jueves, 24 de septiembre de 2009

La vampiresa de la eternidad (la chica que ha robado los relojes)



En la imagen: Tura Santana

La chica ha viajado, ha conocido otras ciudades en otras partes del mundo. Salió de ésta, de la que nos ocupa desde el principio, con sus puentes sobre el río, con su corona de montes alrededor y su facultad de Bellas Artes. Tiene una colección de fotografías en una maleta del cuarto de la pensión en la que vive desde su regreso. Y ahora aparece con un hatillo de terciopelo lleno de relojes. Los expone sobre la cama, elije uno, sale y llama a la dueña de la casa.
-Tome, le dice.
-Qué bonito.
-Es para usted.
-Oh, gracias.
En cuanto la mujer se lo abrocha a la muñeca se avalanza sobre ella como si fuese una alimaña salvaje.
La chica tiene familia en la ciudad, pero nadie sabe de su regreso. Ni siquiera la reconocen cuando se cruza por la calle con sus primos. Ha pasado por una prestigiosa escuela de interpretación norteamericana. Consigue trabajo en una floristería a pesar de su estilo gótico y la clientela aumenta.
-Te quiero invitar a comer, le dice el dueño del negocio, se te da muy bien y estoy muy contento.
A los postres el hombre se le insinúa, le habla de regalos. La chica sonríe, se muerde la boca con picardía y por debajo de la mesa lleva la punta de su bota negra hasta tocar una pierna del hombre, que solicita nervioso la cuenta y le propone tomar café en su casa. Es viudo. Allá que van. Pero no prepara café, ya que el hombre se arroja sobre ella nada más cruzar el umbral.
-Tranquilo, tranquilo, le dice ella, mientras se aparta y comienza a desnudarse. Cuando el hombre por fin se aproxima para penetrarla, ella abre las fauces sobre su rostro y de un bocado le arranca un trozo de mejilla. No permite que el otro se mueva y allí mismo se lo bebe entero. Luego lo descuartiza y lo envuelve bien.
A las 5 en punto está de nuevo en la tienda. El primer cliente de la tarde es un hombre con la mano izquierda vendada.
-¿En qué le puedo ayudar? Le pregunta ella, que casi imperceptiblemente sobresaltada ya ha reconocido al relojero al que atracó.
-Quiero rosas, dice el hombre.
-¿Una docena?
-Sí, no, mejor, dos docenas.
-Muy bien.
-¿No me reconoces? Le pregunta el hombre.
-Sí, es usted el joyero de La Oliva.
-No sabía que trabajaras aquí.
-Desde hace muy poco tiempo.
La chica lleva puesto un reloj que el joyero reconoce.
-No temas, le dice, estamos en el futuro, 15 minutos antes de que realmente yo entre por esa puerta. He venido a avisarte.
La chica entra dentro a preparar un ramo con 24 rosas. No sabe si el hombre está tendiéndole una trampa con la que la quiere acorralar. Decide que es mejor dejarse ver arrepentida, pero al volver al mostrador el hombre ya ha desaparecido. Mira hacia la calle. Ni rastro. De todas formas no deja de preparar el ramo, porque adivina que regresará pronto, como así ocurre.
-Aquí tiene, le dice, nada más verlo entrar.
El hombre sonríe, se aproxima para contemplar el trabajo y en ese instante siente que alguien le desgarra las visceras. Enseguida cae al suelo como un plomo. La chica lo lleva a la trastienda y allí lo descuartiza. Mientras lo está envolviendo, poco antes de la hora del cierre suena la campanilla que advierte de la entrada de alguien.
Es un hombre con un largo y grueso pene al aire.
-Me gustaría encargar un centro de mesa, dice.
-Espere un momento, por favor.
La chica termina de colocar en una bandeja un trozo irreconocible del relojero.
-No hay prisa, dice el nuevo cliente.
La chica sale con un cuchillo en la mano y apunta la polla de quien ya sabrás que es Andrea de Vicente (seudónimo).
-No tengas miedo, dice el escritor.
-Guárdate eso o te prometo que te la corto de cuajo en un santiamén.
La chica ha hablado de tal forma que Pedro (Andrea de Vicente) obedece sin rechistar.
-Vaya diíta llevo hoy, dice la chica.
-Me gusta tu reloj, dice el escritor.
-No tientes a la suerte, dice la chica.
Cambio de registro de los actuantes. Ella aprendió en una escuela norteamericana, él sin salir de su habitación.
-El centro iría por Interflora, dice el escritor.
-Entonces lo tendrá que elegir usted de este catálogo, dice la chica.
-Es para mi agente, está histérica, le he dicho que he destruído un manuscrito.
-¿Y lo ha destruído usted de verdad?
-No.
-Pues entonces este. Las calas van muy bien para ese tipo de casos.
-Estupendo, ¿cuándo lo recibirá?
-Si usted quiere, mañana a primera hora, antes de que le dé tiempo de salir de casa para el trabajo.
-Estupendo, ¿y ahora le importa que me vuelva a sacar mi largo pene al aire?
-Haga lo que quiera.
-Muchas gracias, adiós.
-Gracias a usted, espero volver a verle por aquí, a usted y a él, le dice la chica, señalandole el lagarto que asomaba por fuera de su portañuela.
La chica hace el pedido y luego echa el cierre. Regresa a su pensión y allí se encierra en su cuarto. Saca la maleta de su armario y se sienta en la cama, donde le dan las tantas contemplando las fotografías. El amanecer la sorprende mirando la esfera de uno de los relojes. Por fin a las 8:30 se levanta y se dirige a la ducha.

2 comentarios:

Arruillo dijo...

¡Qué miedo da encontrarse con alguien así! Si ya no es suficiente con la incomunicación que padecemos, lo único que hace falta es no poder ni preguntar la hora sin que salten al cuello.
En fin, no sé por donde va exactamente tu relato, pero la verdad es que estremece.
Un saludo

Miguel dijo...

El texto se impregna de una conducta y personalidad psicótica y a la vez con rasgos infantiles, muy neuróticos. La escena del hombre con el pene al aire y ella apuntándole con el cuchillo habla de un cierto desprecio hacia el hombre como hombre. Este tipo de neurosis que plasmás en tú texto existen y muchas veces camoufladas.

¿Sigue? si sigue veamos qué pasa, si no sigue te digo que me ha gustado hasta acá.

Saludos, de un lector.