martes, 22 de enero de 2008

Mordiendo


Sabía que de haberla la escapatoria me llegaría por los dientes. El tipo me había empujado hacia el interior de un callejón. Antes de perder el conocimiento me dedicó una sonrisa y con la misma me recibió cuando volví en mí. Pero ya estaba esposada. Su trato era muy educado, exquisito, pero firme. En otras circunstancias no digo que la situación no hubiese sido muy morbosa. Pero lógicamente estaba asustada. La historia carecía de un pacto previo entre sus actuantes. Acababa de salir de clase e iba pensando en la tarea que el monitor nos había propuesto para la siguiente, cuando de repente me ví arrastrada por la fuerza de aquel toro. Sin duda había hecho aquello en otras ocasiones. No voy a negar que conseguía transimitirme cierta confianza, a pesar del recelo y del miedo naturales que me embargaban. Como aquel cirujano prestigioso a cuya merced me había entregado para me devolviese a su sitio los pechos, después de haber amamantado a tres criaturas. Le dije que si me soltaba estaba dispuesta a olvidar lo que hasta entonces había ocurrido. Me contestó que cuando acabase sería lo contrario. Jamás iba a olvidarlo. Estaba muy seguro de que me iba a dar placer.
-Además, me dijo, tanto a tí como a mí nos esperan para cenar.
Actuó con magistral eficacia. Dejé de temerlo en el justo instante en el que comprendí que se me ofrecía en sacrificio. Apreté las mandíbulas y a continuación las abrí con esa fiereza de los animales acorralados. Lo agarré de la cara con las fauces. Y tiré. Tiré varias veces sin tener en cuenta la naturaleza de sus alaridos. La sangre nos empapó. Y a continuación me tocó a mí gritar. Luego me desesposó y me mostró el camino al baño. Me duché. Al despedirnos le ví los cortes que le había hecho en las mejillas con los colmillos.
-No es nada, me dijo.
Se hizo una cura de emergencia. Después de todo no había mucho que decir. Sin despedirnos cada uno tomó un camino diferente. Yo me volví. Caminaba como un zombi. Y sentí que el aire de la ciudad se entristecía, espesándose a su alrededor. Miré la hora y apresuré el paso, como si quisiera darle patadas a la niebla. Con ese afán tan mío de luchar contra la melancolía. No me gustaba hacerles esperar para la cena.

4 comentarios:

un monton de palabras dijo...

me encanta el nombre de tu blog....

Joselu dijo...

Un interludio casi lírico antes de llegar a casa para cenar.

Diego dijo...

Tanto éste como el anterior hacen un especial incapié en los secretos y en la aparente normalidad. El "llegar a casa para cenar" como recurso para expresar la doble vida de los personajes. Ese lado estigmatizado socialmente del individuo, que luego llega a casa y pregunta a sus hijos si han hecho los deberes. Lo de los reyes magos no es la única mentira. Me gusta mucho esta veta cruel pero contenida.

marisopli dijo...

jo qué susto, ¿no?
¿y será que así de fieras somos todos en los ratos perdidos?
Voy al espejo a ver si me ha salido una lengua bífida o algo similar.