viernes, 5 de septiembre de 2008

Plan B (allí donde falla un plan A siempre tiene que haber un B)





En realidad como escritor mi modo de subsistencia estaba basado en el hurto. Bolsos, paraguas, libros, bicicletas, maletines. Mi rutina me llevaba a sacarme de casa a diario a eso de las once de la mañana. Sin prisas. Para mirarlo todo con detenimiento, para fijar en mi memoria los detalles que al resto le pasaban inadvertidos, para actuar en el momento de los descuidos. No era difícil así hacerse con un coche durante unas horas, desayunar con el periódico cada mañana en una cafetería diferente, seguir los pasos indecisos de quien estaba a punto de obrar de un modo opaco, o fotografiar con la retina los desmanes urbanísticos de la más desmedida de las ambiciones y falta de escrúpulos. En realidad durante mi época de escritor escribí poco. Tampoco sería desacertado decir que nada. Me dediqué a vivir como un escritor de bestsellers, excepto por las horas que debería haberle dedicado a la escritura. Esas eran las que yo empleaba para subsistir. El resto del tiempo vivía con los pulmones a pleno rendimiento. No sin ciertos aires distinguidos de dandy.
Como cualquier ser inteligente que se precie, y un escritor tiene la obligación no tanto de serlo como de parecerlo, yo tenía un plan B, además del plan A, al que parece obligatorio estar suscrito por defecto. Para que el plan B entre en funcionamiento es necesario que se hayan producido ciertos cortocircuitos que colapsen nuestras expectativas vitales. Una buena mañana me levanté y al mirarme al espejo me ví esos ojos mansos y vidriosos de los perdedores. Ojos que hasta entonces siempre había encontrado en los demás. Me había limitado a sonreírles con un desdén que actuaba como cortafuegos para el contagio. Hasta que aquella mañana, de un modo totalmente inesperado, el fracaso ya se había adueñado de mí, como uno de esos inquilinos que ocupa una casa sin el consentimiento de su dueño. Ahí era donde se activaba el plan B, donde el A no había sido eficaz.
A través de una revista tuve noticia del mayor escritor de bestsellers del planeta. El tipo era guapo, limpio y hacía unas declaraciones sinceras, en las que tenía claro que no confundía su producción destinada al entretenimiento de las masas con ningún artefacto artístico. Daba ciertos datos sobre sus rutinas y se citaban los lugares en los que pasaba gran parte del año. La idea se me ocurrió enseguida, las ideas que no surgen con espontaneidad no me valen. Quizás otros necesiten planes con muchos detalles, muy elaborados. No yo. Me son suficientes unas líneas generales. En esencia consistía en viajar hasta el lugar de residencia del escritor que había vendido 250.000.000 de libros en todo el mundo. Bien mirado no me parecieron tantos. Una vez allí se trataba de seguirlo. Un escritor sin actividad literaria, mi persona, se convertiría en la sombra del escritor con una incesante y metódica actividad literaria destinada al éxito en todo el mundo. Yo soy yo. No tengo nada más que decir. Él, Jonh Grisham, autor de obras como El informe pelícano. En el momento adecuado necesitaría una colaboración auxiliar para abordarlo por ejemplo durante el footing y reducirlo. El siguiente paso nos llevaría a introducirlo en un saco y trasladarlo hasta un sótano. Casi se hacía imprescindible que la fuerza literaria colaboradora residiese en Charlottesville y tuviese una casa con sótano. Una vez en el lugar seguro procederíamos a echar a suertes a quién le tocaría someterlo por el canal de la sodomía hasta suavizarlo, dulcificando su ortodoxa galanura, amansando su puritana sinceridad, convenciéndolo en definitiva de que ya no estaba exactamente en manos del mercado y de sus lectores, sino en las nuestras, que se definirían como manos de una guerrilla literaria avant la lettre.
Con las comodidades que son pocas, necesarias para escribir, a los pocos días, según el Plan B, Jonh Grissman estaría de nuevo preparando una obra para no sorprender a nadie, aunque con sorpresa dentro. La idea es que él escribiese, que para eso sabía escribir y lo había demostrado con enorme éxito. La fuerza auxiliar tendría que ser uno de esos escritores resentidos que nunca pasaron de vender un centenar de libros entre sus amistades, así que habría de considerarse escritor maldito, tocado por una genialidad incomprendida. La tercera parte, mi persona, al haber puesto en ejecución el plan B no tendría que dar muchas explicaciones de sus idas y venidas. Cada X páginas, detalle que está por ver, el escritor resentido, también llamado fuerza auxiliar, introduciría un párrafo en la historia que iría desarrollando el escritor de bestsellers Jonh Grisham. Con esos párrafos habría que conseguir la profundidad y el sentido de exploración en el alma humana sin que se perjudicase el suspense de la trama. Mi persona, como escritor que no sabe escribir, sería el encargado de ensamblar esas dos partes, además de ocuparse del suministro de víveres y todo lo relacionado con la intendencia de un escritor en pleno ejercicio de sus funciones: folios, tinta, marcadores, etc.
Lo más difícil de todo el asunto quizás fuera el aspecto fonético. Tenía yo por entonces evidentes dificultades con la lengua de Grisham. Iba a decir de Shakespeare. Pero creo que puedo decir Grisham. Para ello iba a pasar el otoño en una Academia de idiomas, lo cual también formaba parte del plan B.

7 comentarios:

Fernando dijo...

No sé... yo creo que puede haber otros planes menos complicados, ¿no?
Por mi parte, me ha planteado no planes B, sino Planes A1, A2 y A3. Más que nada porque el plan B, en mi caso, tendría elementos de piromanía y escabechina.
Dale duro.

Oscar Alonso dijo...

Sencillamente magnífico.

El Viajero Solitario dijo...

Ciertamente, el plan B me resulta mucho más atractivo y convincente que el A.
Tengo tu libro anotado en mi libreta de futuras compras y el plan B lo ha hecho subir varios puestos, mientras que el plan A lo mantuvo en el mismo lugar.
Estupendo tu plan B.
Saludos.

Alberto M dijo...

EStá bien eso de la lengua de John Grisham. 3 puntos más.

hombredebarro dijo...

Amigos, los planes B son los mejores. Suelen ir al meollo del asunto.
Saludos.

Alberto M dijo...

Hablando del meollo del asunto, Hombre de barro. El queso al que te referías en el comentario de la anterior entrada, oye ¿De qué queso estamos hablando?

xrisstinah dijo...

¡Ay, julandrón, cómo me he reído!