martes, 31 de marzo de 2009

Muerto en TV


Era un tipo descuidado, poco pendiente de los detalles, absorto en ciertas fantasías, con un mundo interior en convulsión, que lo había llevado de una clínica a otra, sin haber llegado a encontrar un centro de gravedad. Había cambiado de estado sin saber muy bien cómo, había pasado de vivo a muerto sin prácticamente darse cuenta. Se despertó muerto, pero no recordaba un accidente automovilístico, o falta de aire bajo un mar embravecido o la sobredosis. Se sabía sin vida, pero no cómo le había llegado a pasar. Abrió los ojos y comprendió que lo que veía era un mundo al que ya no podía pertenecer. ¿Qué haría? Todas las decisiones tomadas hasta entonces se podían calificar de desafortunadas, pero esta vez supo que estaba en el camino correcto. Parecían entusiasmados con él, les era muy difícil disimular. O al menos él era capaz de advertirlo, de penetrar sutilmente en el pensamiento de los demás. Pues mira, he ganado en intuición y perspicacia, se dijo. Así que me alegro de estar fiambre. Los responsables del casting le dijeron que era telegénico. Todavía le quedaban un par de pruebas más, pero esa cualidad nueva de su carácter, que le había llegado con la muerte, le decía que aquello sería pan comido. Se sintió bien. Sacó un billete para ir a la ciudad donde se celebraba la siguiente fase y luego se dio cuenta que él no necesitaba para viajar sino quererlo. Como tenía el billete decidió aprovecharlo. En el tren iban otros chicos como él, con las mismas ganas, hasta más si cabe, de ser elegidos para participar en el concurso televisivo, que había superado todos los records de audiencia. Le pareció que nadie notaba nada, pero enseguida fue consciente de que los demás ya veían en él a uno de los candidatos con más posibilidades. Cada cual reaccionaba de manera distinta. Había quien le sonreía en exceso, y quien se mostraba áspero. Las chicas estuvieron mucho más accesibles de lo que jamás las había encontrado mientras vivía. Se besó con una en los lavabos del tren. Tuvo que sujetarse la lengua para que la otra no se la llevase en su boca. Ufff, fue todo cuanto dijo ella. Qué más hubiera dicho si hubiera averiguado que el chico era un zombie. Hizo las colas pertinentes y cuando le llegó el turno los dejó sin habla. Estás dentro, le fueron diciendo, fase tras fase. Por fin un día llegó el momento de su aparición ante las cámaras. Enseguida cayó bien entre los telespectadores. Era simpático y espontáneo, vitalísimo. Lo que no fue durante su vida. Las cámaras estaban enamoradas de sus movimientos, de sus gestos, de un aire magnético que lo envolvía. Cuando llegó el momento, que él supo discernir, contó su historia. Todo surgió con la espontaneidad de los brotes primaverales. Había perdido a sus familiares en un trágico accidente y se había marchado al extranjero, donde se había dedicado a vagabundear. Se hizo un reportaje sobre los lugares por los que decía haber pasado. A la gente no le molestaba recordar a un hippy simpático, que ahora era una estrella televisiva en un gran concurso. Le mandaban saludos, le deseaban suerte, se alegraban de haberlo tratado por unos días, unas horas, poco más. Era como en las leyendas, se amplificaban las anécdotas, pero de nada había una prueba fehaciente. La verdad era que en vida apenas había salido de su ciudad de nacimiento. Sus paisanos se sorprendieron con la popularidad de aquel joven, del que muchos habían llegado a pensar que era idiota. Aceptaron sin recelos todo lo que veían en la televisión. Alguien dijo que recordaba el luctuoso acontecimiento, en el que habían perdido la vida sus padres y dos hermanos. Los periodistas lo entrevistaron y entonces describió, no sin talento, un incendio que arrasó la vivienda familiar. Era guapo y sonreía, a pesar de lo vivido. Por supuesto batió a todos sus adversarios. Y con todos tuvo un gesto amable, cariñoso y desprendido. Llegó a olvidar que había entrado en el concurso muerto. Me explico, deseó que aquello no se acabase nunca. No quiero salir de aquí, dijo ante la audiencia, no me quiero marchar. Eres el ganador, le anunciaron. Puesto que había atrezzo de Halloween, se sirvió de él. Se acostó en uno de los ataúdes en simpática protesta porque tenía que abandonar el plató. La reacción de mucha gente desde sus casas fue idéntica: tocaron la pantalla de sus aparatos queriendo tocarle la cara a él.

4 comentarios:

Alberto M dijo...

Guau, dijo el cachorro ante el cadáver de su hermanito Milú.

Otro gran relato.

Antonio dijo...

Pvuede Ser

Anónimo dijo...

Me pareció excelente la trama. La naturalidad ante la muerte y la sorpresa del casting, hace de esta historia algo digno de recordarse.

Elsa.

xrisstinah dijo...

Y yo que pensaba que la muerte producía idiotez crónica...
buen retrato de la idiotez de los vivos.