viernes, 3 de abril de 2009

Elvira Navarro


ASALARIADA POR CUENTA PROPIA

Elvira Navarro



La terrible situación material en la que me encontraba era la causante de mi depresión. Había pasado de ser correctora en plantilla a simple colaboradora del Gran Grupo, lo que significaba que mi sueldo se había reducido casi a la mitad, viéndome obligada a penar en un deprimente piso de Aluche desde el que observaba, a lo lejos, lo que yo llamaba de forma utópica y autodestructiva Madrid. Todos los lunes llegaba a la séptima planta del edificio del Gran Grupo que me había expulsado a la periferia para entregar sonriente y llena de asco mi trabajo. Ninguno de los directivos había abandonado su infame cubículo (llamado despacho), mientras que la mesa de los redactores, maquetadores y correctores lucía asientos vacíos y ordenadores apagados. El tercero de la derecha, según se entraba, había sido el mío, y si alguien osaba recordármelo, allí en alto y delante de todos, me echaba a llorar. No sentía vergüenza de mi llanto, sino una honda satisfacción de provocar que los directivos apartaran la mirada y lloraran después a solas, pues sus vidas también eran horribles.

Al principio pensé que sería una liberación trabajar en casa. De hecho, antes de llorar por mi caída en picado en el mundo del explotado sin eufemismos, lo que me arrancaba lágrimas era el trayecto diario e interminable de mi buhardilla de Lavapiés al trabajo. No es que el disgusto se me pasara al llegar a la oficina, no, pero había algo radicalmente siniestro en levantarse cuando ni siquiera clareaba para atravesar la calle Amparo, con la basura de los contenedores desparramada en la acera, el parque infantil que a mí me recordaba a una caseta de perro alfombrado con botellas rotas y las nauseabundas fachadas de los edificios que el ayuntamiento no rehabilitaba porque estaban llenos de árabes. La nube de contaminación, que ya no abandonaba la ciudad, me provocaba un espasmo, y aunque sabía que mi pavor era transitorio, y que al llegar a la oficina las confidencias de Pedro y Sonia me harían soportable el resto de la jornada, en ese momento me parecía que la amargura se me había quedado para siempre en el rostro. La sensación aumentaba al bajar al metro, donde en vano intentaba concentrarme en la lectura de un libro. Bajo tierra, la rabia se transformaba en una insoportable tristeza, y lentamente iban cayéndoseme las lágrimas. Cuando llegaba al intercambiador de avenida de América, el discreto sollozo se convertía en un berrinche que me hacía hipar, y al que los habituales del autobús (me bajaba del metro para coger el 19) estaban acostumbrados. El trayecto para salir del intercambiador me resultaba espeluznante: los túneles negros por los miasmas de los vehículos, las partículas en suspensión adensando el de por sí ruinoso aire, y que casi podían masticarse. Aquellas partículas se agarraban a la ropa, al pelo, a la piel, de tal forma que lo primero que hacía al llegar a la séptima planta de las oficinas del Gran Grupo era ir al baño para quitarme toda la porquería de la cara, secarme bien los ojos y ponerme rímel para disimular. Todos los días durante dos años había ido de este modo al trabajo, llorando como una magdalena, convencida de que no podía soportarlo más y de que no había nada peor que vagar por túneles para pasar luego ocho horas al día encerrada en el edificio acristalado y moderno donde nos almacenaban a cambio de dinero. Incluso fantaseaba con la posibilidad de que me convirtieran en autónoma, tal era la repulsión que me provocaban los metros, los autobuses, los horarios y los compañeros que no eran Pedro y Sonia. Estaba dispuesta a ganar menos y a pagarme la Seguridad Social si ello significaba prescindir de toda la parafernalia laboral.

Cuando me echaron de la oficina terminé de empozarme. Día tras día, me levantaba con una sensación creciente de angustia que duraba hasta bien entrada la tarde, y no porque durante ese tiempo hubiera pasado algo que pudiera justificar mi cambio de humor. Simplemente mis aprensiones me abandonaban, y entonces me tumbaba en la cama y recibía el sueño como un descanso bendito. Pensaba en alquilar un cuartucho del piso, antiguo vestidor, para desahogarme un poco económicamente; sin embargo, no deseaba a nadie que pudiera interrumpir el continuo divagar de mí misma a mí misma, los paseos incesantes de una habitación a otra; ese territorio desesperante y limitado que iba de la entrada al salón y del salón a mi cuarto, a la cocina, al baño. No tenía dinero para tomar una mísera caña, por lo que dejé de salir con amigos, y por todas partes se acumulaban las pruebas de los libros que corregía interminablemente para poder seguir tal y como estaba. Tengo que decir que no me planteaba cambio alguno: ni de ciudad, ni de trabajo, ni de piso. Las fuerzas que me quedaban las empleaba en alimentar mi abandono, que por otra parte era lo más fácil; lo que de una manera natural, acorde con mi sueldo y con el repugnante barrio al que me había trasladado, brotaba. Carecía de la energía necesaria para romper la inercia, y sólo me restaba experimentar hasta el fondo el mecanismo de mi esclavitud. Desde el aniquilamiento, pensaba, cuando ya no pudiesen encontrar en mí nada para seguir produciendo dinero, tal vez me sería dado resucitar. Y, por supuesto, que fueran tan imbéciles de machacarnos a todos me hacía reír y reír. Esa era mi única forma de salud; la de saber que, tarde o temprano, acabarían por destruirse.


Elvira Navarro (Huelva, 1978) publicó en el 2007 un libro con cuatro historias protagonizadas por un mismo personaje, Clara, en distintos momentos de su vida, del que se podría decir que es un híbrido entre la novela y el cuento, titulado La ciudad en invierno (Caballo de Troya), con el que consiguió una muy buena aceptación y valoración crítica, y comercial, puesto que fue Nuevo Talento Fnac de Literatura, y el libro se ha reeditado en 2008 en DeBolsillo. Este texto ha sido publicado con anterioridad en la revista mexicana El perro y está aquí por la gentileza de su autora como anuncio de una entrevista que publicaremos próximamente.

5 comentarios:

Mita dijo...

Pues esperaremos la entrevista.
Besos

Fernando dijo...

Tremendo relato.
Esperaré con Mita.

Antonio Senciales dijo...

Gracias, Antonio, por hacer que nos asomemos con tu buen gusto a páginas literarias tan bellas.
Leí en su día 'La ciudad en invierno', de Elvira Navarro, por invitación tuya y he de reconocer que pasé buenos momentos de lectura. Es una novela que llama la atención.
Hasta me permití hacer de ella una crítica literia en www.narrador.es.
Me agrada ver que hace algún tiempo ampliaste tu campo de acción respecto a la Literatura (crítica literaria, entrevistador de escritores que tienen algo que decir, bloguista original que trata una extensa variedad de temas plasmados en forma de cuentos cortos para mí).
Espero la entrevista a Elvira Navarro con interés.
Saludos desde Huelva.

Antonio S.

hombredebarro dijo...

Gracias por vuestro interés. Pronto será.

Anónimo dijo...

Qué horror¡¡¡ Qué mal está la narrativa española si esto es una referencia de algo. Con razón lo del Nocillo gusta tanto, si es que con estos puntos de comparación...