viernes, 14 de enero de 2011

Cánido


Gilbert Garcin, El perro de Elliot

Me he adentrado en el perro, en su esqueleto-armazón de huesos azucarados como a mí me gustan. La carne es amarillenta y verdosa. Voy impregnado en una especie de placenta que me hace sentir bien. Desde el perro miro hacia fuera y veo la calle desde la que lo asalté. Me introduje por uno de sus ojos. La gente no sabe que estoy aquí, sólo que he abandonado mi puesto callejero. ¿Dónde está?, pregunta alguien. Le digo al perro que se aleje de allí, que vaya hacia adelante. Salgo por la autopista, cruzo campos helados al amanecer, la boca se me va llenando de espuma y en un camping me meto en las fauces un trozo de carne dulce y cálida. Sigo, me descubro en las heladas aguas de un lago y luego continúo hasta el borde del mar. He de esperar que algo suceda. Cuando sale la luna ya hay una docena de perros mirando el horizonte. Por la mañana somos unos cientos y al mediodía llegamos a ocupar la playa como una muchedumbre de bañistas veraniegos. Intento averiguar si dentro de ellos hay otros como yo, pero ninguna señal me lo indica. Hay peleas, ladridos, sangre. Regreso a la ciudad, a la calle en la que me introduje en este perro. Nada parece haber cambiado, la gente sigue yendo y viniendo con bolsas en las manos. Hago varios intentos por salir del animal, pero no lo consigo. Me hago a la idea de quedarme dentro de él. Veo cómo retiran mi puesto de la calle, como se hace el olvido sobre quién hubo allí alguna vez. Voy y vengo metiendo la nariz entre los neumáticos de los vehículos aparcados en la calle. Intento olvidarlo todo, pero me es imposible. Cuando me cruzo con otro perro lo miro intentando adivinar si dentro de él hay otro como yo, pero hasta la fecha no he tenido ni el más leve indicio.

2 comentarios:

xrisstinah dijo...

Me inquietas.
Yo creía que de inofensivo erizo no pasabas.

Lansky dijo...

Joder, tus relatos no se parecen a casi (Kafka) nada, y eso es muy bueno