martes, 19 de enero de 2010

Callejero 7


La foto está bajada de Google, Imaxes.

Estoy algo borracho y sigo las huellas de otros pasos, huellas que se han quedado grabadas en la arena de la playa, adonde he llegado andando. Al fondo algunas figuras que no sé si puedo identificar con esas huellas. Unos zapatos que no serán ni pequeños ni grandes. Lo mismo pueden ser de hombre que de mujer. Hay en ellas un misterio, un enigma que trato de desentrañar en mi persecución. Llegar hasta el final significa seguir caminando hasta que ya no haya más huellas o hasta que las huellas acaben en quien las va dejando atrás como si fuesen semillas. No me resulta nada fácil encajar mi paso en ellas y cuando lo consigo me aburro del juego. El ruido del mar, las nubes amontonadas en el cielo y las figuras solitarias que diviso a lo lejos le dan a mi paseo una atmósfera de distancia que me ayuda a ir llenando los pulmones de aire. Y de repente grito. Un grito que es el ensayo del siguiente grito, de una calidad y textura mejoradas. Y luego viene otro y así consecutivamente, hasta que grito sin parar, con una continuidad que hace que me encuentre con mi voz y con mis pulmones. Después inicio mi carrera, de modo que sigo gritando mientras corro, hasta que ya no puedo más y he de sentarme en la playa, justo al lado de una mano que sobresale de la arena. Es una mano muy fina y delicada, la toco y está fría, mojada también por la lluvia y por el mar. Su contacto disipa los últimos y transitorios residuos de mi reciente embriaguez. Detrás de esa mano sale un brazo y si sigo tirando llegaré a un hombro, luego encontraré unos pechos, bonitos, pero tumefactos, de un fuerte tirón se llegará a la cintura, y una vez recuperado el aliento, con un último esfuerzo conseguiré dejar al aire su desnudez total. Un cuerpo, un cadáver, junto al que he llegado corriendo y gritando. Ahora miro en derredor, miro a todas partes y veo todo tipo de huellas mezcladas, reconozco la marca de mis zapatos junto a otras. Estoy allí junto a una mujer muerta que he desenterrado. Las gaviotas son indiferentes a mi miedo, a la angustia que se apodera poco a poco de mí. Podría ser acusado de asesinato. A estas alturas seguro que tengo tejidos de esa mujer bajo las uñas y seguro que ella tiene pelos que me pertenecen pegados en algún lugar de su cuerpo, así que me alejo, primero a gatas, hasta que consigo levantarme y luego a la carrera, hundiéndome en la arena mojada. Era una mujer extraña de todas formas, una mujer muerta que nunca ha tenido vida quizás, una de esas muñecas hinchables de última generación. No era una mujer, me repito. Y cuando quiero volver a poner en claro mi juicio ya no sé qué pensar y mucho menos aún me atrevo a volver al lugar en el que la he dejado, donde imagino que las gaviotas ya estarán picoteándola. Me detiene el coche de la policía con el que me cruzo por el paseo marítimo. En la comisaría consigo entrar en calor y declaro que no sabía si lo que estaba desenterrando era una mujer o una muñeca.
-Tranquilícese, me dicen, ha sido una broma de mal gusto de unos gamberros.
Rompo a llorar.
-Váyase a casa y descanse, me aconseja el comisario.
Asiento y les hago creer que eso será lo que haga inmediatamente, después de pasar por la máquina del café. Adivino que toda la secuencia de la playa habrá sido grabada desde alguna parte. Me gustaría saber, eso sí, su nombre, el de la muñeca, pero no me atrevo a manifestar mi deseo.

1 comentario:

El viejo dijo...

Precioso texto, si no fuera porque cientos de cadáveres nos cruzamos diariamente en las calles, me hubiera parecido deslumbrante, igualmente es un texto precioso, para que retocarlo con datos inútiles, datos del todo innecesarios. Qué bien que escribas cada día y de esta forma, qué bien!