martes, 4 de diciembre de 2007

Fotos ( 3 )


Tengo miedo, hija mía. Aquí, en ésta tu hermano torció el gesto. Durante una temporada salió en las fotos haciendo muecas. Papá se enfadaba muchísimo. El era el fotógrafo, y tu hermano aprovechaba el momento en el que más concentrado lo veía, buscando un encuadre, para doblar la boca y bizquear. A tí luego te hacía muchísima gracia, pero papá amenazaba a tu hermano con castigarlo,
me toma el pelo,
me decía a mí. Yo intentaba explicarle que era cosa de chiquillos. Cuando empezaste a colgar tus fotos en internet, nos pediste a todos que posáramos.
Pon caras,
me dijiste. Y te saqué la lengua.
Tus hermanos apretaron la boca y subieron las cejas, pero papá fue incapaz de mover un músculo del rostro.
Tengo miedo, mi vida, de no volver a verte. A veces pienso que eso es lo que va a ocurrir, pero no se lo digo a nadie. Me he pasado la tarde delante del espejo, esperando al joven experto de la policía que viene a estudiar todas tus fotos. He estado haciendo muecas sin parar. He hecho las muecas que hacía tu hermano y las que hacías tú imitándolo, mientras jugabais a la familia que sale de vacaciones y se hace fotos delante de los monumentos. En una de ésas he sentido que ya nunca jamás iba a volver a verte. Y me he echado a llorar. He llorado como si me pudiera deshacer en el llanto para ir a reunirme contigo. Luego ha llegado el policía.
Buenas tardes,
me dice , unas buenas tardes normales, como si nada, como si su presencia en casa fuese lo más natural. Es un muchacho muy atento y procura tratarme con un cuidado exquisito. Ha notado mis ojos enrojecidos e hinchados. Ayer me pidió permiso para escanear las fotos. Yo no he sido capaz de decirle que me enseñe a ver, a mirar, a buscar en esas imágenes congeladas un rastro que nos pueda proporcionar pistas sobre lo que haya podido pasar contigo. Mientras el joven policía y su ayudante hacen su trabajo, me voy a la cocina a prepararles un café.
Gracias,
me dicen, como si adivinasen lo que he estado pensando antes de que llegaran, que no te voy a volver a ver nunca más. De modo que tengo que aceptar que la vida ya cuenta con esa posibilidad, de que no volver a verte está en los cálculos del universo. En la rutina de todo lo que abarcan mis sentidos, de todo lo que veo, toco, huelo, oigo o pruebo, tú eres y serás ausencia. Para siempre.
Me gustaría saber lo que ellos piensan. Pero son muy profesionales. No se les escapan gestos. No hacen ningún tipo de mueca.
Al llegar con el café en la bandeja los dedos se me deshacen en las manos, la bandeja va al suelo y el café cae sobre ellos. Ahí estás en esa fotografía escaneada, con un gorro que yo misma te tejí. Me miras, me sonríes y me guiñas un ojo.
Luego llega la noche, la noche se introduce en mí con un dolor morboso. Es una tortura ver las sombras comiéndose la casa. La noche avanza hacia un abismo de sueños congelados, como si una fina película gelatinosa me recubriese el cuerpo entre la carne y la piel. Son las peores horas. Las horas en las que a los enfermos les sube la fiebre. También a mí me atenaza una garra por el cuello. Me abrazo a tu peluche, al peluche de tu infancia. A ese peluche que arrinconaste detrás de todos tus nuevos abalorios, detrás de tus collares con púas, detrás de tus medias rotas y tus gorras. Un peluche de color rosa con el que dormiste durante tantos años. Un peluche que conservará tu olor, aunque lo meta cien veces en la lavadora. Y con él me voy a la cama.
Allí los sueños son fotos y yo nunca antes había soñado de esa manera. Siempre sueño despierta. No sé si habré dormido desde que no estás, hija mía. No lo creo. He cerrado los ojos muchas veces y en todas una imagen tuya ha acudido a mí, como si fuese la punta de una lanza que me atravesase el cuerpo de parte a parte. Ahora, con los ojos cerrados,
está dormida,
le ha dicho papá a tus hermanos, te vuelvo a ver guiñándome y sonriendo. Y esa película de gelatina que me recorre por debajo de la piel comienza a cristalizarse en duras puntas, que se me clavan en una carne tumefacta y embotada. Me gustaría arrojarme de cabeza contra las paredes, me gustaría hundirme en un río helado, me gustaría que me estallasen los pulmones, pero nada de eso ocurre definitivamente, sobrevivo a todos los segundos de dolor. Y cuando abra los ojos, cuando despierte, esperaré que tú estés ante mí, guiñándome un ojo y sonriendo, como si todo hubiese sido un sueño, un mal sueño. Para eso aprieto los dientes, los aprieto tanto que luego me cuesta abrir la boca, como tú en esas fotos de desafío al mundo, en las que miras a la cámara sin tu sonrisa habitual. En esas fotos que quizá eran un ensayo de tu desaparición. No lo sé. Supongo que el joven policía y su ayudante, los expertos en la interpretación de esas imágenes también se habrán dado cuenta. Quizás sea algo que ocurre en todas las adolescencias. Pero todas las adolescentes no desaparecen de la noche a la mañana sin dejar rastro. Tampoco creo que todas las adolescentes se entretengan fotografiando su sombra, a lo sumo viéndola. Y tú tienes en tu blog un montón de fotografías bajo el título de Jardín de sombras.
A mí las sombras siempre me han aterrado. Y en esos brazos espectrales proyectados sobre la pared o en esas figuras desvalidas que son manchas en la luz sólo hallo agujeros a la nada. Como cuando en el sueño me sonríes y me guiñas y yo extiendo la mano. Y mi mano se cierra en el aire.
Otra mano invisible me ahoga.
Eso es una sombra, maldita sea. ¿Era eso lo que querías averiguar? ¿Por eso te has marchado? ¿Para eso alguien te ha arrancado de tus días de experimentos con las sombras?
Déjala dormir,
dice alguien. Y yo mantengo los ojos cerrados un rato más. En el momento justo al abrirlos podrías estar tú ahí, mi vida, con una sonrisa y un guiño de tus ojos. Como en la fotografía.

5 comentarios:

manuespada dijo...

Me ha gustado...

Tawaki dijo...

Siempre es un placer leer tus historias.

Víctor Manuel Ramos dijo...

Hola. He pasado por aquí a mirar y de seguro regresaré a mirar tus escritos.

hombredebarro dijo...

Pues me alegro, amigos.

Diego dijo...

Lo leí del tirón hasta aquí. También he leído que lo estás escribiendo sin mirar atrás.
Me gusta tu manera de narrar, ergo me gusta el texto, pero.

Pero a veces se me ha hecho repetitivo. No sé si tiene que ver con lo de no mirar atrás o acaso es intencionado, debido a la publicación por entregas, para no perder el hilo.
La historia de la chica y del policía joven están ahí, pero de momento no se atreven a dar el paso (quizá no se dé tal paso). La agonía de la madre, más bien el ahogo, mezclado con el sabor agridulce que provocan los recuerdos en una situación como la que se nos plantea está conseguido.

Has utilizado esa interlocución con el que no está, ese monólogo, alguna otra vez, y siempre me ha gustado, incluso yo lo he intentado alguna vez con escaso éxito y reconozco la dificultad que implica. Pero en esta ocasión me parece que el argumento no es capaz de aguantar esa forma de narrar. No sé.

Lo envidiable, como siempre, es lo verdaderamente importante. La capacidad de meterte hasta la cocina del personaje y salir adelante como si nada.

Un saludo y gracias por dejarte caer por cuenterías. De sobra sabes que aprecio mucho tus comentarios.