viernes, 8 de enero de 2010

Callejero 2


Hay un hombre que mira con asombro dentro de un contenedor de basura. He visto a muchos hombres asomados así, pero ninguno con la sonrisa de éste. La luz que le ilumina el rostro parece provenir más que de sí mismo de lo que ve allí dentro, es como una especie de reflejo. El hombre cierra la boca del contenedor y se aleja beatificado. Me gustaría asomarme y ver lo que ese hombre ha visto, pero la vergüenza me lo impide. Paso de largo por delante del contenedor y llego hasta un banco de la plaza. Ha dejado de llover y unos rayos de sol muy debilitados intentan ofrecer un poco de consuelo. El mismo hombre que he visto escarbando antes en las inmundicias se sienta en un banco que queda enfrente del que ocupo yo. Estudia algo que parece haber encontrado a sus pies. Duda dándole vueltas entre las manos. Es uno de esos hombres que viven en la calle, que están como yo en la calle, pero que a diferencia de lo que me ocurre a mí no tienen una casa a la que regresar cuando llegue la hora de dormir. Buscan refugio en un cajero automático o en un rincón en un soportal alejado del paso, y se calientan bebiendo vino de un tetrabrick. Imagino que estoy en mi cama pensando en ese hombre, pero una duda me cruza la mente, más bien una inquietud, o quizás una sospecha, algo de miedo. La imaginación me juega la mala pasada de poner a ese hombre dentro de mis sábanas al lado de mi mujer, pensando en mí. Un tipo que va y viene por las calles de la ciudad sin atreverse a abrir los contenedores de basura por temor a que sus amigos y conocidos lo descubran. El sol vuelve a ser derrotado y se reanuda la lluvia. Corro a refugiarme en los soportales y tropiezo con alguien.
-Perdone, digo.
-Hola, me dice, tendiéndome la mano como a un viejo amigo.
Lo miro con mayor atención por si lo conozco, pero es evidente que no. Me sonríe, pues para él ese detalle es superfluo.
-Le invito a jugar una partida de ajedrez, me dice.
Estoy a punto de excusarme cuando me oigo aceptar.
Hace años que no juego, pero descubro con placer habilidades tácticas adormecidas.
-Estupendo, dice mi adversario, cada vez que lo sorprendo con una jugada que finge no tener prevista.
Se me esponja el orgullo y ya no tengo los pies fríos. No obstante, él se maneja con un nivel muy superior al mío, que pone en práctica en cuanto aparece alguien por la puerta del casino, a mis espaldas.
-Le ruego que me disculpe, tengo que dejarle, pero si quiere llamo a otra persona para que ocupe mi lugar, me dice, después de un jaque mate fulminante.
-Tengo que irme, le digo.
En la puerta de la calle evito saludar a un conocido de la única manera que se me ocurre. Abro la tapa de un contenedor de basura. Lo que veo en su interior es un deleite para los sentidos. Una alucinación que te lleva por un túnel al otro lado del detritus. No es raro que mi vecino haya puesto una cara extraña al verme en semejante tesitura. Dan fe de ellos las cámaras de vigilancia en el exterior del propio casino.

3 comentarios:

J.R.Infante dijo...

Curiosidades de la vida, mira lo que escribí en su día:
http://arruillo.blogspot.com/2009/10/contenedores-1.html
Este mundo es un pañuelo, incluso en los sentimientos.
Feliz 2010

Carmen dijo...

Y si la próxima vez que tire la basura a un contenedor me asomo a ver qué hay???
Besos de año nuevo.

Joselu dijo...

Te confieso que el otro día descubrí a una pareja de jóvenes indagando en el interior de un contenedor y sentí curiosidad por observar los detritus, abandonos y desechos de una sociedad saciada y exhausta. Más de una vez me he imaginado como un vagabundo, bebiendo en tetrabriks, y abandonándome por geografías varias, no haciendo la declaración de renta ni ejerciendo las mil y una burocracias que has de satisfacer para encastrarte en una sociedad decente. Pero son imágenes que vienen y no tienen demasiado sentido, pongo una sonrisa profidén y sigo con mi camino...