viernes, 7 de marzo de 2008

El cocodrilo


Nunca he tenido mucha prisa y muchas veces me he conformado sólo con ver la corriente del río pasar. Por eso quizás ahora tengo el brazo del cazador en la boca. Él volverá pronto al lugar del que procede, sin brazo y sin piel de cococdrilo. Yo seguiré aquí. Río arriba o río abajo. Tal vez el cazador vuelva acompañado por más cazadores con dos brazos. Esperaré lo que sea. Troncos podridos, alimañas muertas, basura. Pero siempre preferiré el brazo de un cazador vivo. Mi naturaleza es la paciencia, la eficacia y el rechazo de la acción estéril. Seguiré calentándome al sol, seguiré abriéndole la boca. Los días no son idénticos los unos a los otros. Bien lo sé. Simplemente se parecen muchísimo. Engullo el brazo. Si yo fuese un hombre con el brazo de otro hombre en la boca lo masticaría. Pero soy un cocodrilo. Me lo trago entero.

Me llaman por megafonía. Tengo una visita. Alguien que me quiere con un amor lleno de errores. Tengo tantas ganas de un odio certero. Por eso prefiero a los cazadores. No se equivocan conmigo. Vienen aquí y quieren cazarme. Ya se ha corrido la voz. Soy el Moby Dick de los cocodrilos. El Tiburón de los cocodrilos. El gran monstruo a eliminar. No obstante, de vez en cuando viene una de esas visitas. Mamá con todo su cariño, por ejemplo, para decirme cosas tales como:
-Tienes que tomarte la medicación.
Y yo fuera del agua, en la tierra, he de deslizarme sobre el estómago y empujarme con los pies. Acudo siempre que me llaman.
Esta vez no me lo esperaba. Es un hombre muy parecido al cazador pero distinto. No trae su rifle, ni su machete, ni la canana llena de balas. Es el mismo cazador, pero sin serlo ya. Tan sólo un hombre manco. ¿Qué querrá?

Es lógico por mi parte esperar lo peor. Sin embargo, creo que todavía puedo engullir más brazos, o piernas, o una cabeza, si alguien se descuida lo suficiente. La orilla contraria se ha llenado de gente. Cazadores que me quieren dar caza. Algunos de ellos demasiado jóvenes e impulsivos. Otros muy viejos, debilitados por los años, pero impulsados hasta aquí por la última oportunidad para sentirse vivos ante una muerte más o menos aplazada. Habré de elegir entre todos uno solo para ejemplificar esta vida mía. Es ley. La corriente del río lleva una materia espesa, profunda. El río se desplaza, pero yo siempre me quedo. Resisto.

El hombre está triste sin sus dos brazos.
-¿Qué puedo hacer por tí?
-Alguien me ha dicho que tú tienes mi brazo.
-Yo sólo soy un pobre recluído en esta casa de reposo. ¿Cómo lo perdiste?
-Cazando cocodrilos.
-Entonces puede ser. Soy el cocodrilo que todo el mundo quiere cazar.
-Dame mi brazo. Eres un hombre como yo. Tú tienes tus dos brazos. ¿Te gustaría que yo te arrancase uno ahora mismo?
Me estudio el cuerpo. La calidez húmeda que noto no es la corriente cálida de un río. Me he meado encima. El hombre abre una boca inmensa llena de enormes dientes muy afilados. Se lanza sobre mí y me arranca un brazo.
-Estás loco, le grito. No soy un cazador.
-Ahora sólo tienes un brazo. Estamos en paz.
No lo engulle. Lo mastica.

El río se lleva los cadáveres de todos los cazadores que han intentado acabar conmigo. Sus cuerpos destrozados. El agua teñida de sangre. La furia de los peces y las alimañas acuáticas. Todo marcha muy despacio hacia la inmensidad de un mar que espera lejos. Pero espera. Yo floto más o menos en el mismo lugar. Observo al último cazador. Ha esperado paciente como yo. Cruel como yo. En la orilla. Ha visto cómo desaparecían todos sus compañeros sin intervenir. Estudiándome. Él allí, yo aquí. Y dejamos que el tiempo haga lo suyo: pasar. Pasa. De repente se me cierran los ojos. Pero los abro inmediatamente. Sin embargo, el hombre ya no está. Eso me desconcierta y me sumerjo en el agua. Cuando vuelvo a la superficie me siento más vulnerable, más viejo, consciente de la sangre, cansado.

En el patio lloro la pérdida de mi brazo. Los otros internos me preguntan, pero cómo explicarles. A uno le molesta que me lamente. Se abalanza sobre mí. Me agarra por el cuello y aprieta. Intento deshacerme de él, pero en el fondo no me quedan ganas. De nuevo me habré meado porque siento esa calidez húmeda e intensa. Y me dejo llevar muy despacio por la corriente del río, sin vida, lejos, hacia el mar, adonde nunca llegaré.

3 comentarios:

Diego Flannery dijo...

¿Cuanta lucha contra ese "cocodrilo"?. A veces queremos recuperar algo que creemos que necesitamos y finalmente,"eso" es el detonante para nuestra muerte simbólica o no.
Prefiero la vida, aunque limitada, a perderla por la fantasia de la completud.

marisopli dijo...

Siempre me ha gustado escribir a través de los animalitos, animalejos, bichos y bichejos. Salirme de ese alarde de "human power" de todos los días, fagocitar sus ideas y hacerlas explotar en un relato, ya sea de una psicopatía o de un paseo por Jardilín. Ésto, que no es nuevo y que ya utilizaron Esopo y sus colegas, a tí se te da de perillas. Me gustan esas tus metamorfosis, las de tus humanos animalejos y las tuyas escribiendo.

leo dijo...

Bravo.
Qué difícil conservar el brazo, a veces.
Qué difícil ser vegetariano.
Un saludo.