sábado, 14 de junio de 2008

El hombre del salto, de Don DeLillo


Foto del periodista Richard Drew de un ejecutivo que se lanza al vacío desde una de las torres gemelas. En la novela de Don DeLillo el hombre del salto es un artista callejero, que aparece por los rincones de Nueva York para, sujeto por un precario arnés, reproducir una y otra vez esta caída. Al parecer existió tal artista, pero en Chicago. DeLillo reconoció en una entrevista que creía haber inventado el personaje, para descubrir luego que ya existía.

Acabo de terminar El hombre del salto, de Don Delillo. El primer libro suyo que leo. Es un libro difícil. Lo que cuenta no es emocionante, no hace uso de recursos para que el lector quiera saber más. Tiene una estructura fragmentaria, con idas y venidas en el tiempo, con cambios de escenario. Hasta que no llevas unos párrafos de cada nuevo corte no sabes muy bien de quién está hablando. Esto puede llegar a irritar. Te preguntas por qué no te informa en la primera línea.


11 de Setiembre de 2001. Keith Neudecker emerge entre el humo y los escombros con un maletín en la mano. A su alrededor caen desde el cielo figuras humanas. Luego las dos torres del world trade center se desploman. Sin saber por qué se dirige a casa de su mujer, de la que se acaba de separar, Lianne.


Es ésta esa clase de historias que te empiezan a conmover al final, cuando el libro se está acabando. Quizás una forma de contar que necesitaría una segunda lectura, porque entiendes mejor las partes, una vez que has tenido acceso al conjunto. Esto provoca cierta melancolía. No se trata de una historia de preguntas y respuestas, y mira que las tiene. Es una historia de consecuencias. De las consecuencias morales que tiene un hecho casi inimaginable hasta el momento en el que ocurre. Desde que ya no hay vuelta de hoja.


Keith y Lianne tienen un hijo de unos diez años, Justin, cuyos dos mejores amigos son hermanos. Con ellos juega a vigilar el cielo con unos prismáticos. Después de lo ocurrido. Negando lo ocurrido. Cuchicheando entre ellos y repitiendo un nombre, un secreto entre ellos, Bill Lawton. Deformación de Bin Laden. Hay inquietud en los juegos secretos de los niños, pero no se profundiza en ella. Se abandona para seguir la travesía de los adultos. De Keith, sobre todo. ¿Por qué? Suponemos que porque fue el que escapó de una de las torres.


El maletín con el que Keith ha llegado a la casa de su mujer no le pertenece. Keith y Lilian duremen juntos de nuevo. “Dormir con tu marido, una mujer de treinta y ocho años y un hombre de treinta y nueve, y nunca un suspiro de sexo.” Keith ha empezado con ejercicios de rehabilitación para las lesiones sufridas en el atentado.


La madre de Lianne tiene en las paredes de su apartamento unos óleos de Morandi, naturalezas muertas, regalo de quien es, con lapsus e interrupciones, su amante de los últimos veinte años, Martin, un misterioso marchante de arte. En esos cuadros, representadas unas botellas y unas cajas, Lianne ve las torres.


Keith abre el maletín y cruza Central Park para devolverlo. Pertenece a una mujer con la que inicia unos breves encuentros sexuales. Lianne da clases de escritura creativa y el tema que se impone en sus sesiones es el de las torres. Aparece Dios y la religión en las reflexiones de sus alumnos, en las propias. Y la crispación ambiental. A Lianne le molesta la música de una de sus vecinas. Porque los sonidos son “orientales”, islámicos.


Algunos capítulos se refieren a Hammad, que será uno de los secuestradores suicidas de uno de los aviones, en su proceso de conversión a la yihad. Todo lo referido a este aspecto me ha parecido de gran simplicidad y como contrapunto ineficaz, al proceso vital de Keith y Lianne.


El posible pasado terrorista de Martin, el amante de la madre de Lianne, flota como un símbolo a lo largo de la historia.
Y lo que en el pasado fue un pasatiempo para Keith, el póquer, se convertirá en el último refugio. Más allá de ese intento que todos tienen por encontrar su sitio dentro de una precaria estructura familiar. Varios de los componentes de la timba han muerto en las torres.


Y como memoria de la tragedia ese artista callejero que salta desde los edificios. Una herida que no se cierra. Cogido por un precario arnés, se arroja al vacío. Imita la postura de la foto que todo hemos visto en los periódicos. Un hombre bien vestido con las manos pegadas al cuerpo y una pierna plegada. Para estrellarse contra el suelo.


Es una historia que sin embargo necesita del esfuerzo y la paciencia del lector por estar contada sin concesiones que faciliten su lectura. Y yo me pregunto por qué.

11 comentarios:

Diana dijo...

Hola
Cuentosdbarro, accedo a tí desde el blog de ÓScar Alonso y he de decirte que me considero afortunada por haberte encontrado, lo que he leído me ha gustado.Seguiré haciéndolo.
Gracias por tus relatos.
Por cierto, fíjate que tengo dos libros del autor que citas y no he leído ninguno!
Ahora tendré que hacerlo y te lo debo a tí
Encantada de conocerte.
Desde Coruña te envío un biquiño.
Diana.

Mita dijo...

Hola
A mí no me interesa ese tipo de literatura, pero sí me agrada estar informada y me gusta leerte.
Es esa una buena pregunta: ¿Por qué? Pues porque el estructurar, narrar, crear personajes que se le escapan al lector, etc...es propio de un mal novelista.
¿Para qué hacer el esfuerzo de entender a quien no se quiere dejar entender?
Es cierto también que cada uno se entiende con quien le viene bien :)), por ejemplo, con Javier Marías.

Besos

manuespada dijo...

Creo que el hombre de la foto no era un ejecutivo, sino un cocinero de las torres gemelas.

Emma dijo...

Pues porque DeLillo se ha vendido, si es que algun dia fue libre, por eso.

hombredebarro dijo...

Bienvenida, Diana. Y gracias. Así son estos contagios literarios a partir de los comentarios de otras personas. Es como un virus.

Hola, Mita, no sé muy bien a qué te refieres con ese tipo de literatura. No creo que DeLillo sea un mal novelista ni que esté en su ánimo no dejarse entender. Quizás no me he explicado bien en la reseña. Me preguntaba por qué el autor no da facilidades al lector. Por qué la comprensión viene conforme se avanza en la historia y cómo la visión general nos facilita lo que al principio era ambiguo. A mí me irritaba que en los fragmentos no supieses de quién estaba hablando hasta el segundo o tercer párrafo. pero creo que es premeditado. No lo achaco a carencias de oficio, que en el caso de un autor tan reconocido supongo fuera de toda duda.
Mi por qué encierra en efecto una ligera suspicacia que no he aclarado. Pero al no estar seguro de ella prefiero mantenerla en la reserva.
Un saludo, mita, y perdona el rollo. Como bien dices, cada uno se entiende con quien le viene bien.

Manu, interesante dato. Introduce un nuevo matiz a cómo funciona nuestro imaginario y el de DELillo. Un cocinero. Sin embargo, occidente se identifica mejor con un ejecutivo. ¿Sería el cocinero chino?

Emma, no tengo muchos datos sobre DeLillo, pero podrías aportar alguno en el sentido de tu afirmación. Lo que sí me parece claro es que en Occidente hay dos posturas y pocos matices. El señor Bush por un lado y la psotura que parece encarnar Don DeLillo. Una visón crítica de occidente muy blanda. Un conocimiento de Oriente también muy blando. En fin. Pero no sé nada sobre el asunto. Todo son impresiones desde la novela.

manuespada dijo...

Creo que era un cocinero negro.

manuespada dijo...

Rectifico, parece que era técnico de sonido, aquñi te dejo una foto. Se llamaba Jonathan Briley. En un primer momento se pensó que era un cocinero latino o un camarero.

http://www.cnn.com/SPECIALS/2001/memorial/images/full-size/briley.jonathan.jpg

Lansky dijo...

No sé porque Emma dice que de Lillo se ha vendido. A mi me gusta mucho, pero no especialmente el libro que comentas. Mi favorito es Submundo (Circe) con el telón de fondo de la basura de NY. Honestamente creo que De Lillo es un "grande", junto a Doctorow, Cormac Mc Carthy y Phillpip Roth y muy por encima de los excesivamente celebrados Salinger o Pynchon.

Me sigue gustando venir por aquí, Golem amigo.

hombredebarro dijo...

Interesantes datos, manuespada, he echado un vistazo por ahí. Muy elocuente el periodista fotógrafo cuando se difiende de las acusaciones contra sus fotos, que hablan de una intromisión en el íntimo acto de un hombre al morir. Él dice que el suyo es el testimonio de la última decisón libre en la vida del saltador.

Hola, Lansky, seguiré insistiendo en DeLillo, pero lo que definitivamente ni entiendo ni comparto, es ese afán por establecer "la voces literarias autorizadas" para comprender el mundo contemporáneo. Se quieren reducir siempre a esquemas obsoletos, en los que destacan dos o tres escritores, cuando seguramente el gran retrato de la sociedad y del hombre lo están haciendo digamos no menos de 3000 escritores, por soltar un número.
Pero claro en esa magnitud quién no se pierde. A lo mejor hay que empezar a leer de otra manera. En fin, pero a todo el mundo le parece muy bien tener un sistema de elección de referentes francamente anticuado.
Un saludo.

Lansky dijo...

Hombre de barro, estoy bastante de acuerdo contigo y me administro el rapapolvo de citar los dichosos tres nombres, aunque creo que tus 3.000 son hiperbólicos. No creo que rectifique mucho si sigo añadiendo jóvenes brillantes, como Franzen, Lethem y Chabon (¡y dale!). Pero hay algo cierto: es imposible el camino que sugieres, como no sea una encuesta, y es entonces cuando la búsqueda de la excelencia de unos pocos (que puden venderte los publicistas, no lo niego) es inevitable; desde Plutarco o quien se quiera. Y De Lillo merece la pena, eso es seguro. Esos "excelentes" terminan aflorando, pese a la propaganda falsa, como un resultado casi de la selección natural (aunque algunos pueden quedar en cambio ocultos),por aquello de que es posible engañar a todos unos momentos, o a unos pocos todo el tiempo, pero no a todos siempre.

hombredebarro dijo...

Hola lansky, ¿seguro que no hay 3000 escritores en todo el mundo que estén haciendo un retrato interesante del hombre de hoy?
Lo que pase es que pensar en esos términos desestabiliza una maquinaria que ya está muy engrasada para ponerse a buscar otra.
Un saludo.