martes, 22 de febrero de 2011

La merienda


La fotografía es de Alex Ten Napel

Mi madre puso el vaso de leche debajo de mis narices y yo sentí algo. Sentí algo importante, reconocí el miedo, terror a morir ahogado en un mar blanco de leche fría, pero no le dije nada, me quedé como estaba, impasible, y mi madre me pegó su tortazo en el cogote, su querido tortazo de niño espabila, de madre que se ocupa de todo, de poner el vaso de leche y también de retirarlo. Porque no tengo brazos, no, amigos, no los tengo, o lo que yo tengo no sé si podrían llamarse brazos o alas con forma de mano, cinco deditos juguetones que salen de mis hombros adheridos a un muñón pulposo. Lo hago todo con la boca, siempre se lo digo a las chicas, desde escribir a sorber la leche blanca que mi madre me pone debajo de las narices. Me trago el miedo, el miedo blanco como un mar de ceguera, sorbido por una pajita, chicas, lo repito, todo lo hago con la boca, pero ellas se ríen y lo dejan correr. Me dejan correr a mí, como si yo fuese un pajarito que quisiera despegar, salir volando, con mis alitas de cinco dedos cada una, que de poco me sirven donde están, nada más que para rascarme las orejas. La leche en el vaso, yo fuera de él, a salvo de la leche, amenazante en su blancura. Niño que mira fijamente un vaso de leche, un ángel, porque lo que yo tengo son alas de ángel, como me dijo alguien alguna vez. Pero también un demonio que contempla la maldad en un vaso de leche fría. Todo el odio que puedo crear, toda la vida que puede sucumbir, todas las tempestades concentradas en el vaso que mamá me pone por delante para que meriende. La tarde estancada en el líquido blanco, en la laguna malsana de mi merienda. ¿En qué piensas que te quedas cuajado?, me pregunta mamá. Y yo le contesto: en nada, en nada, así dos veces en nada. Pues venga, tómate la leche, me dice. Y me la trago, me trago todo el odio, todo el miedo, la pena, la rabia y el espanto que hay en mi vaso de leche. Bastante tengo con no atragantarme, con no morir ahogado. Sorbo la leche de un tirón, como un chico bueno, y sonrío, miro a mamá para que ella pueda sonreír también. En ese instante sé que echa en falta, es una idiotez lo que voy a decir, pero es esa idiotez que tanto se ha usado en los anuncios televisivos, ella echa en falta un bigote de leche blanca sobre mi labio.

3 comentarios:

Ani dijo...

Estremecedor relato. Sentí pena por el personaje. Ese chico temeroso y lleno de rencor con la naturaleza que mal lo dotó. Genial!

J. G. dijo...

me ha desazonado tanto la foto que no he podido con la lectura.

cuando me recupere vuelvo.

saludos.

Luisa Hurtado González dijo...

Nunca había visto un mar blanco en una vaso de leche, nunca (hasta hoy) he visto que los niños sin brazos tienen algo así como inútiles alas.
Estremecedor.
Sin embargo hay algo que no te perdono. No has puesto ni un punto aparte, nos hemos bebido tu micro de un tirón como tu protagonista.
¿Lo has hecho adrede?
Has hecho que me siento un poco como él.