miércoles, 31 de octubre de 2007

Firmin, de Sam Savage


En el aeropuerto, por tío observador, vi que todo el mundo llevaba en la mano una caja redonda extraplana. Aibá, me dije. La ensaimada, dándome con gracia un toque en la sien. En el convento de Santa Clara ya había hecho mi provisión de melindres: lágrimas de limón y corazones (de almendra). Pero de camino fui a parar a donde no debía. En vez de la torre de ensaimadas en sus redondos ataúdes tropecé con una almena de libros igualicos: sobre fondo blanco una rata macho lee un libro. Abrílo y allí, en la solapa, como si estuviese con las barbas a remojo, vi su foto de tío pirao, de anciano de la calle, de profeta extemporáneo. Se llama Sam Savage. Según la breve reseña ha sido mecánico de bicicletas. Ni una palabra más. Es de todas ésa la profesión que más confianza me inspira. El anciano me abrió un rayo de esperanza en el duro y difícil camino que recorre el escritor inédito. Nunca es tarde. Mira éste, me dije. Sam Savage. Y es que últimamente yo andaba algo preocupadillo. Como lector me alimento mucho de solapas. Género hermoso donde los hay. La edad de los autores menguaba escandalosamente hacia la adolescencia. Lo que me hacía meditar: cuánto tiempo llevas perdido, macho. Pero de repente, va y viene este Savage y publica su primer libro con la edad, o por lo menos la pinta, de un matusalén. 16 euracos, decide: o el libro o la ensaimada, que todo no pue ser. Pos el libro, me dije, flamenco, que yo pa gastar en libros siempre he sido espléndido. Título: Firmin. En la cola de embarque ya estaba yo leyéndolo (nótese como alitero). Primeramente me temí unos de esos típicos refritos que homenajean ciertos libros. Un rollo de buenas intenciones. Pero pronto me di cuenta, ya lo dije al empezar, soy tío observador, que no era un homenaje a la literatura con sus dosis de citas y títulos. Es un homenaje a la inteligencia, a la tristeza, al humor, a la desesperanza y a la honradez, que ahí es poco. Los dibujos de la edición, en Seix Barral, están a la altura de la historia, y una de las dos citas iniciales, de Philip Roth, dice, con toda claridad, algo que cuando se acaba el libro nos ayudará a verificar lo que hemos leído: “Si hubiera llevado un diario del dolor, la única anotación habría sido una palabra: yo.” Lo que se cuenta es la historia de una rata macho que desde que aprende a leer ya no para de hacerlo, porque es su único modo de entender el mundo. Una rata macho que se enamora de dos hombres de manera consecutiva, por cuy
os ojos (los de la rata) los vemos (a los hombres). El caso es que lo he acabado (el libro) y he bajado a la panadería a comprar unas ensaimadas. Soy tío observador y goloso.

3 comentarios:

ANTONIO dijo...

Seguro que habrá gente que se encuentre a sí misma con cierto parecido a la rata Firmin, yo por ejemplo. Me refiero a lo de la gran aventura de la lectura de todo tipo de libros, aunque tengo la confianza, por el contrario, de no encontrarme al final de mis días con un mundo decadente en que las librerías hayan desaparecido, los cines no existan, las disco's se haya esfumado y muchas otras cosas igualmente -como los dulces y golosinas que tanto gustan al contador de cuentos de barro- y que la mayor parte de mis amigos me hayan defraudado. Pero tengo la confianza de que esto no ocurrirá... Al fin y al cabo nunca he creído en las fábulas.
Saludos.

hombredebarro dijo...

El mundo de Firmin se desmorona a su alrededor continuamente, pero es el ser más tozudo en seguir adelante con su existencia que he conocido últimamente en la literatura. A pesar de las apariencias, de los desastres, creo que Firmin es un vividor, como buen lector. Y en ello es donde mejor podemos reconocernos los demás. Tampoco yo me creo lo que dicen las fábulas. Un saludo, Antonio.

manuespada dijo...

Habrá que comprarse el libro de la rata lectora, que tras las torugas ninjas, debe ser el bicho más listo del Planeta para hacer elucubraciones de ese tipo (Las tortugas manejan luchacos y eso es mucho más difícil). Y en cuanto a lo de la edad a la hora de publicar a mí me pasaba lo mismo, era deprimente pensar que Mary Shelley había escrito Frankestein casi en la adolescencia, pero el otro día un buen amigo me dijo que no hay que publicar nada hasta los 50 por si te pasa como a Juan ramón Jiménez y te arrepientes.