jueves, 31 de enero de 2008

La moto


Mi hermano Rafalito y yo eramos igualitos. Hasta en los andares. Y en los gustos. Ni papá era capaz de conocernos, sobre todo si tenía encima una pea. La única capaz de distinguirnos: mamá. La de travesuras que hacíamos echándole las culpas al otro. Pero Rafalito y yo, con la misma cara, con este mismo pelo de panocha y con unos granos que se nos escapaban de la cara, hacia la barbilla o la frente, teníamos dos sinos muy distintos. Por donde mamá nos conocía, por el fondo de los ojos. Era lo que ella le decía a todo el mundo. Y cuando decía mi Fali, suspiraba. A lo mejor nadie se daba cuenta, ni siquiera mi hermano, pero yo sí. Hasta que supe por qué.
No éramos mucho de ir a la escuela. Nos escapábamos. Ya sabe usted cómo era la juventud de entonces. Los hombres a la mar, las mujeres en sus tareas. Pero los chavales estábamos díscolos. Busquimanos nos llamaban. Porque peinábamos las playas y los caminos entre los pinares, a ver lo que caía. A lo primero andurreando, si es que desde chiquitito tenías ese gusanillo. Después, ya con una motillo, o con un quad. Y claro que caía, claro que sí. Buenos lotes, como tabletitas de turrones bien apretadas, envueltas en papel con ese color caca, forrado con plástico. Y anda que no éramos buenos, Rafalito y yo. Teníamos un radar especial para los fardos de hachís que habían tirado desde las barcas. Ahí van los gemelos, decían los viejos sentados en el muelle, mientras cosían las redes. Cada uno a lo suyo. Papá en la taberna, era lo suyo.
Rafalito dijo de meternos hacia Punta Blanca. Por qué por ahí. Hazme caso. Cogimos la Bultaco amarilla. Los dos. Esquivamos a los munipa. Salimos desde los corrales. La manejaba yo. Era él el que me decía: sube por ese camino o baja por ahí. Yo le hacía caso sin rechistar. Mamá se había quedado con la telenovela puesta. Vamos a dar una vuelta, le dijimos. Tened cuidado. Fali, insistió, cuidado. Y suspiró, como si el amor de Luis Enrique por una criadita de la hacienda la conmoviese. Pero yo sabía que el motivo no era otro que mi hermano. Allí atrás, en equilibrio, sobre la Bultaco, a la que de repente yo le soltaba el embrague, y de un acelerón se ponía a dos patas. Gritamos como dos vaqueros del rodeo en el oeste, y cuando los guardias aparecieron en el pinar, nosotros ya estábamos en la otra punta, hacia la escollera, bien calladitos, con cien ojos en la cara. Ahí, ahí. Nuestra pesca.
Vuelve, me dijo. Ya habíamos escondido el tesoro. Pero no había mapa. En los tiempos del abuelo los pesqueros celebraban una buena captura haciendo sonar las sirenas, cuando entraban en el puerto. En los tiempos de papá, apenas se habían oído las sirenas de los barcos. Nosotros demostrábamos nuestra alegría haciendo el caballito. Aunque también nuestra rabia. De repente solté el embrague y aceleré. Porque lo que más nos apetecía era tomarles el pelo a los guardias. Hacerles rabiar.
Rafalito salió despedido hacia atrás. Nunca antes había ocurrido. Su cabeza fue a parar al empedrado. Se la abrió. Se quedó con los ojos abiertos. Los pelos, de este mismito color que yo tengo, amarillos como el maíz, se le fueron hundiendo en una salsa espesa, como si fuese una mermelada. De color rojo. Me asomé dentro de Rafalito, por la puerta que había en el fondo de sus ojos. Y allí estaban aquellos suspiros perdidos de mamá. Usted a lo mejor no lo cree, pero han pasado ya muchos años. Pues todos los días desde entonces he buscado a través de los míos. Pero nada, ni una señal. En todo lo demás si que éramos idénticos. Nadie supo decidir quién de los dos había quedado con vida. A mamá no le cupo duda, cuando alguien le llegó con la noticia.

miércoles, 30 de enero de 2008

La playa


La verdad es que hacía un día espléndido y la playa estaba llena de sombrillas de colores chillones. Nos costó encontrar aparcamiento. Eso sí. Los chicos se pusieron un poco nerviosos. También Luisa y yo. Pero la discusión se evaporó como una gaseosa, en cuanto metí el coche en aquel hueco.
-Aquí no es gratuito.
-Pero vamos a estar todo el día.
Antes de las doce Carlitos ya se nos había perdido y los vigilantes de la playa lo buscaban con sus binoculares. Apareció a las dos y media en brazos de un bañista. El hombre exhausto. Carlitos ahogado. Mi Carlitos muerto en sus brazos. Flácido como un manojo de algas. Sus pulmoncitos llenos de agua. Lo recogió Luisa y enseguida lo sostuvo contra su pecho. Yo sentí que algo se paraba en el mundo para siempre. Vi un reloj roto. Luisa lo transportaba como si simplemente lo estuviese cambiando de una cama a otra. Como si lo estuviese llevando dormido de nuestro dormitorio al suyo. Cuando le pidieron que lo deposistase en la camilla de la ambulancia se negó en rotundo. Para darle mi último abrazo a Carlitos, tuve que abrazarme también a Luisa. En el centro de un hermoso día de verano. Con el sol, desde su punto más vertical, cayendo sobre la playa. Oí gritos y risas a lo lejos. Por el aire llegó un balón de plástico de Nivea. Nos golpeó en la cabeza a Luisa y a mí. Con esa blandura que consigue derretir el tiempo. Vi un reloj blando. Me lancé al agua, a buscarlo, a ver si todavía lo podía sacar vivo. A mi Carlitos. Buceé hasta que sentí que me estallaban los pulmones. Pero no dí con él, aunque sabía que en alguna parte pedía socorro. Socorro, como si tuviese branquias. Me enredé los pies con unos matorrales de algas. Me arañé las manos con las aristas de las rocas. De un impulso desesperado emergí de nuevo a la superficie, a la vida, a la vigilia. Mis ojos ante un reloj despertador: tic-tac-tic-tac. A la verdad desnuda de Carlitos. Tan callado. Triste, silencioso. Allá del otro lado, como lo fue en este. La verdad es que nadie lo vio meterse en el agua. El bañista se lo había encontrado bocabajo y le había cerrado los ojitos. Nos lo entregó como si estuviese dormido. Cuando Luisa lo recibió en el seno de sus brazos. Está dormido. Comenzó a decir. Está dormido. Y a veces ella o yo vamos hasta su cama. A ver si es que está en ella. Dormido. Pero en la cama sólo hay una colcha, cruel y sin arrugas. Como la superficie del mar en calma. Donde su ausencia tiene cobijo.
Ahí está. Callado. Triste y silencioso, sin bulto. Carlitos oye nuestros pasos aproximarse a su cama. Pero ya nada le importa. Nada.

lunes, 28 de enero de 2008

Batiburrillo. Reboltijo.


La semana pasada firmé el contrato de edición. El título del libro será Mucha suerte, de aquí en adelante, la OBRA, como dice en el contrato. Es una colección de cuentos. Está muy bien eso de firmar un contrato para que te publiquen algo de lo que te definitivamente te quieres deshacer. Lo que los editores no saben es que yo hubiera estado dispuesto a las más bajas faenas para que se llevasen la OBRA de mi vera. Sin embargo, me van a dar un porcentaje de las ganancias que se obtengan de aquellos ejemplares que consigan/amos vender. Me pregunto si alguna vez llegaré a ser el hombre más rico del mundo gracias a mi pluma. La de escribir. ´


La semana pasada terminé una serie de 10 historias con los fantasmas como protagonistas. Alguno de vosotros leisteis algunas. Cuando cerré la última, en la que se volvía, como en un bucle hacia la primera, sin cerrarla, le puse un título genérico, "Los invisibles" y la mandé a un blog en el que el protagonista es el cuento. Por si su autor tiene a bien publicarla en un apartado de inéditos. Todavía lo soy. Barajé varios títulos antes de decidirme por el que os he dicho. Por ejemplo, "Amigos imaginarios".


Araña, Tarántula y Dragón son los amigos imaginarios de mi hijo Santiago, que tiene 4 años. Dice que todas las cosas que hay en el mundo son sus amigos imaginarios. Pero yo sé que esos tres son aquellos con los que él más habla. Para los adultos los amigos imaginarios son sus fantasías, pero también sus fantasmas, así que podríamos llamarlos amigos, o enemigos imaginarios.


Mi mujer ha llegado al mediodía con una bolsa de aguacates duros y verdes, recién cogidos del árbol, que le ha regalado un compañero del trabajo. Voy a contar ahora una pequeña intimidad: cuando yo conocí a mi mujer, y viceversa, yo portaba en la mano un aguacate muy verde, e intentaba hacer con él una ensalada. Estuve un buen rato golpeándolo contra todo lo que alcancé a encontrar a mi alrededor, hasta que grité: Este puto aguacate es como las personas, no madura ni a golpes. Lejos de espantarse, que hubiera sido lo lógico, a ella eso le hizo mucha gracia.


Bueno, basta ya de intinimiedades. Este es el bolg de un escritor, con una OBRA. Vayamos a la literatura. Quiero deciros que acabo de leer dos libritos muy breves, pero intensos, de un escritor napolitano llamado Erri de Luca. En la solapa, ¿tendrá mi OBRA solapa?, viene una foto y una noticia sobre su vida en la que se nos dice que es (era) un obrero de la construcción, que a los 17 años se integró en la organización Lotta Continua. Luego he sabido que dejó la obra y que es un buen aficionado al alpinismo. Los libros están en Akal Literaria y son Aquí no, ahora no y Montedidio.

En el primero, el protagonista, tartamudo, recupera la historia de su infancia através de unas fotografías tomadas por su padre. La interlocutora de la historia es su madre, "Me miras con el gesto severo en el que permanece el eterno reproche que nos hacías de niños: aquí no, ahora no" (p.42). Esto es, la infancia como el espacio de la inconveniencia. Ese estar siempre fuera de lugar. "Iba al colegio y aprendía que Italia era una península, una tierra firme, no un barco. Tenía seis años y la resignación a los desengaños que entraña esa edad: corregía la silueta del mundo, sí, no era un barco, era una bota, pero ya no me importaba." (p.48) Nápoles en la posguerra, miseria y pobreza, donde el protagonista crece. "Custodiaba una porción de no plenitud, iba mal, comenzaba a crecer."

En la página 73 hay una errata, lapsus o falta ortográfica, como se quiera ver: "reboltijo".

Espero que mi OBRA no tenga. Muchas.

En el segundo libro, Montedidio, se nos cuenta la historia de este barrio de Nápoles, através de un muchacho de 13 años que aprende a trabajar y a enamorarse, aferrado a un bumerán que no acaba de lanzar al aire. Amigo de un zapatero judío venido del norte de Europa, ángel que esconde en su joroba unas alas. Son también los años de posguerra. La madre del chico agoniza en un hospital, el padre lo excluye de la situación y el muchacho aprende el significado de lo que es crecer.

Ambos textos están atravesados por un profundo sentimiento religioso. Cristiano. Aunque el autor se confiesa agnóstico, no obstante, es un gran conocedor de los textos bíblicos.


viernes, 25 de enero de 2008

La poesía


Es esta cosa que tenemos los poetas que estemos donde sea, quizás lo que nos ronda por la cabeza son unos versos incompletos, aunque nos hayamos alejado de ellos años y kilómetros. En mi caso, una eternidad y un abismo puestos ahí, como muro de Berlín, por un frasco de pastillas en un mal momento. Mi recuerdo es en un cuarto de estudiante, de madrugada, estoy solo y lleno de fervor, con un entusiasmo por mí mismo que intento disimular, a través de una sacrificada entrega a las musas, invisibles en mi compañía. Mis compañeros de piso han salido de marcha. Doblo el papel hasta dejarlo como un pitillo plano y lo meto en una grieta de la pared. Es una nota con unos versos para nadie. Mi nadie eterna. Mi nadie de siempre. A la que le he ido dejando poemas a medio terminar en los lugares más insólitos. Y ahí queda, para la nadie de mi aventura. Al cabo empiezan a salir versos de todas partes. Están intactos. Pero un buen día me cunde una necesidad extraña, deseo regresar, pasar por encima de ese muro de Berlín. O por debajo. A través de un túnel que con los dientes podría ir abriendo desde este cementerio. De modo que me planto en aquella habitación de la grieta. Ipso facto. Ni mucho ni poco tiempo después de haber vivido en ella. Cuando el piso ya no es de estudiantes. Así que por un lado lo encuentro irreconocible a causa de las reformas. Por otro, enseguida me doy cuenta de cuál es el espacio que otrora había ocupado mi cuarto. Y reconozco la pared de la grieta, que palpita a mis extrasentidos, cubierta por un discreto empapelado. En el cielo truena una tempestad. Qué mejor momento, me digo. Para el terror clásico. En mitad de la sala un hombre fuma en silencio con las piernas cruzadas: unas medias elegantes y un hermoso par de zapatos de tacón de color rojo. Como sus labios. Relámpago, lluvia y humo de cigarrillo, y trueno. Allí mismo emergí yo. Como si hubiese escarbado bajo tierra, através de los sótanos de los edificios. Con los dientes. En mitad de la sala también. Detrás del hombre. A su cogote. Con la palidez y el frío que te da pasar un tiempo a la sombra. Del camposanto. Cuando le pareció el tipo se levantó y se fue a otra habitación. En ese momento aprovecho para acercarme a la pared de marras. Como una alimaña viva la nota con los versos no deja de chillarme para que la rescate. De la nada, del vacío, de ese lugar al que se han ido mis ojos, traigo una sencilla fórmula para acabar el poema. Arranco el empapelado con los dientes. Es lo único con lo que puedo hacer algo de fuerza. Los dedos están tan agusanados que se desharían en el intento. Pero lo realmente difícil es hacer que la puñetera pluma escriba. Desde la boca.

miércoles, 23 de enero de 2008

En la basura


No soy mala, pero a lo largo de estos años supongo que habré cometido muchas maldades. Me pasó contigo, bichito mío. Contigo me abrí un agujero en la cabeza que no puedo rellenar de nada. No te olvido. Braceabas y parecías una rata grande o un monito sucio. Te dije: no te voy a alimentar, eso no. Y hasta pareciste entenderlo, porque dejaste de berrear. Como si aceptaras tu sino. El de esos hijos de reyes que hay que sacrificar. Cógelo con ese paño grande, le dije. Apriétalo, que no respire más. Y te llevó lejos, al otro extremo de la ciudad. Para que el camión de la basura te triturase. Pero aquellos minutos, que pensé que eran insuficientes para que continuases existiendo, bastaron. Me hicieron este agujero. Luego lo limpiamos todo y nadie supo nunca. Le pregunté a él. Que me contase lo que había hecho. Y me dijo que te llevó bajo el brazo, dentro del chándal, por un camino por el que nadie subía. Y que te dejó dentro de un contenedor. Que ya ibas ahogado. Una rata grande muerta, pensé. Y te empecé a olvidar. Al principio fue fácil. Ninguna noticia en los periódicos. Nada en la tele. Yo seguí con mi trabajo. Con las cosas de los chicos, que me tenían siempre en un sobresalto. El uno cada dos por tres expulsado del instituto, el otro hecho un príncipe, cada vez que iba a verlo por aquel locutorio, que me decía: madre, no te preocupes por mí, que aquí soy el amo. Y es que se hacía respetar. Aunque yo supiese que no iría a ninguna parte. Como su padre. Una bala en el entrecejo. Luego la cosa se torció: empecé a pensar en tí. Pensaba en tí a cada momento. Pero siempre callada. Y a mi lado empezaste a crecer, invisible, pero siempre conmigo. Con ese aire de rata, de mono, de chico. Con esa sonrisa. Un día me lo dijiste con los ojos: no te preocupes, mamá. Me llamaste por primera vez mamá. Y volviste a callarte. Te voy a comprar ropa, te dije. Y te pusiste muy contento. Porque seguías envuelto en aquel paño o trozo de toalla, como si fueses hijo del mismísimo Tarzán. Fuimos a Prenatal y las dependientas creyeron que lo que me llevaba era para mi nieto. No les dije que todo era para tí, porque no podían verte. En casa intenté ponerte el pantaloncito y la camisa, pero no supe cómo hacerlo. Vieja inútil, me dije a mí misma. Pero no. Imposible. Hace ya mucho que no lo intento. Tampoco tú le has dado mayor importancia. No eres como esos chiquillos que van por las tardes al parque. Tú eres muy diferente y eso se nota cuando te miro y sobre todo cuando tú me miras a mí.

martes, 22 de enero de 2008

Mordiendo


Sabía que de haberla la escapatoria me llegaría por los dientes. El tipo me había empujado hacia el interior de un callejón. Antes de perder el conocimiento me dedicó una sonrisa y con la misma me recibió cuando volví en mí. Pero ya estaba esposada. Su trato era muy educado, exquisito, pero firme. En otras circunstancias no digo que la situación no hubiese sido muy morbosa. Pero lógicamente estaba asustada. La historia carecía de un pacto previo entre sus actuantes. Acababa de salir de clase e iba pensando en la tarea que el monitor nos había propuesto para la siguiente, cuando de repente me ví arrastrada por la fuerza de aquel toro. Sin duda había hecho aquello en otras ocasiones. No voy a negar que conseguía transimitirme cierta confianza, a pesar del recelo y del miedo naturales que me embargaban. Como aquel cirujano prestigioso a cuya merced me había entregado para me devolviese a su sitio los pechos, después de haber amamantado a tres criaturas. Le dije que si me soltaba estaba dispuesta a olvidar lo que hasta entonces había ocurrido. Me contestó que cuando acabase sería lo contrario. Jamás iba a olvidarlo. Estaba muy seguro de que me iba a dar placer.
-Además, me dijo, tanto a tí como a mí nos esperan para cenar.
Actuó con magistral eficacia. Dejé de temerlo en el justo instante en el que comprendí que se me ofrecía en sacrificio. Apreté las mandíbulas y a continuación las abrí con esa fiereza de los animales acorralados. Lo agarré de la cara con las fauces. Y tiré. Tiré varias veces sin tener en cuenta la naturaleza de sus alaridos. La sangre nos empapó. Y a continuación me tocó a mí gritar. Luego me desesposó y me mostró el camino al baño. Me duché. Al despedirnos le ví los cortes que le había hecho en las mejillas con los colmillos.
-No es nada, me dijo.
Se hizo una cura de emergencia. Después de todo no había mucho que decir. Sin despedirnos cada uno tomó un camino diferente. Yo me volví. Caminaba como un zombi. Y sentí que el aire de la ciudad se entristecía, espesándose a su alrededor. Miré la hora y apresuré el paso, como si quisiera darle patadas a la niebla. Con ese afán tan mío de luchar contra la melancolía. No me gustaba hacerles esperar para la cena.

lunes, 21 de enero de 2008

Extrañamiento


Lo que ocurrió fue que después de detener el coche me entretuve buscando unos papeles para la reunión. Y oí la música. Normalmente no me doy cuenta de lo que suena. Conduzco pensando en los asuntos del trabajo. Una parte importante de él consiste en mantener reuniones periódicas con otros agentes. Así que oí aquellos golpes de guitarra y miré afuera, cuando de un vehículo que acababa de aparcar se bajó el único agente que me hace sombra en las ventas. No lo perdí de vista hasta que entró. La barriga me dio una punzada. Decidí quedarme allí, que era el paso obligado para el resto de asistentes a la reunión. Normalmente me gusta llegar con unos minutos de antelación. Luego llegó la nueva jefa de zona. Aparcó y se estuvo repasando los labios en el retrovisor. Cuando se apeó miró hacia mi coche, pero no se dio cuenta de que yo estaba dentro. Revisé en torno a mí el habitáculo y me sentí arropado por la música. Dejé que pasasen por delante todos los asistentes a la reunión. Cuando entré en la sala ya habían empezado. Estuve distraído. Tomé unas pocas notas al tuntún, sin enterarme, porque observándolos ahora me parecía que, de un momento a otro, alguno entraría en crisis. Pero la reunión transcurrió durante toda la tarde como tantas otras. Se diseñó un nuevo plan para lograr más rendimiento. Aporté mi experiencia, pero de modo mecánico, distraído. A la salida fuimos a tomar unas copas. Me acerqué a la nueva jefa de zona antes de que lo hiciese mi rival en ventas. A la segunda copa ya habíamos decidido alejarnos de allí. Cada cual en su coche para vernos en la habitación de un hotel. Llegué el primero al parking y de nuevo me quedé un rato en el coche oyendo la música. A gusto en aquel habitáculo al que nunca le había dado este uso. La observé otra vez. Volvió a retocarse los labios en el espejo. Luego salió y se dirigió al ascensor. Sentí una tristeza grande, pero no pude dominar la erección y me desahogué. Abrí la guantera y saqué las esposas que me regalaron en la oficina el año pasado. A ambos nos esperaban en casa para cenar.
Lo que sucede ahora es que mis ventas han caído en picado. Paso mucho tiempo en el coche oyendo música y observando a la gente. Me gusta hacerlo, porque me da una sensación poderosa. Mayor que el éxito que he conocido hasta ahora: dinero, mujeres y prestigio. Cuando me canso de mirar, abro la guantera, saco las esposas y me voy detrás de alguien, pero a la hora de cenar siempre estoy en casa.