miércoles, 23 de abril de 2008

Pera con alas



He dicho en más de una ocasión que a mí la música no me gusta. Sin embargo, me gustan los musicales, en película y en teatro. Si matizara la rotundidad de la afirmación tendría que decir que en mi casa nunca, o muy pocas veces, oigo música. Pero sí lo hago en los trayectos en coche. Viajes largos, o en el ir y venir del trabajo.
Cuando era más joven, o joven a secas, me gasté uno de los primeros sueldos en un equipo de música. Pero la relación entre el aparato y un servidor fue una pasión con grandes dosis de fingimiento. Por otra parte, nunca he usado uno de esos aparatos que sirven para oír música por la calle o en el autobús. Nunca tuve un walkman, que era lo que se llevaba en mi época. He preferido siempre los ruidos de la gente, los retazos de conversaciones, y el silencio. No obstante, he disfrutado y disfruto de la música en los bares. Los elijo según el tipo de música que ponen. Lo que quiere decir que tengo algunas preferencias. Desde luego no se fuma y se bebe de la misma manera según lo que estés oyendo. Lo único que me gusta hacer si fumo es beber y escuchar música. Por ejemplo.

Pero insisto, a mí la música ni fu ni fa. Quizás ese sea el motivo por el que me gusta Erik Satie, que escribió lo siguiente: “Todo el mundo les dirá que no soy músico. Es verdad”. He oído a Satie y me ha gustado, un piano a secas, pero he leído a Satie y me ha gustado más. Porque ha dicho que el piano, “como el dinero, no resulta agradable más que a quien lo toca”. Los escritos de Erik Satie no existieron nunca como obra unitaria. Los libros que circulan por ahí son distintas recopilaciones procedentes de diversos archivos o colecciones. Tengo ahora mismo a mano Cuadernos de un mamífero, publicado en El Acantilado, y Memorias de un amnésico y otros escritos, de Ediciones Ardora.
En Memorias de un amnésico y otros escritos dice lo siguiente:

“En la vida se puede evitar con tino más de un problema. Interrumpir el servicio militar. Excusarse por un entierro. No pagar a la modista. Votar contra el gobierno. Se puede, según la fantasía de cada uno, no escoger más que lo divertido.” (pág. 108)

“No es “moderno” dar una impresión solemne. El último grito pide otra cosa: dar una impresión “imbécil”, por ejemplo.” (pág. 110)

En el verano del 2002 hice un viaje en coche por la Bretaña y Normandía. Una delicia, uno de esos casos en los que el aburrimiento y el placer se dan la mano. Y sientes que todo es felizmente predecible. Ciudades pequeñas, limpias, silenciosas, fáciles para el peatón y para el automovilista. Nada que ver con Italia, por ejemplo. La temperatura agradable, los cielos apaciblemente nublados. La gente ordenada y puntual, inflexibles con las horas de cierre y apertura de los establecimientos. En definitiva, orden y tranquilidad. Lo mismo puede ser maravilloso que un puto coñazo. Pero bien, el caso es que una tarde, pudo ser, veamos, la del uno de Agosto, por qué no, llegamos al encantador puerto, el viejo dique, de Honfleur, que pertenece al departamento normando de Calvados, en el estuario del Sena. Entre los ilustres hijos de esta ciudad, que no llegará a los 10.000 habitantes está Erik Satie. 1866-1925. En ella su casa natal convertida en museo, que no llegamos a visitar porque ya estaba cerrado. El caso es que el icono que anuncia y simboliza la casa es una pera con alas. No sé si el artefacto surrealista, o más bien dadaista, está hecho a partir de un dibujo del músico o no, pero el caso es que a su muerte se encontraron en su habitación, muy bien ordenados en cajas de puros, miles de dibujos e inscripciones extrañas en minúsculas cartulinas, que jamás le había mostrado a nadie. Lo que emparenta al músico con otro grafómano cada vez más conocido. Robert Walser. Durante el resto del viaje el único salvoconducto que usamos para cualquier cosa fue decir “pera con alas”. Cuando no había otra cosa que decir: “pera con alas”, y en un descuido en mitad de la conversación: “pera con alas”.

Ahora un músico que odio: Andrea Bocelli.
Un amigo que pasa gran parte de su vida traspasando la música a los nuevos formatos tecnológicos me regaló, años ha, una caja de cintas de hierro, cuando lo nuevo era el cromo, o viceversa. Pues el susodicho tenor, de marras, estaba dale que te pego en el coche, y yo como copiloto soportándolo, cuando giré la cabeza hacia atrás para descubrir que en la última parada nos habían roto la ventanilla y se habían llevado una serie de bolsas que iban en los asientos traseros. Evidentemente esto ocurrió en España, entre Pinto y Valdemoro. Es curioso, desde entonces he pasado por allí un buen número de veces, pero mi animadversión no se ha desarrollado contra esos lugares, sino contra el Bocelli de las marras dichas.

Y ahora un musical, género total donde los haya. Anoche estuve viendo en dvd The Rocky Horror Picture Show. Al contrario de lo que me ocurre con la música puedo decir categóricamente que el cine sí me gusta. No demasiado el cine por la pantalla de la tele, pero a veces no queda más remedio. Cine y música. Vaya. Ahí también hay sus más y sus menos. Le agradezco a la película La soledad que carezca por completo de banda sonora. Es que ni en los títulos de crédito. Olé. En muchas pelis la música es un recurso facilón para crearte el clima que la historia no es capaz de conseguir. Pero, si la peli es musical, eso ya es otro asunto. Si es The Rocky Horror..., tiene toda mi entrega. Poesía, música y relato. Todo en uno. Poca naturalidad, una ciencia ficción muy light, terrorock y una muy divertida afectación.

No me gusta la música, empero me gustaría que la vida fuera un musical. Un musical descerebrado. Digamos en el que revoloteasen peras con alas. ¿No venden en los sexshops pollas y chochos saltarines, incluso con alas? ¿No tienen alas las compresas? Una de las cosas de las que queda uno convencido después de haberla visto es muy importante. Se trata de la comprobación de que el liguero, las medias y el corsé de fantasía, le quedan tan estupendos a los hombres como a las mujeres, lo cual es muy fácil de comprobar en casa.

Allá por 1895 Erik Satie se mandó hacer 7 trajes de terciopelo idénticos, que llevó sin interrupción durante diez años, lo que le reportó el apodo de Velvet Gentleman. Tampoco esa es mala lección.

Puestos a elegir ni siquiera hay por qué hacerlo. Los hombres que nos vestimos por los pies lo hacemos por fuera y por dentro.

10 comentarios:

manuespada dijo...

Yo tampoco escucho demasiada música, quizá sea el efecto rebote de varios años en los que me oblogaron a estudiar piano, solfeo y demás coñazos. Ahora me ha dado por comprar bandas sonoras de películas, me ayudan a concentrarme si no tienen letra. Por cierto, hoy voy a la ópera por primera vez en mui vida y creo que me voy a quedar dormido. Me pasa como con los musicales, odio cuando dos personas están hablando y de repente, y sin venor a cuento, la conversación se transforma en una puñetera canción.

Ton de Bass dijo...

Me gusta el silencio cuando no es absoluto, cuando al ir a dormir noto a la lechuza, los gatos, el viento, algo. La verdad es que padezco de tinitus, por eso me horroriza el silencio absoluto de una habitación estanca y prefiero por ejemplo a Erik Satie como colchón para que me lleve al sueño.

Emma dijo...

Yo odio los musicales en el cine y el teatro, la musica de los centros comerciales, odio la radio en los coches, la soporto en ciertos bares y solo si fumo claro, con expresion de "femme fatal".
De todos los pianistas me quedo con mi vecina que toca el piano cada mañana para si misma, embebida, a mi me gusta porque me imagino su embebimiento ( he de decir que a mi vecina nunca la he visto, solo escucho el piano y deduzco que es una mujer porque si, no tengo ninguna otra pista, en su buzon pone unicamente Evermayer)

Me ha gustado tu reflexion escrita sobre la musica,tu, hombre de barro, tan limpia y sonora, tan clara...Pera con alas.

marina dijo...

Para mí la música es todo, vida: el abrirse una puerta, el intermitente de los coches, el tren, incluso el silencio...
En la escuela siempre me costó memorizar las cronologias o títulos de las piezas de los compositores, pero en Satie la memorización fue instantánea, fíjate: dos obras, "Tres piezas en forma de pera" y "Embriones disecados". Se quedó a gusto :-)

(quizás lo del icono iba por ahí, lo que no acabo de imaginar es el porque de las alas... tres piezas,..no sé, ¿trinidad? ...ya investigaré...)

Un placer volver a leerte.
Saludos,

leo dijo...

¿Ni siquiera los Beatles? ;)
Genial.
Un saludín.

hombredebarro dijo...

Manuespada, precisamente ese artificio es el que me gusta a mí. Yo tampoco he ido mucho a la ópera, pero no me disgusta del todo. En las dosis justas. A veces un poquito en el coche, o mientras me afeito. Para mí la ópera puede ser como el cine. Un espectáculo público en medio de la oscuridad.

Ton, Satie prefería que su música no fuese oída. Es el inventor del hilo musical ambiental. Eso que estás percibiendo sin darte cuenta, sin prestarle atención. Esa música tan denostada por los melómanos. Por los entendidos.

Emma, eres mucho más heavy que yo, pero te quedas con esa imagen tan cinematográfica de tocar el piano para uno mismo. Sólo conozco a una persona que haga algo parecido, un tipo bastante antipático por cierto. Un gran melómano.

Marina, eso es. Ya que lo que nos rodea es ruido por qué no hacerlo música en nuestra cabeza, si música y ruido en la mía son la misma cosa.

Leo, de los Beatles más que su música en sí me interesa el fenómeno cultural que suponen, en un contexto más amplio en el que están también los Kinks, que me son más simpáticos. No hay duda que la música ha sido fundamnetal en el cambio cultural de costumbres de la segunda parte del siglo pasado. Y lo sigue siendo, claro.

Fernando dijo...

Con tanto ajetreo no he podido hacer comentarios en estas últimas entradas tan reflexivas y enjundiosas, pero en ésta estaba obligado a saltar. Por supuesto que respeto absolutamente tus ideas y sentimientos, pero yo no podría vivir sin música; se me antojaría una vida anodina, amputada. Cada cual somos como somos.
Impagable el recordatorio de los Cuadernos de un mamífero, que, como ya te he dicho en otro lugar, lo tengo en la lista de inexcusables. Bueno, ahora más bien tengo dos.
Un gran saludo.

Antonio Senciales dijo...

Una de las cosas que más me gustó de la película 'El hombre del traje blanco' es que no hay música o, dicho de otra forma, que la única que hay de forma insistente es la melodía de fondo de los tubos de ensayo de laboratorio.
Saludos.

hombredebarro dijo...

Hola, Fernando, me alegro de tus ajetreos, he puesto un enlace a tu libro.
Memorias de un amnésico tiene más anécdotas que los cuadernos.

Antonio, cuánto tiempo, me alegro de verte por aquí. Curiosidad por la película. No la he visto.

Fernando dijo...

Eso del enlace es más que un detalle, maestro. Muchísismas gracias.
Un placer y un honor.