaba prolongar ese momento de estar en el coche y estirar mi fantasía, que discurría en secreto. Como mucho alguna vez le dije:
-¿Y si nos quedamos aquí dentro viendo a la gente entrar y salir de sus coches?
-¿Ya no quieres ver la película?, me contestó, algo airada, porque para llegar hasta allí habíamos tenido que dejar a los niños con una canguro.
-Era una broma, le dije, pero no lo era.
Me gustaba ir a hacer la compra, porque entonces sí que podía quedarme en el coche un buen rato sopesando la posibilidad de quedarme en el coche. Me fijaba en los demás vehículos estacionados alrededor del mío y un día descubrí que en uno de ellos con matrícula francesa había un hombre que parecía vivir en él.
-¿Qué tal?, le dije.
- Ya ve, me contestó.
-¿Necesita ayuda?
-Hombre, no me vendría mal, me dijo.
Le tendí un billete y el hombre, con un gorro de lana en la cabeza, me contó que se había quedado sin dinero para la gasolina cuando regresaba a su país, después de haber costeado todo este.
-Por el momento me tendré que quedar aquí unos días, añadió.
-Aquí estará usted bien, le dije.
De madrugada desperté pensando en el hombre que vivía en su coche. En cuanto pude, al día siguiente, fingiendo que necesitaba comprar algo me dirigí de nuevo al centro comercial y lo busqué en el aparcamiento.
-¿Cómo le va?
-Bien, todo el mundo es muy amable conmigo. Estoy pensando en quedarme una temporada larga por aquí.
-Bueno, pues me alegro, ya nos veremos.
Le conté a Lola que había hecho un amigo en el parking del hipermercado, le expliqué que vivía en el coche, que estaba recorriendo el país por la costa y que al quedarse sin dinero había decidido instalarse allí mismo.
-¿Cómo se llama?
-¿Qué?
-Tu amigo, que cómo se llama.
-No lo sé, pero le preguntaré la próxima vez que lo vea.
Cid, se llamaba.
A Cid le gustaba fumar al sol, no muy lejos de su vehículo, y a mí me gustaba ir a verlo y echar un cigarrillo con él mientras me explicaba sus rutinas.
Yo le preguntaba sobre cómo se las arreglaba para vivir en aquel vehículo tan pequeño siendo él bastante alto, porque me parecía mucho más interesante eso que los viajes que había hecho a lo largo de su vida. Había conocido muchísimos países siempre a ¿lomos? de un cacharro como aquel. Un día le dije que si quería podía venir a casa a ducharse, pero me contestó que se las arreglaba bien en un polideportivo cercano. Aprendí de Cid las primeras lecciones para organizar la vida desde el interior de un vehículo. Cid llevaba una cámara y me fotografió en diversas ocasiones, pero yo nunca me atreví a pedirle que posara. Fotografió también a los dependientes de la gasolinera, a los vigilantes, a las limpiadoras del servicio nocturno, a todos cuantos se cruzaron con su derrochadora simpatía. Y un buen día desapareció sin despedirse de nadie, lo que hizo que me sintiese un poco más solo.
-Cid se ha largado, le dije a Lola.
-¿Quién?
-El francés, mi amigo, el que vivía en su coche.
-Vaya, lo siento, a lo mejor no ha ido muy lejos, dijo.
Eso me dio que pensar. Lola podía tener razón. Cid podía estar viviendo en cualquier otro estacionamiento de la ciudad. De vez en cuando me lo imaginaba entre nuevos desconocidos a los que fotografiaría, con los que charlaría y a los que les gorronearía tabaco. Tardé unos cuantos años en encontrarlo de nuevo en el parking de Toys R Us, pero como no hizo muestras de reconocerme no me atreví a decirle nada. Estaba muy deteriorado, pero seguía llevando colgada del cuello su cámara. Ahora pienso: quizás entonces, cuando lo conocí, Cid tendría 44 o 45 años, la edad que voy a cumplir yo, a bordo, ¿a bordo?, de mi automóvil. Sin embargo, también podrían ser…¿cuántos más?

Me da igual el día de la semana en que vivo, pero si después de despertarme, me incorporo para ver el tiempo que hace fuera y veo a unos cuantos tipos enfaenados con el coche, sé que ha llegado el domingo. A algunas parejas jóvenes les gusta poner la música a todo volumen mientras desmantelan el interior. Sacuden las alfombrillas, le sacan brillo a la palanca del freno de mano, restriegan el pomo del cambio de marchas, echan el aliento sobre el espejo retrovisor y le ponen cera a los adornos y suplementos extra que han adquirido después que el coche. En una ocasión alguien que estuvo de zafarrancho en un Opel se dejó olvidado en el suelo un aspirador manual. Lo recogí y desde entonces, cuando me asaltan ataques de melancolía, lo saco de su rincón y repaso pacientemente la tapicería con una meticulosidad que a un observador le resultaría exasperante. Supongo que en un western el cowboy se entretendría disparando sobre botellas o latas vacías. Además la forma ergonómica del cacharro recuerda a una pistola galáctica. De todos los coches que veo por aquí el mío es, supongo, el más ¿filosófico? El vehículo que medita mientras los demás acarrean pasajeros y paquetes, el vehículo que se ha detenido mientras los demás van y vienen. Cada cierto tiempo me acerco a la gasolinera y compro una chocolatina o cigarrillos o una bolsa de patatas fritas. Me vuelvo adentro y como o fumo, mirando a través de la luna del parabrisas, como si fuese un espectador exiliado de la ficción, como si no acabase de creer lo que mis propios ojos están viendo. Cuando termino, si han caído migas, saco mi aspirador y, divertido, las trago de un tirón con la pistola. A veces es sólo por la cuestión de sentirme acompañado en la esférica noche celeste. Las putas que usan el aparcamiento para sus servicios aparecen dentro de los coches de sus clientes, que sólo bajan las ventanillas para al cabo de la mamada tirar el condón fuera. Luego los vehículos se ponen en marcha y desaparecen por donde vinieron. Me veo en otra época, en el taxi, tampoco entonces me gustaba salir fuera, estar con mis compañeros de parada, prefería quedarme dentro oyendo música. Damián, que es quien regularmente se ocupa de la limpieza de este lugar está tuerto, por lo que lleva un parche en el ojo malo. A veces hablo con él. También tiene algo de espectador, de filósofo marcial, solitario. Cuando coge una lata del suelo o una botella la mira antes de echarla al cubo y hace un gesto con la cabeza al tiempo que achina el ojo despejado. Murmura, le oigo decir:
-Como echo de menos una buena pelea, arrearle a un tío un montón de golpes antes de que él te los dé a ti.
En eso siento no poder ayudarle, porque si me pusiese al alcance de sus manos me haría picadillo.

La primera vez que vi a Lola fue desde el interior de un destartalado Seat Fura. Yo iba con un amigo y estábamos repostando en una gasolinera. Ella pasó a unos metros, iba andando a saltitos, con la punta de los dedos en los bolsillos y una chupa negra, imitación al cuero. Me hizo muchísima gracia y hubiera estado un buen rato siguiéndola de haber ido solo. He espiado a muchas mujeres desde el interior de mi coche, las he seguido o las he esperado, las he observado y me he enamorado de ellas sin necesidad de decirles nada. La primera vez que me acosté con Lola le conté que un día la había estado mirando desde un coche. Creo que eso fue importante, me refiero a haberla visto así antes de que intimásemos y también habérselo contado. A todos nos gustaría saber quién nos mira. Lola me dijo que entonces ella se creía Vicent Vega. Y que lo que de verdad hubiese querido era encontrarse conmigo por la calle. No lo dudé, porque aquellos saltitos que daba al andar no eran sino una provocación, un delicioso reclamo. El momento fue algo mágico, tan corto y tan insustancial, sin embargo, aunque se me quedó grabado a ¿fuego? en la cabeza. La vuelvo a ver al otro lado del vidrio, con esa distancia simbólica que propone y amortigua, revivo el relato de su necesidad de encontrarme y mi soledad. Esos dos minutos escasos en los que estuvo pasando por delante de mis ojos se convierten en el nudo esencial de nuestras vidas, ajenos todavía a una historia compartida. Todas las rutinas posteriores, todas las miserias previas, todas las insatisfacciones personales arropan en la memoria ese misterio que consiste en mirarla yo a ella así como éramos, aves zancudas, pájaros extraños, compuestos de muchas piezas de tan diversas procedencias que nos dan un aire desquiciado, sin proporciones ni coordinación. Muchos años después, cuando Lola y yo ya habíamos tenido hijos, aparqué por casualidad delante de una peluquería que había cerca de casa. Como siempre, me entretuve antes de salir del coche y vi que la peluquera apagaba las luces, recogía sus cosas y ya en la calle echaba el cierre. Me aficioné a espiarla porque nuestros horarios eran coincidentes: yo llegaba cuando ella se iba. Me gustaba verla hacer todas esas cosas y fantasear con lo que haría a continuación. Me sentía yo mismo un tipo más interesante que si sólo me la cruzaba por la calle como los días que no conseguía aparcar enfrente de su negocio. Por la acera y de frente no pasaba de ser una mujer vulgar, cansada o disgustada, con ganas de tumbarse delante de la tele y más o menos dispuesta a agradar, después de una durísima jornada. Pero desde mi coche todas esas aristas cortantes de la realidad se suavizaban, la mujer adquiría un interés misterioso y simbólico, que le daba sentido a mi investigación. Luego en casa miraba de reojo a Lola pensando que se merecía que un tío la espiase. Todos los días alguien nos puede observar mientras caminamos por la calle. Un hombre se asoma a una ventana y ahí se queda mirando al pasajero de un autobús, un pasajero de un autobús detenido en un semáforo al lado de otro vehículo mira a la chica que lo conduce, un conductor se entretiene en observar a esa compañera de trabajo que cruza el paso de cebra.

¿Estoy? aquí. He llevado en coche a muchos hombres, a muchos lugares y para la realización de los cometidos más diversos. Me he pasado la vida conduciendo para los demás, ahora ya no, sólo conduzco para mí. He estado detenido a la puerta de hoteles, aeropuertos, edificios oficiales, clubes de carretera, hospitales. He sido taxista, pero también conductor de coches de alquiler y de vehículos oficiales. Durante un par de años un tipo me llamaba casi todos los meses para que le diese unas vueltas por la ciudad.
-Me gusta la emisora que llevas sintonizada, me dijo la primera vez.
Cuando le pregunté dónde quería ir, me contestó que necesitaba pensar, intentar encontrar nuevos puntos de vista, abordar una situación enquistada de un modo diferente.
-¿Cogemos la circunvalación?, le pregunté.
-Me parece perfecto, me dijo.
La última vez que le di un paseo me contó que estaba metido en un asunto muy complicado y que esa podría ser la última vez que recurriera a mí. No me aclaró nada más, nunca más me llamó y tampoco volví a saber de él. No me había dicho su nombre, aquí lo voy a llamar el señor Tranquilidad. Os presento al señor Tranquilidad, este tío. Un buen amigo del que no sé nada. Se mete en el coche y me dice:
-¿Qué tal?
Pero no espera que le cuente nada.
-Estupendo, le digo.
-Pues venga, un largo paseo, me dice.
Y cuando se marcha:
-Gracias.
Así que también podría ser el hombre agradecido, el señor Cortés.
A Lola le contaba esta historia y me preguntaba si no me daba miedo.
-¿Por qué voy a sentir miedo?
-No sé, un hombre que sólo quiere que le des unas vueltas, que te llama a menudo y que no te cuenta quién es, puede ser un traficante.
-¿Un traficante de qué?
-De armas, de droga, de personas, yo qué sé, me decía Lola.
Supongo que cualquiera que me vea ahora a mí aquí, en el coche, viviendo así, mirando todo el tiempo lo que hay fuera, pensará que soy un tipo peligroso, un matón, un policía, alguien que está espiando o vigilando. Hasta que un buen día, como a otros les ha ocurrido en otras partes, dejarán de verme porque me habré marchado, simplemente porque en ese lugar mi vida ya se habría complicado de alguna manera, sólo porque alguien me empezaría a señalar, fijaos en ese tío de ahí, lleva días metido en ese coche, sólo sale para ir a mear, ¿qué coño quiere ese tío?, así que prefiero largarme.

Una vez más. Si en este cuento no puedo vivir la posibilidad de quedarme en el coche no merece la pena que sea llamado cuento. Pero tampoco podrá serlo si no lo hago. Sólo es un cuento lo que ocurre al tiempo que no ocurre. ¿Lola? está dormida cuando abro la puerta, o bien se hace la dormida. ¿Lola? no está en la casa esperándome. Se levanta del sofá cuando oye la llave en la cerradura, se acerca al pasillo, pero no hay llave en la cerradura, es sólo que le ha parecido que mi llave entraba en la cerradura. Lola en mi cabeza, pero también fuera de ella. Por mucho que miro a través de la luna del parabrisas Lola no está ahí. He de decidir si estoy dentro del coche mirando hacia fuera o si estoy metiendo la llave en la cerradura. Toda la aventura de este cuento se ha vivido desde un lugar en el que quizás yo no haya estado tanto como he dicho, quizás toda esta aventura sólo ha discurrido por mi mente durante un trayecto de ascensor, y ahora sí, ahora sí introduzco la llave en la cerradura y cuando entro en casa me encuentro a Lola detenida en mitad del pasillo, como si me esperara.
-Hola, le digo, con esa costumbre del señor Desplazado. Os presento al señor Desplazado, cuya vida trascurre lejos de aquí, en un parking cualquiera. Seguramente ella sabe con seguridad si van a ser 44 o 45.

martes, 17 de enero de 2012

Entrevista a Alberto Olmos, 2


La foto es de Wolf Mario

-¿Hasta qué punto la imaginación es necesaria para un escritor? ¿En qué medida la usas tú combinada con otros ingredientes como la experiencia?

Siempre he oído decir que los niños tienen mucha imaginación, o que el hijo de alguien, según ese alguien o la madre de ese alguien, tiene, sí, mucha imaginación. Mi experiencia es que cuando los niños se ponen a contar cosas, supuestamente inventadas y fabulosas y fruto de su desbordada imaginación, apenas van más allá de la película de moda que vieron hace unos días o de volar por los aires asidos a sus ositos de peluche. Esa es la imaginación de los niños (o, al menos, la que yo tengo vista). Pues en los escritores, si me permites, sucede igual; muchos de ellos son niños que creen tener mucha imaginación, que aborrecen el "realismo" y que entienden que las noticias del periódico ya cumplen una cierta función narrativa, por lo que hay que inventar otros mundos, alejados de nuestra realidad. Sin embargo, esos "mundos" son siempre el Medievo más o menos mágico, unos dragones o unos selenitas, cosa vistas desde hace décadas o, incluso, siglos. A lo que voy es a que la "imaginación" no es un factor literario, sino un cliché social. Entiendo que la propia experiencia, que es también la experiencia de los demás, es el marco fatal de cualquier historia, y que incluso los que creen inventar o crear mágicamente o estar dejando atrás el vagón del metro escriben siempre dentro de sus coordenadas.


-Quedaste finalista de un importante premio literario, el Herralde, a los veintitrés años, con la novela A bordo del naufragio. En ella un joven, como tú mismo entonces, monologaba, o mascullaba, durante toda una jornada sobre sus inseguridades, buscando quizás un hueco entre la existencia de los demás. ¿Cambia algo en uno o en el mundo con el paso de los años?

Es casi indiscutible que uno no cambia, que el carácter –ya dijo el otro- es tu destino. Quizá la edad nos matiza, y la vejez nos indulta a todos. En lo que a autoría se refiere, siempre he pensado que uno suelta lo que tiene que decir burdamente en sus primeras obras, y luego va tecnificando su quehacer artístico y repitiendo los mismos temas, hasta llegar a una perfección formal vacía de contenido. Véase Almodóvar. De ahí que, llegada cierta mediana edad, algunos escritores o cineastas o músicos vean conveniente embrutecerse y volver a hacerlo mal, regresar a lenguajes desaseados, a la cámara en mano o a la guitarra barata a la que se le rompe una cuerda a mitad de concierto, porque en esas roturas de la profesionalidad hay un nuevo comienzo.


-En esa novela, A bordo del naufragio, aparecen algunas ideas que luego encontraremos en Ejército enemigo, relativas, por ejemplo,a la inamovilidad de las clases sociales, la pornografía como gratificación personal, los niños bien con conciencia social, etc. ¿Podríamos identificar al protagonista innominado de la primera con Santiago, el protagonista de la segunda, a los veinte años?

Podríamos como podríamos decir que todos los narradores de Javier Marías son el mismo narrador, y además Javier Marías. Sería una simplificación. También podríamos decir que el protagonista de La flaqueza del bolchevique es el protagonista de A bordo del naufragio, milagrosamente superviviente del final que le di y reintegrado en la sociedad en forma de consultor financiero. Creo que no son caminos de análisis muy perspicaces.


-En tus novelas tiene un papel muy destacado la mirada, mejor dicho el mirón, el espía. De hecho Tatami es la historia de uno, pero también la de una escucha, la de la joven que durante un vuelo atiende a lo que le cuentan. ¿Por qué en tus personajes los placeres casi siempre son solitarios?

Por un lado, tenemos tendencias creativas inexplicables: Rafael Azcona, por ejemplo, gustaba mucho, según decía, de juntar a más de cuatro o cinco personajes en una misma escena, cosa que a Hal Hartley no le salía, porque le bastaba con dos. Algunos escritores generan quinientas páginas para contar un entierro, y al final del libro ni siquiera se ve el entierro mismo. Otros, en cien páginas abarcan cienmil lances. Esto no es voluntario sino, como digo, una variable azarosa de la vocación. Por otro lado, creo que mi ánimo escritor se ve cautivado casi en exclusiva por lo que podríamos llamar -por pereza- zonas oscuras de la vida, situaciones retorcidas, dolores varios, sinsentidos. Obviamente he tenido grandes momentos de felicidad en mi vida, pero contarlos no me apetece nada. De hecho, tampoco me apetece leerlos. Cuando leo una novela en la que el personaje está encantado de sí mismo y nos narra sus éxitos, me aburro mucho y, en verdad, me parece una mala novela. Así las cosas, si uno es tan cándido de ver al autor en sus personajes, acaba pensando que Bret Easton Ellis sale por las noches a matar indigentes o que Fernando Vallejo es un tipo detestable; mi teoría es que si algún autor estuviera matando indigentes por la noche sería el que ha escrito una obra en la que "denuncia" la situación "intolerable" de los mendigos de su ciudad.


-¿Has imaginado en alguna ocasión tu carrera literaria en el futuro? Como mínimo supongo que habrás fantaseado con ella. ¿Qué perspectiva tienes de tu trabajo? ¿Te diriges a alguna parte?

He oído hablar de estas cosas, que me son completamente ajenas. Escribo una novela y consigo publicarla, y luego escribo otra. No tengo ni idea de lo que me espera del mismo modo que no sabía cuando empecé en Lengua de Trapo que algún día publicaría en Mondadori, y una novela llamada Ejército enemigo. Es la diferencia entre hacer un camino y hacer una carrera; también es la diferencia entre estar escribiendo y estar dándose importancia.


-¿Leer sirve para escribir? Da la impresión de que lees mucho, y con mucho vicio. ¿Le aprovecha a Alberto Olmos lo mismo que a Juan-malherido?

No estoy completamente seguro de que leer insaciablemente sea fundamental para escribir, ni mucho menos para seguir escribiendo. Seguramente muchos podríamos continuar haciendo novelas en la inercia de lo ya escrito, y con cuatro o cinco referentes insuperables que asumimos a los veinte años. Las novedades o los descubrimientos mantienen activa la máquina de pensar, y algunas veces de esas lecturas surgen ideas puntuales para una trama o un planteamiento técnico, pero en la mayoría de los casos, según acumulas años, la lectura no aporta nada a la escritura, salvo una cierta tonificación de la competencia verbal.


-¿Escribes alguna vez cuentos? ¿No te interesa el género desde el punto de vista creativo? Por la poesía no me atrevo a preguntarte.

No encuentro ninguna motivación para escribir cuentos. La idea de escribir un cuento perfecto, de 10 páginas por ejemplo, se me hace poca cosa, un logro que no colma mi egolatría. Esto, obviamente, no quiere decir que yo sea capaz de escribir un cuento perfecto, ni uno mediocre. Hablo sólo de puntos de partida, como esos empresarios que no aceptan proyectos por debajo de determinado presupuesto.


-¿Es el rencor un buen motor para la literatura? ¿Eres rencoroso desde un punto de vista intelectual?

Soy un rencor vivo.


-En tu primera novela ya se decía lo siguiente: “ahora hay mucho solidario, mucho concienciado, mucho francotirador de buenos sentimientos, y a la que te descuidas te montan el pollo social y reivindicativo.” (pág. 156). ¿Por qué cosas contribuirías tú a montar un pollo social y reivindicativo?

Hacer ruido se me antoja una pérdida de tiempo, aparte de una barrera de contención muy efectiva ante los cambios. "Montar un pollo" es inútil, aparte de una expresión trasnochada.


-¿Cuántos libros recibe Juan-malherido al mes?
¿Cómo son las invitaciones a su lectura y a una posible reseña?¿Qué hacéis con ellos?

No sé cuántos, pero no más de diez. El blog tuvo su momento receptor hace año y medio, y ahora son muchos menos los autores que me envían sus libros. Normalmente me escriben para pedirme una dirección postal y son muy amables; algunos, muy equivocadamente, me escriben usando el estilo de Mal-herido, lo que queda francamente grosero. "Eh, tío, lee esta mierda, cabrón", y así. No me gusta tener libros en casa, de modo que me deshago de muchos de ellos de una u otra manera.


-¿En qué empleas esa rutina de no escribir en que consiste tu rutina de escritura? ¿Cuándo te sientas ya va todo del tirón?

Para mí escribir es como dar conciertos o salir a escena: no puedes quedarte en blanco. Por eso doy el concierto o salgo a escena cuando siento -y no me preguntes cómo lo detecto- que voy a avanzar en el libro. Es una suma de serenidad, horas nocturas -porque el teléfono no suena, los coches no circulan, la gente no grita en la calle-, tensión creativa, desesperación porque llevas muchos días sin escribir, confianza en uno mismo, vitalidad, fe e inspiración.

Muchísimas gracias, Alberto, por tu tiempo y disposición.